
El teléfono directo de Bukele vibró sobre el escritorio presidencial exactamente a las 7:47 de la mañana. Era martes, un día que había empezado como cualquier otro. Bukele levantó el auricular sin imaginar que los siguientes segundos cambiarían todo. “Señor presidente”, la voz al otro lado sonaba distorsionada, procesada electrónicamente. “Tenemos 40 niños.
Si el Secot no cierra en 24 horas, empezamos a ejecutarlos de cinco en cinco. La línea se cortó antes de que Bukele pudiera responder. El silencio que siguió duró apenas 3 segundos, pero se sintió eterno. Dante Pereira, director de la Fuerza Nacional Antisequestro, ya estaba entrando a la oficina con el rostro descompuesto. Señor, tenemos confirmación visual.
Escuela República de Brasil en San Miguel. Ocho hombres armados tomaron el edificio durante la entrada de los estudiantes hace 15 minutos. Bukele se puso de pie inmediatamente. ¿Cuántos rehenes? 40 niños entre 6 y 10 años. Seis profesores. Los atacantes se identifican como familiares de prisioneros del SECOT. En la sala de control presidencial, las pantallas ya mostraban las imágenes de las cámaras de seguridad de la escuela.
Bukele las observó en silencio. Un grupo de niños siendo empujados hacia un aula, profesores de rodillas en el patio central, un hombre encapuzado disparando tres veces al aire. Los disparos no se escuchaban en el video, pero cada fogonazo era una declaración de guerra. “Muéstrame la lista de rehenes”, ordenó Bukele con voz controlada. Dante deslizó una tablet frente al presidente.
40 nombres, 40 vidas. Bukele recorrió la lista con el dedo hasta detenerse en uno. Luna Aguirre, 8 años. El sargento Aguirre, murmuró. Sí, señor. Su hija. El sargento Aguirre, había muerto dos años atrás en un enfrentamiento con la MS13. Bukele había estado en su funeral. Había visto a esa niña llorar sobre el ataúdre.
Un asesor de seguridad irrumpió en la sala. Señor presidente, debemos considerar un asalto táctico inmediato si esperamos. No. Bukele lo interrumpió sin levantar la vista de la tablet. No negociamos con terroristas, pero ellos no son terroristas. Son desesperados y eso los hace más peligrosos. Volvió a mirar las pantallas.
En una de ellas, los niños estaban sentados en el suelo, abrazados unos a otros. Una profesora intentaba calmarlos. Bele, apretó los puños. Establecé contacto con ellos. Quiero saber exactamente qué quieren, quiénes son y cuánto tiempo creemos que tenemos antes de que esto se vuelva irreversible. Dante asintió y salió apresuradamente.
Bukele se quedó solo frente a las pantallas, observando a Luna Aguirre entre los otros niños. La pequeña tenía la misma expresión que el día del funeral de su padre, asustada, pero intentando ser valiente. El reloj digital en la pared marcaba las 7:52, 24 horas men 5 minutos. 40 niños, un ultimato imposible. La guerra contra las pandillas había costado sangre, sudor y decisiones difíciles.
Pero esto era diferente. Esto era un ataque directo al corazón de lo que Bukele había prometido proteger, el futuro del Salvador. 6 meses antes, Heriberto Avilés había sido transferido al Seot tras liderar un motín sangrento en la prisión de Quesaltepeque. La operación de traslado había requerido 50 agentes antimotines y dos helicópteros. Eriberto no se había ido sin pelear.
Tres guardias terminaron hospitalizados. Condenado a 50 años por homicidio calificado y extorsión, Eriberto se había convertido en uno de los rostros más visibles del régimen de excepción. Los medios lo llamaban el carnicero de San Miguel. Había matado a tres personas a sangre fría. había extorsionado a 47 familias durante años.
El Secot no era un castigo excesivo, era justicia. Pero Eriiberto tenía un hermano mayor. Facundo Avilés había logrado lo que pocos pandilleros conseguían, escapar. Durante la mega captura que desmanteló la estructura de la MS13 en San Miguel, Facundo estaba visitando a su madre enferma en Chalatenango. Pura suerte o quizás destino. Cuando regresó, su mundo ya no existía.
17 de sus compañeros estaban muertos, otros 32, capturados. Heriberto había sido trasladado al Secot dos semanas después. Facundo se escondió en una casa abandonada en las afueras de la ciudad, viviendo como fantasma. Visitó a Eriberto tres veces antes de la transferencia al Secot. La primera visita había sido tensa, pero normal.
Herberto había mantenido su postura desafiante, su mirada dura. No te preocupes, Chero. Esto no va a durar. Bukele va a caer. La segunda visita fue diferente. Herberto había perdido peso. Tenía marcas en los brazos. hablaba más bajo, miraba hacia los lados constantemente. Aquí adentro es diferente, hermano, no es como antes. La tercera visita destrozó a Facundo.
