La voz de la jueza Jimena Avilés retumbó en la sala constitucional de la Corte Suprema como el golpe de un martillo contra acero. Sus palabras salían con la fuerza de quien había memorizado cada versículo desde niña. Mateo 7:12. Todo lo que queráis que los hombres os hagan, hacedlo también vosotros a ellos.
Presidente Bukele, sus prisiones están separando padres de hijos inocentes. ¿Dónde está la misericordia cristiana en eso? Se puso de pie Biblia en mano izquierda, el dedo índice derecho apuntando directamente hacia la mesa de la defensa. Las cámaras de transmisión en vivo capturaban cada gesto, cada palabra. Millones de personas en toda Latinoamérica estaban viendo esto en tiempo real.
Proverbios 21:15 nos dice que hacer justicia es alegría para el justo, pero terror para los malhechores. Sus políticas son el terror, presidente, no la justicia. La sala estalló en murmullos contenidos. Los abogados del fiscal Dante Rocha intercambiaban sonrisas discretas. Su estrategia estaba funcionando a la perfección.
Jimena Avilés era conocida en todo el país como la jueza que nunca perdía un debate público. La mujer de fe inquebrantable que destruía argumentos con versículos memorizados. Era intocable. Bukele permanecía sentado, completamente inmóvil. No mostraba irritación ni incomodidad. Solo miraba fijamente a la jueza mientras ella continuaba su ataque moral.
El régimen de excepción ha encarcelado a más de 80,000 personas sin juicio justo. ¿Puede usted, presidente Bukele, mirarme a los ojos y decirme que todos esos hombres son criminales? Todos merecen estar separados de sus familias sin siquiera señora jueza. La voz de Bukele le cortó el aire. No gritó. No necesitaba hacerlo.
Se puso de pie lentamente con un sobre manila en las manos. El silencio fue instantáneo y absoluto. Caminó hacia el estrado con pasos medidos. Cada periodista en la sala enderezó la espalda. Algo estaba por suceder. Antes de que continúe citando las escrituras con tanta pasión, dijo Bukele con voz tranquila pero cargada de peso, “Necesito que me ayude con algo.
” Abrió el sobre, sacó una fotografía. “¿Puede decirme quién es el prisionero LC Don Chotos 47 del Seot? Pabellón si El color abandonó el rostro de Jimena Avilés como agua escurriendo por un desagüe. Sus manos comenzaron a temblar de forma casi imperceptible. La Biblia que sostenía con tanta firmeza segundos atrás pareció volverse pesada.
Bukele colocó la fotografía sobre la mesa de la jueza. Shimena miró hacia abajo. Su boca se abrió ligeramente. Sus ojos se dilataron con algo que las cámaras captaron, pero que nadie en ese momento pudo identificar completamente. Terror absoluto mezclado con incredulidad.
En la fotografía, vestido con el uniforme blanco característico de los prisioneros del Secot, estaba un hombre de aproximadamente 60 años, rostro marcado por el tiempo y el sol. Pero los ojos, esos ojos ella los había visto miles de veces en fotografías viejas que guardaba en su casa. Era Leonel Campos, su hermano, el hombre que ella creía muerto desde hacía 15 años. Tres semanas antes de ese momento devastador en la corte, Jimena Avilés había recibido la notificación oficial en su despacho del Tribunal Supremo. Audiencia extraordinaria sobre el régimen de excepción. Ella presidiría.

Era la tercera vez que organizaciones internacionales cuestionaban las políticas de Bukele ante la Corte Suprema. Las dos audiencias anteriores habían terminado sin conclusiones claras, atascadas en tecnicismos legales y argumentos circulares. Esta vez sería diferente. El fiscal Dante Rocha, reconocido por su meticulosidad casi obsesiva, había diseñado una estrategia distinta.
No necesitaba solo una jueza competente, necesitaba alguien que encarnara autoridad moral incuestionable, alguien cuya historia personal resonara con el sufrimiento que buscaba exponer. Jimena era perfecta para eso. Piuda desde 2016, cuando su esposo, el pastor Javier Molina, fue asesinado por pandilleros de la MS13 después de negarse a pagar extorsión por la iglesia que dirigía.
La bala lo alcanzó saliendo de un culto de miércoles. Murió en el estacionamiento frente a 50 feligres horrorizados. Shimena transformó ese dolor en cruzada. Cada sentencia que dictaba, cada caso que revisaba, llevaba el peso de su tragedia personal. se había convertido en símbolo de justicia cristiana en El Salvador. Una mujer que citaba versículos con la misma facilidad con que otros citaban códigos legales.
En su casa de colonia San Benito, rodeada de libros de derecho y ejemplares desgastados de la Biblia, Jimena preparó su discurso para la audiencia. Las paredes del estudio estaban decoradas con fotografías familiares, sus padres ya fallecidos.
Javier, en el día de su boda, sonriente bajo un árbol de Makilishuat y una foto antigua amarillenta por los años, ella a los 15 sonriendo junto a un joven de 22 años, Leonel Campos, su hermano mayor. Leonel había sido pastor de jóvenes en la iglesia más grande de San Salvador, carismático, elocuente, amado por toda la comunidad. tenía ese don raro de hacer que las personas sintieran que Dios realmente se preocupaba por ellas.
