En las mañanas de Delhi, cuando el humo de los autos se mezcla con el olor a paratha frito y a té con cardamomo, la ciudad tiene una especie de pulso nervioso. Todo el mundo corre, todo el mundo toca bocina, todo el mundo tiene prisa. Entre los miles de coches que cruzaban cada día el semáforo rojo de Nehru Place había uno que, visto desde fuera, parecía igual a todos: un sedán gris, bien cuidado, con una pareja joven dentro. Él al volante, ella al lado, a veces con el móvil, a veces mirando por la ventana. Nadie, en medio del caos, hubiera imaginado que aquel coche iba a ser testigo de un reencuentro que parecía imposible.
Él se llamaba Suman, tenía una tienda de computadoras y laptops en Nehru Place, y vivía en Badarpur Border. Era un hombre aplicado, de esos que se hicieron a sí mismos, que venían de una familia de clase media trabajadora y que se sentían orgullosos de poder decir: “esto es mío”. Ella se llamaba Meghla. Era de Lucknow, de piel clara y ojos grandes, de esas mujeres que sonríen con toda la cara aunque por dentro sigan llevando tormentas. Llevaban tres años de casados, vivían en un piso alquilado y, desde hacía seis meses, esperaban un bebé.

Era su rutina: desayunar rápido, cerrar la puerta, bajar las escaleras, subirse al auto y tomar la misma ruta. La ciudad ya se la sabían de memoria: el cuello de botella de Badarpur, los puestos de fruta, la señora de los mangos, el vendedor de botellas de agua, la rotonda donde siempre había un policía distraído, y luego, casi como una cita inevitable, el semáforo de Nehru Place.
Ahí, cada día, como un teatro que se repite, los niños llegaban corriendo. Unos ofrecían limpiar el parabrisas. Otros vendían agua. Otros chicles. Otros flores. Algunos solo estiraban la mano. Eran ocho, diez, doce criaturas de pies descalzos, camisetas sucias, cabellos despeinados y ojos enormes. Se repartían los coches con una lógica que solo ellos entendían. A unos les pedían, a otros no. A veces los corrían los policías de tráfico, a veces los dejaban. Era parte del paisaje.
Y entre todos, había uno que llamaba la atención.
Era delgadito, de unos diez u once años, morenito, con una sonrisa que desarmaba. A veces llevaba un manojo de globos de colores; otras veces, ramitos de rosas pequeñas; otras, una cajita con bolígrafos baratos. Parecía que cada día cambiaba de estrategia de supervivencia. Pero lo que no cambiaba era su voz cantarina:
—Auntiiii, balloon le lo na… ¡Llévese un globito, tía, para su baby!
La primera vez que se acercó al coche de Suman y Meghla fue una mañana luminosa. El tráfico estaba parado. Él se pegó a la ventanilla del lado de ella, con los globos rebotándole en el pelo.
—Aunty, ¿balloon loge? —dijo, sonriendo.
Meghla lo miró. Llevaba una blusa azul y las manos sobre el vientre ya redondito.
—¿Y qué voy a hacer con globos, baccha? —rió—. ¿Colgarlos en el retrovisor?
—Déselos a su beta —dijo él con una seguridad desarmante—. Al niño que va a venir. ¡Mira qué bonitos!
La carcajada de Meghla fue suave, pero dolorida.
—Mi hijo va a tardar tres meses en llegar —dijo—. Para entonces estos globos ya van a estar desinflados.
El niño hizo un gesto muy serio, como si fuera un vendedor profesional.
—No se desinflan si no los suelta, aunty —dijo—. Si usted los agarra fuerte, duran.
Era tan tierno que algo en ella se apretó.
—Está bien —dijo, sacando la billetera—. Dame dos.
Pagó más de lo que valían. Antes de que el semáforo se pusiera en verde, cuando ya Suman metía primera, ella se inclinó y, casi en secreto, deslizó un billete de cien en la mano del niño.
