
Una mujer camina descalsa por una carretera solitaria bajo el sol más cruel del mediodía, buscando a alguien
que no quiere ser encontrado. Y en ese camino que parece no llevar a ningún lado, se topa con algo que la deja
paralizada. Una anciana de casi 100 años llorando de una manera que duele solo de
escucharla, jalando con sus manos una carreta de madera donde va sentado un hombre de su misma edad, con los ojos
abiertos y la mirada en ninguna parte. Al principio uno pensaría que alguien los abandonó así, pero la verdad es
mucho más devastadora que el abandono. Hay un sueño que desapareció. Hay un
amor de 74 [música] años que no alcanzó para protegerlo y hay un secreto que
está perdido en algún lugar del monte esperando a que alguien lo encuentre antes de que sea demasiado tarde. Lo que
esta viuda no sabe todavía es que ese camino que empezó con tanto dolor, ese camino que ella no eligió, sino que el
destino le puso enfrente, va a cambiarle la vida para siempre y la de [música] su
hijo y la de ellos. Esta es una historia sobre lo que se pierde y sobre todo lo
que se puede encontrar cuando uno para a escuchar el llanto de un extraño.
El sol del mediodía caía sin misericordia sobre la carretera de terracería que serpentea entre el monte
del sur de Sonora. Esa franja de tierra donde los zaguaros se lerguen como
testigos silenciosos y el polvo sabe a historia vieja. Por ese camino sin
sombra caminaba Remedios [música] Vidal. descalza con el vestido de algodón café
ya transparente de sudor en la espalda, los pies quemándose sobre las piedras sueltas [música]
como si el suelo mismo quisiera castigarla. No lloraba. Ya no le quedaban lágrimas
para ese momento. Solo seguía avanzando, mirando a los lados del camino, buscando
entre los mesquites [música] la figura de su hijo. Tres días. Tres días desde
que Emiliano salió de casa sin decir una sola palabra. con la mirada [música] rota de quien acaba de recibir un golpe
que no esperaba. Tres días desde que Fernanda, su novia de casi 2 años,
[música] le dijo que ya no quería seguir. Remedios había escuchado todo desde la cocina, paralizada junto a la
estufa, con una cuchara de madera en la mano y el corazón encogido. No supo cómo
intervenir, no supo qué decir y ahora cargaba ese silencio como una piedra
adentro del pecho. Su hijo tenía 18 años. era fuerte, era bueno, era callado
como su padre y eso precisamente [música] era lo que más la asustaba, que
en ese silencio pudiera perderse de verdad. Remedios había salido desde el
amanecer antes de que el rancho vecino despertara sin decirle a nadie a dónde
iba. Llevaba en la mano un trapo húmedo que ya se había secado a la primera hora y en los pies [música] nada, porque sus
únicos zapatos buenos los tenía guardados desde el funeral de su esposo y no se atrevía a usarlos para otra
cosa. [música] Caminó por el camino principal. Preguntó en la tiendita del cruce. [música] Preguntó en la
gasolinería abandonada donde a veces se juntaban los jóvenes de elegido. Nadie
lo había visto, nadie sabía nada. Y así siguió. carretera adentro, metiéndose
[música] por los desvíos de terracería que su hijo conocía de memoria desde niño, porque juntos los habían recorrido
decenas de veces con su padre antes. El calor [música] tenía un sonido. Era ese
chirrido de las chicharras que se aplastaba contra el silencio del monte como una ola que nunca rompe. Remedios
lo sentía vibrar en las cienes. Sentía también el hambre, que ya no era molestia, sino ruido sordo en el
estómago. [música] y la sed que le había secado los labios hasta cuarte.
Pero no se detuvo, no podía detenerse. Fue en la curva del kilómetro que los locales llaman la [música] vuelta del
Sabino cuando lo vio, o mejor dicho, cuando lo escuchó primero. Un llanto, no
un llanto de niño, sino algo más hondo, más antiguo. Un llanto que venía del
cuerpo entero, [música] de esos que solo salen cuando ya no queda nada más que sacar. Remedios se detuvo en seco,
[música] frunció los ojos contra el sol y miró hacia delante. A unos 50 m, en
medio [música] del camino de tierra había una figura encorbada jalando algo con las dos manos. Era una mujer
pequeña, [música] delgada, vestida de negro de pies a cabeza a pesar del calor, con el cabello blanco recogido en
un chongo apretado que se le había deshecho a medias. Jalaba una carreta de madera [música] de las que antes usaban
para transportar garrafones o costales de maíz, no más grande que una cama de niño. Y en esa carreta, sentado con las
manos sobre las rodillas y la mirada fija en ningún punto del horizonte, iba un hombre viejo, tan viejo como ella,
con el sombrero de paja sobre las piernas y los ojos abiertos que no veían nada. Remedios no entendió al principio
lo que estaba mirando. Su mente tardó unos segundos en procesar la imagen. Una
anciana de casi 100 años jalando sola una carreta de madera bajo el sol de mediodía con un anciano adentro
llorando, llorando de una manera que helaba. El primer pensamiento fue el
peor, que alguien los había abandonado así, que alguien los había sacado de algún lugar y los había dejado en ese
camino a morir de calor, solos, sin agua, sin destino. La indignación le
subió tan rápido que aceleró el paso sin darse cuenta. [música] Y cuando llegó a unos 10 m de distancia, la anciana la
escuchó acercarse y se detuvo asustada, apretando las asas de la carreta con las
dos manos artríticas. No tenga miedo”, dijo Remedios y su propia voz le sonó
extraña, ronca de la sed. No le voy a hacer nada. [música] Solo quería ver si necesitaba ayuda. La anciana la miró
durante un momento largo. [música] Tenía los ojos cafés, profundamente hundidos en las arrugas y las lágrimas le habían
dejado dos surcos brillantes en [música] las mejillas, como ríos secos que de pronto volvieron a correr. No dijo nada,
solo bajó la cabeza y siguió [música] llorando. Más suave ahora, como si la vergüenza le hubiera apagado el volumen.
Remedios. [música] se acercó despacio. Miró al anciano en la carreta. Él no reaccionó. Tenía las
manos inmóviles sobre las rodillas, [música] los labios ligeramente abiertos, la respiración tranquila. No
parecía enfermo del cuerpo, parecía enfermo de adentro, [música] de una manera que Remedios reconoció sin saber
por qué. Era la mirada de alguien que ya no encuentra el hilo que lo conecta al mundo. ¿A dónde van?, preguntó con
suavidad. La anciana levantó los ojos, los labios le temblaron antes de hablar.