
Cuando el cártel Jalisco Nueva Generación m@tó a la hija de 15 años de Roberto Sandoval por negarse a ser la novia de un sicario, el mecánico de 52 años tomó una decisión que lo cambió todo. No buscó venganza con balas, buscó algo mucho más devastador, destrucción total. Durante dos años hizo algo que ni la policía ni el ejército habían logrado, y el precio que pagó fue todo lo que le quedaba. Quédense hasta el final porque lo que este padre logró hacer desde las sombras va a dejarlo sin palabras.
Y el momento en que finalmente miró a los ojos al asesino de su hija es algo que nunca van a olvidar. Un martes cualquiera de marzo del 2022, Roberto Sandoval estaba bajo el capó de una camioneta Ford en su taller mecánico de Guadalajara.
Tenía las manos llenas de grasa, la radio sonando música norteña de fondo y estaba pensando en que en dos horas más terminaría su jornada y podría llegar a casa para cenar con sus dos hijas. Roberto tenía 52 años. El cabello ya mostraba canas abundantes en las cienes y llevaba 25 años siendo mecánico en el mismo barrio de la colonia Oblatos. Era un hombre callado, trabajador, de esos que saludan a todos los vecinos y nunca se meten en problemas.
3 años atrás había perdido a su esposa por cáncer de mama y desde entonces criaba solo a Daniela de 15 años y Sofía de 12. Daniela era su orgullo. Sacaba buenas calificaciones en la secundaria número 47. Ayudaba a cuidar a su hermana menor y soñaba con estudiar medicina. Era una muchacha bonita, con el cabello largo y oscuro como su madre, ojos expresivos y esa sonrisa que iluminaba la casa cada vez que llegaba de la escuela. Sofía era más callada, más tímida, pero igualmente buena estudiante.
Las dos eran todo lo que Roberto tenía en el mundo. Por ellas trabajaba 12 horas al día. Por ellas se levantaba cada mañana, aunque el cuerpo le doliera. Por ella seguía adelante, a pesar de que cada noche extrañaba a su esposa hasta que le dolía el pecho. Ese 22 de marzo, Roberto no sabía que su vida estaba a punto de romperse en mil pedazos. No sabía que en ese mismo momento, a 5 km de distancia, un sicario del CJNG de 23 años llamado Jonathan Ruiz, apodado el flaco, estaba sentado en una camioneta suburban negra afuera de la secundaria número 47, esperando a que saliera Daniela.
Y no sabía que en menos de 3 meses todo lo que él conocía como su vida dejaría de existir para siempre. La primera vez que el flaco vio a Daniela fue dos meses antes, en febrero. Él pasaba en su camioneta por la avenida principal cuando la vio caminando con su uniforme escolar, la mochila al hombro, riendo con dos amigas. El flaco frenó, la miró de arriba a abajo y decidió que la quería. Para él era así de simple.
Jonathan Ruiz había entrado al CJNG a los 16 años. Ahora con 23 ya tenía tres ejecuciones en su historial. manejaba una camioneta del año, traía cadenas de oro en el cuello y sentía que el mundo le pertenecía. Nunca nadie le había dicho que no y no iba a empezar ahora con una chamaca de 15 años, así que comenzó a buscarla. Al día siguiente regresó a la misma hora y la vio salir de la escuela. Se estacionó junto a ella y bajo la ventana.
Le silvó. Daniela lo miró con confusión y siguió caminando. Él sonrió. Le gustaba cuando se hacían las difíciles. Durante las siguientes dos semanas, el flaco apareció cinco veces más afuera de la secundaria. Le ofrecía ride, le gritaba piropos, le decía que se veía bonita. Daniela lo ignoraba. Sus amigas le decían que tuviera cuidado, que ese tipo se veía peligroso o qué mejor le dijera a su papá. Pero Daniela pensaba que si lo ignoraba suficiente tiempo, el tipo se aburriría y la dejaría en paz.
Se equivocaba. Una tarde de principios de marzo, Daniela llegó a su casa y encontró un ramo de rosas rojas en la puerta. No había tarjeta, pero ella supo quién las había dejado. Sintió un escalofrío. Le contó a Roberto esa noche durante la cena. Roberto frunció el ceño. Le preguntó si conocía a alguien que pudiera haberlas mandado. Daniela mintió. Dijo que tal vez era un compañero de la escuela. No quería preocupar a su papá. Pero dos días después el flaco fue más lejos.
se presentó en la casa de Roberto a las 7 de la noche. Tocó la puerta, Roberto abrió y se encontró frente a frente con un joven delgado, tatuajes en los brazos, cadenas de oro, mirada arrogante. El flaco sonrió y le extendió una caja. Adentro había un iPhone nuevo. Le dijo que era un regalo para Daniela. Roberto sintió que algo no estaba bien. Le preguntó quién era él y por qué le traía regalos a su hija. El flaco se rió.
dijo que solo quería conocer a Daniela mejor, que era una muchacha muy bonita. Roberto le devolvió la caja y le dijo con voz firme que Daniela tenía 15 años, que no aceptaba regalos de extraños y que no volviera a su casa. El flaco dejó de sonreír. Su mirada se puso fría. le dijo a Roberto que no sabía con quién estaba hablando, que él no era un cualquiera que trabajaba para gente importante. Roberto no se dejó intimidar, le repitió que se fuera y cerró la puerta.