—Para ti —susurró.
—Gracias, aunty —dijo el niño con los ojos brillantes—. Dios le dé un hijo muy bonito.
El coche arrancó. Suman miró de reojo, sonriendo.
—Te encariñas con todos —dijo—. No puedes comprarle a cada niño en cada semáforo.
—No a todos —dijo ella—. Pero este… no sé… es lindo.
No era solo lindo. Había algo. Una dulzura conocida, una manera de hablar que le sonaba a algo que no sabía nombrar. Pero lo dejó ir. “Es solo un niño de la calle”, se dijo. “Hay miles”.
Pasaron los días. No todos los días el semáforo los detenía justo donde estaban los niños, pero cuando sí, el pequeño siempre estaba. Un día traía globos. Otro día, bolígrafos.
—¿Y los globos? —preguntó ella un día, bajando la ventanilla.
—Se revientan, aunty —dijo el niño, con lógica tajante—. Y la gente se enoja. Con las plumas no se enoja nadie. Llévese, 30 rupias 10 plumas. Oferta.
—Pero yo no necesito tantas plumas.
—Guárdelas para cuando su beta vaya a la escuela.
Meghla rió. Le compró igual. Y otra vez le guardó un buen billete. Y el niño, otra vez, la bendijo, como si otra vez adivinara que ella esperaba algo valioso.
Así, sin planearlo, se hicieron amigos. Ella lo esperaba. Él parecía esperarla a ella. Cuando cruzaban Nehru Place y el niño no estaba, ella se quedaba con un hueco en el pecho. ¿Estaría enfermo? ¿Lo habrían corrido? ¿Lo habría atropellado alguien? Pero al día siguiente volvía a aparecer, como un pajarito.
Suman, al volante, a veces se burlaba con cariño.
—Vas a terminar adoptándolo —decía.
—Tonto —respondía ella—. ¿Qué culpa tiene él de haber nacido en la calle?
Y se le nublaban los ojos. Porque si algo llevaba Mehgla escondido, muy hondo, era culpa.
Porque esta historia no empieza en Delhi, sino ocho años atrás en Lucknow. En 2010, antes de Suman, antes de la tienda, antes del piso de Badarpur, cuando Meghla tenía solo 18 o 19 años.
En aquel entonces, Meghla era una muchacha de barrio, hija de un empleado de gobierno y de una maestra, que un día se enamoró como se enamoran las muchachas que no han visto mundo: al cien por ciento. Él se llamaba Ranjit. Tenía moto, hablaba alto, se vestía con camisas brillantes y decía que un día iba a ser muy grande. Sus padres lo detestaron desde el primer momento.
—Ese muchacho no es para ti —dijo su padre.
—No tiene trabajo fijo —dijo su madre—. Se junta con gente mala. ¡No, Meghu!
Pero el amor, ya se sabe, no entiende de expedientes. A escondidas, en la azotea, en tardes de lluvia, Meghla prometió que se iría con él. Y se fue. Se casaron en un templo, con dos amigos de testigos y un sacerdote barato. Al principio todo fue bonito. Él la llevaba a comer golgappas, a pasear en moto, a ver el Gomti cuando no estaba tan sucio. Al año nació un niño. Su niño. Lo llamaron Rahul, como quería Ranjit.
Pero después vino la verdad. Ranjit no era un soñador. Era un historial criminal caminando. Estaba metido con gente que cobraba deudas, con bandas de barrio. Un día no llegó. Otro día llegó golpeado. Otro día llegaron ellos, sus enemigos, y lo mataron. Así, sin más. Un día Meghla se quedó viuda con un bebé de un año.
Sus padres, que habían cortado toda relación cuando ella se fugó, se enteraron. Y fueron. La vieron flaca, con el niño en brazos, en una casa de renta. Se les ablandó el corazón.
—Beti —dijo su madre—. Lo pasado, pasado. Tú sigues siendo nuestra hija. Ven con nosotros.
