“Un peluquero le cortaba el cabello al nieto de una anciana… pero el niño no existía.”

Llevo veinte años cortando cabello en este barrio.
Veinte años escuchando historias, confesiones, silencios, risas y penas. En una peluquería, uno se convierte sin querer en sacerdote, psicólogo, y confidente. Pero en todos esos años, nunca viví algo como lo que ocurrió con la señora Margot.

🌤️ El primer martes

Era un martes tranquilo, de esos en los que el reloj parece moverse más despacio. El sol se filtraba por la ventana del local, iluminando las partículas de polvo que flotaban sobre el espejo. Yo estaba terminando el corte de un cliente habitual cuando la puerta se abrió con el sonido de la campanilla.

Entró una anciana elegante, con su andador y un sombrero de flores descoloridas. Tenía el cabello perfectamente peinado y una sonrisa cálida, de esas que uno no olvida.

—Buenos días, joven —me dijo con voz firme—. Vengo por el corte de mi nieto Sebastián.

Miré detrás de ella. No había nadie.

—¿Su nieto, señora?

Ella se giró y sonrió hacia el aire.
—Sí, Sebastián. Ven, mi amor, no seas tímido.

Me quedé quieto. No sabía qué decir. La mujer hablaba con una dulzura tan real que por un instante, juro que sentí la presencia del niño.

Así que, sin pensarlo, le seguí el juego.

—Ah, claro. Que pase Sebastián —dije, señalando una silla vacía frente al espejo.

La señora Margot sonrió, satisfecha.
—¿Ves, cielo? El señor Ramírez es muy amable contigo.

Se sentó en la sala de espera, abrió una revista, y me dejó “trabajar”.

Yo me acerqué a la silla, tomé las tijeras y empecé a hacer mi rutina.
Corte imaginario. Agua en spray. Preguntas al aire.

—¿Así te gusta, campeón?
—Sí, muy bien —respondí al silencio.

Durante quince minutos, le corté el cabello invisible a un niño invisible.

Cuando terminé, me giré hacia la señora Margot.
—Listo, señora. Quedó guapo.

Ella se levantó despacio, acarició el aire con ternura y dijo:
—¡Qué lindo te ves, mi cielo!

Luego me pagó con una sonrisa.
—Invita la casa, señora —le dije.
—Qué generoso, don Ramírez. Sebastián, dale las gracias.

Y la voz de ella, quebrada pero feliz, susurró:
—Gracias, señor Ramírez.

Ese día, cuando cerré el local, no pude dejar de pensar en ella.

💇 Los martes de Sebastián

Al martes siguiente volvió.
Y al otro también.
Y al siguiente.

Siempre a la misma hora: las diez en punto.
Siempre con el mismo ritual: saludo, charla con el “nieto”, y el corte invisible.

Con el tiempo, los clientes se acostumbraron.
Al principio me miraban raro, pero luego se unieron al juego.

—¿Y cómo está el pequeño Sebastián hoy, don Ramírez? —preguntaba el señor Torres mientras esperaba su turno.
—Muy bien, creciendo como la espuma —respondía yo, riendo.

En el espejo del local, el reflejo vacío de la silla se volvió parte del paisaje.
Y aunque nadie lo dijera, todos sabíamos que, de algún modo, esa silla tenía dueño.

A veces, la señora Margot le traía dulces “para después del corte”.
Los dejaba sobre el mostrador con cuidado, como si realmente el niño los fuera a buscar.

Yo los guardaba en un frasco junto a las tijeras.
Un frasco que, con el tiempo, se convirtió en un pequeño altar invisible.

🕊️ La visita inesperada

Pasaron seis meses.
Era martes, otra vez.
Pero esa mañana, la puerta no se abrió con el sonido familiar del andador.

En su lugar, entró una mujer de unos cuarenta años, con los ojos rojos y el rostro agotado.

—¿Usted es don Ramírez? —preguntó.
—Sí, señora. ¿En qué puedo ayudarla?

—Soy Patricia, la hija de la señora Margot.

Mi corazón dio un vuelco.
—¿Le pasó algo a su mamá?

Ella asintió, conteniendo las lágrimas.
—Vengo a agradecerle.

No entendí al principio. Me senté con ella en el sillón de espera, el mismo donde la anciana solía leer revistas.

—Mi hijo Sebastián murió hace dos años —dijo, casi en un susurro—. Cáncer. Tenía siete años.

El mundo pareció detenerse.

—Mamá nunca lo superó. Su mente… simplemente se negó a aceptar la realidad. Empezó a hablar con él, a verlo, a comprarle ropa, juguetes. Los médicos lo llamaron demencia senil. Pero yo creo que fue el corazón el que se rompió primero.

Tragué saliva.

—Y entonces empezó a venir aquí. Cada martes, como un reloj. Anotaba en su agenda: “Peluquería con Sebastián”.

Patricia continuó:
—Nosotros no sabíamos. Hasta que mamá… —se detuvo, respiró hondo— tuvo un derrame cerebral hace una semana. Está en el hospital. Antes de perder el habla, me tomó la mano y me dijo: “Dile al peluquero que Sebastián está muy agradecido. Que es el mejor peluquero del mundo.”

Sus palabras se quebraron.

Yo sentí un nudo en la garganta.
No sabía si llorar o reír.

—No sé qué decir, señora.

—No diga nada —respondió Patricia—. Usted le dio a mi madre algo que nadie más pudo: la posibilidad de seguir amando a su nieto un poco más.

Nos quedamos en silencio largo rato.
Luego, ella dejó un sobre con dinero sobre el mostrador.
Intenté rechazarlo, pero insistió.

—Es de mamá —me dijo.

Y se fue, con pasos lentos, dejando un vacío que pesaba más que el aire.

📸 El mejor cliente del mundo

Esa tarde, después de cerrar la peluquería, saqué el frasco de dulces y lo puse sobre la mesa.
Me senté frente al espejo donde tantas veces había cortado el cabello del “niño”.

Tomé una foto que Patricia me había dejado: ella con un pequeño de sonrisa enorme y cabello castaño.
Sebastián.

La enmarqué y la coloqué justo encima del espejo.

Desde entonces, todos mis clientes la ven.
Y cuando preguntan, yo les digo:

“Ese es Sebastián. El mejor cliente que he tenido.”

💫 Cada martes a las diez

No sé si la señora Margot sigue viva.
No he vuelto a saber de Patricia.
Pero cada martes a las diez en punto, cierro la peluquería durante quince minutos.

Apago la música, guardo las tijeras, y dejo la silla vacía frente al espejo.
A veces me parece escuchar el sonido de pasos pequeños entrando por la puerta.

—Buenos días, don Ramírez —imagino una vocecita—. ¿Me corta el cabello como siempre?

Y yo contesto, sonriendo:

—Por supuesto, campeón. La casa invita.

Durante esos quince minutos, el tiempo se detiene.
El local vuelve a oler a colonia infantil y champú de manzanilla.
Y el espejo refleja algo que los demás no pueden ver.

Tal vez no exista Sebastián.
Pero sí existe el amor que dejó atrás.

Y mientras haya amor,
nunca estará realmente ausente. 💛

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