Un cajero lo humilló en público sin saber que era el Chapo y lo que pasó después cambió todo. Son las 4:30 de la

tarde. Estás en la colonia Lomas de Chapultepec, Ciudad de México, frente a una sucursal
bancaria de esas que tienen aire acondicionado tan fuerte que te congela
hasta los huesos. El sol de octubre pega duro afuera, pero aquí adentro todo es
frío, brillante, impecable. En la fila de cajas, un hombre de unos
50 años espera su turno. Lleva una camisa de mezclilla desteñida,
pantalones de trabajo con manchas de pintura seca, botas cafés con el tacón gastado. Sus manos son gruesas,
curtidas, con las uñas llenas de mugre ni con cepillo, el cabello corto, casi
rapado y una mirada que parece cansada, pero atenta, muy atenta. No mira el
celular como todos los demás. Mira a la gente, mira las cámaras, mira las
salidas. Su postura es relajada, pero hay algo en él, algo que no puedes nombrar, que te hace sentir que este
hombre no es lo que aparenta. Tú eres Ricardo Medina, tienes 28 años, trabajas
como cajero en este banco desde hace 3 años. No es el trabajo de tus sueños,
pero paga la renta de un departamento chico en Naalpan, donde vives con tu mamá y tu hermana menor. Tu mamá, doña
Socorro, tiene diabetes. Las inyecciones de insulina cuestan 2000 pesos cada mes.
Tu hermana Lupita estudia preparatoria y necesita uniformes, libros, transporte.
Tu papá los dejó hace 10 años y nunca volvió. Tú eres el hombre de la casa. Tú cargas con todo y aunque nunca lo dices
en voz alta, estás cansado. Tan cansado que a veces sientes que te vas a
quebrar. Hoy es viernes, es el último día de tu turno antes de tu único día
libre. Has atendido a 43 clientes. Has sonreído a cada uno, aunque por dentro
solo quieras que termine el día. Tu supervisor, el licenciado Armando Solís,
está parado detrás de ti vigilándote como siempre. Armando es de esos jefes
que nunca trabajó de cajero, pero te dice cómo hacer tu trabajo. Usa traje
azul marino, corbata roja, zapatos voleados. Se peina con gel hacia atrás.
Tiene 35 años, pero actúa como si tuviera 60. Y lo peor de todo es que te
trata como si fueras un idiota. Cada error tuyo, cada cliente que se queja,
cada minuto de retraso, Armandoo anota en su libretita negra y luego te lo echa
en cara frente a todos. El hombre de la camisa de mezclilla llega a tu ventanilla, te entrega una tarjeta
bancaria. Es una tarjeta básica de esas que te dan gratis cuando abres cuenta de
nómina. Está rayada, doblada en una esquina. El nombre en la tarjeta dice
José Luis Ramírez. Necesito sacar 5000 pesos, dice el hombre. Su voz es ronca,
baja, como si hablara poco, como si no estuviera acostumbrado a pedir nada. Le
sonríes automáticamente. Claro, señor. Su identificación, por
favor. El hombre busca en los bolsillos de su pantalón, saca una cartera de piel vieja
manchada de aceite, la abre y te muestra. Una credencial del INE. La
fotografía es de hace años. El hombre se ve más joven ahí, con más cabello, sin
las arrugas profundas alrededor de los ojos. Ingresas los datos en el sistema,
esperas. La computadora tarda, siempre tarda. El hombre tamborilea los dedos
sobre el mostrador. Un anillo de plata en el dedo meñique. Un detalle que
registra sin saber por qué. Detrás de ti sientes la presencia de Armando. Está
cerca, demasiado cerca. Puedes oler su loción cara, esa que siempre presume que
es francesa. La pantalla se actualiza, aparece el saldo de la cuenta, tu
corazón se hunde. 452 pesos. Eso es todo lo que tiene José Luis Ramírez en su
cuenta. Señor, dice tu voz y odias como suena. Suena a lástima. Su cuenta no
tiene fondos suficientes. Tiene 452 pesos. El hombre no reacciona de
inmediato, se queda mirándote. Esos ojos negros profundos te estudian. Luego mira
la pantalla de la computadora como si pudiera ver los números desde su lado.
Tiene que haber un error. Dice, “Metí dinero hace tres días. Tecleas de nuevo,
revisas el historial. Efectivamente, hace 3 días se hizo un depósito de 5,000
pes, pero ayer hubo un retiro, 4,500 pesos en un cajero automático en Toluca.
Aquí dice que ayer retiró 4500 en Toluca. Señor, yo no fui a Toluca, dice
el hombre. Su voz sigue tranquila, pero hay algo ahí, algo que te heriza la
piel. Alguien más usó mi tarjeta. Detrás de ti, Armando Carraspea. Es su forma de
decirte, apúrate. Hay más gente en la fila. Ocho personas esperan. Algunos ya
empiezan a quejarse. Señor, le sugiero que reporte el robo de identidad en la
ventanilla de atención al cliente. Allá pueden ayudarlo a No tengo tiempo para
eso, interrumpe el hombre. Necesito ese dinero ahora. Es urgente.
Lo siento mucho, señor, pero no puedo hacer el retiro si no hay fondos. Son las políticas del banco. El hombre se
inclina un poco hacia delante. Sus nudillos se ponen blancos sobre el mostrador. Escucha, dice, y su voz es
más baja ahora, más íntima. Tengo que pagar algo hoy. Si no pago, hay
problemas. Problemas serios. ¿Me entiendes? Un escalofrío te recorre la
espalda. No sabes por qué, pero sientes que este hombre no está exagerando, que
cuando dice problemas serios lo dice de verdad. Yo yo entiendo, señor, pero no
está en mis manos. No puedo. ¿Hay algún problema aquí? La voz de Armando, alta,
cortante, se planta al lado de tu silla. Mira al hombre con esa expresión que has
visto mil veces. esa mezcla de desprecio y superioridad que usa con los clientes
que no visten bien, que no hablan bien, que no tienen dinero.
Este señor quiere hacer un retiro, pero no tiene fondos suficientes, ¿explicas?
Armando ni siquiera mira la pantalla, mira al hombre de arriba a abajo. Se
fija en la camisa desteñida, en las botas viejas, en las manos sucias.