
30
Nov
68 sicarios del cártel Jalisco. Nueva generación acababan de bloquear la carretera federal 37 en Michoacán usando vehículos robados, tres camionetas monstruo blindadas con ametralladoras calibre 50 y decenas de rifles de asalto. Pensaban que iban a detener un convoy militar que traía refuerzos. No sabían que el convoy nunca existió.
No sabían que todo era una trampa perfectamente planeada por el ejército mexicano y definitivamente no sabían que 12 helicópteros de combate, cuatro tanques blindados y 200 soldados de élite ya venían en camino con una sola misión: aniquilarlos a todos.
Quédate hasta el final porque lo que vas a escuchar sobre cómo las fuerzas armadas usaron la propia arrogancia del cartel más poderoso de México para destrozarlos en 17 minutos de combate brutal, te va a dejar sin aliento. Antes de continuar, nos gustaría saber desde dónde nos escuchas, así que deja un comentario indicando tu ciudad o país.
Nos alegra saber que nuestro canal está siendo disfrutado por personas de todo el mundo. Ahora sí, regresemos a esa madrugada cuando todo comenzó con una llamada telefónica que cambiaría el destino de 68 hombres que pensaban que eran invencibles. 4:30 de la madrugada, el teléfono satelital del fantasma vibró con una llamada encriptada.
El fantasma, cuyo nombre real era Marco Antonio Velázquez, de 35 años, comandante regional del CJNG en Michoacán, llevaba 12 años trabajando para el cartel. Había sobrevivido a tres intentos de asesinato, dos operativos militares y había ordenado la muerte de más de 50 rivales. Era un hombre que conocía la violencia, que vivía en la violencia, que respiraba violencia, pero esa madrugada iba a conocer un tipo de violencia que jamás había imaginado.
La voz del otro lado era de El Flaco, lugar teniente directo de Nemesio o Ceguera Cervantes, el Mencho, el líder máximo del CJNG. Fantasma, tenemos un problema gordo”, dijo el flaco con urgencia en la voz. “Nuestros halcones en Guadalajara reportan que el ejército está moviendo un convoy pesado hacia aguililla. Vienen para reforzar el cerco contra el camaleón. Si ese convoy llega, atrapan al jefe y toda la célula cae.
El patrón dice que no puede pasar. Tienes que bloquear la Federal 37. Ahora el fantasma se incorporó en la cama de su casa de seguridad en las afueras de Morelia. ¿Cuántos vehículos vienen? Preguntó mientras ya comenzaba a vestirse. El flaco respondió, “Dicen que son como 20 camiones militares, escoltas blindadas, tal vez 200 soldados.
Vienen cargados con equipo pesado. El patrón dice que si los dejas pasar te mata a ti y a toda tu familia. Prefiero que mueras peleando contra el ejército a que mueras por desobedecer.” El fantasma entendió perfectamente el mensaje. En el CJNG no había segunda oportunidad. O cumplías las órdenes de el mencho o morías. Así de simple.
Voy a necesitar gente, mucha gente, dijo el fantasma mientras cargaba su pistola FN57 con cargador extendido. El flaco ya lo tenía todo calculado. Tienes luz verde para usar a todos los disponibles en la zona. 60 a 70 hombres los que necesites. Róbate los vehículos que hagan falta para el bloqueo. Saca los monstruos y fantasma. Esto es directo del patrón. Si vienen helicópteros como en 2015, los tumbas.
Tenemos RPG7 nuevos que trajimos de Guatemala. Los usas sin miedo. El fantasma sonrió con amargura recordando el 2015. El CJNG había derribado un helicóptero militar en Jalisco, matando a siete soldados. Fue una victoria que los hizo sentirse invencibles, que les mostró que podían enfrentarse al ejército y ganar.
Esa victoria les había dado años de arrogancia. Esa arrogancia estaba a punto de costarles todo. A las 5 de la mañana, el fantasma había reunido a 68 de sus mejores hombres en un rancho abandonado a las afueras de Aguililla. Eran sicarios, curtidos, algunos apenas veiañeros que habían crecido en la violencia, otros veteranos de 4 y tantos años que llevaban décadas en el negocio del narcotráfico. Todos armados hasta los dientes.
Todos dispuestos a morir por el cartel que les pagaba más en un mes de lo que ganarían en un año trabajando honestamente. Escuchen bien, cabrones! Gritó el fantasma parado sobre la caja de una pickup para que todos lo vieran. El gobierno está mandando un convoy militar para chingar al jefe camaleón. Si ese convoy pasa, nos chingan a todos.
Así que vamos a bloquear la Federal 37 y no vamos a dejar pasar ni una [ __ ] hormiga. ¿Entendido? Un coro de gritos afirmativos llenó el aire de la madrugada. El fantasma continuó con las instrucciones. Vamos a robar 15 vehículos de la carretera, tráileres, camiones, autobuses, lo que sea grande.
Los vamos a atravesar bloqueando los dos carriles. Atrás ponemos los tres monstruos con las 50 montadas. El resto se dispersa en posiciones defensivas. Si viene el ejército por tierra, los recibimos a balazos. Si vienen helicópteros, tenemos cuatro RPG7 listos para tumbarlos, como hicimos en Jalisco. Ya les demostramos una vez que podemos. Les vamos a demostrar otra vez.
Los sicarios celebraron con gritos y disparos al aire. Tenían la confianza ciega de quien ha ganado demasiadas veces. En los últimos 2 años, el CJNG había ejecutado 73 bloqueos exitosos en Michoacán, Jalisco y Guanajuato. Cada vez que bloqueaban, el gobierno negociaba, retrocedía o buscaba rutas alternas.
Cada bloqueo exitoso los hacía sentir más poderosos, más invencibles. Nunca se les ocurrió pensar que tal vez el gobierno había estado esperando el momento perfecto para cambiar las reglas del juego. Lo que el fantasma y sus sicarios no sabían era que cada palabra de esa reunión estaba siendo grabada. A 100 m sobre sus cabezas, volando en círculos silenciosos que los icarios nunca detectaron.
Un dron de reconocimiento militar equipado con micrófonos direccionales de largo alcance capturaba cada grito, cada orden, cada amenaza. Las imágenes térmicas mostraban exactamente cuántos hombres había, dónde estaban posicionados, qué armas llevaban. Y toda esa información estaba siendo transmitida en tiempo real a una sala de operaciones en la base aérea militar número 5 en Zapopan, Jalisco, donde un grupo de oficiales observaba con satisfacción absoluta.
A las 5:15 de la madrugada, mientras el fantasma y sus hombres comenzaban a robar vehículos de la carretera para montar el bloqueo, en la sala de operaciones de la base militar de Zapopan, el ambiente era de concentración total. El coronel Héctor Maldonado, veterano de 28 años combatiendo al crimen organizado, observaba las pantallas gigantes que mostraban cada movimiento del CJNG.
A su lado estaba el general de brigada Arturo Sandoval, comandante de la Fuerza Aérea Mexicana en la región occidente y el capitán de Mina Centayu, Navío Roberto Méndez de la Secretaría de Marina. Los tres habían pasado las últimas tres semanas planeando esta operación hasta el más mínimo detalle. Perfecto”, dijo el coronel Maldonado con una sonrisa fría mientras veía a los sicarios posicionar vehículos robados en la carretera.