—Pero… —dijo ella, abrazando fuerte a Rahul—. Yo tengo a mi hijo.
Ahí vino la puñalada.
—Justo de eso queremos hablarte —dijo su padre, con ese tono práctico que tenía—. Si quieres rehacer tu vida, este niño… —dudó—… este niño va a ser un problema. Nadie va a querer casarse con una viuda con un niño de otro.
—¡Es mi hijo! —se rebeló ella.
—Su abuela paterna lo puede criar. Es su sangre. Tú eres joven. Te vamos a buscar un buen muchacho. Un hombre de ciudad. Educación. Futuro. Pero tienes que olvidar esto. Nadie tiene por qué saberlo. Solo nosotros.
La abuela paterna, la madre de Ranjit, era una mujer dura, de esas que han visto morir a varios en la familia y todavía siguen. Ella también presionó:
—Anda, hija. Vete. Yo lo cuido. Es hijo de mi hijo. No lo voy a dejar en la calle. Tú casa, tú vida. Después lo ves.
Meghla luchó. Lloró. Abrazó al niño. Pero era joven, estaba sola, estaba asustada. La familia insistió, insistió, insistió. Al final, después de muchas noches de no dormir, lo dejó. Lo dejó en brazos de su abuela y se fue con sus padres a Lucknow.
Ese fue el día que más lloró en su vida. Ni el día que mataron a Ranjit. Ni el día que se peleó con sus padres. Ese día. El día en que dejó a Rahul.
Luego vino la reconstrucción: sus padres le presentaron a Suman, un chico serio de Delhi, con negocio. A la familia de Suman le dijeron que ella era soltera. “Nunca se casó”, dijeron. “Buena familia”. Nadie mencionó a Ranjit. Nadie mencionó a Rahul. Nadie mencionó al año que estuvo viuda trabajando en casas ajenas. Fue como si alguien hubiera puesto un telón sobre el pasado y hubiera dicho: “esto no se ve”.
Suman se enamoró de ella. Ella, agradecida y cansada, se dejó querer. Suman era bueno. La respetaba. No la presionaba. Le enseñó la ciudad. Le dio un hogar. Eso sana muchas cosas. Pero no sana todo. En el fondo, cada que veía un niño de cinco, seis, siete años en la calle, algo en su pecho decía: “¿Y si fuera mío? ¿Cómo estará Rahul? ¿Comerá? ¿Lo habrán mandado a la escuela?”.
Le prohibieron preguntar. Sus padres fueron claros:
—No vuelvas a mencionar a Rahul. Esa historia se acabó.
Y ella se lo tragó. Hasta el día del semáforo.
Porque Rahul, ese Rahul, había venido a Delhi también. Después de que murió su abuelo, en el pueblo comenzaron las peleas. “¿Para qué criar a un niño que su propia madre dejó?”, decían algunos. La abuela lo defendía: “es mi sangre”. Pero el resto de la familia presionaba. Entonces apareció la tía, la hermana de la abuela, que vivía en Sangam Vihar y dijo:
—Tráetelo conmigo. Aquí hay más trabajo. Tú también vienes. Lo que yo coma, tú comes.
Y se vinieron los dos. La tía hacía trabajos de limpieza. El tío, marido de la tía, era un hombre amargado. Había pleitos. Había gritos. Había días sin comer. El niño veía que otros niños traían monedas.
—¿De dónde las sacan? —preguntó.
—Del semáforo —dijeron—. Vamos a Nehru Place, a Lajpat, a Kalkaji. Vendemos cosas. A veces pedimos.
La abuela le dijo:
—No pidas. No es bueno.
—No voy a pedir —dijo Rahul—. Voy a vender. Balloons.
Y así empezó. Con unos globos comprados al mayoreo. Luego plumas. Luego rosas. Así encontró a su madre sin saberlo. Así la saludó. Así la hizo reír. Así le devolvió a ella, sin saberlo, al hijo que ella había abandonado.