Heriberto apareció del otro lado del vidrio casi irreconocible. Había perdido 15 kg. Tenía la mirada vacía de alguien que había dejado de pelear. Las marcas de golpes viejos todavía eran visibles en su rostro. Me van a mandar al Secot”, susurró Heriberto a través del teléfono. Su voz temblaba. Me dijeron que allá voy a morir, que nadie sale vivo de ese lugar.
Facundo apretó el puño libre contra el vidrio. Te voy a sacar, te lo juro. No hay salida, Facundo. Esto es el fin. Esa noche Facundo tomó la decisión, no por lealtad a la pandilla. La MS13 ya estaba muerta, fragmentada, derrotada. lo hacía por algo más primitivo, más humano. Sangre.
Eriberto era su hermano menor, el cipote que había protegido toda su vida, el único familiar que le quedaba después de que su madre muriera de cáncer el año anterior. Durante 4 meses, Facundo reclutó en silencio. Encontró a siete hombres en situaciones similares. Todos tenían hermanos, primos o hijos en el Secot. Todos habían escuchado las historias.
Todos compartían el mismo terror, que sus familiares murieran en ese lugar sin volver a ver la luz del sol. No querían venganza contra Bukele. Querían a sus familiares de vuelta. La escuela república de Brasil fue seleccionada con precisión militar. Facundo la había estudiado durante semanas, ubicada en San Miguel, su ciudad natal, donde conocía cada calle, cada callejón.
Seguridad mínima, un guardia desarmado en la entrada principal. Horario de entrada caótico entre las 7 y las 8 de la mañana con padres dejando a sus hijos apurados antes de ir al trabajo. Camila Orellana, la profesora de tercer grado, había sido la primera en notar que algo andaba mal. Eran las 7:35 de la mañana cuando vio a tres hombres con mochilas grandes entrando por el portón trasero.
No eran padres de familia. Se movían diferente, con propósito, con urgencia. Corrió hacia el botón de alarma en la dirección, pero nunca llegó. Uno de los hombres la interceptó cubriéndole la boca con una mano. No grites y no pasa nada, maestra. Solo queremos hablar con el presidente. En 7 minutos, ocho hombres controlaban completamente el edificio.
Camila y otros cinco profesores fueron reunidos en la biblioteca. Los 40 niños de segundo y tercer grado fueron concentrados en el aula más grande. Facundo se quitó el pasamontañas frente a los profesores. Tenía 34 años, pero parecía de 50. La vida en la clandestinidad lo había consumido.
“Nadie va a salir lastimado si cooperan”, dijo con voz firme, pero no amenazante. “Solo necesito que el presidente escuche lo que tengo que decir.” Camila lo miró directamente a los ojos. “¿Y qué le vas a decir?” Facundo sacó un teléfono celular de su bolsillo. “Que cierre el secot o que empiece a contar cadáveres.” Dante Pereira llegó a la escuela 35 minutos después de la toma. El perímetro ya estaba asegurado.
23 patrullas, dos unidades antimotines y un helicóptero sobrevolando a distancia prudente. Los padres de familia se agolpaban contra las vallas policiales, gritando nombres de sus hijos, llorando, exigiendo respuestas que nadie tenía. Dante estableció su puesto de comando en una casa abandonada a dos cuadras de la escuela. Desde ahí tenía vista directa del edificio. Podía ver las ventanas del segundo piso donde estaban los rehenes.
Cortinas cerradas, siluetas moviéndose detrás. Establezcan contacto por radio! Ordenó a su equipo. Frecuencia abierta. Quiero que sepan que podemos hablar cuando estén listos. 5 minutos después, el radio crepitó. ¿Quién está al mando ahí afuera? La voz sonaba calmada, casi educada.
Comandante Dante Pereira, Fuerza Nacional Antisecuestro, ¿con quién tengo el gusto? Me llamo Facundo Avilés y no estoy aquí para negociar, comandante. Estoy aquí para hacer una demanda muy simple. 157 prisioneros del Seot van a ser liberados en las próximas 24 horas o estos niños empiezan a morir. Dante respiró profundo. Mantuvo la voz neutral, profesional.
Facundo, entiendo que estás frustrado, pero lastimar niños no va. Mi hermano está en el CECOT, Heriberto Avilés. Tiene 30 años y lo condenaron a 50. Va a morir ahí adentro, comandante. No en 50 años, en cinco, tal vez en dos. He escuchado las historias, todos las hemos escuchado. Tu hermano tuvo un juicio justo. Fue condenado por No me hable de justicia.
La voz de Facundo se quebró por primera vez. Ustedes crearon ese infierno, ahora van a pagar el precio. La línea se cortó. En el centro de control presidencial, Bukele escuchaba la grabación de la conversación con los ojos cerrados. Cuando terminó, abrió los ojos y miró a su equipo de inteligencia.
¿Qué tenemos sobre Facundo Avilés? Un analista proyectó un expediente en la pantalla principal. Facundo Avilés Campos, 34 años, exmiembro de la MS13. antecedentes por extorsión menor hace 8 años, pero nunca fue condenado por falta de pruebas. Logró evadir la megacaptura de San Miguel hace 6 meses. Su hermano menor, Heriberto Avilés, está en el Secot desde febrero, condenado a 50 años por homicidio múltiple y extorsión. Familia, preguntó Bukele.
