
La noche caía pesada sobre la colonia periférica Poniente cuando doña Consuelo Vargas cerró la puerta de su cuarto de 4
met por tr y se quedó parada en medio de la oscuridad escuchando el silencio.
Tenía 73 años, manos de cocinera jubilada, espalda doblada por 40 años de
lavar ajeno, planchar ajeno, criar hijos ajenos. una pensión de 800 pesos cada 15
días que no alcanzaba ni para los medicamentos del corazón. Pero esa noche
lo que más dolía no era la pobreza, lo que más dolía era que sus propios hijos no la habían llamado en 11 días. Doña
Consuelo se llamaba así desde niña, aunque ya nadie la llamaba de ninguna forma. En el vecindario de la calle Río
Tepalcatepec, los jóvenes la esquivaban en el pasillo. La señora del negocio de
la esquina nunca la saludaba. Primero el señor del puesto de periódicos la miraba
como si fuera transparente cuando ella pasaba con su bolsa de mandado los martes por la mañana. 73 años, cuerpo
pequeño, voz suave, ropa siempre limpia, aunque remendada en cuatro lugares, y
una soledad que pesaba más que cualquier enfermedad. Había llegado a Guadalajara en 1978
desde un pueblo pequeño del estado de Nayarit, que hoy ya no existe en ningún mapa porque la gente se fue y el monte
se lo comió. Llegó con 16 años, una trenza negra hasta la cintura y el sueño
de una vida digna. Se casó con Ernesto Vargas a los 20. Tuvo cuatro hijos:
Fernando, Claudia, Beto y la pequeña Verónica. Trabajó 39 años limpiando
casas de familias en el fraccionamiento Providencia, levantándose a las 5 de la
mañana, regresando a las 8 de la noche, cocinando todavía para sus hijos antes
de dormir. Ernesto murió en 2005 de un infarto silencioso que se lo llevó un
miércoles sin avisar. Y desde entonces, poco a poco, los hijos se fueron yendo
también, no de muerte, de vida. Fernando se fue a Monterrey por trabajo. Claudia
se casó y su marido nunca quiso saber nada de la suegra. Beto emigró a los
Estados Unidos en 2008 y llamaba en Navidad cuando se acordaba. La pequeña
Verónica, la consentida, la que prometió quedarse siempre, se mudó a la Ciudad de
México en 2011 con una becaitaria y se quedó allá cuando consiguió trabajo.
Doña Consuelo los entendía a todos. Eso era lo que más la desgarraba por dentro, que los entendía y los seguía
amando igual. El cuarto donde vivía era parte de una vecindad vieja en la que
pagaba 2,200 pesos de renta. Con su pensión de 1600 al mes, la diferencia la
cubría vendiendo tamales los fines de semana afuera de la iglesia de San Juan Bosco, que quedaba a dos cuadras.
preparaba 40 tamales el sábado por la mañana, los vendía a 12 pesos cada uno.
Cuando le iba bien, vendía 35. Cuando llovía, a veces no vendía ni 10. Esa
tarde de martes, en octubre de 2014 había contado sus monedas sobre el mantel de ule con flores azules de la
mesita. 94 pesos. 94 pesos para lo que quedaba de la semana. El frasco de
pastillas para la presión estaba casi vacío, le quedaban tres tabletas. Cada
cajita de 30 costaba 180 pesos en la farmacia del ISTE y su próxima cita
médica no era hasta el 15 de noviembre. Abrió el refrigerador pequeño, ese
aparato ruidoso que toscía cada vez que el compresor arrancaba. Adentro media
docena de tortillas del día anterior endurecidas ya, un pedazo de queso
blanco del tamaño de un dedo, una bolsita con tres tomates algo arrugados y un jarro con agua de jamaica que había
hecho el domingo. Cerró el refrigerador despacio, se sentó en la silla de madera
que chirriaba y apoyó los codos en la mesa. En ese momento escuchó los pasos
del cuarto de arriba. La señora Irene, que tenía 42 años y dos hijas
adolescentes, siempre llegaba con prisa, con ruido, con vida. Doña Consuelo la
escuchaba reír, escuchaba la televisión, escuchaba las peleas de las muchachas
sobre quién ocupaba más tiempo el baño y volvía a sentir ese peso invisible en el
pecho. No era envidia, nunca había sido envidiosa. Era algo más antiguo que eso.
era el reconocimiento silencioso de que la vida tiene etapas y que la última etapa, si uno no tiene a nadie, puede
parecerse mucho a desaparecer poco a poco mientras todavía se está vivo. Se
persignó. Llevaba la costumbre de persignarse antes de empezar a rezar, igual que se lo enseñó su mamá en
Nayarit cuando era niña, y el mundo era todavía un lugar comprensible.
Señor”, dijo en voz baja, casi sin mover los labios. “Sé que no soy nadie para
pedirte nada. Tú sabes cómo está todo. Tú sabes lo que hay aquí. Solo te pido
que no me dejes olvidar por qué vale la pena, porque ya se me está olvidando.”
Cerró los ojos. Afuera, en la calle, alguien tocó el claxon. Un perro ladró
lejos. El compresor del refrigerador tosió una vez más. Doña Consuelo no
lloró esa noche. Ya había aprendido después de los 70 que las lágrimas
también se van agotando si uno las usa todas. se quedó sentada en silencio con
las manos juntas sobre la mesa hasta que la oscuridad afuera se volvió completa.
Entonces se levantó, calentó las tortillas de ayer en el comal seco, las enrolló con un poco del queso que le
quedaba y comió su cena de pie junto a la estufa mirando la pared. noche,
mientras se dormía en su cama de una plaza con el colchón vencido en el centro, no sabía que exactamente al día
siguiente comenzaría la historia que cambiaría no solo su vida, sino la de docenas de personas que ni siquiera
conocía todavía. No lo sabía, pero el cielo sí. Si esta historia ya te está
tocando el corazón, suscríbete al canal Jesús en mi historia y activa la
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cambiará tu forma de ver el poder de la fe. El miércoles amaneció nublado sobre Guadalajara. Doña Consuelo se levantó a
las 6:30 como siempre. Se lavó la cara con el agua fría del lavabo, se peinó el
cabello blanco hacia atrás con una peineta de concha y se vistió con su ropa de salir, una blusa de flores
pequeñas color vino, una falda café oscura y los zapatos cerrados negros que
tenían ya la suela despegada en la punta izquierda, cosa que ella remediaba con un trozo de cinta canela por dentro.