Hasta que un día no apareció.
El coche se detuvo en rojo. Meghla, ya en el séptimo mes de embarazo, buscó con la mirada. Nada. Otros niños sí. Él, no.
—¿Dónde está el niño de los globos? —preguntó, bajando el vidrio.
Uno de los chicos, descalzo, con una camiseta del Barça desteñida, se acercó.
—Aunty, ¿Rahul chahiye? —¿Busca a Rahul?
—Sí, el que vende globos.
El niño bajó la mirada.
—Accident ho gaya —dijo—. Le atropelló un coche. Aquí cerca. Sangam Vihar wala. No sabemos si va a vivir.
El mundo se le derrumbó. No supo por qué. No sabía que era su hijo, pero algo dentro de ella se desgarró.
—¿Dónde? —dijo—. ¡Llévame!
Suman la miró, confundido.
—Oye, ¿qué pasa?
—Bájame aquí —dijo ella, temblando—. Ese niño… Suman, no sé, pero… déjame ir.
—Meghla, tengo que abrir la tienda. Es la hora… —vio la cara de ella—. Está bien. Vete. Me llamas. Te recojo.
La dejó al borde de la calle. Ella tomó un auto-rickshaw con uno de los chicos como guía. Fueron a Sangam Vihar, a las callejuelas estrechas, a las casitas de lámina. Entraron en una vivienda donde una anciana estaba sentada en el suelo, llorando.
Meghla se quedó de piedra. La conocía. Era la madre de Ranjit. La mujer también la reconoció. Fue como ver de golpe todo lo que habían querido olvidar.
—¡Meghu! —gritó la anciana, rompiéndose—. ¡Ay, hija, yo no pude salvarlo!
—¿Salvar a quién? —dijo ella, con la garganta seca—. ¿A Rahul?
—Sí —dijo la vieja, y ese “sí” fue como un tiro—. ¡Sí, hija! ¡A tu Rahul!
Meghla se llevó las manos al pecho y se dejó caer. El llanto le salió de lo más hondo. El niño de los globos. El niño que le había dicho “désele a su baby”. El que la bendecía. Su hijo. Ocho años después, la vida se lo había puesto frente a frente y ella no lo había reconocido.
Las mujeres del barrio se acercaron.
—¿Quién es esta? —preguntaron.
—Es su maa —dijo la abuela, limpiándose las lágrimas con el borde del sari—. Es la que lo parió. Ella.
Hubo un silencio de sorpresa. Nadie conocía la historia. A esa casa, Rahul había llegado como “el nieto”. Nunca nadie dijo “su madre vive, pero lo dejó”.
—¿Dónde está? —gritó Meghla, agarrando a la vieja—. ¡Dímelo! ¿Dónde está mi hijo?
—En Safdarjung Hospital —dijo una de las vecinas—. Su tía lo llevó. Tenía la cabeza abierta. Los doctores no dicen nada.
—¡Llévenme!
La llevaron. En el auto se le escapaban sollozos como de niña.
En el hospital, la tía de Rahul —esa misma que lo había traído a Delhi— la vio entrar y se quebró.
—Tú… —dijo—. Tú eres… tú eres…
—Soy su madre —dijo Meghla, sin vergüenza, sin importar quién oyera—. ¡Soy su madre! ¡Déjenme verlo!
No la dejaron pasar al principio. Estaba en UCI. Tenía un golpe en la cabeza, el costado amoratado, la pierna vendada. Los doctores dijeron lo de siempre:
—Hay que esperar. Si despierta en 72 horas, habrá esperanza. Si no…
Esas 72 horas fueron un infierno. Meghla no se movió del hospital. No volvió a casa. No llamó a Suman más que una vez, para decirle:
—No puedo ir. Un niño… está muy mal.
—¿Qué niño? —preguntó él, con una inquietud extraña—. ¿Qué pasa, Meghla?
—No puedo hablar ahora.