Los domingos los jóvenes llenaban el templo solo para escucharlo predicar hasta que desapareció en abril de 2009 sin aviso, sin despedida, sin cuerpo. La policía investigó durante meses. Nada, ningún rastro. Jimena asumió lo que todos asumieron. Las maras lo habían matado. Leonel predicaba abiertamente contra el crimen organizado. Era solo cuestión de tiempo hasta que se convirtiera en objetivo.
Nunca encontraron evidencia, pero tampoco necesitaban encontrarla. En El Salvador de 2009, pastores desaparecían. Era la realidad brutal del país. Jimena mantuvo viva la memoria de Leonel como mártir. Hablaba de él en entrevistas. mencionaba su valentía en charlas públicas, el hermano que dio su vida por predicar la verdad.
Lo que Jimena no sabía, lo que nadie en su familia sabía, era que Leonel Campos seguía vivo. No había sido asesinado por las maras, había sido reclutado por ellas. Después de años predicando con pasión, Leonel desarrolló una adicción silenciosa a apuestas clandestinas. Empezó pequeño, partidos de fútbol, peleas de gallos, escalor rápido. En dos años acumuló deudas imposibles de pagar con salario de pastor.
Los prestamistas eran miembros de la maravatrucha. Cuando no pudo pagar, le dieron opción morir o servir. Leonel eligió servir. Descubrieron que un pastor podía ser útil de formas que ningún pandillero común podía serlo. Lo convirtieron en consultor espiritual de líderes de la MS13.
Leonel usaba su conocimiento bíblico para estructurar jerarquías de poder, para justificar castigos violentos con interpretaciones retorcidas de textos sagrados para reclutar jóvenes usando lenguaje religioso que conocían desde niños. Apocalipsis se volvió manual de guerra territorial. El libro de Jueces, Justificación para venganzas sangrientas. Leonel convirtió la palabra de Dios en arma de destrucción.
Cortó todo contacto con su familia. Creó identidad falsa. Durante 13 años vivió en las sombras, moviéndose entre casas de seguridad, asesorando a palabreros de alto rango. Hasta que en marzo de 2022, durante una de las megaoperaciones del régimen de excepción, fuerzas especiales irrumpieron en una casa de seguridad en Soyapango. Capturaron a 17 pandilleros.
Entre ellos, escondido en un cuarto trasero, estaba Leonel Campos, 57 años. Cabello gris, rostro curtido por años de clandestinidad. Su caso fue clasificado como sensible, no por violencia directa, sino por manipulación ideológica de estructuras criminales. Lo enviaron al SECOT sin publicidad. Prisionero LC2847, pabellón 7.
Octavio Mendoza, director del SECOT, mantenía archivos meticulosos de cada interno. Cuando preparaba el informe para la audiencia constitucional, revisando casos que pudieran ser mencionados, notó el apellido en el expediente de LC2847, Campos. investigó más profundo. Descubrió el parentesco. León el Campos era hermano de la jueza que presidiría la audiencia más importante del año.
Llevó la información directamente a Bukele y Bukele vio la oportunidad perfecta. La audiencia comenzó a las 9 de la mañana con formalidad protocolaria. Jimena Avilés presidía desde el estrado central, flanqueada por otros cuatro magistrados que observaban en silencio. Sabían que este era su show. Ella era la estrella que Dante Rocha había seleccionado cuidadosamente.
El fiscal Rocha se puso de pie y comenzó su presentación. Había preparado 23 casos documentados, 23 familias cuyos seres queridos estaban detenidos sin cargos formales desde hacía más de 2 años. Honorable Corte. Su voz era firme, pero cargada de emoción controlada. Presento el caso de la familia Martínez Flores. Kevin Martínez, 19 años, detenido en junio de 2022.
Su delito presunto, tener tatuaje de banda de rock, que fue confundido con símbolo de pandilla. Rocha presionó un botón. En la pantalla grande apareció la foto de un joven delgado, casi niño, con tatuaje de guitarra eléctrica en el antebrazo. Al lado, la foto de su ficha policial, donde el tatuaje había sido marcado como posible afiliación MS13.
Kevin tocaba guitarra en la iglesia de su barrio. El tatuaje es de su banda favorita, Metálica. Lleva 843 días en el Secot, sin que se haya presentado una sola prueba en su contra. trajo a la madre de Kevin al estrado, una mujer de 4 y tantos años, manos curtidas de trabajar limpiando casas.
Habló con voz quebrada sobre visitas negadas, sobre cartas sin respuesta, sobre no poder abrazar a su hijo en dos años. Jimena escuchaba con expresión grave, tomando notas. Cada tanto levantaba la vista hacia Bukele, quien permanecía sentado junto a su equipo legal, revisando documentos. Rocha presentó otro caso. Una joven de 23 años, estudiante de enfermería, detenida porque su hermano era pandillero.