Cayeron exactamente como predijimos. El general Sandoval asintió. “La información falsa que filtramos sobre el convoy funcionó a la perfección. Ahora piensan que van a detener refuerzos militares que ni siquiera existen. El capitán Méndez agregó, “Llevamos 2 años esperando que el CEJ TNG cometiera un error lo suficientemente grande para justificar una respuesta de esta magnitud.
Ahora lo tenemos. 68 objetivos confirmados, todos armados, todos en un solo punto. Es la oportunidad perfecta. El coronel Maldonado se dirigió a la sala llena de oficiales de inteligencia, pilotos de helicóptero, comandantes de unidades terrestres. Caballeros, esto es lo que hemos estado esperando.
Durante años el CJNG ha usado los bloqueos carreteros como táctica de intimidación. Han paralizado estados enteros, han aterrorizado a la población civil, han demostrado que pueden operar con impunidad. Hoy eso termina. Hoy les vamos a enseñar que cuando bloquean una carretera federal no están enfrentándose a policías municipales mal equipados, están enfrentándose al poder completo de las fuerzas armadas mexicanas.
Y vamos a usar todo lo que tenemos para borrarlos del mapa, señaló las pantallas donde se veía el bloqueo del CJNG tomando forma. Operación martillo de hierro está autorizada al nivel más alto. Tenemos luz verde del secretario García Harfush. Personalmente, nuestros drones confirman que el CJNG ha secuestrado a 18 civiles y los está usando como escudos humanos al frente del bloqueo. Esto complica la operación, pero no la cancela.
Las reglas de enfrentamiento son claras. Prioridad absoluta es rescatar a los civiles ilesos. Después, cualquier individuo armado del CJNG que no se rinda es objetivo letal. No estamos ahí para arrestar sicarios. Estamos ahí para rescatar inocentes y neutralizar una amenaza terrorista que está bloqueando infraestructura federal.
Cero tolerancia con el crimen, cero riesgo para civiles. El general Sandoval tomó la palabra. Tenemos 12 helicópteros listos, cuatro de asalto pesado para transporte de tropas y fuego de supresión, cuatro de ataque ligero armados con cohetes de precisión. Dos de transporte para evacuación médica y apoyo. Dos de vigilancia con cámaras térmicas para coordinar todo desde altura.
Además, por tierra van cuatro vehículos blindados con cañones de 30 mm y 200 soldados de las fuerzas especiales, los mejores que tenemos, hombres que han entrenado específicamente para combate urbano de alta intensidad. El capitán Méndez añadió, “La Marina aporta equipos de guerra electrónica que van a bloquear todas las comunicaciones del CJNG en un radio de 20 km.
No van a poder llamar refuerzos. No van a poder coordinar, van a estar completamente aislados cuando comience el ataque. El coronel Maldonado miró el reloj. Son las 5:30. Los objetivos están montando el bloqueo. Calculamos que estarán completamente posicionados a las 6. Despegamos a las 6:10. Tiempo de vuelo, 24 minutos. Llegamos a las 6:14. En ese momento comienza la aniquilación.
Hubo un momento de silencio pesado en la sala. Todos sabían lo que estaba a punto de suceder. Todos sabían que en menos de una hora 68 hombres iban a morir en un campo de batalla de 17 minutos. El coronel Maldonado rompió el silencio. Hay algo más que deben saber.
No todos esos 68 hombres son criminales de corazón. Algunos fueron reclutados por amenazas. Pero en el momento en que tomaron un arma y bloquearon esa carretera, se convirtieron en combatientes enemigos. Si alguien arroja su arma y se rinde, lo arrestamos. No ejecutamos a prisioneros, pero si resisten, si disparan, los eliminamos sin dudarlo. Los pilotos de helicóptero comenzaron a dirigirse a sus aeronaves.
Los soldados de las fuerzas especiales verificaban sus equipos por última vez. Los comandantes de los tanques Sancat arrancaban sus motores. Todo el poderío militar de una nación estaba siendo movilizado contra 68 sicarios que pensaban que podían desafiar al gobierno con impunidad. La maquinaria de guerra se ponía en marcha.
Mientras tanto, a 80 km de distancia, él, fantasma y sus hombres terminaban de montar el bloqueo más grande que habían hecho en meses. 15 vehículos civiles robados atravesados en ambos carriles de la Federal 37. Pero el fantasma sabía que necesitaba más que vehículos, necesitaba escudos humanos. Era la táctica que siempre funcionaba, porque el ejército no disparaba cuando había civiles inocentes en medio.
Ordenó a 20 de sus sicarios que fueran a las casas cercanas y sacaran a la gente a la fuerza. En los siguientes 30 minutos, 18 civiles fueron arrancados de sus hogares a punta de pistola. Maestros que preparaban clases, comerciantes abriendo sus negocios, un médico de guardia, dos mujeres mayores, hasta tres niños aterrorizados con sus padres.
Los llevaron al bloqueo y los pusieron al frente de todo, temblando de miedo, llorando, rogando que los dejaran volver con sus familias. El fantasma les gritó. Si se quedan quietos y no hacen pendejadas, no les pasa nada. Ustedes son nuestro seguro de vida contra el gobierno.
Detrás de los 18 civiles aterrorizados, el fantasma posicionó los tres monstruos blindados, tres camionetas monstruo Pickups Ford F 250 modificadas con placas de acero, soldadas de media pulgada de grosor y ametralladoras Browning M 2 calibre 50 montadas en las cajas. Cada una de esas armas podía disparar 500 balas por minuto con un alcance efectivo de 2 km. Eran bestias de guerra capaces de destruir vehículos ligeros y atravesar paredes de concreto.
Los sicarios se distribuyeron en posiciones defensivas. 20 hombres atrincherados detrás de los vehículos civiles con rifles AK47 y AR15. 15 más dispersos en la vegetación a los lados de la carretera con granadas y lanzagranadas. 12 operando las tres ametralladoras calibre 50. Cuatro equipos de dos hombres, cada uno con lanzacohetes RPG7, las mismas armas que habían derribado el helicóptero en 2015.
El resto en Mino ha hecho anis posiciones de apoyo con munición extra y radios para coordinar. El fantasma caminaba entre sus hombres dando órdenes finales. Si vienen por tierra, los dejamos acercarse a 200 m y entonces les damos con todo. Las 50 destrozan cualquier vehículo que no sea tanque pesado. Si vienen helicópteros, los equipos de RPG tienen prioridad.
Apunten, respiren, disparen, no desperdicien cohetes. Con uno que tumbemos, los demás se van a [ __ ] y se van a retirar como siempre hacen. Un outen, sicario joven, no mayor de 22 años, levantó la mano. Jefe, ¿y si traen muchos helicópteros? ¿Qué hacemos? El fantasma lo miró con la confianza del que ha visto demasiado.
Mira, morro, en 2015 tumbamos uno y el gobierno corrió como niñas asustadas. Desde entonces, cada vez que bloqueamos o negocian o se van por otro lado, nunca nos han atacado de verdad porque saben que les costamos muchos muertos. Hoy no va a ser diferente. Y si se ponen [ __ ] y vienen con todo, pues nos los chingamos. Tenemos posiciones, tenemos armas, tenemos huevos. Que vengan. Los sicarios celebraron con gritos.
Estaban eufóricos, confiados, seguros de su victoria antes de que la batalla siquiera comenzara. Esa confianza ciega, esa arrogancia construida sobre años de éxitos era exactamente lo que el ejército mexicano había estado esperando explotar. Un enemigo confiado es un enemigo descuidado. Un enemigo descuidado es un enemigo muerto.