Colgó. Apagó el teléfono. Lloró. Rezó. Le pidió a Dios que le diera una sola oportunidad de decirle al niño: “yo soy tu mamá”. Solo una.
Al tercer día, el doctor salió con una sonrisa cansada.
—Ya abrió los ojos —dijo—. Pueden pasar de uno en uno. No lo agiten. No le hablen mucho.
La abuela quiso entrar. La tía también. Pero Meghla les rogó con los ojos.
—Déjenme a mí primero —dijo—. Por favor. Solo un minuto.
Entró. Y ahí estaba. Pálido, con la cabeza vendada, con un suero en el brazo, con la boca seca. Pero vivo. Ella se acercó. Le tocó la mano. Él la miró, despacio. Sonrió débil.
—Aunty… —susurró—. Aap aa gaye… vino usted.
Ahí ya no pudo más.
—No soy tu aunty —dijo, rompiéndose—. ¡Soy tu mamá, Rahul! ¡Soy tu mamá, beta!
El niño parpadeó, confundido. No entendía. Había llamado “aunty” a esa señora de coche bonito durante semanas. Ahora ella le decía que era su madre.
—¿M… maa? —murmuró.
Meghla lo besó en la frente, en las manos, en las mejillas.
—Sí, beta. Tu maa. Te dejé, pero vengo a llevarte. Nunca más te dejo. Nunca más. Perdóname. Perdóname.
El médico asomó la cabeza.
—No lo emocione tanto. Está débil.
—Ya, doctor —dijo ella, limpiándose las lágrimas—. Ya. Solo quería que supiera.
Afuera, en la sala, las mujeres se abrazaban. La abuela decía:
—Dios es grande. Le trajo a su madre.
Pero mientras tanto, en Badarpur, Suman estaba furioso. Su mujer llevaba tres días fuera. No contestaba. No llegaba. Cancelaba. “Un niño de la calle”, había dicho. ¿Qué era esto? ¿Qué historia era esa que él no conocía?
Al cuarto día, fue a buscarla. Preguntó en el barrio de Sangam Vihar. Lo guiaron. Llegó al hospital. Y la vio. Sentada a la cabecera del niño. Tomándole la mano. Llorando. Vio a las mujeres viejas. Vio las miradas esquivas. Algo no encajaba.
—Meghla —dijo, entrando—. ¿Qué es esto?
Ella se levantó despacio. Tenía ojeras, el pelo recogido mal, la ropa arrugada.
—Suman… —dijo—. Yo…
—¿Quién es este niño? —preguntó él—. ¿Por qué estás aquí tres días? ¿Por qué apagas el teléfono? ¿Por qué me mientes?
Nadie quería decirlo. Ella bajó la cabeza.
—Es… es mi hijo —dijo, casi en un susurro.
El silencio se volvió de piedra. Suman sintió como si le hubieran pegado. ¿Su hijo? ¿Qué hijo? ¿Cómo? ¿Cuándo? ¿Por qué nunca…?
—¿Tu hijo? —repitió—. ¿Tu hijo?
—De antes… —dijo ella, sin levantar la cabeza—. De antes de ti. Yo… lo tuve que dejar. Mis padres… no me dejaron… Yo… no te lo dije…
—¡Me engañaste! —soltó Suman, sin poder contenerse—. ¡Tú y tus padres! ¡Me dijeron que eras soltera! ¡Que no tenías pasado! ¿Y ahora qué? ¿Que hay un hijo de un… de un…?
—De un muerto —dijo ella, con dignidad—. De un hombre que ya no existe. De una vida que yo creí enterrada. Pero este niño no es una mentira, Suman. Es carne mía.
—Pues te quedas con tu carne —dijo él, herido—. Porque conmigo no sigues. —Se dio la vuelta—. Se acabó.
Se fue. La dejó ahí. A ella, con su hijo. A ella, con el corazón partido en dos: por perder al marido que la amaba, por haber recuperado al hijo que creía perdido.