Ella no tenía antecedentes, no tenía tatuajes, no tenía absolutamente nada que la vinculara con actividad criminal, solo culpable por parentesco. El padre de la joven subió al estrado, hombre mayor, campesino de manos grandes y piel quemada por el sol. habló en voz baja sobre su hija, que soñaba con ser doctora, que ayudaba en la clínica del pueblo, que no merecía estar encerrada pagando por los errores de su hermano.
“No la veo desde hace un año y medio”, dijo el hombre limpiándose lágrimas con el dorso de la mano. “Ni siquiera sé si está bien, si está enferma así.” Gracias, señor. Jimena interrumpió suavemente. Entendemos su dolor. Rocha continuó. Caso tras caso. Cada uno más desgarrador que el anterior.
Una estrategia perfecta. No atacar con argumentos legales abstractos, sino con rostros humanos, con lágrimas reales, con familias destruidas. Después de 90 minutos de testimonios, Rocha se dirigió directamente a Bukele. Presidente Bukele, usted ha construido su imagen sobre cifras, reducción de homicidios en 95%, reactivación económica, turismo creciendo.
Pero detrás de cada número hay personas, personas como Kevin, como la familia Martínez, como estos padres que solo quieren saber si sus hijos están vivos. Bukele finalmente levantó la vista. asintió con calma. Fiscal Rocha, respeto profundamente el dolor de estas familias, pero permítame presentar otros números que usted convenientemente omitió. Se puso de pie.
Su asistente proyectó gráficas en la pantalla. Antes de 2019, El Salvador era el país más violento del mundo. 72 homicidios por cada 100,000 habitantes. Las maras controlaban el 80% del territorio nacional. extorsionaban a más de 400,000 salvadoreños.
Señor Rocha, ¿cuántas familias fueron destruidas por esa violencia? Rocha intentó responder, pero Bukele continuó. 6300 salvadoreños asesinados en 2018. 6. Esos son 17 personas cada día. ¿Dónde estaban las organizaciones de derechos humanos cuando esos 6,300 fueron masacrados? Presidente, no estamos cuestionando la necesidad de combatir el crimen”, respondió Rocha.
“Estamos cuestionando los métodos que violan derechos fundamentales y qué métodos funcionaron antes.” Bukele alzó la voz por primera vez. “Díganme, ¿qué gobierno logró controlar las pandillas sin medidas extraordinarias? Les escucho. El silencio fue incómodo. Jimena decidió intervenir. Era su momento. Presidente Bukele. Su voz cortó la tensión como visturí.
Los números no justifican la injusticia. Isaías 1:17 nos dice, “Aprended a hacer el bien, buscad el juicio, restituid al agraviado, haced justicia al huérfano, amparad a la viuda.” Se puso de pie Biblia en mano. ¿Dónde está la justicia para Kevin Martínez? ¿Dónde está el amparo para esa estudiante de enfermería? Usted habla de viudas creadas por pandillas, pero ahora está creando otros huérfanos, otras viudas con políticas que encierran inocentes.
Señora jueza, Buque le respondió con voz controlada, respeto su fe profunda, pero déjeme preguntarle algo. ¿Cuántas viudas más deberíamos haber permitido antes de actuar? 100, 1000. ¿Cuál es el número aceptable? Jimena no pestañó. Proverbios 21:15 dice que hacer justicia es alegría para el justo, pero terror para los malhechores. Sus prisiones son terror, presidente, no justicia.
¿Y qué era el Salvador antes? Bukele se inclinó hacia adelante. Alegría para los justos o terror absoluto para familias que no podían salir de sus casas sin pagar extorsión. El intercambio se intensificaba. La sala estaba completamente absorbida. Era un duelo teológico y político simultáneo, transmitido en vivo para millones de personas.
Shimena citó Éxodo sobre liberar a los cautivos. Bukele respondió con romanos sobre autoridades instituidas por Dios para castigar el mal. Ella contraatacó con Amóz, exigiendo que la justicia corriera como río. Él replicó con estadísticas de vidas salvadas. Los periodistas publicaban en tiempo real. Jueza Avilés destruye a Bukele con citas bíblicas.
Confrontación histórica en Corte Suprema. Los titulares se escribían solos. Jimena se sentía confiante. Cada argumento de Bukele lo rebatía con versículos memorizados desde niña. Estaba ganando el debate moral. Podía sentirlo. Las cámaras la favorecían. Su historia personal, como viuda de pastor, asesinado por Maras, la hacía intocable.
Nadie podía acusarla de no entender el dolor causado por la violencia. Rocha sonreía discretamente desde su mesa. Todo marchaba según el plan. Pero entonces, Bukele hizo algo inesperado. “Señora jueza, solicito permiso para llamar a una testemuña no listada en el programa.” Rocha se puso de pie inmediatamente. Objeción.
Todas las testemuñas debieron ser registradas con 48 horas de anticipación. Esto es irregular. Jimena levantó la mano. Fiscal Rocha, esta es audiencia extraordinaria, no juicio criminal. Tengo discrecionalidad para permitir testimonios relevantes. Miró a Bukele con seguridad absoluta. ¿Quién es su testemuña, presidente? Octavio Mendoza, director del Centro de Confinamiento del Terrorismo.