Adentro Daniela había escuchado todo. Tenía el rostro pálido. Le dijo a su papá que ese era el hombre que la esperaba afuera de la escuela. Roberto sintió que la rabia le subía por el pecho. Le dijo a Daniela que al día siguiente la llevaría y recogería de la escuela él mismo y que si ese tipo volvía a molestarla, llamarían a la policía. Pero Roberto no sabía que la policía no haría nada. No sabía que el flaco tenía conexiones.
No sabía que había cruzado una línea que no debía cruzarse. Durante las siguientes 13 semanas, el flaco no apareció. Roberto pensó que su advertencia había funcionado. Daniela empezó a relajarse. Todo parecía haber vuelto a la normalidad, pero el flaco no se había ido. Solo estaba esperando el momento correcto. El momento llegó el 12 de abril. Era martes, día soleado, caluroso. Daniela salió de la escuela a las 2 de la tarde como siempre. Esa semana Roberto no había podido recogerla porque tenía un trabajo urgente en el taller.
Así que Daniela caminaba a casa con sus amigas como antes. Estaban a tres cuadras de la escuela cuando una suburba negra se detuvo junto a ellas. Se bajaron el flaco y otros dos sicarios. Las amigas de Daniela se quedaron paralizadas. El flaco caminó directo hacia Daniela. Le dijo que necesitaban hablar. Daniela retrocedió. Le dijo que la dejara en paz. Él se acercó más. le dijo que ya había sido suficientemente paciente, que había intentado ser amable, pero que se le había acabado la paciencia.
Le dijo frente a todos que ella iba a ser su novia, que no era una pregunta, que era una orden. Daniela sintió que el miedo le apretaba la garganta, pero aún así reunió el valor para mirarlo a los ojos y decirle con voz temblorosa, pero clara que no quería nada con él, que la dejara en paz. Los otros estudiantes que estaban cerca se quedaron callados. Algunos sacaron sus celulares. El flaco sintió que la sangre le subía a la cara.
Esta pendeja lo estaba rechazando frente a todos, frente a sus propios hombres. Lo estaba haciendo quedar como un idiota. Dio un paso hacia ella. Daniela retrocedió. Él le dijo en voz baja, pero lo suficientemente fuerte para que todos escucharan, que se iba a arrepentir de haberlo hecho quedar mal, que nadie lo rechazaba, nadie. Luego se subió a su camioneta y se fue quemando llanta. Daniela llegó a casa temblando. Le contó todo a Roberto. Él sintió que el mundo se le venía encima.
Llamó a la policía. Fueron dos patrullas. Tomaron la denuncia. Le dijeron que estarían pendientes. Pero Roberto vio en sus ojos que no iban a hacer nada. Uno de los oficiales le dijo en voz baja cuando el otro no escuchaba que tuviera cuidado, que si ese tipo era quien creía que era, más valía que se mudaran de barrio. Roberto no durmió esa noche, se quedó sentado en la sala con un bat de béisbol en las piernas vigilando la puerta.
Al día siguiente llevó a Daniela a la escuela y le dijo que no saliera hasta que él fuera por ella. Daniela asintió. Se veía asustada. Roberto le prometió que todo iba a estar bien. Le prometió que la iba a proteger. Fue la última promesa que le hizo y no pudo cumplirla. El 14 de abril, dos días después, Daniela le pidió permiso a Roberto para ir a la tiendita de la esquina a comprar pan para la cena. Eran las 6:30 de la tarde, todavía había luz.
La tienda estaba a media cuadra. Roberto dudó, pero finalmente dijo que sí. Le dijo que fuera rápido, que regresara en 5 minutos. Daniela tomó el dinero, se puso sus tenis y salió de la casa. Roberto volvió a la cocina donde estaba ayudando a Sofía con su tarea de matemáticas. Pasaron 5 minutos, luego 10, luego 15. Roberto empezó a sentir que algo estaba mal. Se asomó por la ventana, no vio a Daniela, salió a la calle, caminó hacia la tienda.
Cuando estaba a mitad de cuadra, escuchó los gritos. La gente corría. Una señora gritaba que llamaran a una ambulancia. Roberto sintió que las piernas le dejaban de responder, pero se obligó a correr. Cuando llegó a la esquina, vio a un grupo de personas formando un círculo, se abrió paso a empujones y entonces la vio. Daniela estaba tirada en la acera. Tenía tres disparos, uno en el pecho, uno en el estómago, uno en la cabeza. Sus ojos estaban abiertos, pero ya no veían nada.
La sangre formaba un charco oscuro alrededor de su cuerpo. En su mano todavía tenía apretados los 20 pesos que Roberto le había dado para el pan. Roberto cayó de rodillas junto a ella, la tomó en sus brazos, le gritó que despertara, le suplicó que abriera los ojos, pero Daniela ya no estaba. Se había ido. Y Roberto supo en ese momento, con una claridad terrible y absoluta, que su vida acababa de terminar también. Los paramédicos llegaron 15 minutos después.
Un doctor joven le puso la mano en el hombro y le dijo que lo sentía mucho, que ya no había nada que hacer. La policía llegó media hora después. Acordonaron la zona, tomaron fotos, hicieron preguntas. Una testigo dijo que había visto una suburban negra, que se habían bajado tres hombres, que uno de ellos, flaco con tatuajes, le había dicho algo a la muchacha y luego le había disparado tres veces, que luego se había subido a la camioneta y se había ido como si nada.