A las 6:10 de la mañana, en la base aérea de Minchin Zapopan, 12 helicópteros encendieron sus motores creando un rugido ensordecedor que hacía vibrar el aire. No eran máquinas comerciales, eran instrumentos de guerra diseñados específicamente para matar. El coronel Maldonado subió al helicóptero de mando a través de su casco con comunicaciones integradas.
habló a todos los pilotos y comandantes de unidad, todos los equipos. Aquí Águila 1. Operación martillo de hierro está en marcha. Objetivos confirmados en zona de bloqueo. 68. Hostiles armados. Tres vehículos de combate pesado. Múltiples sistemas de armas. Mantengan formación de ataque. Los de vigilancia marcan objetivos. Los de ataque neutralizan amenazas pesadas.
Primero los de asalto entregan tropas para limpieza. Prioridad uno, eliminar capacidad antiaérea enemiga. Prioridad dos, destruir vehículos blindados. Prioridad tres, neutralizar o capturar hostiles restantes. Reglas de enfrentamiento. Fuego libre contra cualquier individuo armado que no se rinda. Inmediatamente. Vamos a enseñarles lo que cuesta bloquear una carretera federal.
Los 12 helicópteros se elevaron en formación perfecta y giraron hacia el este, hacia aguililla, hacia el destino de 68 hombres que tenían menos de media hora de vida. El vuelo sería de 24 minutos a velocidad de crucero. Por tierra, cuatro tanques blindados Sancat ya habían salido 30 minutos antes y se acercaban por carreteras alternas.
200 soldados de élite iban distribuidos en Mina West and Mino. Los helicópteros de asalto, cada uno con órdenes claras. Captura o mata, pero no dejes que escapen. En el bloqueo, el fantasma fumaba un cigarro recargado contra uno de los monstruos blindados. Eran las 6 de la mañana. El sol comenzaba a iluminar las montañas. Algunos de sus hombres dormitaban en sus posiciones, otros jugaban cartas, otros revisaban sus armas por décima vez. Nadie parecía nervioso. Todos habían hecho esto antes.
Bloquear, esperar, ver al gobierno, negociar o retirarse, desbloquear y volver a casa. Rutina. Lo que no sabían era que a 20 km de distancia, los equipos de guerra electrónica de la Marina acababan de activar sistemas de interferencia que cortaron todas las comunicaciones celulares y de radio en un área de 25 km². Los teléfonos satelitales del CKNG dejaron de funcionar.
Los radios de los sicarios solo transmitían estática. Estaban completamente aislados y ni siquiera lo sabían todavía. Un sicario intentó llamar a Amo Into Sim, un compañero en otro punto del bloqueo. Nada, intentó con el celular, sin señal. Oye, jefe, gritó hacia el fantasma. Los radios no jalan y no hay señal de celular.
El fantasma tiró el cigarro y frunció el ceño. Revisa las baterías, [ __ ] No [ __ ] deben ser las baterías. El sicario revisó. Las baterías estaban bien. Los equipos simplemente no funcionaban. Una sensación fría comenzó a recorrer la espalda de el fantasma. Algo no estaba bien. Fueron las 6:12 de la mañana cuando el fantasma escuchó el sonido que jamás olvidaría en los últimos minutos de su vida.
un zumbido distante que crecía rápidamente hasta convertirse en un rugido atronador. Levantó la vista hacia el cielo del este y lo que vio lo dejó paralizado. 12 helicópteros negros apareciendo sobre las montañas en formación de combate perfecta, volando directo hacia ellos como aves de presa que habían detectado carne vulnerable.
“Helicópteros, helicópteros!”, gritó el fantasma con una mezcla de adrenalina y miedo que nunca había sentido antes. A sus posiciones. Equipos de RPG, prepárense. 50. Abran fuego cuando estén en rango. Los sicarios que dormitaban despertaron de golpe. Los que jugaban cartas tiraron las barajas. Todos corrieron a sus posiciones, mientras el rugido de los helicópteros se hacía cada vez más fuerte, más cercano, más amenazador.
Las tres ametralladoras calibre 50 giraron hacia el cielo. Los cuatro equipos de RPG prepararon sus lanzacohetes. 68 hombres apuntaron sus armas hacia arriba esperando el momento de disparar. Ahora déjame preguntarte algo. ¿Qué harías tú si fueras uno de esos sicarios y vieras 12 helicópteros militares volando directo hacia ti? ¿Pelearías sabiendo que probablemente vas a morir o tirarías el arma y te rendirías? Déjame tu comentario porque realmente quiero saber qué piensas. Los helicópteros se dividieron en formación de ataque. Los cuatro de asalto se
mantuvieron a 100 m de altura fuera del alcance de las armas pequeñas. Los cuatro de ataque descendieron a 500 m, pero se mantuvieron a 2 km de distancia, exactamente en el límite del alcance efectivo de las ametralladoras, 50, pero fuera del alcance preciso. Los dos de vigilancia subieron a 3,000 m donde eran prácticamente invisibles. Los dos de transporte quedaron atrás esperando.
Ahora, déjame preguntarte algo. ¿Qué harías tú si fueras uno de esos sicarios? Si vieras 12 helicópteros militares volando directo hacia ti, sabiendo que usaste civiles como escudos, ¿pelearías esperando que el gobierno no ataque o te rendirías inmediatamente? Déjame tu comentario porque realmente quiero saber qué piensas. Disparen, disparen ahora! Gritó el fantasma.
Las tres ametralladoras Browning M2 abrieron fuego con un estruendo que hacía temblar el suelo. Miles de balas calibre 50 surcaron el aire trazando líneas rojas brillantes hacia el cielo. Pero los helicópteros estaban demasiado lejos. Las balas perdían velocidad y caían antes de alcanzarlos. Era como intentar apagar el sol escupiéndole.
Los equipos de RPG dispararon sus cuatro cohetes casi simultáneamente. Cuatro estelas de humo blanco salieron disparadas hacia los helicópteros. Pero estos no eran los helicópteros lentos y confiados de 2015. Los pilotos habían entrenado específicamente para evadir RPG. En el momento en que detectaron los lanzamientos, ejecutaron maniobras evasivas violentas.
Tres cohetes pasaron de largo explotando en el aire. El cuarto se acercó peligrosamente a un helicóptero de ataque, pero el sistema de contramedidas electrónicas lo desvió y explotó a 50 m de distancia sin causar daño. El fantasma observaba con horror creciente. En 2015 habían tumbado un helicóptero porque este se había acercado demasiado, porque los pilotos habían sido descuidados.
Estos pilotos no cometían ese error. Se mantenían a distancia perfecta, demasiado lejos para ser alcanzados, pero lo suficientemente cerca para atacar con precisión. Y entonces comenzó la aniquilación. Los cuatro helicópteros de ataque lanzaron ocho cohetes guiados por láser en cuestión de segundos.
No eran cohetes tontos que volaban en línea recta, eran misiles inteligentes con sistemas de guía que ajustaban su trayectoria en pleno vuelo, persiguiendo el calor y el láser que los marcaba. El primer par de cohetes impactó el monstruo del lado derecho. La explosión fue tan violenta que la camioneta blindada de tres toneladas se elevó 2 m en el aire antes de caer hecha pedazos. Los cuatro sicarios que la operaban murieron instantáneamente vaporizados.