Jimena asintió. No veía peligro en esto. Probablemente Bukele quería defender condiciones carcelarias, presentar datos de rehabilitación, algo técnico y aburrido que ella podría desmantelar fácilmente con más versículos sobre dignidad humana. Permitido que pase el testigo. Octavio Mendoza entró a la sala. Hombre de 63 años.
postura militar, carpeta de documentos bajo el brazo. Caminó al estrado con paso firme, prestó juramento y se sentó. Bukele comenzó con preguntas rutinarias. estructura del SECOT, número de internos, condiciones de seguridad, protocolos de atención médica, todo muy técnico. Jimena empezó a perder interés revisando sus notas para el próximo ataque.
Mendoza respondía con precisión militar. 400 guardias por pabellón, revisiones semanales de salud, cero incidentes violentos en 18 meses, acceso a educación básica. La sala se estaba aburriendo. Algunos periodistas checaban sus teléfonos. Entonces, Bukele cambió de tono. A director Mendoza, en sus años manejando el CCOT, ha encontrado casos que lo sorprendieron particularmente.

Mendoza asintió. Varios, presidente. El crimen organizado es más complejo de lo que la gente imagina. ¿Puede dar un ejemplo? Tenemos prisioneros que nunca dispararon un arma, nunca vendieron drogas, nunca extorsionaron directamente, pero causaron daño profundo de otras formas. Jimena frunció ligeramente el seño.
¿A dónde iba esto? ¿Qué tipo de formas?, preguntó Bukele. Manipulación ideológica. Uso de instituciones respetadas para fortalecer estructuras criminales. La sala empezó a prestar atención nuevamente. Sea más específico, por favor. Mendoza abrió su carpeta, sacó un expediente. Tenemos casos de médicos que falsificaban certificados para sacar pandilleros de prisión, abogados que coordinaban órdenes criminales desde sala de visitas, policías que vendían información de operativos.
Hizo una pausa deliberada. Y tenemos un caso particularmente delicado, un hombre que era pastor evangélico y se convirtió en consultor ideológico de líderes de la Mara Salvatrucha. El aire en la sala cambió. Shimena se enderezó en su silla. Este individuo, continuó Mendoza, usaba versículos bíblicos para estructurar jerarquías de poder dentro de la pandilla.
Interpretaba textos sagrados para justificar asesinatos. para reclutar jóvenes usando lenguaje religioso que sus familias les habían enseñado desde niños. “¿Está diciendo que un pastor trabajaba para las maras?”, preguntó Bukele, aunque claramente ya conocía la respuesta. “Sí, presidente. Durante más de una década, Jimena sintió algo extraño en el estómago, una sensación incómoda que no podía identificar.
¿Cómo llegó al Seot este individuo?” Bukele continuaba. Capturado en operación de marzo de 2022 en Soyapango, casa de seguridad de alto rango de MS13, lo encontramos escondido en cuarto trasero con documentación falsa. ¿Y qué pasó con él? Clasificamos su caso como sensible, no por violencia directa, sino por el tipo de daño que causó.
La manipulación de fe para promover crimen es particularmente perversa. Mendoza miró directamente a Jimena. Este hombre convencía a pandilleros de que Dios aprobaba sus acciones. Usaba Apocalipsis para hablar de guerras territoriales. Usaba el libro de Jueces para justificar venganzas. Transformó la palabra de Dios en arma de destrucción masiva. Jimena apretó su Biblia con más fuerza.
Algo en esta historia le resultaba perturbador de forma visceral. Bukele le dejó que el silencio se extendiera unos segundos. Luego hizo la pregunta. Director Mendoza, ¿puede decirnos el nombre de este prisionero? Mendoza consultó el expediente, aunque claramente ya lo sabía de memoria. Prisionero LC Don Chons 47. Nombre: Leonel Campos Avilés.
El mundo de Jimena se detuvo. Ese nombre, ese maldito nombre que no había pronunciado en voz alta en años. Campo Savilés, repitió Bukele como si fuera pura coincidencia. Señora jueza, ¿ese apellido no le resulta familiar? Jimena no podía hablar. Su garganta estaba completamente cerrada.
Buele se levantó entonces caminando hacia el estrado con el sobre Manila, que había mantenido junto a sus documentos durante toda la audiencia. Señora jueza Avilés. Su voz era tranquila, pero cada palabra caía como martillo. Antes de que continúe citando las escrituras con tanta pasión, necesito que me ayude con algo. Abrió el sobre frente a ella.