Otro testigo dijo que había escuchado al sicario decir antes de disparar, “Nadie me rechaza, pendeja.” Roberto escuchó todo esto desde muy lejos, como si estuviera bajo el agua. Lo único que podía ver era el cuerpo de su hija siendo metido en una bolsa negra. Lo único que podía pensar era que él le había prometido que la iba a proteger y había fallado. El funeral fue tres días después. Llovía. El ataúdani era blanco, con flores rosadas encima. Sofía no dejaba de llorar aferrada al brazo de Roberto.
La madre de Roberto, una mujer de 76 años con el cabello completamente blanco, miraba la tumba y repetía una y otra vez que Dios iba a castigar a los responsables. Pero Roberto no creía en eso. Si Dios existía, había dejado que mataran a su hija de 15 años por negarse a ser novia de un criminal. Si Dios existía, no había hecho nada para detenerlo. Así que Roberto supo que si quería justicia, tendría que conseguirla él mismo. Pero también sabía que no podía hacerlo con violencia.
Si iba tras el flaco con un arma, lo matarían a él y luego matarían a Sofía. No, tenía que ser más inteligente. Tenía que pensar como ellos pensaban, tenía que destruirlos desde adentro. Durante la ceremonia, mientras el padre decía las oraciones, Roberto miraba el ataúd y pensaba en la última vez que había visto a Daniela viva. Ella le había dado un beso en la mejilla antes de salir por el pan. Le había dicho, “Te quiero, papá. ” Y él había respondido de forma automática, sin siquiera mirarla de verdad, porque estaba ayudando a Sofía con la tarea.
Si hubiera sabido que eran las últimas palabras que le diría, habría hecho las cosas diferentes. Habría dejado la tarea. Habría abrazado a su hija, le habría dicho cuánto la amaba, le habría dicho que era su orgullo, su razón de vivir, pero no lo hizo. Y ahora nunca podría. Cuando bajaron el ataúd a la tierra, Roberto sintió que algo se rompía dentro de él. No era su corazón. Su corazón ya se había roto el día que vio a Daniela en la cera.
Era algo más profundo. Era su fe en que las cosas podían mejorar. Era su esperanza de que el mundo tenía sentido. Era su capacidad de creer en la bondad. Todo eso murió junto con Daniela. Lo único que quedó fue rabia, fría, calculada, paciente. Esa noche después del funeral, Roberto se sentó en la mesa de la cocina con una libreta y un bolígrafo. Escribió todo lo que sabía sobre el flaco, el tipo de camioneta que manejaba, los lugares donde lo había visto, las horas en que aparecía, los dos sicarios que siempre lo acompañaban.
No era mucho, pero era un comienzo. Sofía entró a la cocina para tomar agua. vio a su padre escribiendo, le preguntó qué hacía. Roberto cerró la libreta rápidamente y le dijo que solo estaba haciendo cuentas del taller. Sofía lo miró con ojos rojos de tanto llorar y le preguntó si las cosas algún día iban a volver a ser normales. Roberto quiso decirle la verdad, que no, que las cosas nunca iban a ser normales otra vez, que Daniela se había ido y con ella se había ido cualquier posibilidad de normalidad, pero no lo hizo.
Solo la abrazó y le dijo que todo iba a estar bien. fue otra mentira entre todas las que tendría que decir en los próximos meses. Luego, Roberto hizo algo que nunca había imaginado que haría. Buscó en internet el número de la DEA en México. Marcó, le contestó una recepcionista en inglés. Roberto le dijo en español que necesitaba hablar con alguien sobre el cártel Jalisco Nueva Generación. La recepcionista le dijo que dejara su nombre y número. Roberto colgó asustado.
No quería dejar rastro. Al día siguiente volvió a llamar. Esta vez dio nombres específicos. Jonathan Ruiz, el flaco, Héctor Morales, el gordo. Mencionó la suburba negra. Mencionó el rancho. La recepcionista lo puso en espera. 5 minutos después, un agente contestó. Roberto le contó todo. Le dijo que el CEJO TNG había matado a su hija. Le dijo que quería ayudar a destruirlos. Le dijo que estaba dispuesto a hacer lo que fuera necesario. El agente al otro lado de la línea le hizo varias preguntas.
¿Cómo sabía esos nombres? ¿Había visto a esos hombres personalmente? ¿Tenía pruebas? Roberto respondió todo. Finalmente, el agente le dijo que iba a verificar la información y que lo llamaría de vuelta en dos días. Roberto esperó. No durmió esas dos noches. Al tercer día, el agente llamó, le dio una dirección y le dijo que fuera al día siguiente a las 10 de la mañana. Roberto colgó el teléfono, se quedó sentado en la oscuridad de su cocina. Afuera seguía lloviendo y en ese momento Roberto Sandoval, mecánico de 52 años, padre de dos hijas, viudo, hombre común, tomó la decisión que cambiaría todo.
No iba a llorar más, no iba a rezar más, iba a convertirse en algo que nunca había sido, iba a convertirse en el peor error que el CJNG había cometido. Al día siguiente, Roberto llegó a la dirección que le habían dado. Era un edificio discreto en una zona comercial de Guadalajara. Lo recibieron dos agentes. Uno era mexicano de unos 40 años con cara de pocos amigos. El otro era estadounidense, rubio, alto, con acento marcado al hablar español.
