El millonario fingió estar dormido para poner a prueba a su tímida empleada, pero al abrir los ojos y ver lo que ella estaba haciendo, su corazón se detuvo… y esa silenciosa noche cambió su vida para siempre.

El millonario fingió estar dormido para poner a prueba a su tímida empleada, pero al abrir los ojos y ver lo que ella estaba haciendo, su corazón se detuvo… y esa silenciosa noche cambió su vida para siempre.

En una mansión ubicada en lo alto de Madrid vivía Alejandro Doval, un joven empresario adinerado que lo tenía todo… excepto paz.

Tras una dolorosa ruptura, no confiaba en nadie.

Un día contrató a Lucía Herrera, una tímida empleada de veintidós años proveniente del campo.

Era educada, silenciosa y trabajaba con esmero, sin pedir nunca nada a cambio.

Al principio, Alejandro apenas reparaba en ella.

Pero una noche escuchó su suave tarareo desde el pasillo, un sonido delicado que lo reconfortó más de lo que esperaba.

Cuando un amigo le advirtió que no debía confiar ciegamente en ella, Alejandro decidió ponerla a prueba.

Dejó dinero y su reloj de oro sobre la mesa y fingió estar dormido.

Lucía entró silenciosa, ordenó la habitación y, en lugar de tocar el dinero, lo arropó con una manta y susurró con tristeza:

—Ojalá no estuviera tan solo.

Luego limpió su reloj, lo dejó en su lugar y colocó sobre la mesa una margarita seca y una nota:

«A veces, quienes lo tienen todo solo necesitan ser vistos como buenos.»

Esas palabras lo marcaron profundamente. Al día siguiente la observó de nuevo: tan humilde, tan sincera, y comprendió que su bondad era genuina.

Cuando finalmente se atrevió a confesarle que la había puesto a prueba, ella lo miró herida, pero serena.

—¿Por qué? —preguntó.

—Porque pensaba que todos querían algo de mí —dijo él.

—Pero tú solo dejaste flores.

Lucía bajó la mirada. —Alguien me dijo una vez que cuando las personas se esconden detrás de su riqueza, terminan rodeadas de cosas, pero vacías de gente.

Y tú… pareces muy solo. Alejandro se quedó sin palabras. Nadie le había hablado con tanta honestidad.

Aquella noche conversaron hasta el amanecer, compartiendo recuerdos, temores y sueños.

En las semanas siguientes, la mansión pareció más liviana. Alejandro comenzó a sonreír, a desayunar junto a Lucía y a hacerle pequeñas preguntas humanas.

Entre ellos surgió no un romance, sino respeto y una afectuosa cercanía silenciosa.

Una tarde lo vio mientras secaba margaritas en el jardín.

—¿Por qué margaritas? —preguntó.

—Porque incluso las flores sencillas pueden hacer sonreír a alguien que lo tiene todo —respondió ella.

Pero los celos arruinaron la calma. Los rumores afirmaban que Lucía solo buscaba su fortuna, y Alejandro, aún inseguro, dudó de ella.

A la mañana siguiente, ella se había ido, dejando solo una nota:

«Gracias por todo. Pero prefiero marcharme antes de convertirme en otra sombra en tu historia.»

Lo buscó en vano… hasta que meses después encontró una pequeña panadería llamada Margaritas de Lucía.

Ella estaba detrás del mostrador, sonriendo tímidamente.

Se acercó, colocó una margarita seca sobre el mostrador y dijo suavemente:

—Nunca me robaste, Lucía… pero me quitaste el miedo a vivir.

Sus ojos se llenaron de lágrimas.

Y por primera vez, Alejandro despertó de verdad.

 

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