Y, sin embargo, no se movió. No salió corriendo detrás de Suman. No le pidió perdón. Se quedó. Porque por primera vez en ocho años, tenía a Rahul en los brazos. Lo lavó. Lo peinó. Lo llevó a casa de la abuela. Durmió con él en el suelo. Le cocinó. Le contó cuentos. Le dijo que ella se llamaba mamá. Y él, que en el fondo la había querido desde el coche, la aceptó con una rapidez que solo tienen los niños.
—Maa, mujhe paani —mamá, agua.
“Maa”. Esa palabra le curó heridas que llevaba años escondiendo.
Pasó una semana. Dos. Suman no llamó. El número de ella estaba bloqueado. Ella lloraba, sí, pero no se apartaba de su hijo. Pensaba: “perdí a mi marido, pero no pierdo dos veces al mismo hijo”.
Diez días después, un coche se detuvo en la calle estrecha de Sangam Vihar. Bajaron Suman, su madre y su hermana. Meghla los vio desde la puerta y se echó a llorar.
—Perdóname… —dijo—. Yo no quería engañarte… Tenía miedo…
Su suegra, una mujer de ojos buenos, se acercó y la abrazó.
—Beti, llorar ya no —dijo—. Vámonos a casa.
—¿Cómo…? —balbuceó Meghla—. ¿Con Rahul?
—¿Quién te está diciendo que lo dejes? —dijo la suegra—. Es tu hijo. Ahora es nuestro hijo. Tú te equivocaste, pero lo importante es que no lo volviste a dejar. Vámonos todos. A tu marido también le dolió, pero es buen hombre. Te quiere.
Suman estaba detrás, con la cabeza baja.
—Yo… —dijo—. Yo no puedo estar sin ti. Me dolió que no confiaras. Pero… —miró al niño—. Es un buen chavo. Ya me contaron lo que pasó. Casi se muere. No lo vamos a dejar aquí.
Rahul, desde dentro, los miraba con los ojos abiertos. Era su mamá. Era un hombre que decía ser marido de su mamá. Era una abuela nueva. Era una familia que lo quería.
—¿Puedo ir? —preguntó, tímido.
—Claro que sí, beta —dijo Suman, agachándose a su altura—. Vámonos a casa.
Se fueron todos: Meghla, Suman, Rahul, la abuela de Rahul también, porque Suman dijo: “si el niño se va, la abuela también. Ella lo crió”. Y la abuela lloró, agradecida.
Eso fue en 2018. Meghla estaba de seis meses. Tres meses después tuvo un niño. Dos años más tarde, una niña. Hoy, seis años después, son cinco en la casa: Suman, Meghla, Rahul ya adolescente que va a la escuela, el hermanito más chico que lo adora, la hermanita que se le cuelga del cuello, y la abuela que cuenta siempre la misma historia.
—Una madre no se separa de su hijo —dice—. El que lo haga, sufre. Pero el que vuelve, Dios lo ayuda.
Y cuando pasan por Nehru Place, en ese mismo semáforo donde empezó todo, Meghla siempre baja el vidrio y les compra algo a los niños. A todos. A veces globos, a veces plumas, a veces flores. Y siempre les mira la cara con atención. Por si acaso. Porque ya sabe que la vida a veces te devuelve lo que perdiste… pero disfrazado de vendedor ambulante.
Así que, amigos —como dicen en los videos—, esta es la historia de una madre que dejó a su hijo por presión, de un hijo que creció en la calle vendiendo globos, y de un semáforo que los volvió a juntar. Si la escuchaste hasta aquí, ya sabes la lección: nunca juzgues al niño del semáforo. Puede ser el hijo de alguien. O puede ser, como le pasó a Meghla, tu propio hijo.
Y, sobre todo: a ningún niño se le debe arrancar de los brazos de su madre. La vida tarde o temprano cobra esas separaciones. Pero también, si hay amor, tarde o temprano… las repara.