Se presentaron como agente Morales y agente Thompson. Le ofrecieron café. Roberto lo rechazó. Solo quería hablar. Durante las siguientes dos horas, Roberto les contó todo. Desde el primer día que el flaco vio a Daniela hasta el momento en que la ejecutaron en la calle, les mostró fotos de ella, les mostró la denuncia policial que no había servido de nada. Les mostró todo lo que había escrito en su libreta. Morales y Thomson se miraron. Luego Morales habló. Le dijo a Roberto que conocían a Jonathan Ruiz, alias el flaco, que era sicario del CJNG desde hacía 7
años, que tenía un historial de violencia que incluía al menos cinco ejecuciones confirmadas, que operaba en la zona de Oblatos bajo las órdenes de un comandante llamado El Gordo, que el problema era que no tenían evidencia suficiente para arrestarlo, que necesitaban a alguien de adentro, alguien que pudiera conseguir información, alguien en quien los sicarios confiaran. Roberto preguntó qué tenía que hacer. Thompson le explicó el plan. Roberto debía mudarse con su negocio a una zona controlada por el CJNG.
Debía ofrecer servicios baratos, rápidos, sin preguntas. Eventualmente, los sicarios empezarían a usar su taller para lavar carros robados, cambiar placas, hacer modificaciones. Roberto ganaría su confianza. Documentaría todo, nombres, lugares, horarios, rutas, lo pasaría a la DEA. Eventualmente tendrían suficiente evidencia para hacer una operación grande, para desmantelar toda la célula. Morales le advirtió que era peligroso, que si lo descubrían lo matarían, que podía tomar años. Thomson le preguntó si estaba seguro. Roberto no dudó ni un segundo. Dijo que sí, que haría lo que fuera necesario, que no le importaba cuánto tiempo tomara, que iba a ver a esos hombres pudrirse en prisión.
Morales asintió. le dijo que le darían un celular especial con una aplicación encriptada, que por ese medio pasaría la información, que nunca debía llamarlos desde su teléfono personal, que nunca debía mencionar a nadie que estaba trabajando con ellos, ni a su familia, ni a sus amigos, nadie. Thompson le dio una tarjeta con un número, le dijo que si en algún momento sentía que estaba en peligro, que marcara ese número y lo sacarían. Roberto guardó la tarjeta en su billetera.
se despidieron. Al salir del edificio, Roberto se quedó parado en la banqueta bajo el sol de mediodía. Los carros pasaban, la gente caminaba, el mundo seguía girando como si nada hubiera pasado, como si Daniela no hubiera muerto, como si su vida no se hubiera destrozado. Pero algo había cambiado en Roberto. Ya no era el mismo hombre que había entrado a ese edificio. Ya no era solo un padre destruido por el dolor. Ahora era otra cosa. Ahora era un arma.
Roberto tardó dos meses en preparar todo. Vendió su camioneta, sacó todos los ahorros que tenía guardados de 25 años como mecánico y cerró su taller en Oblatos para reabrirlo en la colonia Santa Cecilia, una zona que sabía que estaba controlada por el CJNG. Puso precios más bajos que la competencia. Ofreció trabajar hasta tarde. Prometió discreción. Los primeros clientes fueron gente normal, taxistas, repartidores, familias. Pero Roberto sabía que solo era cuestión de tiempo. Cada noche, cuando cerraba el taller, se quedaba sentado en su pequeña oficina mirando la foto de Daniela que había pegado en la pared.
Era de su cumpleaños número 14. Estaba soplando las velas, sonreía. Roberto le hablaba en voz baja. Le decía que pronto comenzaría todo, que iba a hacer que pagaran, que solo tenía que tener paciencia. Sofía empezó a notar cambios en su padre. Llegaba más tarde, hablaba menos. se quedaba despierto hasta muy tarde mirando la computadora. Ella le preguntaba si estaba bien. Él siempre decía que sí, que solo estaba cansado por el trabajo. Pero Sofía sabía que había algo más.
Veía como su padre miraba al vacío durante la cena, cómo dejaba de comer a medio plato, cómo revisaba obsesivamente las ventanas antes de dormir, como si esperara que alguien viniera. Tenía razón. Roberto vivía con miedo constante de que descubrieran lo que estaba haciendo, de que alguien de la DEA hablara. de que algún sicario sospechara. Cada noche revisaba que las puertas estuvieran bien cerradas. Cada mañana revisaba su carro por si le habían puesto un rastreador. Vivía en un estado permanente de alerta y todo ese estrés, toda esa tensión la canalizaba en su misión.
En destruir al CJNG. Su primera gran oportunidad llegó a las tres semanas. Era un tipo gordo de unos 30 años con una camioneta Silverado robada que necesitaba cambio de placas y repintado. Llegó al taller a las 8 de la noche. Roberto estaba solo. El sicario le explicó lo que necesitaba. Roberto le preguntó cuándo. El tipo dijo que para mañana. Roberto asintió. Le dijo que le costaría 5000 pesos. El sicario aceptó sin regatear. Ese fue el primer indicio de que no era un cliente normal.
La gente normal regatearía. Este tipo solo sacó un fajo de billetes y le dio un adelanto. Roberto trabajó toda la noche en la camioneta, le cambió las placas, la repintó de azul oscuro a gris claro, le puso nuevas calcomanías en el parabrisas. Mientras trabajaba, Roberto tomó fotos con el celular encriptado que le había dado la DEA. Fotografió las placas originales antes de quitarlas. fotografió el número de serie del motor. Fotografió el interior donde encontró manchas de sangre en el asiento trasero.