Ni siquiera tuvieron tiempo de gritar. El segundo par de cohetes destruyó el monstruo del centro. La ametralladora calibre 50 salió volando en una dirección. La cabina del vehículo en otra. Tres sicarios más muertos en menos de un segundo. El tercer par impactó una concentración de sicarios atrincherados detrás de un tráiler.
La explosión mató a seis hombres y dejó a otros cuatro gravemente heridos, gritando de agonía con miembros arrancados. El cuarto par destruyó el último monstruo blindado junto con sus tres operadores. En menos de 30 segundos, el CJNG había perdido sus tres vehículos de combate pesado y 16 hombres. El fantasma gritaba órdenes, pero nadie lo escuchaba por encima del estruendo de las explosiones y el rugido de los helicópteros.
El pánico comenzaba a apoderarse de sus hombres. Algunos disparaban frenéticamente al aire sin apuntar. Otros buscaban desesperadamente cobertura, otros simplemente corrían y entonces aparecieron los tanques. Cuatro vehículos blindados sancat israelíes modificados para el ejército mexicano, avanzaban por la carretera a 60 km porh.
Cada uno pesaba 9 toneladas, tenía blindaje capaz de resistir minas terrestres y RPG y llevaba montado un cañón automático Bushmaster de 30 mm que podía disparar 200 proyectiles explosivos por minuto. Eran máquinas enten de matar imparables. Tanques. Vienen tanques por la carretera, gritó un sicario aterrado.
Los sicarios que quedaban con RPG intentaron recargar sus lanzacohetes, pero los cohetes que habían traído eran solo cuatro y ya los habían desperdiciado contra los helicópteros. Algunos sicarios dispararon sus AK47 contra los tanques. Las balas rebotaban en el blindaje sin causar ni un rasguño. Era como tirarle piedras a un rinoceronte.
Los tanques SCAT abrieron fuego con sus cañones de mi no 30 mm. Cada proyectil que disparaban era un pequeño explosivo que detonaba al impacto. El primer tanque disparó una ráfaga de 20 proyectiles contra un grupo de sicarios atrincherados. Los proyectiles atravesaron el vehículo detrás del cual se escondían y explotaron matando a cinco hombres.
El segundo tanque destruyó una pickup desde la cual sicarios intentaban escapar. El vehículo explotó en llamas matando a sus tres ocupantes. El fantasma vio que todo estaba perdido. Vio a la mitad de sus hombres muertos o heridos. Vio los tres monstruos destruidos. Vio los tanques avanzando imparables. Vio los helicópteros en el cielo listos para lanzar más cohetes.
Y finalmente entendió la verdad horrible. No había convoy militar, nunca lo hubo. Todo había sido una trampa para provocarlos a bloquear la carretera y así tener pretexto legal para aniquilarlos con fuerza total. Habían caído como idiotas. “Retirada, retirada!”, gritó el fantasma. “Todos a los vehículos. Dispersión! Pero ya era demasiado tarde para retirarse en orden.
Era un sálvese quien pueda absoluto. Los sicarios, que todavía podían moverse corrían en todas direcciones. Algunos intentaban subir a vehículos para escapar, otros se internaban en la vegetación, otros tiraban sus armas y levantaban las manos rindiéndose.
Los cuatro helicópteros de asalto descendieron y de sus puertas laterales comenzaron a descender soldados de las fuerzas especiales en rapel. Eran hombres vestidos completamente de negro con equipo táctico de última generación. Descendían con una velocidad y precisión que demostraba años de entrenamiento. En cuestión de segundos había 40 soldados en el suelo formando un perímetro.
“¡Tiren las armas y al suelo con las manos en la nuca!”, gritaban los soldados a través de megáfonos. “Última oportunidad. ¿Se rinden o muer?” 19 sicarios que vieron la situación perdida tiraron sus armas y se tiraron al suelo. Los soldados los esposaron rápidamente con bridas plásticas, pero había otros que decidieron pelear hasta el final.
Un grupo de 12 sicarios se atrincheró dentro de un tráiler con granadas y rifles determinados a vender cara a su vida. Disparaban por las ventanas y puertas hacia los soldados que intentaban acercarse. Sabían que no había escape. Sabían que iban a morir, pero decidieron llevarse a cuántos soldados pudieran con ellos.
Eran hombres que habían vivido en la violencia tanto tiempo que la muerte ya no les asustaba. Solo querían causar el máximo daño posible antes del final. El capitán Roberto Vega, de 34 años, padre de dos niños de 6 y 9 años, esposo de María Elena Vega, veterano de 11 años en las fuerzas especiales con 17 operaciones de alto riesgo en su historial, líder del primer equipo de asalto. Era un soldado excepcional. Había nacido en Monterrey.
Se había enlistado a los 23 años después de ver cómo el narco asesinaba a su mejor amigo de la infancia. juró dedicar su vida a combatir el crimen organizado. Había cumplido ese juramento con honor durante 11 años. Esa mañana Vega lideraba a su equipo de ocho hombres en un movimiento para rodear el tráiler donde los 12 sicarios se habían atrincherado.
El plan era simple: flanquear el vehículo por ambos lados, lanzar granadas de aturdimiento para desorientar a los enemigos y entonces asaltar desde múltiples ángulos. Era una táctica que habían practicado cientos de veces en entrenamiento y que habían ejecutado exitosamente en combates reales anteriores. Vega era un líder nato que siempre iba al frente, que nunca pedía a sus hombres hacer algo que él no estuviera dispuesto a hacer primero.
Avanzaba agachado usando un vehículo abandonado como cobertura, su rifle levantado concentrado en el tráiler a 30 m de distancia. A través de su visor podía ver sombras moviéndose dentro del tráiler. Podía escuchar a los sicarios gritándose instrucciones unos a otros en pánico.
Estaba a punto de dar la orden de lanzar las granadas cuando una de las puertas del tráiler se abrió de golpe. Tres sicarios salieron disparando ráfagas de AK47 en modo automático. No apuntaban, solo disparaban en la dirección general donde creían que estaban los soldados. Era fuego de supresión desesperado. La mayoría de las balas pasaron alto o se incrustaron en vehículos abandonados, pero la suerte ciega de la desesperación es impredecible. Cuatro balas encontraron su objetivo.
Tres impactaron el chaleco balístico del capitán Vega en el pecho. El chaleco de cerámica nivel 4 absorbió los impactos. Vega sintió como si un caballo lo hubiera pateado en el pecho. Le sacó el aire de los pulmones y lo hizo tambalearse, pero el chaleco cumplió su función. Esas tres balas no lo mataron.
La cuarta bala lo alcanzó justo arriba del borde superior del chaleco en el cuello, exactamente donde la arteria carótida bombea sangre oxigenada al cerebro. Fue un tiro de suerte ciega, uno en 1000, el tipo de impacto que ni el tirador más experto podría replicar. Intencionalmente, la bala calibre 7.62 atravesó la arteria completamente. El capitán Vega sintió un dolor agudo y entonces un calor líquido bajando por su pecho.
Intentó gritar una advertencia a Sonusme, a sus hombres, pero solo salió un gorgoteo de su garganta. Sus piernas perdieron fuerza. Cayó de espaldas sobre el pavimento, mirando el cielo que comenzaba a iluminarse con el amanecer. El sargento Miguel Torres, segundo al mando del equipo y amigo cercano de Vega desde hacía 7 años, vio caer a su capitán y su corazón se detuvo por un segundo. El capitán está herido. Médico.
