UN LORO CALLEJERO VISITA TODAS LAS NOCHES A UN HOMBRE… CUANDO LO SIGUE, DESCUBRE EL MOTIVO TRISTE…

Hombre pobre sigue al loro verde que lo visitaba todas las noches y lo que encuentra cambia su vida. Eler Jaramillo

estaba al límite de sus fuerzas cuando comenzaron esas visitas nocturnas. Después de perder el trabajo en la

fábrica de textiles, donde había laborado durante 15 años, sobrevivía con

changas ocasionales que apenas le alcanzaban para pagar el alquiler del pequeño apartamento en el barrio La

Macarena, en la periferia alta de Manizales. Fue un martes lluvioso con

niebla subiendo desde las montañas del eje cafetero, cuando por primera vez notó al loro verde posado en la reja de

la ventana de su cuarto. Exactamente a las 9 de la noche, el ave aparecía y se

quedaba allí, observándolo con una intensidad que le ponía la piel de gallina. El primer día pensó que era

pura casualidad, el segundo le dio curiosidad, el tercero decidió que

necesitaba entender qué estaba pasando. El loro no era como los otros pájaros abandonados que volaban por el barrio.

Este tenía plumas verde esmeralda brillantes muy bien cuidadas y una

argolla plateada en la pata que brillaba. bajo la tenue luz del poste.

Sus ojos vivos se clavaban en eler con una determinación que parecía querer

comunicarle algo importante. La cuarta noche, cuando el oro apareció puntual,

Elier abrió la ventana e intentó llamarlo. El ave lo miró fijamente unos segundos. Soltó un grito corto y agudo,

luego voló hasta la acera y empezó a caminar con vuelos cortos y bajos cuando lo necesitaba, deteniéndose cada pocos

metros para mirar hacia atrás, como asegurándose de que lo estaban siguiendo. Curioso y sin nada mejor que

hacer, Elier se puso las botas de trabajo y salió a la calle fría y húmeda. El barrio estaba en silencio,

solo algunas ventanas iluminadas y el sonido lejano de televisores encendidos.

La Macarena tenía esa costumbre de dormirse temprano, sobre todo en noches de semana. El oro lo llevó por calles

que Elieser conocía bien, pero siguiendo un camino que nunca había tomado antes.

Pasaron por la panadería de don Óscar, por el taller de motos de Calixto y por la pequeña capilla donde su mamá solía

rezar antes de partir. En cada esquina el ave se detenía, soltaba un silvido

bajito y esperaba, asegurándose de no haber perdido a su seguidor humano.

Después de unos 20 minutos de caminata, llegaron a una zona del barrio que Elieser conocía menos. Las casas allí

eran un poco más grandes y mejor cuidadas, aunque seguían siendo sencillas. El loro se posó frente a una

casa de esquina pintada de amarillo claro con una pequeña terraza protegida

por rejas decorativas de hierro forjado. Allí, delante del portón verde oscuro,

el ave empezó a gritar desesperadamente y a aletear con fuerza. No era un grito típico del oro pidiendo

comida o atención. Era un sonido angustioso, casi humano, como si intentara comunicar algo urgente. Eler

se acercó y notó que todas las ventanas de la casa estaban cerradas, sin señal

de vida adentro. El loro seguía gritando, ahora picoteando el picaporte

del portón. Eleser intentó golpear, pero nadie respondió. preocupado, dio la

vuelta a la casa y vio que en la parte de atrás había una ventana entreabierta.

Fue entonces cuando escuchó muy débil un gemido que venía del interior de la vivienda. Querido oyente, si te está

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estamos empezando ahora. Seguimos. El loro gritaba más fuerte, volando de un

lado a otro. Elieser saltó el muro bajo de atrás con cuidado de no hacer ruido

innecesario. El patio era pequeño, pero muy bien cuidado, con hortensias y

materas de café. La ventana entreabierta daba a la cocina. A través de la rendija

escuchó una voz temblorosa pidiendo ayuda. Era la voz de una señora mayor que repetía débilmente el nombre

Esmeralda. Elieser entendió al instante que Esmeralda era el nombre del loro y

que el ave buscando ayuda para su dueña. Con cuidado abrió un poco más la ventana y

llamó. La voz respondió con evidente alivio, explicando que se había caído y

no podía levantarse. Eleser pidió permiso para entrar y la señora, ya sin fuerzas para cuestionar, solo le pidió

que la ayudara. Adentro encontró a doña Inés del Rocío Villaquirán. de 72 años,

tirada en el piso de la cocina desde hacía casi dos días. Se había resbalado

en el piso mojado mientras lavaba los platos y se había golpeado fuerte la cadera. El dolor era tanto que no podía

moverse y el teléfono quedaba muy lejos. Esmeralda se había desesperado viendo a

su dueña caída. El primer día gritó mucho, pero ningún vecino pareció notar.

Entonces, al día siguiente voló por la ventana entreabierta en busca de alguien que pudiera socorrer a doña Inés. Eléser

ayudó a la señora a sentarse y le ofreció agua. Estaba deshidratada, pero

más consciente, y explicó que vivía sola desde que su esposo falleció 3 años

atrás. No tenía hijos y los pocos parientes que quedaban vivían lejos.

Esmeralda era su única compañía y el loro parecía entender perfectamente la situación crítica en la que ella se

encontraba. Aunque era un completo desconocido, Elieser inspiraba confianza.

Su voz tranquila y sus gestos cuidadosos calmaron a doña Inés, que aceptó su

ayuda para llegar al sofá de la sala. Ella insistió en que no quería ir al hospital, pero Eler le explicó con

gentileza que era necesario revisar si había alguna fractura o lesión más grave. Después de mucho hablar, ella

aceptó que él llamara a una ambulancia. Mientras esperaban, doña Inés contó un poco de su vida. Había trabajado como

bordadora durante 50 años, siempre guardando cada peso que podía. Nunca

tuvo hijos porque quedó embarazada solo una vez, muy joven, pero perdió al bebé

en el quinto mes. Su esposo, don Hernán, había sido trabajador en la zona cafetera y juntos construyeron una vida

sencilla pero feliz. Cuando él falleció por un problema del corazón, doña Inés

se encerró aún más en el mundo que le quedaba. La casa, el bordado y

Esmeralda, que había aparecido como pichón huérfano poco después de la muerte de don Hernán.

La ambulancia llegó después de 40 minutos y el paramédico confirmó que doña Inés tenía fractura de féur. Iba a

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