A las 6 de la mañana, la camioneta estaba lista. El sicario llegó puntual, revisó el trabajo, sonrió, le dio los otros 2,500 pesos a Roberto y le dijo que iba a recomendar el taller. Cumplió su palabra. En las siguientes dos semanas llegaron tres sicarios más, luego cinco, luego 10. Roberto los atendía a todos con la misma sonrisa. con la misma eficiencia, con la misma discreción y cada noche mandaba toda la información a la DEA. Placas de carros robados, descripciones de los sicarios, nombres que escuchaba en conversaciones, el chino, el pelón, el gringo, el cachetes, cada uno con su camioneta, cada uno con su historia, cada uno con sangre en las manos.
Roberto los escuchaba hablar sobre ejecuciones, sobre enfrentamientos con carteles rivales, sobre extorsiones. Hablaban de estas cosas con la misma naturalidad con que otros hombres hablarían de fútbol. Y Roberto sonreía, asentía, les ofrecía café, les preguntaba por sus familias, se volvía su amigo. En tres meses, el taller de Roberto se había convertido en el lugar de confianza para los sicarios de la zona. Y Roberto se había convertido en alguien en quien confiaban, pero no era suficiente. Necesitaba algo más grande.
La oportunidad llegó en septiembre, 5co meses después de haber abierto el taller en Santa Cecilia. Un sicario llegó con un problema. Tenía una camioneta blindada artesanalmente que necesitaba reparación en la suspensión. Los talleres normales no querían tocarla porque era obvio que estaba modificada ilegalmente. Roberto le dijo que él podía arreglarla. Trabajó en la camioneta durante 3 días. Hizo un trabajo perfecto. El sicario quedó tan impresionado que le dijo que lo iba a presentar con su jefe. Una semana después, Roberto conoció a Héctor Morales, alias el gordo.
Era el comandante de la zona, un hombre de 45 años con sobrepeso, cara de bulldog y ojos fríos. El gordo llegó al taller con cuatro sicarios. Roberto sintió que el corazón se le aceleraba, pero mantuvo la calma. El gordo le dijo que había escuchado cosas buenas de él, que necesitaba a alguien de confianza que pudiera trabajar en vehículos especiales. Roberto le dijo que él era su hombre. El gordo lo miró fijamente durante un largo momento. Luego asintió.
Le dijo que al día siguiente lo llevarían a un lugar donde había trabajo. Que no hiciera preguntas, que solo hiciera su trabajo. Roberto dijo que sí. Al día siguiente, dos sicarios pasaron por él a las 6 de la mañana. Lo vendaron, lo subieron a una camioneta, manejaron durante una hora por caminos de terracería. Cuando le quitaron la venda, Roberto estaba en un rancho en medio de la nada. Había al menos 20 sicarios, había camionetas blindadas, había armas por todos lados y en el centro de todo estaba el gordo fumando un cigarro.
le mostró a Roberto seis camionetas que necesitaban mantenimiento. Roberto trabajó durante 8 horas, reparó suspensiones, cambió llantas, ajustó motores y todo el tiempo memorizó cada detalle, la ubicación aproximada, las caras de los sicarios, las armas que tenían, las conversaciones que escuchaba. Esa noche, de vuelta en su casa, Roberto pasó toda la información a la DEA. les dijo que había estado en un rancho. Les describió todo lo que había visto. La DEA le dijo que era información valiosa, que siguiera así, que pronto tendrían suficiente para actuar.
Pero Roberto quería algo más que un raid en un rancho. Roberto quería encontrar a el flaco y un mes después lo hizo. ¿Creen que Roberto logró mantener la calma cuando finalmente vio cara a cara al asesino de su hija? ¿Qué harían ustedes en su lugar? Déjenme sus comentarios. Me interesa saber qué piensan. Fue un martes de octubre. Roberto estaba en el rancho trabajando en una camioneta cuando escuchó el ruido de llantas en la entrada. Se volteó y vio una suburba negra.
Su corazón se detuvo. Conocía esa camioneta. La había visto antes. En sus pesadillas. En sus recuerdos del día que mataron a Daniela. Se bajaron tres hombres y ahí estaba el flaco, más delgado de lo que Roberto recordaba. Tatuajes nuevos en los brazos, una cadena de oro gruesa en el cuello, la misma mirada arrogante, los mismos ojos muertos. Roberto sintió que la rabia le quemaba por dentro como ácido, le quemaba la garganta, le quemaba el pecho, le quemaba hasta las puntas de los dedos.
Este era el hombre que había matado a Daniela, el hombre que le había disparado tres veces mientras ella suplicaba por su vida. El hombre que la había dejado morir en la calle como un perro. El hombre que había destruido su familia, su vida, todo lo que Roberto amaba y estaba a menos de 10 m de distancia. Roberto podía tomar la llave inglesa que tenía en la mano y destrozarle el cráneo antes de que alguien reaccionara. Podía golpearlo una y otra vez hasta que su cara quedara irreconocible.
Podía matarlo ahí mismo, pero tampoco podría vivir con esa satisfacción. No podría porque lo matarían y luego matarían a Sofía. Y todo lo que había trabajado durante 6 meses se perdería y el resto del CJ seguiría libre. No, este no era el momento. Todavía no. Roberto respiró profundo. Una vez, dos veces, tres veces. Obligó a sus manos a dejar de temblar. Obligó a su cara a ponerse neutra. Obligó a su mente a calmarse. Bajó la mirada y siguió trabajando.