Madre murió hace un año. Cáncer. No hay otros familiares conocidos. Los hermanos eran muy unidos, según vecinos del sector. Buque le asintió lentamente. Entonces, esto no es sobre la pandilla, es personal. Señor presidente, intervino el ministro de Defensa. Tenemos equipos tácticos listos para una operación de rescate.
Con su autorización podemos No, Bukele fue tajante. 40 niños en un espacio cerrado con ocho hombres armados. El margen de error es cero, una sola bala perdida y tenemos una masacre. Entonces, ¿qué propone? Buque le guardó silencio por un momento largo. Finalmente habló. Quiero tres opciones en mi escritorio en 30 minutos. Invasión táctica con análisis completo de riesgo.
Negociación extendida para desgastar a los secuestradores y hizo una pausa. Quiero saber qué pasa si traemos a Eriberto Avilés aquí. El ministro palideció. Traer a un prisionero del SEOT para negociar con pandilleros. Señor, eso sería una locura, lo sé. Por eso es la opción tres, pero quiero tenerla sobre la mesa.
Mientras tanto, dentro de la escuela, Camila Orellana observaba a sus captores con atención. Llevaba 12 años siendo maestra. Sabía leer a las personas, especialmente a las personas asustadas. Los ocho hombres estaban nerviosos. Uno de ellos, el más joven, no dejaba de temblar. Otro revisaba su celular cada 30 segundos.
Facundo era el único que parecía mantener la compostura, pero Camila notaba cómo apretaba la mandíbula, como sus ojos se movían constantemente hacia las ventanas. No eran asesinos profesionales, eran hombres desesperados. “Necesito ir con los niños”, dijo Camila de repente. Facundo la miró. “¿Para qué? Tienen 6, 7, 8 años. Están aterrorizados.
Si no los calmo, van a empezar a gritar, a llorar sin control. Eso no les conviene a ustedes. Facundo consideró la petición. Va pues, pero uno de mis hombres va con vos. Camila caminó hacia el aula donde estaban los niños, seguida por el pandillero más joven. Cuando abrió la puerta, encontró exactamente lo que esperaba.
40 niños apiñados en una esquina, varios llorando, otros en shock silencioso. Niños, dijo con la voz más tranquila que pudo reunir. Soy la profesora Camila. Todo va a estar bien. Sus papás están afuera esperándolos. La policía está trabajando para que puedan salir pronto. Luna Aguirre levantó la mano tímidamente. Profe, ¿nos van a matar? Camila sintió que el corazón se le contraía, pero mantuvo la sonrisa.
No, mi amor, nadie va a lastimarte, te lo prometo. Se sentó en el suelo con ellos. El pandillero joven la observaba desde la puerta con la mano en el arma, pero sin apuntarla. Camila notó que tenía lágrimas en los ojos. Dos horas después, Camila se acercó a Facundo con una propuesta.
Deja salir a los cinco niños más pequeños. Tienen 6 años. No entienden nada de lo que está pasando. Es un gesto de buena fe. Buena fe. Facundo rió amargamente. Buena fe con un gobierno que metió a mi hermano en un agujero para morir. Tu hermano mató gente, Facundo. Eso no lo podés negar. El rostro de Facundo se endureció.
Todos hemos hecho cosas malas, pero nadie merece el secot. Nadie. Tal vez tengas razón, pero esos cinco cipotes no tienen nada que ver con eso. Si los dejas salir, demostrás que no sos un monstruo, que todavía hay humanidad en vos. Facundo la miró largo rato. Finalmente asintió. Cinco. Pero si la policía intenta algo, si veo un solo movimiento extraño, los siguientes cinco salen en bolsas. ¿Me entendiste? Te entendí.
30 minutos después, cinco niños de 6 años caminaban hacia el perímetro policial, escoltados por Camila hasta la puerta principal. Los padres rompieron las vallas corriendo a abrazar a sus hijos. Las cámaras de televisión capturaron cada segundo. El país entero estaba paralizado.
Dante recibió a Camila en la puerta. ¿Cómo están los demás? Asustados, pero vivos. Los secuestradores están nerviosos, comandante. No son profesionales. Uno de ellos casi tiene un ataque de pánico cuando un niño empezó a gritar. Arrmamento, pistolas, tal vez dos rifles. No vi granadas ni explosivos. Dante asintió. ¿Cuál es tu evaluación? ¿Van a cumplir su amenaza? Camila lo miró directo a los ojos.
Facundo, sí, está desesperado por su hermano. Los otros no estoy segura, pero si Facundo da la orden, obedecerán. En el centro de control, Bukele recibió el reporte de la liberación de los cinco niños, 35 rehenes restantes, 20 horas restantes. El ministro de Justicia entró con un folder. Señor presidente, tenemos el análisis legal.