¿Puede decirme quién es el prisionero LC Donch 47 del Secot Pabellón 7? Sacó la fotografía, la colocó sobre la mesa de Jimena. Ella miró hacia abajo y su mundo se desintegró. Era Leonel, su hermano, el hombre que había estado buscando en cada rostro de desaparecido durante 15 años, el mártir que ella había convertido en símbolo de todo lo que estaba mal en El Salvador, vivo, vestido con uniforme blanco de prisionero en el Secot, no como víctima de las maras, sino como uno de ellos. Las manos de Jimena temblaban sosteniendo la fotografía. No eran
temblores sutiles que pudiera ocultar, eran sacudidas visibles que las cámaras captaban sin piedad. La Biblia, que había empuñado con tanta seguridad minutos atrás, resbaló de su otra mano y cayó al piso con un golpe seco que resonó en el silencio absoluto de la sala. Nadie se movió, nadie respiraba. Dante Rocha fue el primero en reaccionar. se puso de pie bruscamente su silla raspando el piso.
Presidente Bukele, esto es intimidación inadmisible. Está usando información privada para coaccionar a la magistrada. Bukele levantó una mano sin apartar la mirada de Jimena. No es intimidación fiscal, es información factual y relevante para esta audiencia. La señora jueza ha pasado 90 minutos citando principios bíblicos sobre justicia y misericordia.
Yo simplemente pregunto si ella sabía que su propio hermano está detenido por crímenes relacionados con las mismas pandillas que ella tanto condena. Jimena finalmente encontró su voz. Salió ronca, quebrada. “Mi hermano está muerto. Murió en 2009. No, señora jueza, respondió Bukele con firmeza, pero sin crueldad. Su hermano está vivo y ha estado en el Seot desde marzo de 2022.
Octavio Mendoza presionó un botón. La pantalla grande se iluminó con el expediente completo de LC2os 47. Foto de fichamiento frontal y de perfil, huellas digitales, fecha de captura, ubicación actual y luego un video. La imagen mostraba una sala de interrogatorio austera.
Leonel Campos sentado frente a una cámara con dos años menos de edad que en la foto del sobre. Demacrado, pero claramente vivo. Su voz llenó la sala. Me llamo Leonel Campos Avilés. Fui pastor de jóvenes de la Iglesia Manantial de Vida en San Salvador hasta 2009. Después de acumular deudas con prestamistas vinculados a la MS13, me ofrecieron opción morir o servir. Elegí servir.
Jimena miraba la pantalla con ojos vidriosos. Era él. Definitivamente era él. la voz, los gestos de las manos al hablar, esa forma de inclinar la cabeza cuando buscaba palabras. Durante 13 años trabajé como lo que ellos llamaban consultor espiritual. Usaba mi conocimiento bíblico para ayudar a líderes de la Mara a justificar sus acciones.
Les enseñaba cómo usar versículos para reclutar jóvenes de familias cristianas, cómo interpretar Apocalipsis para hablar de guerras territoriales, cómo usar el libro de Jueces para justificar venganza. Leonel pausó en el video, su rostro mostrando algo que podría ser remordimiento o simplemente cansancio.
Yo convertí la palabra de Dios en arma y lo hice conscientemente durante años, porque era más fácil que enfrentar lo que realmente era, un cobarde que eligió su vida sobre las de otros. El video terminó. La sala permaneció en silencio sepulcral. Jimena tenía lágrimas corriendo libremente por su rostro. Ahora no intentaba ocultarlas ni limpiarlas, simplemente estaban ahí. Evidencia visible de un mundo que acababa de colapsar.
Bukele esperó, no atacó, no presionó, solo esperó. Finalmente habló y su voz era más suave. Ahora, señora jueza, no traje esto para humillarla. Lo traje porque necesitaba que usted entendiera algo fundamental. Jimena levantó la vista. Sus ojos estaban rojos, destruidos, pero todavía había fiereza en ellos. “El mal es complejo”, continuó Bukele.
No es blanco y negro como los versículos aislados sugieren. Su familia escondió un criminal sin saberlo. Usted lo convirtió en mártir, en símbolo de todo lo que estaba mal en este país, pero estaba equivocada. Hizo una pausa. Las familias de las víctimas de su hermano merecen menos compaión que la suya.
Los jóvenes que él ayudó a reclutar, los padres que perdieron hijos porque Leonel les enseñó que Dios quería que mataran, esos dolores son menores. Jimena cerró los ojos. Cuando los abrió, algo había cambiado en ellos. Solicito receso de 30 minutos, dijo con voz temblorosa pero firme. Concedido respondió uno de los magistrados que hasta ese momento habían sido estatuas silenciosas.
Jimena se puso de pie dejando la fotografía sobre la mesa. No recogió su Biblia del suelo. Salió de la sala con paso inestable, como si el piso se moviera bajo sus pies. En los corredores del edificio, lejos de las cámaras, se recargó contra una pared y finalmente permitió que el llanto saliera completo.
No era llanto delicado, era soyozos profundos que sacudían todo su cuerpo. Sacó su teléfono con manos temblorosas. marcó el número de su tía Marta, la única familia cercana que le quedaba. Tía, necesito que me digas la verdad. Leonel, ¿alguna vez te contactó después de 2009? La respuesta fue negativa. Nadie había sabido nada. Leonel había desaparecido completamente. Había cortado todos los lazos. Jimena colgó.
se quedó ahí parada, mirando su reflejo en las ventanas del corredor. La mujer que miraba de vuelta ya no era la misma que había entrado a esa sala hace 3 horas, armada con fe inquebrantable y certeza moral absoluta. Era alguien completamente diferente. 30 minutos después, Jimena regresó a la sala. Sus ojos seguían rojos, pero su postura era diferente.