El flaco pasó a su lado sin siquiera mirarlo. Para él, Roberto era invisible. Solo otro mecánico, solo otro [ __ ] que trabajaba para ellos por miedo. Solo otra herramienta. Roberto escuchó la voz de el flaco saludando a él gordo. Era una voz joven, casual, sin remordimientos. Hablaban de un partido de fútbol, de una muchacha que el flaco había visto en un bar, de un sicario que había metido la pata y ahora estaba escondido. Se reían como si fueran amigos normales, como si no fueran asesinos, como si no hubieran destruido familias enteras.
Roberto apretó la llave inglesa en su mano hasta que los nudillos se le pusieron blancos. Respiró. se concentró en el trabajo. Aflojar este tornillo, ajustar este cable, no pensar en el flaco, no pensar en cómo sonaba su risa, no pensar en que probablemente se rió de la misma forma después de matar a Daniela. Pasaron 20 minutos, el flaco seguía ahí. Roberto podía escuchar cada palabra que decía. Estaba planeando ir a Mazatlán el próximo fin de semana a una fiesta en la playa con cinco de sus compañeros.
El gordo le dijo que tuviera cuidado, que los de Sinaloa estaban muy activos en esa zona. El flaco se rió. Dijo que no tenía miedo de nadie. Roberto memorizó cada detalle de esa conversación. Los nombres, los lugares, las fechas, todo esa noche lo pasaría a la dea. Finalmente, después de media hora que pareció una eternidad, el flaco se despidió. Caminó de regreso a su suburban, pasó otra vez junto a Roberto. Esta vez se detuvo. Roberto sintió que el corazón se le aceleraba.
El flaco lo miraba. Roberto levantó la vista lentamente. Sus ojos se encontraron. Por 3 segundos que parecieron 3 horas, Roberto miró directamente a los ojos del asesino de su hija. Vio frialdad. Vio vacío. Vio a un hombre que había matado tantas veces que ya ni siquiera lo sentía. Y el flaco, por su parte, solo vio a un mecánico de cincuent y tantos años con la cara sucia de grasa. Un don nadie, menos que nadie. El flaco le dijo, “Oye, ¿tú le sabes a la Suburban?” Roberto tuvo que hacer un esfuerzo sobrehumano para que su voz sonara normal.
“Sí, señor. Le sé a todas las camionetas.” El flaco asintió. “Bueno, porque la mía está haciendo un ruido raro. Mañana te la traigo para que la revises.” Roberto asintió. Claro que sí, señor, con gusto. El flaco le dio una palmada en el hombro. Eres buena gente, don. ¿Cómo te llamas? Roberto sintió que iba a vomitar. Este hombre, este asesino, le estaba preguntando su nombre como si fueran amigos, como si no hubiera matado a su hija, como si Roberto fuera realmente solo un mecánico.
Roberto, señor, Roberto Sandoval. El flaco sonrió. Ah, qué chido. Yo soy Jonathan, pero todos me dicen el flaco. Extendió la mano. Roberto la miró. La mano que había jalado el gatillo, la mano que había matado a Daniela, la mano manchada de sangre. Tenía que estrecharla, tenía que sonreír, tenía que actuar como si nada. Roberto extendió su mano y la estrechó. La mano del flaco era fría, firme, segura. la mano de alguien que nunca había dudado. Roberto sonrió.
Mucho gusto, jefe. El flaco asintió y se fue. Roberto se quedó parado ahí, mirando como la suburban se alejaba levantando polvo. Cuando desapareció, Roberto se volteó y vomitó detrás de la camioneta en la que estaba trabajando. Vomitó hasta que no le quedó nada en el estómago, hasta que solo fueron arcadas secas, hasta que las lágrimas le corrieron por la cara mezcladas con sudor y grasa. Esa noche, cuando Roberto llegó a su casa, Sofía ya estaba dormida. Se metió a su cuarto, se sentó en la orilla de la cama y lloró.
Lloró como no había llorado desde el funeral. Lloró porque había estrechado la mano del asesino de su hija y había sonreído. Lloró porque había actuado como su amigo. Lloró porque no sabía si podría seguir haciendo esto, pero cuando se le acabaron las lágrimas se secó la cara. Sacó el celular encriptado y mandó el reporte completo a la DEA. todos los nombres que había escuchado, todos los lugares, todo. Y se prometió a sí mismo que aguantaría, que fingiría, que sonreiría, que haría lo que fuera necesario, hasta que viera a el flaco en una celda.
Los siguientes tres meses fueron los más difíciles de la vida de Roberto. El flaco empezó a ir al rancho regularmente, a veces pasaba junto a Roberto. A veces le pedía que revisara su camioneta. Roberto lo hacía, sonreía. Decía que sí, señor, enseguida, señor. Y cada vez que el flaco se daba la vuelta, Roberto tenía que cerrar los ojos y recordarse por qué estaba ahí, por qué no podía matarlo. Tenía que hacerlo por Daniela, tenía que asegurarse de que todos pagaran.
En diciembre, Roberto llevaba 9 meses trabajando como informante. Había pasado información sobre más de 40 sicarios, sobre cinco ranchos diferentes, sobre rutas de tráfico, sobre un comandante regional que vivía en Zapopán con identidad falsa. La DA le dijo que estaban listos, que iban a coordinar con el ejército mexicano, que iban a hacer una operación simultánea en todos los ranchos, que necesitaban que Roberto les diera las ubicaciones exactas. Roberto lo hizo. Les dio todo, les dibujó mapas, les dio horarios de cambio de guardia, les dijo cuántos hombres había en cada rancho, cuántas armas, todo.