Si accedemos al ultimato y liberamos prisioneros del SECOT, sentamos un precedente catastrófico. Cada pandillero en el país va a intentar lo mismo. Lo sé. Y si autorizamos un rescate táctico con el riesgo de bajas civiles. También lo sé. Bukele se frotó los ojos. No había dormido en 18 horas.
¿Qué hay de la opción tres? Un asesor legal respondió legalmente. Usted tiene autoridad para trasladar temporalmente a un prisionero bajo custodia especial para asistir en negociaciones de seguridad nacional. Pero políticamente, políticamente es un suicidio”, completó el ministro de Defensa. “La oposición va a decir que estamos negociando con terroristas, que estamos mostrando debilidad.
” Bukele se puso de pie y caminó hacia las ventanas. San Salvador se extendía frente a él, miles de personas viviendo sus vidas, confiando en que su presidente tomaría la decisión correcta. “Traigan a Heriberto Avilés. Quiero hablar con él. Señor, ¿escucharon bien? Manden un helicóptero al ceeot ahora mismo.
Si vamos a jugar esta carta, necesito saber exactamente qué tipo de hombre es Heriberto Avilés. Mientras el equipo se apresuraba a cumplir la orden, el teléfono de Dante volvió a sonar. Era facundo. Comandante, pasaron 4 horas. Quiero hablar con el presidente directamente. Eso no es protocolo. Me vale. O habla conmigo ahora o a las 6 de la tarde empiezan las ejecuciones.
Cinco niños cada hora hasta que se acabe el tiempo o se acaben los rehenes. La línea se cortó nuevamente. Tante contactó inmediatamente al centro de control. Señor presidente, Facundo exige hablar directamente con usted. Amenaza con comenzar ejecuciones a las 6 de la tarde. Bukele miró el reloj. Eran las 3 de la tarde, 3 horas. Consultó con su equipo de seguridad con la mirada.
Todos negaron con la cabeza. Era una mala idea, un riesgo innecesario. Bukele tomó el teléfono de todas formas. Facundo, soy Nayib Bukele. Del otro lado hubo un silencio sorprendido. Facundo claramente no esperaba que el presidente contestara tan rápido. Señor presidente, la voz de Facundo sonaba menos segura. Ahora yo necesito que cierre el secot.
Necesito que mi hermano salga de ahí. Tu hermano mató a tres personas, facundo. Una de ellas era un padre de familia que vendía pupusas para mantener a sus cuatro hijos. Otra era una mujer de 60 años que no pudo pagar la renta. Tu hermano no es una víctima, es un criminal, pero no merece morir en ese infierno. Entonces, no debió haber creado su propio infierno para otras familias. Buk le hizo una pausa.
Pero escúchame bien, Facundo. Esos niños que tenés ahí dentro no tienen nada que ver con las decisiones de tu hermano, ni con las tuyas. Luna Aguirre está ahí adentro. Su padre era el sargento Aguirre. Tu pandilla lo mató hace dos años. Esa cipota tiene 8 años. ¿Vas a hacerle a ella lo que tu pandilla le hizo a su papá? Silencio largo.
Yo no maté al sargento dijo Facundo finalmente. Pero tu hermano mató a otros y ahora vos vas a matar a sus hijos en venganza. Eso te hace diferente de lo que tu hermano era solo quiero que mi hermano salga vivo y yo quiero que esos 35 niños salgan vivos. Así que te voy a hacer una oferta, Facundo, una sola vez. Escúchala bien.
Bukele respiró profundo antes de continuar. Sabía que las próximas palabras definirían el resultado de esta crisis. 35 vidas dependían de lo que dijera en los siguientes segundos. Te voy a traer a tu hermano. Heriberto va a hablar con vos por teléfono. Va a decirte la verdad sobre el Secot, sin censura, sin guion. Si después de escucharlo todavía querés seguir con esto, entonces sabremos que no hay salida pacífica.
Pero si tu hermano te dice que liberés a esos niños, entonces vos y tus hombres se rinden. Van a juicio, no al secot. Esa es mi palabra. El silencio del otro lado era denso, pesado. Y si miente, si lo obligan a decir lo que ustedes quieren, conocés a tu hermano Facundo, vas a saber si está mintiendo. Otro silencio.
Bukele podía escuchar la respiración agitada de Facundo a través del teléfono. ¿Cuánto tiempo? 2 horas. El helicóptero ya salió hacia el Seot. A las 5 de la tarde, tu hermano te llama. Y si no me convence, entonces vos decidís, pero esos niños no merecen pagar por una guerra que ellos no empezaron. Facundo cortó la llamada sin responder.
En el búnker presidencial, el equipo de Bukele estaba dividido. La mitad pensaba que el presidente había hecho lo correcto. La otra mitad creía que acababa de firmar una sentencia de muerte para 35 niños. El ministro de Defensa se acercó, “Señor, si esto sale mal, si Eriiberto no coopera o si Facundo no cede de todas formas, lo sé.