Necesitamos médico ahora! gritó mientras corría hacia Vega bajo fuego enemigo. Dos soldados más lo cubrieron disparando hacia el tráiler mientras Torres arrastraba a Vega detrás de un vehículo volcado. La sangre brotaba del cuello de Vega en pulsos rítmicos, señal de que la arteria estaba severamente dañada. Torres aplicó presión directa en la herida con sus manos mientras gritaba por el médico de combate.
“Aguanta, Roberto, aguanta. El médico ya viene. Piensa en María, piensa en tus hijos. No te me vayas. Vega intentó hablar, pero solo burbujas de sangre salían de su boca. Sus ojos, que habían estado enfocados en torres, comenzaban a perder foco mirando hacia ninguna parte. Su piel se ponía pálida rápidamente, conforme la sangre bombeaba fuera de su cuerpo.
En heridas de arteria carótida, la muerte llega en minutos y no segundos. El médico de combate, cabo primero, Jesús Ramírez, llegó corriendo con su kit médico, apartó las manos ensangrentadas de torres y evaluó la herida en 2 segundos. Su entrenamiento le decía que esto era casi imposible de salvar en campo de batalla. Una arteria carótida completamente seccionada requería cirugía vascular inmediata en un quirófano. Pero Ramírez no se rindió.
Aplicó hemostáticos de combate, una sustancia que ayudaba a coagular sangre. Rápidamente aplicó un vendaje de presión especializado diseñado para heridas de cuello. Intentó todo lo que sabía, pero la sangre seguía saliendo. Demasiada sangre. Demasiado rápido. En menos de 2 do minutos desde recibir el impacto, el capitán Roberto Vega, de 34 años, padre, esposo, soldado de élite, entró en shock hipobolémico por pérdida masiva de sangre.
Su corazón latía frenéticamente intentando bombear sangre que ya no estaba ahí. Su presión arterial cayó en picada. Sus órganos comenzaban a apagarse por falta de oxígeno. El cabo Ramírez gritó por evacuación médica urgente, pero sabía que era demasiado tarde. Incluso si un helicóptero hubiera estado a 100 m y un hospital a 5 minutos, Vega no lo habría logrado.
Algunas heridas son simplemente demasiado severas. El capitán Roberto Vega murió a las 6:23 de la madrugada en una carretera polvorienta de Michoacán con las manos de sus hermanos de armas sosteniéndolo. Sus últimos pensamientos fueron de su esposa María Elena y sus hijos. En su bolsillo llevaba una fotografía de los tres tomada dos semanas antes en el cumpleaños de su hijo mayor.
Nunca vería a sus hijos crecer. Nunca volvería a abrazar a su esposa, nunca conocería a sus futuros nietos. Todo eso fue arrebatado por una bala disparada al azar por un sicario aterrado que ni siquiera apuntaba. El sargento Torres cerró los ojos de su amigo y capitán con mano temblorosa. Lágrimas corrían por su cara dejando rastros limpios en el polvo y la suciedad.
Pero no había tiempo para el duelo. No todavía. La batalla continuaba. Torres se puso de pie. limpió su cara, levantó su rifle y con voz rota por la emoción, pero firme en comando, gritó a su equipo. El Capitán Vega ha caído. Ahora vengamos a nuestro hermano. Acabemos con estos hijos de [ __ ] Por el capitán, adelante. Los soldados del equipo de Vega, furiosos por la muerte de su líder, lanzaron seis granadas de fragmentación dentro del tráiler donde se escondían los sicarios.
Las explosiones simultáneas mataron a los 12 hombres que estaban dentro. Era justicia brutal, pero justicia al fin. El hombre que había disparado la bala que mató al capitán Vega murió sin saber siquiera a quién había matado. Solo otro cadáver entre 37. Otro grupo de sicarios, viendo que todo estaba perdido, decidieron intentar una última jugada desesperada.
Cuatro hombres se internaron en la vegetación espesa al lado de la carretera cargando granadas y rifles. Planeaban emboscar a los soldados desde cobertura natural. Era una táctica que había funcionado para ellos en enfrentamientos anteriores contra policías municipales mal entrenados. Pero estos no eran policías municipales, eran soldados de élite que habían entrenado específicamente para detectar y neutralizar emboscadas.
El soldado Mario Téz, de 23 años, originario de Puebla, el más joven de cinco hermanos, recién casado hacía 8 meses con su novia de la preparatoria, Ana Luisa, formaba parte del segundo equipo de asalto. Telles había ingresado al ejército a los Mindcentes, 19 años en contra de los deseos de sus padres que habían rogado que estudiara ingeniería.
Pero Telle sentía un llamado al servicio. Quería ser parte de algo más grande que él mismo. Quería defender a su país. Era un soldado dedicado, valiente hasta el punto de la imprudencia, siempre voluntario para las misiones más peligrosas. Su equipo avanzaba por el flanco derecho del área de combate cuando el comandante de equipo detectó movimiento en la vegetación. Alto, señaló con mano cerrada. Todos se detuvieron inmediatamente.
El comandante usó señales posibles hostiles a las 2 en punto, aproximadamente 20 m en vegetación densa, proceder con precaución. El equipo comenzó a moverse lentamente en formación de asalto con telles como punta de lanza por su juventud y reflejos rápidos. Los cuatro sicarios escondidos en la vegetación vieron acercarse a los soldados. Esperaron hasta que estuvieron a 10 m.
Entonces uno de ellos, en movimiento suicida de desesperación absoluta, se levantó de su escondite y lanzó dos granadas de fragmentación hacia los soldados mientras gritaba algo ininteligible. Las granadas volaron en arco alto. El comandante del equipo gritó, “¡Granada! ¡Cobertura! Todos los soldados se tiraron al suelo buscando cualquier protección.
Telles vio las dos granadas cayendo directamente hacia donde estaban dos de sus compañeros, soldados que habían compartido barracas con él durante meses, que eran sus amigos. En una fracción de segundo que pareció extenderse eternamente, Telles tomó una decisión.
En lugar de buscar cobertura para sí mismo, corrió hacia las granadas con intención de patearlas lejos de sus compañeros. alcanzó a patear una que voló hacia un área despejada donde explotó sin causar daño, pero la segunda granada explotó cuando estaba a solo 2 m de telles. La explosión lo levantó del suelo y lo lanzó 3 m hacia atrás. Cientos de fragmentos de metal de la granada perforaron su cuerpo.
El chaleco balístico detuvo los fragmentos que fueron al torso frontal, pero su abdomen, brazos, piernas, cara quedaron expuestos. Un fragmento particularmente grande del tamaño de una moneda atravesó su abdomen perforando el intestino y una arteria principal que suministra sangre a los órganos internos. Telles cayó al suelo sintiendo un dolor tan intenso que su cerebro no podía procesarlo completamente. Sabía que estaba gravemente herido.
Podía sentir sangre tibia empapando su uniforme. Intentó gritar, pero solo pudo gemir. Su comandante de equipo corrió hacia él gritando, “¡Teelles está herido, necesitamos evacuación médica urgente.” Dos soldados lo arrastraron a cobertura, mientras otro neutralizaba a los cuatro sicarios de la emboscada con fuego preciso.