Morales le dijo que la operación sería en dos semanas, que después de eso Roberto tendría que desaparecer, que entrarían en programa de protección de testigos, él y Sofía. Nuevas identidades, nueva vida en Estados Unidos. Roberto asintió. Sabía que este día llegaría, pero no le importaba. Solo quería ver a él flaco arrestado. Solo quería verlo en la cárcel. Solo quería que pagara por lo que había hecho. Las dos semanas más largas de su vida pasaron lentamente. Roberto siguió yendo al taller.
Siguió sonriendo, siguió fingiendo, pero por dentro contaba cada segundo. Finalmente llegó el día 5 de enero. Operación programada para las 4 de la mañana. Roberto no durmió esa noche. Se quedó despierto en su casa mirando el reloj. A las 3:30 sonó su celular encriptado. Era Morales. Le dijo que todo estaba listo, que en 30 minutos comenzaría todo, que no saliera de su casa, que cuando terminara irían por él. Roberto le dio las gracias, colgó, se sentó en el sofá de la sala, cerró los ojos y pensó en Daniela.
A las 4:3 minutos de la mañana, 120 soldados del ejército mexicano y 30 agentes federales irrumpieron simultáneamente en cinco ranchos del CJNG en las afueras de Guadalajara. Las puertas fueron derribadas con arietes, los sicarios fueron sacados de sus literas a punta de pistola. Las armas fueron confiscadas, los vehículos fueron asegurados. En total arrestaron a 43 miembros del CJNG. Entre ellos estaba el gordo, entre ellos estaban los dos sicarios que siempre acompañaban a el flaco y entre ellos estaba Jonathan Ruiz, alias el flaco, sacado de su casa en calzoncillos, tirado al suelo, esposado, mientras los soldados gritaban órdenes.
Lo metieron en una camioneta militar, lo llevaron a un centro de detención federal. Durante todo el trayecto, el flaco no dijo nada, solo miraba por la ventana con expresión de incredulidad. No entendía qué había pasado. No entendía cómo habían sabido dónde estaban todos. No entendía que había un sapo. Y no sabía que ese sapo era el padre de la muchacha que él había ejecutado 9 meses atrás. A las 7 de la mañana, Morales y Thompson llegaron a la casa de Roberto.
Le dijeron que la operación había sido un éxito, que habían arrestado a todos, que el flaco estaba en custodia, que iba a enfrentar cargos por múltiples homicidios, que probablemente lo condenarían a 50 años. Roberto sintió algo extraño en el pecho. No era alegría, no era satisfacción, era algo más profundo, era justicia. Le preguntó a Morales si podía verlo. Morales dudó, luego asintió. Le dijo que podía verlo a través del cristal en la sala de interrogatorios, pero que no podía hablarle.
Roberto aceptó. Una hora después, Roberto estaba parado frente a un espejo unidireccional en las instalaciones federales. Del otro lado del cristal, en una sala pequeña, estaba el flaco sentado en una silla de metal, esposado a la mesa. Se veía más pequeño de lo que Roberto recordaba, más patético. Un sicario de 23 años que había creído que era invencible y ahora estaba atrapado como una rata. Roberto se acercó al cristal, puso la mano sobre él y en ese momento Morales hizo algo que no debía.
Encendió el intercomunicador de la sala. El flaco podía escucharlos. Morales le dijo a el flaco, “¿Hay alguien aquí que quiere que sepas algo?” El flaco levantó la mirada hacia el espejo. No podía ver a Roberto, pero sabía que alguien estaba ahí. Morales le hizo un gesto a Roberto. Roberto tomó el micrófono y con voz tranquila, calmada dijo, “¿Te acordas de Daniela Sandoval, la muchacha que mataste el 14 de abril, porque te dijo que no? Yo soy su padre y fui yo quien pasó cada dato, cada nombre, cada ubicación que llevó a tu arresto.
Pasé 9 meses trabajando para ustedes, ganándome su confianza, documentando todo, esperando el momento correcto y ahora vas a pudrirte en prisión por el resto de tu vida. Y cada día que estés ahí, quiero que recuerdes que fue el padre de esa chamaca de 15 años quien te destruyó. El flaco se quedó paralizado. Su cara se puso blanca, sus ojos se abrieron. Por primera vez en su vida, Jonathan Ruiz sintió miedo real. Roberto apagó el micrófono, se alejó del cristal y salió de la sala sin mirar atrás.
Dos días después, Roberto y Sofía cruzaron la frontera hacia Estados Unidos. Tenían nuevos nombres, nuevos documentos, nueva vida esperándolos en Albuquerque, Nuevo México. Roberto ahora se llamaba Richard Santos. Sofía era Sofi Santos. En el aeropuerto de Guadalajara, antes de abordar el vuelo, Sofía le preguntó a Roberto por qué tenían que irse. Roberto no supo qué decirle. No podía contarle la verdad. No podía decirle que durante 9 meses había trabajado como informante, que había ayudado a arrestar a 43 icarios, que había puesto su vida en riesgo cada día.
