Las prisioneras de la prisión de alta seguridad quedan embarazadas una tras otra: lo que captaron las cámaras ha impactado a todos.

Las prisioneras de la prisión de alta seguridad quedan embarazadas una tras otra: lo que captaron las cámaras ha impactado a todos.

Todo empezó con una interna. Luego otra. Y después otra más.

En el Centro Federal Femenil La Ribera, una prisión de máxima seguridad en el norte de México, los rumores se colaron por debajo de las puertas como humo: “Dicen que Rebeca está embarazada… pero aquí no entra nadie.” En un lugar donde cada paso se registra, donde los hombres no tienen contacto a solas con las reclusas y donde hasta un clip se contabiliza, aquello sonaba imposible.

La jefa de enfermería, Ximena Martínez, llevaba ocho años viendo de todo: cortes, crisis nerviosas, sobredosis, intentos de fuga. Pero esa mañana de marzo, fría y gris, se le heló la sangre.

—Tengo náuseas… y me siento rara —le dijo la interna Rebeca Torres, condenada a quince años por asalto a mano armada. Era una reclusa tranquila, de las que saludan con la cabeza y vuelven a su celda sin buscar problemas.

Ximena le hizo el protocolo: signos vitales, revisión general, preguntas básicas. Cuando la prueba de embarazo marcó positivo, Ximena frunció el ceño, convencida de que era un error.

Repitió el test. Luego un tercero.

Positivo. Positivo. Positivo.

—¿Rebeca… cómo pasó esto? —preguntó Ximena, bajando la voz.

Rebeca no respondió. Sus dedos se apretaron alrededor de la manga del uniforme naranja. Los ojos, grandes, no tenían rabia: tenían miedo. Un miedo tan puro que a Ximena se le hizo un nudo en la garganta.

Esa tarde, Ximena subió con el reporte a la oficina de la directora del penal, Patricia Cárdenas, una mujer de voz seca y mirada de piedra.

—Esto no puede salir de aquí —dijo Patricia, sin siquiera terminar de leer el documento—. ¿Entendido?

—Directora, esto es un delito. Y un riesgo médico. Necesito investigar, necesito—

—Necesitas obedecer —cortó Patricia—. Si esto se filtra, el penal se vuelve un circo. Y tú, Martínez, sabes lo que pasa cuando el gobierno busca culpables: siempre encuentran a alguien… aunque no sea el verdadero.

Ximena salió con la sensación de que el edificio se le venía encima. En el pasillo, dos custodias hablaban en susurros y, cuando la vieron, callaron de golpe. El silencio le confirmó algo: ya se estaba corriendo la voz.

Dos semanas después, ocurrió lo peor.

Mariana Salgado, interna por tráfico de drogas, llegó a enfermería pálida, temblando. Ximena no quiso creerlo, pero la prueba volvió a pintarse con la misma certeza:

Positivo.

Mariana rompió en llanto sin decir una palabra. Cuando Ximena intentó consolarla, la mujer sólo negó con la cabeza y murmuró:

—Si hablo… me matan.

Ahí fue cuando Ximena entendió que no era un “caso raro”. Era un patrón. Y donde hay patrón, hay alguien moviendo las piezas.

La directora Cárdenas ordenó auditorías internas, revisiones de cámaras, interrogatorios rápidos a personal masculino. Todo “para el expediente”. Pero Ximena veía el truco: buscaban demostrar que no había pasado nada, no encontrar la verdad.

La tensión se volvió palpable. En los módulos, las internas empezaron a dormir vestidas, algunas se negaban a salir al patio. Hubo peleas, amenazas, noches de encierro total. Como si el miedo fuera una enfermedad contagiosa.

Y entonces llegaron el tercer y el cuarto golpe:

Yazmín Aguirre, sentenciada por lesiones, embarazada.
Lidia Rodríguez, condenada por fraude, embarazada.

Cuatro embarazos en seis semanas.

El médico consultor del penal, Dr. Miguel Herrera, revisó los casos y se quedó en silencio largo rato.

—Los embarazos son reales. Todo avanza normal —dijo, al fin—. Pero estas mujeres presentan señales claras de trauma. No están ocultando un romance. Están… sobreviviendo.

Ximena apretó los dientes.

—Entonces necesitamos a alguien de fuera —sentenció—. Alguien que no le tema al escándalo.

La directora se resistió, pero el pánico empezaba a comerse la prisión desde adentro. Si no lo detenían, habría motín. Y un motín en máxima seguridad no se apaga con discursos.

Así entró al caso el ingeniero de seguridad Diego Chacón, enviado por la Secretaría de Seguridad. Un tipo flaco, de ojos inquietos, que no miraba las paredes: miraba los hábitos.

—Las cámaras pueden ser perfectas y aun así no ver nada —dijo la primera noche—. Hay que seguir la rutina. Lo que se repite.

Chacón pidió los registros de trabajo de las cuatro mujeres. Lugares, horarios, supervisores, trayectos.

La coincidencia lo dejó frío:

—Todas trabajan en la lavandería, ¿verdad?

La lavandería estaba en el sótano, un monstruo de concreto con máquinas industriales y vapor constante. Teóricamente era segura: cámaras, rondines, acceso restringido. “Imposible que pase algo ahí”, repetían los mandos.

Chacón se arrastró entre secadoras, revisó rincones, golpeó paredes con los nudillos. Hasta que detrás de una unidad enorme, tapado por pelusa vieja y polvo, encontró una grieta que no era grieta.

Era una abertura.

—Esto no es desgaste —murmuró, enfocando con una lámpara—. Esto está… hecho.