El médico de combate, Cabo Ramírez, el mismo que había intentado salvar al capitán Vega minutos antes, llegó corriendo a atender a Telles. Su uniforme todavía manchado con la sangre de Vega, sus manos temblando ligeramente por la adrenalina y el trauma. De haber visto morir a un paciente, se arrodilló junto a Telles y comenzó a evaluar las heridas. Cuando abrió el uniforme y vio el abdomen, su corazón se hundió.
Había demasiada sangre, demasiadas heridas. La perforación en el abdomen dejaba escapar sangre a borbotones. Ramírez trabajó frenéticamente, aplicó vendajes de presión, inyectó hemostáticos, abrió dos líneas intravenosas para fluidos, gritó por evacuación médica inmediata.
Un helicóptero de transporte médico comenzó a descender aum, 50 m de distancia, pero Telles estaba perdiendo sangre más rápido de lo que Ramírez podía reponerla. La perforación de la arteria significaba que sangre estaba llenando la cavidad abdominal. Telles estaba sangrándose internamente y su cuerpo entraba en shock por la pérdida masiva de sangre. “Mario, mírame”, le dijo Ramírez sosteniéndole la cara. “Vas a estar bien. El helicóptero ya está aquí. Te vamos a llevar al hospital.
Solo aguanta un poco más. Piensa en Ana Luisa, piensa en tu familia. Aguanta.” Telles intentó responder, pero solo tosió sangre. Sus ojos, que habían estado enfocados en Ramírez con miedo y dolor, comenzaban a vidriarse. Su piel se tornaba gris pálido, los signos de que el cuerpo se estaba apagando por falta de sangre.
Cuatro soldados cargaron a Telles en camilla corriendo hacia el helicóptero, mientras Ramírez seguía aplicando presión en las heridas. Lo subieron al helicóptero donde un equipo médico más completo estaba listo. El helicóptero despegó inmediatamente dirigiéndose al hospital militar más cercano a 40 minutos de vuelo. Los médicos en el helicóptero trabajaron desesperadamente, abrieron más líneas cuarto, administraron transfusiones de sangre de emergencia del tipo o negativo que llevaban.
Inyectaron medicamentos para mantener la presión arterial, pero Telles había perdido demasiada sangre. Sus órganos comenzaban a fallar. A las 6:38 de la mañana, a medio camino al hospital, el corazón de Mario Téz dejó de ir latir. Los médicos intentaron reanimación cardiopulmonar durante 15 minutos, aplicaron descargas con desfibrilador, inyectaron epinefrina directo al corazón, pero el daño era demasiado severo. No había suficiente sangre en su sistema para que el corazón bombeara.
A las 6:53 lo declararon muerto. El soldado Mario Téz, de 23 años, casado hacía 8 meses, el más joven del equipo, el que siempre sonreía, incluso en los momentos más difíciles, se había ido. Su esposa, Ana Luisa, recibió la noticia esa misma tarde cuando dos oficiales del ejército tocaron la puerta de su pequeño departamento en Puebla. supo antes de que abrieran la boca.
El hecho de que vinieran dos oficiales en uniforme de gala solo significaba una cosa. Se derrumbó en el suelo llorando antes de que pudieran decir una sola palabra. sus construir una vida con Mario, de tener hijos, de envejecer juntos, todo destrozado en un instante. Los oficiales le entregaron la bandera mexicana doblada ceremonialmente y le dijeron que Mario había muerto como un héroe cumpliendo con su deber.
Pero ninguna bandera, ningún honor, ninguna medalla podía llenar el vacío que Mario dejó en su vida. El combate duró 17 minutos en total, pero fueron 17 minutos de violencia absoluta que quedaron grabados en la memoria de cada sobreviviente como una pesadilla vívida. Balas volando en todas direcciones creando un zumbido constante que llenaba el aire.
Explosiones que hacían temblar el Ice Sandley suelo cada pocos segundos levantando nubes de tierra y escombros. Gritos de heridos rogando por ayuda que nunca llegaría a tiempo. Órdenes militares gritadas a través de radios. Olor penetrante a pólvora quemada mezclado con el olor metálico de sangre fresca. El sonido ensordecedor de ametralladoras disparando miles de balas por minuto. Cañones de tanque rugiendo con cada disparo.
Cohetes de helicóptero silvando mientras surcaban el aire antes de impactar con explosiones que iluminaban todo como relámpagos. Era el infierno en la Tierra concentrado en menos de un kilómetro cuadrado de carretera federal. Los soldados de las fuerzas especiales se movían con precisión quirúrgica entre el caos.
Equipos de cuatro hombres avanzaban cubriendo ángulos, comunicándose con señales de mano cuando el ruido era demasiado fuerte para los radios. Su primera prioridad era rescatar a los 18 civiles que habían sido forzados a estar ahí. Todos los civiles corran hacia nosotros con las manos. Arriba! Gritaban los soldados a través de megáfonos. Los vamos a proteger.
¡Corran! Ahora! 14 de los 18 civiles corrieron desesperadamente hacia los soldados que los recibieron con los brazos abiertos y los pusieron a salvo detrás de los tanques blindados. Pero cuatro civiles, tres hombres y una mujer, fueron agarrados por sicarios del CJNG en pánico, que los usaron como escudos humanos intentando escapar.
Los soldados no podían dispararles sin arriesgar a los rehenes. Dos sicarios lograron escapar hacia las montañas, llevándose a dos de los civiles. Los otros dos sicarios, que intentaron lo mismo, fueron rodeados y obligados a rendirse, liberando a sus rehenes ilesos. Los soldados de las fuerzas especiales habían entrenado para esto durante años.
Cada movimiento era deliberado, cada disparo era calculado. No había pánico entre ellos, solo concentración absoluta en cumplir la misión, neutralizar la amenaza y asegurar el área. Un equipo liderado por el teniente Marcos Sánchez avanzaba hacia una posición donde seis sicarios se habían atrincherado detrás de un autobús volcado.
Los icarios disparaban ráfagas de AK47 sin apuntar realmente, solo intentando mantener a los soldados a distancia. El teniente Sánchez coordinó con su equipo usando señales. Dos soldados lanzaron granadas de humo para crear cobertura. Cuando el humo blanco denso cubrió el área, otros dos soldados flanquearon la posición por la derecha. Los seis sicarios no vieron venir el ataque hasta que era demasiado tarde.
Cinco fueron neutralizados. El sexto, un joven de no más de 20 años tiró su rifle y levantó las manos gritando que se rendía. Los soldados lo esposaron y lo sacaron de la zona de combate. Pero no todo salió perfecto.
Cuando el teniente Sánchez salió de la cobertura del humo, un sicario que había estado escondido en un vehículo cercano le disparó con una escopeta desde 5 m de distancia. La carga de perdigones impactó el brazo izquierdo del teniente con fuerza brutal. El dolor fue instantáneo e intenso. Sánchez cayó de rodillas soltando su rifle. Uno de sus hombres lo arrastró a cobertura mientras otro neutralizaba al sicario con dos disparos al centro de masa.
El brazo de Sánchez sangraba profusamente. El médico de combate, que venía con el equipo, aplicó un torniquete de emergencia y la inyectó morfina. Sánchez sería evacuado minutos después en helicóptero, pero sobreviviría, aunque perdería movilidad parcial en el brazo.