No era la de alguien derrotado, era la postura de alguien que había tomado una decisión difícil y ahora la enfrentaría. El murmullo de la sala se apagó cuando ella ocupó su lugar en el estrado. No miró a Bukele inmediatamente. Primero recogió su Biblia del suelo, la colocó frente a ella y respiró profundo.
Luego levantó la vista. Presidente Bukele. Su voz salió controlada, profesional, despojada de la pasión religiosa que la había caracterizado en la primera mitad de la audiencia. tiene razón en un punto. Yo no sabía sobre mi hermano. No tenía idea de que estaba vivo, mucho menos de que había hecho lo que hizo. Hizo una pausa.
Pero eso no invalida las preguntas sobre debido proceso. No invalida el sufrimiento de familias que tienen seres queridos detenidos sin cargos formales. Mi ignorancia sobre Leonel no cambia esos hechos. Buque le asintió levemente, reconociendo el punto. Sin embargo, continuó Jimena. Necesito hacerle una pregunta directa y necesito que me responda con honestidad. Adelante.

¿Cuándo descubrió usted que LC847 era mi hermano? Bukele no dudó. Hace dos semanas el director Mendoza me informó cuando revisaba expedientes para preparar esta audiencia. ¿Y por qué no me recusó? ¿Por qué permitió que yo presidiera esta audiencia sabiendo que este momento llegaría? La pregunta cayó como bomba en la sala. Dante Rocha se enderezó en su silla dándose cuenta de lo que Jimena estaba haciendo.
No estaba atacando la política de Bukele, estaba atacando sus métodos. Bukele guardó silencio por varios segundos. Cuando habló, eligió sus palabras cuidadosamente, porque necesitaba que usted entendiera en carne propia lo que miles de salvadoreños han vivido. Descubrir que alguien a quien amaban, alguien en quien confiaban, estaba del lado equivocado.
¿Cuántas madres en el régimen de excepción, continuó, han descubierto que sus hijos que ellas juraban eran inocentes? ¿Realmente eran pandilleros? ¿Cuántos padres han tenido que enfrentar la verdad de que su familia ocultaba criminales sin saberlo? Hizo una pausa. La duda que usted siente ahora, esa sensación de que todo lo que creía era mentira.
Eso es lo que viven las familias que fiscal Rocha presentó aquí. Pero al revés, ellos descubren que quien creían inocente era culpable. Usted descubrió que quien creía mártir era criminal. Jimena cerró los ojos brevemente. Cuando los abrió, había lágrimas nuevas, pero también algo más. Claridad.
Entiendo lo que intenta decir presidente y tiene razón parcialmente, pero levantó su Biblia. Juan 8:7. El que de vosotros esté sin pecado sea el primero en arrojar la piedra contra ella. miró directamente a Bukele. Usted usó el dolor más profundo de mi vida para probar un punto político. Instrumentalizó una tragedia familiar, mi tragedia familiar para ganar un debate. Eso no es también manipulación.
Eso no es también usar a las personas como piezas de ajedrez. El contraataque tomó a Bukele por sorpresa. Su expresión cambió ligeramente. La sala estalló en murmullos. Jimena no había terminado. Yo reconozco que mi perspectiva estaba limitada, que juzgué su régimen desde una posición de certeza moral que resultó estar construida sobre mentiras.
Pero usted, presidente, al usar a mi hermano como arma en esta audiencia, ¿no pecado? Se puso de pie. pudo haberme informado en privado, pudo haberme recusado discretamente, pero eligió este momento, este escenario público, estas cámaras transmitiendo en vivo. ¿Por qué? Porque necesitaba una victoria. Necesitaba destruir mi credibilidad moral frente a millones de personas.
Dante Rocha intentó intervenir, pero Jimena lo detuvo con un gesto. No, fiscal, déjeme terminar. miró a Bukele. Ambos somos culpables de performances, ¿verdad? Yo vine aquí a hacer un show moral con mi Biblia y mi historia de viuda. Usted vino preparado con una bomba que sabía me destruiría.
Los dos estamos usando el dolor de otros para nuestros propios fines. El silencio en la sala era absoluto. Nadie esperaba este giro. Bukele permaneció quieto por un momento que pareció eterno. Luego, sorprendentemente asintió. Tiene razón, jueza. Se puso de pie. Supe hermano hace dos semanas. Pude haber manejado esto de manera privada, discreta, humana. No lo hice.
Caminó hacia el centro de la sala, vulnerable por primera vez en toda la audiencia. ¿Por qué? Porque estoy cansado. Cansado de performances políticas, cansado de jueces que pretenden imparcialidad absoluta mientras traen sus propias agendas. Cansado de fiscales que construyen casos sobre la mitad de la verdad. Cansado de políticos de oposición que fingen pureza moral. Miró directamente a Jimena.