Tendré 35 muertes en mi conciencia, pero no puedo ordenar un asalto cuando todavía hay una posibilidad de salvarlos a todos.” 90 minutos después, el helicóptero aterrizaba en la base militar más cercana a San Salvador. Eberto Avilés bajó escoltado por seis guardias de máxima seguridad. Estaba encadenado de pies y manos. Había perdido tanto peso que las cadenas parecían demasiado grandes para su cuerpo.
Lo llevaron a una sala de interrogatorios donde Bukele lo esperaba solo, sin guardias, sin asesores, solo el presidente y el prisionero. Herriiberto levantó la vista y sus ojos se encontraron con los de Bukele. No había desafío en esa mirada, solo cansancio profundo. ¿Por qué me trajeron? preguntó Heriberto con voz ronca. Tu hermano tiene 35 niños secuestrados en una escuela de San Miguel.
Exige que cierre el Secot o empieza a matarlos. Quiere que hables con él. Herberto cerró los ojos. Ese idiota, ¿vas a ayudarme a convencerlo de que se rinda? ¿Por qué haría eso? Usted me metió en ese infierno. Yo no te metí ahí, Heriberto. Tus decisiones te metieron ahí. Mataste a tres personas. Arruinaste docenas de familias. El secote es consecuencia, no injusticia.
Herberto abrió los ojos y miró a Bukele con algo parecido a la resignación. Tiene razón, lo sé. Cada noche en esa celda recuerdo sus caras, las personas que maté, las familias que destruí. El Seoto, es exactamente lo que merezco. Bukele se sentó frente a él. Entonces, decísselo a tu hermano.
Decile que esos niños no tienen por qué pagar por tus errores. Mi hermano es terco, siempre me protegió. Desde que éramos cipotes, siempre fue él quien me sacaba de problemas. Y ahora está tratando de salvarme otra vez, pero esta vez no puede salvarte, solo puede matar niños inocentes en el intento. Herberto bajó la cabeza.
Las cadenas tintinearon suavemente. Me va a dejar hablar con él sin amenazas, sin que me digan qué decir. Te lo juro, vas a hablar con tu hermano, solo ustedes dos. Yo voy a estar escuchando, pero no voy a interrumpir. Lo que le digas es tu decisión. Y si lo convenzo, ¿qué pasa con Facundo? Juicio justo, prisión normal, no se cote.
Si se rinde sin lastimar a nadie, eso va a contar a su favor. Herriiberto asintió lentamente. Está bien, voy a hablar con él, pero no porque usted me lo pida, sino porque esos cipotes no merecen lo que yo sí merecí. A las 5 de la tarde en punto, Dante estableció la conexión. El teléfono en manos de Heriberto sonó dos veces antes de que Facundo contestara, “Eriiberto, ¿s vos?” “Soy yo, hermano.” La voz de Facundo se quebró inmediatamente.
“Chero, te voy a sacar de ahí. Te lo juro por la mamá. Te voy a sacar. No, Facundo, no lo vas a hacer y no necesitas hacerlo. ¿Qué? ¿Te están obligando a decir esto? ¿Te están amenazando? Nadie me está obligando. Nadie me amenaza. Solo te voy a decir la verdad, hermano. La verdad que debí decirte hace años.
Buquele le observaba en silencio. Grababa cada palabra, pero cumplió su promesa. No interrumpió. Heriberto continuó con voz firme. El secot es duro, no te voy a mentir. Es frío, es oscuro, es solitario, pero sabes que es lo más duro, que cada día que paso ahí recuerdo las caras de las personas que maté. Don Julio, el que vendía pupusas, doña Carmen, la viejita que no pudo pagar, el hijo del sargento que murió cuando lo enfrentamos. Yo creé mi propio infierno mucho antes de que me mandaran al Secot. Pero, hermano, déjame
terminar. Herriberto casi gritó, “Yo soy un asesino facundo, un monstruo, y vos estás a punto de volverte en lo mismo que yo soy, pero todavía podés elegir diferente. Esos cipotes que tenés ahí no hicieron nada malo. No son como las personas que yo maté. Son inocentes, completamente inocentes. Silencio absoluto en ambos lados de la línea.
No salves a un monstruo lastimando a inocentes, hermano. No te conviertas en mí. Facundo sostenía el teléfono con mano temblorosa. Las palabras de su hermano resonaban en su cabeza como campanas de funeral. A su alrededor, los otros siete hombres lo observaban en silencio, esperando alguna señal, alguna dirección. “Eriiberto, la voz de Facundo era apenas un susurro.
Toda mi vida te protegí. Cuando los otros cipotes te molestaban en la escuela, yo los enfrentaba. Cuando te metiste en la pandilla, yo me metí también para cuidarte y ahora me estás pidiendo que te abandone. No me estás abandonando. Me estás dejando enfrentar las consecuencias de lo que hice. Hay una diferencia, hermano.