En otro sector del combate, el soldado Juan Ríos, de 26 años, avanzaba con su escuadra cuando una bala perdida de un tiroteo a 50 m de distancia impactó su pierna derecha justo arriba de la rodilla. La bala calibre 7.62 62 mm del AK47 atravesó músculo y destrozó el fémur. Ríos cayó al suelo gritando de agonía. El dolor era tan intenso que casi pierde el conocimiento.
Sus compañeros lo arrastraron detrás de un tanque Suncat mientras el médico de combate trabajaba frenéticamente para detener el sangrado. La arteria femoral había sido rozada, pero no cortada completamente. Si hubiera sido cortada, Ríos habría muerto de sangrado en 3 minutos.
El médico logró estabilizarlo con un torniquete y hemostáticos de combate, pero Ríos necesitaría múltiples cirugías y meses de recuperación. El soldado Carlos Méndez tuvo más suerte. Una esquirla de metal de una granada que explotó a 10 m de su posición le atravesó el hombro izquierdo. Dolía horriblemente, pero no era mortal.
Méndez continuó peleando durante 5 minutos más antes de que la adrenalina disminuyera y el dolor se volviera insoportable. Cuando finalmente se detuvo, su uniforme estaba empapado de sangre, pero la herida, aunque seria, no era crítica. Sería evacuado y se recuperaría completamente en 4 meses. El fantasma intentó escapar corriendo hacia una barranca cercana.
Un francotirador militar apostado en uno de los helicópteros lo tenía en la mira desde hacía 30 segundos. Esperó el momento perfecto. El fantasma tropezó. El francotirador disparó. La bala calibre 50 impactó a el fantasma en la espalda alta. El impacto fue tan brutal que lo levantó del suelo y lo lanzó tres mos hacia delante. Cayó boca abajo en el polvo y no se volvió a mover.
El comandante del TG que había ordenado el bloqueo estaba muerto. Cuando el humo comenzó a disiparse y las explosiones cesaron, el resultado final fue devastador. 37 sicarios del min 99 CJNG muertos, esparcidos por toda el área del bloqueo. 19 sicarios arrestados, esposados, tirados boca abajo en fila. 14 sicarios que lograron escapar internándose en barrancos y montañas.
Dos de ellos llevándose a dos civiles como rehenes, que serían rescatados en operaciones posteriores durante las siguientes semanas. El coronel Maldonado tomó la decisión de no perseguirlos inmediatamente. La prioridad había sido romper el bloqueo, rescatar a los civiles y enviar un mensaje. Eso se había logrado.
De los 18 civiles forzados a participar, 16 fueron rescatados y lesos esa mañana. Los dos restantes, secuestrados como rehenes durante la huida, fueron localizados y rescatados por operativos de inteligencia en los días siguientes. Todos recibieron atención médica y psicológica. Todos dieron testimonio contra el CJNG en los juicios que seguirían.
Del lado militar, las bajas fueron dos soldados muertos, el capitán Roberto Vega y el soldado Mario Téz, tres soldados heridos. El soldado Juan Ríos con una bala en la pierna que le destrozó el femur, el soldado Carlos Méndez con metralla en el hombro izquierdo y el teniente Sánchez con quemaduras de segundo grado en el brazo por una explosión cercana. Los cinco fueron evacuados inmediatamente en los helicópteros de transporte.
Los heridos sobrevivirían, aunque con largos meses de recuperación por delante. Equipos de investigación forense del ejército comenzaron a documentar la escena. Encontraron 73 armas de alto calibre, rifles AK47, AR15, tres ametralladoras Browning M2, cuatro lanzacohetes RPG7, 18 granadas de fragmentación, miles de cartuchos de munición.
En uno de los tráilers que el CJNG había robado para el bloqueo encontraron 3es toneladas de metanfetamina cristalizada escondidas. El valor en la calle superaba los 20 millones de dólares. Los 19 sicarios arrestados fueron subidos a camiones militares con las manos esposadas y capuchas negras en las cabezas. Serían trasladados a prisiones federales de máxima seguridad, donde enfrentarían cargos de terrorismo, bloqueo de vías federales, posesión de armas de uso exclusivo del ejército y asociación delictuosa.
Varios de ellos enfrentaban sentencias de 40 años o más. Los cuerpos de los 37 sicarios muertos fueron colocados en bolsas negras y cargados en camiones de la morgue. Entre ellos estaba el fantasma, el comandante regional, que había pensado que podía desafiar al ejército mexicano y ganar. Su cuerpo sería identificado, fotografiado y entregado a su familia después.
Su muerte dejaría un vacío de poder en el CJNG, que desataría una guerra interna por el control de Michoacán en las semanas siguientes. El coronel Maldonado caminaba entre los restos del bloqueo, observando los vehículos destruidos, las armas decomizadas, la sangre en el pavimento. A su lado caminaba el general Sandoval. Fue una operación exitosa, dijo el general.
Neutralizamos la amenaza con efectividad y enviamos el mensaje que queríamos enviar. El coronel asintió, pero su expresión era seria. Perdimos a dos buenos hombres. El capitán Vega tenía dos hijos. Telles acababa de cumplir 23 años. Sus familias van a recibir sus cuerpos envueltos en banderas. Sí, ganamos. Pero la victoria tiene un precio.
Tres días después, el secretario de Seguridad y Protección Ciudadana, Omar García Harfuch, dio una conferencia de prensa en la Ciudad de México. Detrás de él había fotografías aéreas del bloqueo destruido, armas de comizadas y los 19 sicarios arrestados. Su mensaje fue claro y directo. El pasado 17 de noviembre, elementos del cártel Jalisco Nueva Generación bloquearon ilegalmente la carretera federal 37 en Michoacán usando vehículos robados y armas de alto calibre.
Este tipo de acciones constituyen terrorismo y no serán toleradas. Las fuerzas armadas mexicanas ejecutaron la operación martillo de hierro con resultados contundentes. 37 delincuentes fueron abatidos en combate, 19 fueron arrestados, se decomizaron 73 armas y 3 toneladas de droga. Lamentablemente, dos valientes soldados dieron su vida en cumplimiento del deber, el capitán Roberto Vega y el soldado Mario Tellez.
Sus nombres serán recordados como héroes que defendieron el estado de derecho. García Harfuch hizo una pausa y miró directamente a las cámaras. Quiero enviar un mensaje claro a todos los grupos criminales que operan en México. Los días en que podían bloquear carreteras federales con impunidad terminaron. Si bloquean una carretera, van a enfrentar la fuerza completa del Estado mexicano.
No vamos a negociar. No vamos a retirarnos. Vamos a responder con todo el poder de nuestras fuerzas armadas y si deciden pelear van a perder. Esta es la nueva realidad. El impacto de la operación martillo de hierro fue inmediato y profundo. En las tres semanas siguientes, los bloqueos carreteros en Minum, Michoacán disminuyeron en un 80%.
Células del seco TNG en Jalisco y Guanajuato recibieron órdenes directas de sus líderes. No bloquear carreteras a menos que fuera absolutamente necesario y con autorización directa de el Mencho. El costo era demasiado alto. Agentes de inteligencia interceptaron una llamada telefónica de Nemesio o ceguera dos horas después del ataque. Su voz, normalmente calmada y controlada sonaba furiosa.