Tiraron parte del recubrimiento. Apareció un hueco estrecho que conducía a un túnel de mantenimiento. Viejo. Olvidado. Pero no abandonado: había marcas recientes, cables, una linterna atada con cinta, pisadas.

El túnel conectaba, como una vena secreta, con el centro varonil a kilómetros de ahí, por debajo de un terreno que todos creían sólido. Lo peor no era sólo que existiera. Lo peor era que alguien lo había mantenido vivo… y callado.

Esa noche instalaron cámaras ocultas apuntando al acceso, sin avisar a los custodios comunes. Chacón insistió:

—Si alguien de adentro lo cubre, no podemos confiar en el circuito normal.

Ximena no durmió. Se quedó en enfermería, esperando el sonido que confirmaría sus sospechas.

A las 2:18 de la madrugada, la cámara registró movimiento.

Una sombra se deslizó desde el hueco. Luego otra. Hombres con rostros cubiertos. Señales rápidas. Uno se quedó de “vigía” en la lavandería.

Y entonces apareció lo que partió el alma de Ximena: no era un ataque improvisado. Era un sistema. Sabían el minuto exacto en que el rondín no pasaba. Sabían dónde la cámara “oficial” no alcanzaba. Sabían qué puerta no debía abrirse… y aun así se abría.

La siguiente imagen fue el giro que terminó de romper el mundo de Ximena:

Un supervisor de custodia, Rogelio Montero, apareció en cuadro. No entró a detenerlos. Entró a dejarles paso.

Ximena sintió náusea. Montero era de los intocables, de los que daban órdenes con la barbilla levantada. El tipo que le había dicho, semanas atrás, que no exagerara “con historias”.

Chacón no lo dudó. Llamó al equipo federal. Sin encender alarmas, con el mínimo ruido, montaron un operativo.

Cuando los hombres volvieron a salir del túnel, ya no encontraron oscuridad.

Encontraron linternas, armas apuntando al piso, voces firmes.

—¡Al suelo! ¡Manos donde las vea!

Se escucharon golpes, gritos, carreras en el túnel. Uno intentó regresar. Otro se resistió. Pero en minutos los tenían reducidos. Montero, al ver el cerco, intentó huir por una puerta lateral. No llegó ni a la escalera.

La directora Cárdenas apareció después, pálida, como si de pronto hubiera envejecido diez años. Chacón le mostró el video. Patricia se quedó sin aire.

—Yo… yo no sabía —balbuceó.

Ximena la miró sin parpadear.

—Tal vez no sabía todo. Pero ordenó silencio. Y el silencio… también lastima.

Lo que vino después fue más difícil que el operativo.

Porque una cosa era detener a los responsables. Otra era sostener a las víctimas.

Rebeca habló primero, en una sala segura, con Ximena y una fiscal especial. No dio detalles morbosos; no hizo falta. Su voz temblaba, y aun así se mantuvo en pie.

—Nos decían que si hablábamos, iban a buscar a nuestras familias —susurró—. Y que aquí adentro… nadie nos iba a creer.

Mariana confirmó lo mismo. Y luego otras mujeres, que no estaban embarazadas, pero cargaban el mismo miedo en los ojos, comenzaron a pedir ayuda.

El caso explotó en medios nacionales. Hubo indignación, protestas, auditorías. La directora Cárdenas renunció y, por primera vez, dio una declaración pública sin escudos:

—Fallamos. Y por callar, fallamos dos veces.

El túnel fue sellado con concreto reforzado. No “tapado”: destruido. Se cambiaron rutas, horarios, vigilancia, y el personal completo fue reentrenado. Se instaló un protocolo nuevo: cero áreas de trabajo aisladas sin acompañamiento y monitoreo redundante, además de un sistema de denuncias externas con protección real.

Pero el final no se escribió con paredes nuevas, sino con personas.

Meses después, en una pequeña ceremonia dentro del penal —sin cámaras, sin discursos políticos—, Ximena se sentó frente a Rebeca y Mariana. Ambas recibieron atención psicológica, asesoría legal y medidas de protección. Las autoridades, por primera vez, las trataron como lo que eran: sobrevivientes.

—No sé si algún día voy a dejar de temblar —dijo Mariana, tocándose el vientre—. Pero… por primera vez siento que no estoy sola.

Rebeca apretó la mano de Ximena.

—Usted fue la primera que me miró sin asco… sin duda… —dijo—. La primera que me creyó.

Ximena respiró hondo. Tenía los ojos rojos.

—No hice nada heroico —contestó—. Hice lo mínimo que merece cualquier ser humano: escuchar.

Los bebés nacieron bajo custodia médica externa. Hubo acuerdos con familias, con albergues, con redes de apoyo para que no se repitiera el abandono. En los meses siguientes, varias de las mujeres recibieron revisiones de sentencia y beneficios por colaborar con la justicia, además de traslados a centros más seguros.

Y el día que Ximena dejó La Ribera por última vez —tras ser asignada a una unidad nacional de salud penitenciaria—, pasó por la lavandería sellada. Ya no había vapor, ya no había ruido. Solo concreto nuevo… y una placa pequeña, discreta, que alguien había pegado sin permiso oficial:

“Aquí el silencio se rompió. Aquí se eligió la verdad.”

Ximena tocó la placa con la punta de los dedos y se permitió llorar.

No por la noticia, ni por el escándalo.

Sino porque, en un lugar construido para castigar, un puñado de mujeres y una enfermera terca habían conseguido algo raro, casi imposible:

Que la justicia llegara…
y que el miedo, al menos por un momento, soltara el cuello de quienes habían sobrevivido.

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