Facundo apretó los ojos con fuerza. Lágrimas corrían por su rostro. No puedo perderte. Sos lo único que me queda. Ya me perdiste hace años. El día que decidí matar por primera vez, ese día me perdiste. El eriberto que conocías murió mucho antes de entrar al Secot. En la sala de interrogatorios, Bukele observaba a Eriberto. El prisionero también lloraba, pero su voz se mantenía firme, clara.
No había manipulación en sus palabras, solo verdad cruda y dolorosa. Facundo, escúchame bien. Si matas aunque sea a uno de esos niños, no vas a poder vivir con vos mismo. Yo lo sé. Yo viví así durante años antes de que me capturaran. Cada noche, cada [ __ ] noche veía sus caras, escuchaba sus gritos. ¿Querés vivir así? ¿Querés que el rostro de una cipota de 8 años te persiga por el resto de tu vida? Dentro de la escuela, Camila observaba a Facundo desde la puerta del aula. Podía ver el conflicto desgarrándolo por dentro. El hombre que había sido capaz de planear un secuestro
masivo, ahora se veía como lo que realmente era. Un hermano desesperado que había llegado demasiado lejos. El más joven de los secuestradores, el que temblaba desde el principio, se acercó a Facundo. Chero, tal vez deberíamos cállate. Facundo lo interrumpió bruscamente, pero su voz carecía de convicción real.
Era la voz de alguien que ya sabía que había perdido. En el teléfono, Eriberto continuaba. ¿Te acordás de la mamá? ¿Te acordás de lo que nos decía antes de morir? Facundo asintió, aunque su hermano no podía verlo. Que hiciéramos algo bueno con nuestras vidas, que no termináramos como el papá. Pues mirá dónde terminamos. Yo en el secot y vos con una pistola apuntando a niños inocentes. La mamá estaría destrozada si nos viera ahora.
La mamá está muerta, pero su memoria no. Y vos todavía podés honrarla. Todavía podés elegir ser mejor que lo que yo fui. Facundo caminó hacia la ventana. A través de las cortinas entreabiertas podía ver el perímetro policial, decenas de vehículos, cientos de agentes, francotiradores en los techos. No había escape, nunca lo hubo.
En el fondo siempre lo supo. Se giró y miró hacia el aula donde estaban los niños. Camila estaba parada en la puerta, observándolo, no con miedo, sino con algo parecido a la compasión, como si pudiera ver dentro de él, como si entendiera. Herto, dijo Facundo con voz rota. De verdad crees que hay redención para tipos como nosotros.
No lo sé, hermano, pero sé que rendirte ahora, salvar esas vidas, es mejor que seguir cabando el mismo hoyo donde yo ya estoy enterrado. Facundo se quedó en silencio largo rato. Los otros secuestradores lo observaban esperando órdenes. Uno de ellos, un hombre de unos 40 años con lágrimas en los ojos, habló suavemente.
Mi hijo está en el Secot. Tos. Lo van a matar ahí adentro. Su voz se quebró. Pero, pero no puedo matar al hijo de alguien más para salvarlo. No puedo. Otro de los hombres dejó caer su arma al suelo. Yo tampoco. Esto fue un error, un maldito error. Facundo miró a su equipo desmoronándose, miró el teléfono en su mano, miró hacia el aula con los niños y finalmente miró sus propias manos. Las manos que había usado para planear esto.
Las manos que podrían haber apretado un gatillo contra un niño inocente. Herto, dijo finalmente, “El presidente está ahí con vos.” En la sala de interrogatorios, Bukele se acercó al teléfono. “Estoy aquí, Facundo. De verdad cumple su palabra. ¿De verdad no nos van a mandar al Seot si nos rendimos? Te doy mi palabra de presidente. Juicio justo, prisión normal.
Si te rendís ahora sin lastimar a nadie, eso va a pesar a tu favor en la corte. Facundo cerró los ojos. Y mi hermano Bukele miró a Heriberto antes de responder. El prisionero negó con la cabeza suavemente. Sabía cuál tenía que ser la respuesta. Tu hermano cumple su sentencia, pero te prometo que voy a revisar personalmente las condiciones del Seot, no para hacerlas más suaves, sino para asegurar que sean justas, que castiguen sin destruir. No es suficiente.
Lo sé, pero es todo lo que puedo ofrecerte sin traicionar a todas las familias que sufrieron por lo que tu hermano hizo. Facundo abrió los ojos y miró directamente a Camila. La profesora que está aquí me dijo algo hace unas horas. Me dijo que todavía hay humanidad en mí. No sé si tiene razón, pero quiero creerle. Camila dio un paso hacia él. La hay, Facundo.
La vi cuando dejaste salir a los cinco cipotes pequeños. La veo ahora en tu cara. Facundo dejó caer el arma. El sonido del metal golpeando el suelo resonó como un trueno en el silencio tenso. Está bien, susurró. Está bien. Se llevó el teléfono a la boca una última vez. Heriberto, te quiero, hermano. Siempre te voy a querer.