Me mataron a 37 hombres como si fueran perros. Me destruyeron tres monstruos que costaron medio millón de dólares. Me decomizaron 3 toneladas de cristal y todo por un [ __ ] convoy que ni siquiera existía. Nos tendieron una trampa y caímos como [ __ ] Escuchen bien. Nadie, y digo nadie, vuelve a bloquear una carretera sin mi autorización directa.
¿Quedó claro? Porque si vuelven a caer en una trampa así, los mato yo mismo. En los meses siguientes, el ejército mexicano usó la operación martillo de hierro como modelo para operaciones similares en otros estados. La doctrina era simple. Si un cartel bloqueaba una carretera, la respuesta sería inmediata, abrumadora y letal.
No más negociaciones, no más retiradas tácticas, solo fuerza absoluta diseñada para aniquilar la amenaza y enviar un mensaje que resonara en todo el submundo criminal. Hubo críticas, por supuesto. Organizaciones de derechos humanos cuestionaron la proporcionalidad de la respuesta.
Algunos argumentaban que 37 muertos era excesivo, pero el gobierno respondió con cifras. En los dos años anteriores a la operación martillo de hierro, el CJNG había ejecutado 73 bloqueos que paralizaron estados enteros, causaron pérdidas económicas de cientos de millones de pesos y aterrorizaron a millones de ciudadanos.
En los 3 meses posteriores a la operación, los bloqueos se redujeron en un 87% a nivel nacional. Las cifras hablaban por sí mismas. Para las familias del capitán Roberto Vega y el soldado Mario Téz, ninguna estadística podía compensar la pérdida. Vega dejó una esposa y dos hijos de 6 y 9 años que ahora crecerían sin padre.
Telles dejó padres devastados que habían rogado que no se enlistara en el ejército por miedo a exactamente esto. Pero ambos hombres habían muerto haciendo lo que habían jurado hacer, proteger a su país contra amenazas terroristas. Sus nombres fueron grabados en el monumento a los caídos en la Secretaría de la Defensa Nacional. Sus familias recibieron pensiones vitalicias y el apoyo completo del Estado.
Para los 19 sicarios arrestados, el futuro era décadas de prisión en celdas de aislamiento. Enfrentaban juicios federales donde la evidencia contra ellos era abrumadora. Fueron capturados con armas en las manos bloqueando una carretera federal. No había defensa posible.
Los abogados que intentaron argumentar que habían sido coaccionados o que solo seguían órdenes fueron rechazados. La ley era clara. Participar en un bloqueo armado era terrorismo. La sentencia mínima era 30 años sin posibilidad de reducción de pena. Para los 12 sicarios que escaparon, comenzó una vida de huida constante. Sabían que el ejército los perseguiría.
Sabían que el CJNG los consideraría responsables por el fracaso. Algunos intentaron cruzar a Estados Unidos, otros se escondieron en ranchos remotos, varios fueron capturados en operativos posteriores. Dos fueron encontrados ejecutados con mensajes del propio CJNG, acusándolos de cobardes por huir. El mensaje que la operación Martillo de Hierro envió al mundo criminal mexicano fue inequívoco.
El gobierno había cambiado las reglas. Ya no se trataba de gato y ratón. Ya no se trataba de bloquear, negociar, desbloquear, ahora se trataba de bloquear y morir. Simple, directo, brutal. 6 meses después de la operación, el coronel Héctor Maldonado fue promovido a General de Brigada en reconocimiento por la planificación y ejecución de la operación.
En su discurso de promoción dijo algo que resonó en toda la institución militar. Durante años, los cárteles pensaron que podían desafiar al Estado con impunidad. Pensaron que éramos débiles, pensaron que podían bloquear carreteras, quemar vehículos, aterrorizar ciudadanos y no pasar nada. La operación martillo de Hierro les enseñó que estaban equivocados.
Les enseñó que cuando atacan infraestructura federal, cuando amenazan la seguridad nacional, la respuesta no será proporcional, será abrumadora, será definitiva, será letal. Y continuaremos operando bajo esa doctrina hasta que entiendan que el crimen no paga. que la violencia tiene consecuencias, que el Estado mexicano no se arrodilla ante terroristas. Un año después del ataque, un periodista visitó Aguililla para reportar sobre cómo había cambiado la zona.
Habló con residentes locales que habían vivido años bajo el control del CJNG. Una mujer que pidió anonimato le dijo, “Antes, cada dos o tres meses había bloqueos. No podíamos salir de nuestras casas, no podían entrar ambulancias. No llegaba comida. Vivíamos aterrorizados.
Desde que el ejército hizo esa operación no ha habido ni un solo bloqueo. Todavía hay narcos, todavía hay violencia, pero ya no nos usan como rehenes, ya no bloquean todo cuando les da la gana. Eso cambió. Un comerciante que había perdido su negocio por un bloqueo anterior dijo, “Mira, yo no celebro que mueran personas, pero esos tipos bloqueaban las carreteras con vehículos robados, con armas de guerra, aterrorizando a la gente.
¿Qué esperaban? ¿Que el gobierno les diera palmaditas en la espalda? Jugaron con fuego y se quemaron. Tal vez ahora otros lo piensen dos veces antes de hacer lo mismo.” No todos estaban de acuerdo. Hubo voces que argumentaban que la violencia solo genera más violencia. que matar a 37 personas sin intentar primero negociar o arrestar era excesivo.
Pero incluso los críticos reconocían que los bloqueos habían disminuido dramáticamente. La pregunta era si el fin justificaba los medios. Era una pregunta que México llevaba haciéndose durante décadas sin encontrar respuesta satisfactoria. Lo que nadie podía negar era que la operación Martillo de Hierro había marcado un punto de inflexión.
había demostrado que el gobierno tenía la capacidad y la voluntad de usar fuerza letal masiva contra el crimen organizado cuando este cruzaba ciertas líneas. Había demostrado que la tecnología militar moderna, helicópteros de combate, tanques blindados, drones de vigilancia, podía ser desplegada efectivamente contra cárteles que operaban como ejércitos insurgentes y había demostrado que la arrogancia de años de victorias fáciles podía convertirse en la perdición de un cartel que se creía invencible. Para el CJNG, la operación fue un golpe
devastador, no solo en términos de hombres y material perdido, sino en términos de credibilidad. Durante años se habían presentado como el cartel que podía enfrentarse al gobierno, el cartel que había derribado un helicóptero, el cartel que controlaba estados enteros.
Pero en 17 minutos de combate en una carretera de Michoacán, esa imagen de invencibilidad se hizo pedazos junto con sus tres monstruos blindados y 37 de sus sicarios. La historia de la operación Martillo de Hierro se convirtió en leyenda en los cuarteles militares de México.
Se estudiaba en academias castrenses como ejemplo de planificación perfecta, ejecución precisa y uso efectivo de fuerza abrumadora. Se convertía en advertencia en las calles donde operaban los cárteles. No bloqueen carreteras o terminarán como el fantasma y sus 68 hombres. Y en las noches tranquilas en Aguililla, cuando el viento soplaba por la carretera federal 37, los locales todavía podían ver las manchas oscuras en el pavimento, donde 37 hombres habían sangrado hasta morir.
Podían ver los agujeros de bala en los postes, podían ver los restos quemados de vehículos que nadie se había molestado en remover completamente. Eran recordatorios silencios de que el día que el CJNG bloqueó esa carretera pensando que podían salirse con la suya, fue el día que aprendieron que algunas batallas no se pueden ganar, que algunas líneas no se deben cruzar, que algunas decisiones cuestan la vida.
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