Sí, la manipulé. Sí, usé su dolor para probar un punto. Fue cruel. Fue calculado. Y lo haría de nuevo porque necesitaba que todos en esta sala, todos viendo esto en vivo, entendieran algo fundamental. levantó la voz. No hay pureza en esto, ni en ustedes ni en mí.
El país que heredé estaba tan que cualquier solución iba a lastimar a inocentes, cualquiera. Y yo elegí el camino que salvó más vidas, sabiendo que condenaría a algunos que no lo merecían. Eso no lo hace correcto, respondió Jimena firmemente. No, admitió Bukele. No lo hace correcto, lo hace necesario. Y esa es la diferencia entre juzgar desde un estrado y gobernar un país al borde del colapso.
Entonces, admite que hay errores en el sistema. Presionó Jimena. Claro que hay errores. ¿Cree que no lo sé? ¿Cree que duermo tranquilo sabiendo que probablemente hay personas inocentes en el Secot? Bukele se pasó la mano por el cabello, mostrando una humanidad que raramente dejaba ver en público. Pero dígame, jueza, si yo hubiera esperado a tener un sistema perfecto, un proceso perfecto, investigaciones perfectas, ¿cuántos más habrían muerto mientras lo diseñábamos? 100, 1000, 10,000.
Las vidas no son números, respondió Jimena, pero los muertos sí lo son. La voz de Bukele subió de tono. 6300 en 2018, 5900 en 2017. Cada uno de esos números es una persona que no volvió a casa, una madre que enterró a su hijo, un niño que creció sin padre. Respiró profundo, recuperando el control. Así que sí, usé su dolor, usé a su hermano y si eso me hace tan manipulador como las maras que usted tanto odia, que así sea.
Pero mis manipulaciones salvaron un país. Las de ellos que salvaron. Jimena se quedó en silencio por un momento, luego hizo algo que nadie esperaba. Abrió un cajón de su escritorio y sacó un sobre. Mientras estaba en receso, el director Mendoza me entregó esto. Levantó el sobre, es una carta de mi hermano pidiendo verme. Abrió el sobre con manos que ya no temblaban. Sacó la carta escrita a mano en papel simple.
¿Puedo leerla? Buquele asintió. Jimena comenzó a leer en voz alta. Jimena, soy yo. Sé que creías que estaba muerto. Ojalá lo estuviera. Habría sido más fácil que vivir sabiendo lo que hice. Su voz se quebró ligeramente, pero continuó. Usé la fe que nuestros padres nos enseñaron para destruir vidas. Convencí a jóvenes de que Dios quería que mataran. Usé versículos sagrados para justificar horror. No espero que me perdones.
No me he perdonado a mí mismo. Lágrimas caían sobre el papel, pero Jimena siguió leyendo. Pero necesito que sepas algo. El sistema que Bukele creó me dio algo que no había tenido en 13 años. La imposibilidad de mentir. Aquí en el Secot, sin poder, sin influencia, sin la opción de escapar o manipular, volví a leer la Biblia de verdad, no como arma, como bálsamo.
Estoy pagando por lo que hice y debo pagar, pero quiero que sepas que por primera vez en más de una década estoy siendo honesto con Dios, contigo, conmigo mismo, tu hermano que te amó y traicionó todo lo que nos enseñaron. Leonel Jimena terminó de leer y dobló la carta cuidadosamente. La sala estaba en silencio absoluto. Algunos de los periodistas tenían lágrimas en los ojos. miró a Bukele.
“Presidente, ¿me permitiría visitarlo?” “Hoy mismo si quiere”, respondió Bukele. “Pero antes necesito que tome una decisión como jueza, no como hermana.” ¿Qué decisión? sabiendo lo que sabe ahora, sabiendo que el mal es más complejo de lo que los versículos aislados sugieren, sabiendo que su propia familia ocultaba un criminal sin saberlo. El régimen de excepción es categóricamente injusto.
Jimena respiró profundo, cerró su Biblia, la sostuvo contra su pecho por un momento, luego habló con voz firme. No, presidente Bukele, no es categóricamente injusto. Dante Rocha se puso de pie de un salto. Señora magistrada, está siendo coaccionada emocionalmente. Jimena lo silenció con la mirada. Siéntese, fiscal, nadie me coacciona.
Estoy tomando una decisión basada en comprender finalmente algo que me negaba a ver. Miró a los otros magistrados, luego a las cámaras. El régimen de excepción no es categóricamente injusto, pero endureció el tono mirando directamente a Bukele. Eso no significa que sea perfecto. Existen errores. Existen inocentes detenidos. Y usted, presidente, como líder de esta nación, tiene la obligación sagrada de corregir esos errores continuamente, no solo de defenderlos, no solo de justificarlos con números, sino de reconocerlos y enmendarlos, tomó su martillo. Esta
corte reconoce la legalidad constitucional del régimen de excepción bajo estado de emergencia. Sin embargo, exige la implementación inmediata de una comisión de revisión de casos. con participación de sociedad civil, audiencias de revisión mensales obligatorias, transparencia en datos de detenciones y liberaciones y protocolo claro para reparación a víctimas de detención injustificada. Golpeó el martillo.