Yo también, Facundo, y estoy orgulloso de vos. Por primera vez en años estoy orgulloso de mi hermano mayor. Facundo cortó la llamada y se giró hacia los otros siete hombres. Se acabó. Bajamos las armas. Dejamos salir a los cipotes. El más joven de ellos soyloosó de alivio. Dos más dejaron caer sus armas inmediatamente, pero tres de ellos dudaban, mirándose entre sí con incertidumbre y miedo.
“¿Y si nos matan, apenas salgamos?”, preguntó uno de ellos. “¿Y si es una trampa?” Camila intervino. No es trampa. El presidente Bukele no miente en cosas así. Ustedes van a vivir, van a tener juicio, van a pagar por esto, sí, pero van a vivir. Y nuestras familias en el Secot. Facundo respondió con voz cansada.
Se quedan ahí porque merecen estar ahí y nosotros vamos a tener que vivir con eso. Uno por uno. Los ocho hombres dejaron sus armas en el suelo. Facundo caminó hacia el aula donde estaban los niños. abrió la puerta lentamente. 35 pares de ojos lo miraron con terror. “Ya pueden irse”, dijo simplemente. “Ya se acabó.” Los niños no se movieron al principio, paralizados por el miedo. Fue Luna Aguirre quien dio el primer paso.
La pequeña de 8 años, hija del sargento caído, caminó directamente hacia Facundo. El pandillero se arrodilló para quedar a su altura. Luna lo miró con ojos grandes, húmedos de lágrimas. Mi papá está en el cielo”, dijo la niña con voz temblorosa.
“No me querés mandar con él todavía, ¿verdad?” Facundo sintió que algo se rompía dentro de su pecho. “No, mi niña, no te voy a mandar con él. Vas a vivir, vas a crecer. Vas a hacer todo lo que tu papá soñó que fueras.” Luna lo abrazó. Un abrazo breve, infantil, pero que contenía más perdón del que Facundo sabía que merecía. Luego corrió hacia Camila, quien la tomó en brazos.
Los otros niños comenzaron a salir en tropel, algunos corriendo, otros caminando pegados a las paredes. Los profesores los guiaban hacia la salida. Camila fue la última en dirigirse a la puerta cargando a Luna. Antes de salir se giró hacia Facundo. Hiciste lo correcto. Al final eso cuenta. No borra lo que hice. No, pero es un comienzo. Dante Pereira recibió la señal por radio. Los rehenes están saliendo. Repito, los rehenes están saliendo.
Coordinó la operación con precisión militar. Los niños fueron recibidos por paramédicos y escoltados hacia sus padres, que esperaban desesperadamente detrás de las vallas. Los gritos de alegría. El llanto de alivio, los abrazos desesperados fueron capturados por todas las cámaras de televisión del país.
El último niño en salir fue un pequeño de 7 años que cargaba su mochila de Spider-Man. Corrió directamente a los brazos de su madre, quien cayó de rodillas abrazándolo como si nunca fuera a soltarlo. Las cámaras también capturaron el momento en que Facundo y los otros siete hombres salieron con las manos en la cabeza. No hubo violencia.
No hubo forcejeo, solo hombres derrotados caminando hacia la justicia que sabían que merecían. En el búnker presidencial, Bukele observaba las transmisiones en vivo con los puños apretados. Cuando el último niño salió sano y salvo, cerró los ojos y dejó escapar un suspiro que había estado conteniendo durante horas.
Un asesor se acercó tímidamente. Señor presidente, lo logró 35 niños vivos, cero bajas. Es es un milagro, no fue un milagro”, respondió Bukele sin abrir los ojos. Fue un hermano recordándole a otro hermano lo que significa ser humano. Abrió los ojos y miró las pantallas. Facundo estaba siendo esposado por agentes de policía.
Antes de entrar a la patrulla, giró la cabeza hacia las cámaras. No había desafío en su mirada, solo agotamiento profundo y algo parecido a la paz. Bukele le tomó el teléfono y llamó directamente a Dante. Comandante, asegúrese de que Facundo Avilés y sus compañeros sean tratados con dignidad. Nada de brutalidad, nada de venganza.
Van a enfrentar justicia, no linchamiento. Entendido, señor presidente. Bukele colgó y miró a su equipo. Preparen un comunicado. Quiero dirigirme al país en 30 minutos. Media hora después, Bukele apareció en cadena nacional. no estaba en el despacho presidencial con su escritorio imponente y banderas detrás. Estaba de pie en una sala simple, con expresión seria, pero no triunfal.
Pueblo salvadoreño, comenzó. Hoy enfrentamos una de las crisis más difíciles desde el inicio del régimen de excepción. Ocho hombres desesperados tomaron 35 niños como rehenes, exigiendo el cierre del Secot. Hizo una pausa dejando que las palabras se asentaran. No cerré el Secot, no negocié con terroristas, pero sí hablé con un hermano.
