Marcos Villanueva soltó una carcajada que retumbó en toda la sala de juntas. Tú, una niña de la calle hablando
idiomas, llamen a seguridad. Llamen a seguridad. La pequeña Valentina no retrocedió.

Con
el rostro manchado de tierra y la camiseta roja rasgada, levantó el dedo y
señaló directamente al hombre del traje de $10,000. Yo hablo ese idioma. Y también los otros
siete que sus traductores no pudieron descifrar. El celular de Marcos se le resbaló de la
mano. Lo que esa niña estaba a punto de revelar destruiría todo lo que él creía
saber sobre el éxito. Marcos Villanueva se ajustó las mancuernillas de oro
mientras observaba la ciudad desde el piso 42 de la Torre Meridian, el
edificio más exclusivo del distrito financiero. A sus 53 años había
construido un imperio de importaciones que lo convertía en uno de los hombres más influyentes del país. Su oficina era
un monumento a su ego, desmedido, con paredes de mármol italiano, obras de
arte que costaban más que apartamentos enteros y una vista panorámica que le
recordaba constantemente su posición por encima del resto de los mortales.
Pero ese martes por la mañana algo amenazaba con destruir todo lo que había
construido. Sobre la mesa de juntas de Caoba Pulida descansaba un contrato de 800 millones
de dólares. Ocho inversionistas de ocho países diferentes llegarían en
exactamente 4 horas para firmar el acuerdo más importante de su carrera.
Había un solo problema. El traductor oficial, el único hombre capaz de
manejar los ocho idiomas necesarios para la negociación, había sufrido un
accidente automovilístico la noche anterior. Marcos golpeó la mesa con el
puño cerrado. ¿Cómo es posible que no tengamos un reemplazo? Su asistente
Carolina Estévez, una mujer de 35 años con traje gris impecable, tragó saliva
antes de responder, “Señor Villanueva, hemos contactado a todas las agencias de
traducción de la ciudad. Ninguna tiene a alguien disponible que domine mandarín, árabe, ruso, japonés,
alemán, francés, portugués e italiano simultáneamente.
Es una combinación extremadamente rara. Marcos la miró con desprecio absoluto.
Entonces, contrata a ocho traductores diferentes, uno para cada idioma. Ya lo
intentamos, señor. Carolina bajó la mirada. Los inversionistas fueron muy
específicos. Quieren un solo interlocutor para mantener la confidencialidad del acuerdo. Si usamos
múltiples traductores, cancelarán la reunión. La vena en la frente de Marcos comenzó a
palpitar visiblemente. Este contrato representaba 5 años de negociaciones, cientos de reuniones,
miles de horas de trabajo. Si fracasaba hoy, no solo perdería 800 millones de
dólares, sino que su reputación quedaría destruida en el mundo empresarial.
Los otros ejecutivos presentes en la sala permanecían en silencio. Roberto
Mendoza, el director financiero, revisaba nerviosamente su tablet. Andrés
Coronel, jefe de operaciones, miraba por la ventana evitando el contacto visual.
Felipe Guzmán, el abogado principal, ojeaba documentos que ya había leído 100
veces. Ninguno se atrevía a hablar cuando Marcos estaba en ese estado.
Quiero soluciones, no excusas. Marcos comenzó a caminar alrededor de la mesa
como un depredador enjaulado. Llamen a universidades, embajadas, lo
que sea necesario. Ofrezcan el triple de la tarifa normal. Señor Carolina vaciló.
Ya ofrecimos cinco veces la tarifa. El problema no es el dinero, simplemente no
existe nadie disponible con esas calificaciones en tan poco tiempo. Marcos se detuvo frente al ventanal
observando las calles diminutas allá abajo. Las personas parecían hormigas
desde esa altura, insignificantes, reemplazables. Así era como él veía al mundo dividido
entre los que tenían poder y los que no valían nada. En ese momento, su mirada
captó algo en la acera frente al edificio. Una figura pequeña, una niña
aparentemente rebuscaba en los contenedores de basura cerca de la entrada principal. Su camiseta roja
estaba sucia y rasgada. Su cabello rubio enmarañado, recogido en una coleta
desprolija. Parecía tener unos 11 o 12 años. Seguridad. Marcos tomó el teléfono
interno. Hay una indigente frente al edificio. Sáquenla de ahí antes de que
lleguen mis inversionistas. No quiero que esa basura arruine la imagen de la Torre Meridian. Carolina observó la
escena desde la ventana con una punzada de incomodidad, pero no dijo nada. Había aprendido hace
mucho tiempo que cuestionar a Marcos Villanueva era un error que costaba carreras. Los minutos pasaban con una
lentitud agónica. Cada llamada telefónica traía la misma respuesta
negativa. Cada agencia, cada universidad, cada embajada declinaba la
solicitud imposible. Marcos sentía como el control se le escapaba de las manos,
una sensación que no había experimentado en décadas. A las 11 de la mañana,
exactamente 3 horas antes de la reunión, su teléfono personal sonó. Era Dimitri
Volkov, el inversionista ruso, confirmando su llegada. Marcos respondió
en su limitado ruso, apenas suficiente para saludos formales, y prometió que
todo estaría listo. Cuando colgó, sus manos temblaban ligeramente.
“Señor”, Roberto Mendoza finalmente se atrevió a hablar. “¿Qué hacemos si no
encontramos a nadie?” Marcos lo fulminó con la mirada. “Encontraremos a alguien.
Y si no lo hacemos, ustedes tres serán los responsables. Sus bonificaciones,
sus puestos, todo depende de que esta reunión sea un éxito.
Los ejecutivos intercambiaron miradas de terror, pero ninguno protestó.