El poder ejecutivo tiene 60 días para presentar plan detallado de implementación. Esta audiencia queda suspendida hasta presentación de dicho plan. Bukele le asintió lentamente. No era victoria total, pero era reconocimiento. 60 días. 60 días, confirmó Jimena. Y presidente, voy a fiscalizar cada paso personalmente. Bukele permitió una pequeña sonrisa.
No esperaría menos, señora jueza. Dos horas después, Jimena Avilés estaba en el COT, no como jueza, como hermana. La sala de visitas del pabellón siete era austera, paredes blancas, mesa de metal atornillada al piso, dos sillas a cada lado, una cámara en la esquina superior grababa todo.
No había privacidad aquí, no había espacio para mentiras. La puerta se abrió. Un guardia entró primero, luego Leonel. Caminaba despacio, las manos esposadas al frente. Había envejecido de formas que las fotografías no capturaban. completamente arrugas profundas alrededor de los ojos, cabello completamente gris, la piel curtida por años de clandestinidad, pero los ojos, esos ojos seguían siendo los mismos que ella recordaba de cuando tenía 15 años y él era su héroe. Se sentaron uno frente al otro.
El guardia se quedó junto a la puerta observando. Durante largos segundos ninguno habló, solo se miraron. Finalmente, Jimena susurró una palabra. ¿Por qué? Leonel cerró los ojos. Cuando los abrió estaban húmedos. Orgullo, deudas, miedo, todas las razones equivocadas que hacen que personas buenas tomen caminos horribles.
Su voz era ronca, como si no la hubiera usado mucho en años. Empezó con apuestas pequeñas, luego crecieron. Cuando no pude pagar, me dieron opción, morir o servirles. Yo elegí mal. Pudiste haber pedido ayuda, dijo Jimena, a la familia, a la iglesia, a mí. Lo sé, pero tenía demasiada vergüenza.
Era el pastor perfecto, ¿recuerdas? El que todos admiraban. No podía admitir que era débil, que había caído, así que mentí. Y cada mentira necesitaba otra mentira más grande para sostenerla. “¿Sabías lo que pasó con mamá?”, preguntó Jimena. “Murió pensando que te habían matado. Llevó tu foto al funeral, una foto tuya predicando.” Leonel dejó que las lágrimas cayeran abiertamente. “Lo sé.
” Mendoza me lo dijo cuando llegué aquí. Esa es la parte que no puedo perdonarme, no lo que hice a extraños, lo que les hice a ustedes. Conversaron durante una hora. No hubo perdón fácil. No hubo abrazos de reconciliación cinematográfica, solo dos personas tratando de encontrar verdad en medio de 15 años de mentiras. Cuando se acabó el tiempo de visita, Jimena se puso de pie.
¿Volverás?, preguntó Leonel. No lo sé”, respondió ella honestamente. “Necesito tiempo para procesar todo esto, para entender quién eres ahora versus quién pensé que eras. Entiendo.” En la puerta Jimena se detuvo. “Leonel, lo que escribiste en la carta sobre leer la Biblia de verdad es cierto.” Él asintió.
Es lo único verdadero que tengo ahora. Jimena salió. Bukele la esperaba en el estacionamiento recargado contra un vehículo oficial. ¿Cómo estuvo? Preguntó. Doloroso, necesario, respondió ella. Gracias por permitirlo, señora jueza, yo no soy perfecto. Mis políticas no son perfectas, pero son necesarias. Hizo una pausa. Usted me ayudó a ver hoy que también necesito humildad.
¿Trabajaremos juntos en esa comisión? Jimena extendió la mano. Vamos a trabajar juntos, pero voy a fiscalizar cada decisión, cada caso, cada persona detenida. Bukele estrechó su mano. No esperaría menos. Esa noche, en su casa de colonia San Benito, Jimena abrió su Biblia en una página diferente. Miqueas 6:8. Oh hombre, él te ha declarado lo que es bueno y qué pide Jehová de ti, solamente hacer justicia y amar misericordia. y humillarte ante tu Dios.
Subrayó la palabra humillarte con marcador amarillo. En su oficina presidencial, Bukele revisaba expedientes bajo luz de escritorio. Separó tres archivos con postits naranjas. En cada uno escribió: “Revisar urgente, posible error.” No era mucho, pero era un comienzo. La última escena mostraba el Seot desde lejos, luces de seguridad brillando en la oscuridad.
Dentro, en el pabellón 7, Leonel Campos leía una Biblia gastada bajo luz fluorescente, no como arma, como bálsamo. La voz de Jimena en narración cerraba la historia. La verdad duele, pero las mentiras duelen más. Hoy aprendí que hasta los versículos sagrados pueden convertirse en armas cuando se usan sin humildad.
y que la justicia real no es sobre pureza moral, es sobre tener el coraje de mirar nuestros propios pecados antes de juzgar los pecados ajenos. Porque al final todos necesitamos misericordia, hasta los jueces, hasta los presidentes, hasta los hermanos que creíamos perdidos para siempre.