Le pedí a Eriberto Avilés, un prisionero condenado a 50 años, que hablara con su hermano Facundo, que le dijera la verdad sobre sus crímenes y sus consecuencias. Otra pausa. Bukele miraba directamente a la cámara. Heriberto Avilés le dijo a su hermano algo que todos necesitamos escuchar, que las consecuencias de nuestras acciones son inevitables, que no podemos salvar a quienes amamos destruyendo a inocentes, que la verdadera redención comienza cuando dejamos de huir de la justicia y empezamos a enfrentarla. Su voz se volvió más grave, más intensa. Facundo
Avilés y sus compañeros enfrentarán juicio. Serán condenados por secuestro agravado. Pero cumplí mi palabra, no irán al Seot. Porque la justicia no es venganza. La justicia es consecuencia proporcional. Y hoy, gracias a que eligieron rendirse, 35 niños volvieron con sus familias. Buele respiró profundo antes del cierre. El Seot va a cerrar.
Es necesario para mantener a los criminales más peligrosos fuera de nuestras calles, pero también me comprometo a revisar las condiciones para asegurar que sean duras pero justas, que castiguen sin deshumanizar, porque no podemos convertirnos en aquello que combatimos. La transmisión terminó.
El país entero procesaba lo que acababa de presenciar. No había sido la victoria militar que algunos esperaban, pero había sido algo más importante, una demostración de que la fuerza más poderosa no es la violencia, sino la humanidad estratégica. Tres semanas después, Bukele visitó la Escuela República de Brasil en su reapertura oficial.
El edificio había sido completamente renovado. Paredes frescas pintadas de colores brillantes, nuevos sistemas de seguridad. Pero más importante que todo eso, vida regresando a sus pasillos. Los 35 niños que habían sido rehenes estaban ahí junto con sus familias. Muchos todavía asistían a terapia psicológica. Algunos tenían pesadillas, pero estaban vivos, estaban juntos, estaban sanando.
Luna Aguirre corrió hacia Bukele. Apenas lo vio entrar. le entregó un papel doblado con cuidado. El presidente lo abrió y encontró un dibujo hecho con crayones, un sol grande y amarillo saliendo sobre una escuela con 40 niños tomados de las manos. En la esquina inferior, con letras infantiles e irregulares, decía: “Gracias por no desistir de nosotros.
” Bukele se arrodilló frente a la niña. “¿Vos hiciste esto?” Luna asintió tímidamente. La profe Camila dijo que usted salvó nuestras vidas, que habló con los hombres malos hasta que entendieron. No fui solo yo, mi amor. Fue mucha gente trabajando junta. Y fue un hermano que le recordó a otro hermano lo que era correcto. Como mi papá me recordaba a mí que hiciera mi tarea.
Bukele sonrió con tristeza. Algo así. Camila Orellana se acercó a saludar al presidente. Se veía cansada, pero en paz. Señor presidente, quiero agradecerle personalmente. Usted podría haber ordenado un asalto, hubiera sido más rápido, más fácil políticamente, pero habría costado vidas. Y estas vidas, Bukele miró a los niños jugando en el patio, valen más que mi conveniencia política.
¿Qué pasó con Facundo y los otros? El tribunal los condenó ayer. Facundo recibió 35 años por secuestro agravado. Los otros recibieron entre 20 y 30 años cada uno. El juez consideró la rendición pacífica y la liberación de todos los rehenes sin heridos como atenuante. Pudieron haber recibido pena de muerte. No la recibieron. Y Heriberto regresó al SEOT.
Pero implementé un nuevo protocolo de revisión mensual de condiciones, no para suavizar las sentencias, sino para garantizar que el castigo sea proporcional y humano. El Secot debe ser temido por los criminales, no por nosotros mismos. Camila asintió. ¿Sabe algo curioso, señor presidente? Uno de los niños me preguntó si Facundo era malo o bueno.
Le dije que era las dos cosas, que había hecho algo muy malo, pero al final eligió hacer lo correcto. Los niños entienden eso mejor que muchos adultos. Bukele observó a Luna correr con sus compañeros, gritando y riendo como cualquier niña de 8 años debería poder hacer. Mi trabajo no es crear un país donde no existan los Facundo Havilés.
Mi trabajo es crear un país donde incluso los Facundo Avilés puedan elegir ser mejores. Esa noche, en su oficina privada, Bukele colocó el dibujo de Luna en un marco especial sobre su escritorio, no junto a los documentos oficiales o las proclamaciones presidenciales, en un lugar donde pudiera verlo cada mañana al llegar. No era una victoria gloriosa, no había desfile triunfal ni discursos épicos, pero 35 niños habían vuelto a casa.
Un hermano había salvado al otro de cruzar una línea de la que no hay retorno. Y un país había aprendido que la justicia más poderosa no es la que destruye sin piedad, sino la que castiga sin perder humanidad. Bukele miró por la ventana hacia San Salvador. Las luces de la ciudad parpadeaban en la noche como estrellas terrestres.
Miles de familias cenando juntas, durmiendo en paz, confiando en que mañana sería mejor que ayer. No era perfecto, nunca lo sería, pero era progreso, era esperanza, era la diferencia entre gobernar con fuerza y gobernar con sabiduría. Y por ahora eso era suficiente.