Solo le dijo que ya no era seguro quedarse, que habían amenazado al taller, que necesitaban empezar de nuevo. Sofía lloró durante todo el vuelo. Lloraba porque dejaba a sus abuelos, a sus tíos, a sus primos, a sus amigos, a todo lo que conocía. Y Roberto miraba por la ventana del avión. y pensaba si había tomado la decisión correcta, si había valido la pena sacrificar la felicidad de su hija sobreviviente por la justicia de la hija que había perdido.
No tenía respuesta. 5 años después, Roberto trabaja en un taller mecánico en Albuquerque. Es un lugar pequeño, tranquilo, donde repara carros de gente normal, autos viejos que necesitan cambio de aceite, camionetas que hacen ruidos raros. Nada peligroso, nada ilegal, solo trabajo honesto. El dueño del taller, un señor de 60 años llamado Mike, le preguntó una vez por qué un mecánico tan bueno como él trabajaba por tan poco dinero. Roberto le dijo que solo quería paz. Mike no preguntó más.
Sofía tiene 17 años. Ahora va a la preparatoria, habla inglés sin acento, tiene amigos estadounidenses, sale a fiestas, tiene novio. Por fuera parece una adolescente normal, pero Roberto sabe que no lo es porque Sofía casi no le habla. Cuando llega a casa, se va directo a su cuarto. Cuando cenan juntos, come en silencio. Cuando Roberto le pregunta cómo le fue en la escuela, ella responde con monosílabos. Bien, mal, normal. ¿Y Roberto sabe por qué? Sofía está enojada con él, no entiende por qué la arrancó de su vida, por qué la alejó de todo lo que
conocía, por qué la trajo a este país donde al principio no entendía nada ni a nadie, por qué tuvo que empezar de cero cuando tenía 12 años y Roberto no puede explicarle, porque explicarle significaría contarle todo y contarle todo significaría cargarla con un peso que no le corresponde. Así que Roberto guarda silencio y cada día que pasa el silencio entre ellos se hace más grande. A veces Roberto piensa que al intentar salvar a Sofía la perdió de todas formas, solo que de una manera diferente.
Cada 14 de abril, el aniversario de la muerte de Daniela, Roberto maneja 2 horas hasta Santa Fe. Ahí hay una iglesia pequeña, antigua, con paredes de adobe y vitrales que dejan pasar la luz del sol en colores. Roberto enciende una vela frente a la imagen de la Virgen de Guadalupe. Se sienta en las bancas vacías que huelen a madera vieja e incienso y habla con Daniela. Le cuenta todo lo que no puede contarle a nadie más. Le cuenta que 3 años después de los arrestos, el flaco fue finalmente condenado a 47 años en prisión federal de máxima seguridad.
Que el gordo está cumpliendo cadena perpetua, que de los 43 sicarios arrestados, la mayoría fueron condenados. Algunos a 20 años, otros a 30, otros a cadena perpetua. le cuenta que la célula del CJNG en esa zona de Guadalajara fue completamente desmantelada, que ya no operan ahí, que otros jóvenes están más seguros gracias a lo que él hizo. Pero también le cuenta las cosas que le duelen. Le cuenta que Sofía lo odia, que su madre, la abuela de las niñas, murió hace dos años y Roberto no pudo ir al funeral porque sería muy peligroso regresar a México.
Se cuenta que vive con un nombre falso, que cada vez que alguien le pregunta de dónde es, tiene que mentir, que vive con miedo de que alguien del CJNG lo encuentre, que aunque han pasado 5 años, todavía revisa las ventanas antes de dormir, todavía mira sobre su hombro cuando camina por la calle, todavía siente el corazón acelerado cada vez que ve una suburba negra. le pregunta a Daniela si hizo lo correcto, si ella estaría orgullosa de él o si estaría decepcionada porque sacrificó a Sofía en el proceso.
Nunca obtiene respuesta. Solo el silencio de la iglesia vacía, el olor del incienso, el ruido suave del viento afuera. Roberto tiene 57 años ahora. Su cabello está completamente blanco. Tiene arrugas profundas alrededor de los ojos que no tenía antes. Tiene dolores en la espalda de trabajar tantas horas. tiene insomnio, tiene pesadillas. En las pesadillas ve a Daniela, a veces la ve como era, riendo, viva, feliz. Y Roberto se despierta llorando, porque por un momento creyó que todo había sido un sueño, que ella seguía viva.
Otras veces la ve como la encontró, tirada en la cera con sangre, con los ojos abiertos mirando al cielo, y Roberto se despierta gritando. Sofía ya ni siquiera sale de su cuarto cuando escucha los gritos. Se ha acostumbrado a veces cuando un cliente le pregunta de dónde es, Roberto dice que de aquí, que siempre ha vivido aquí, que es de Nuevo México. Miente con tanta naturalidad que casi se lo cree. Casi olvida que hubo un tiempo en que era Roberto Sandoval, que tenía una esposa que amaba, que tenía dos hijas, que tenía una vida.
Ahora es Richard Santos, mecánico. Nadie, un hombre gris en un taller gris en una ciudad donde nadie lo conoce. Y está bien así. Porque ser nadie significa estar seguro. Significa que Sofía está segura y eso es lo único que le importa. Nadie en Albuquerque sabe que el mecánico callado que les arregla el carro es el hombre que desmanteló una célula completa del cártel Jalisco Nueva Generación, que pasó 9 meses infiltrado viviendo entre asesinos, que documentó más de 300 horas de información, que estrechó la mano del hombre que mató a su hija y sonrió, que sacrificó su identidad, su país, su familia, todo por justicia.
Nadie lo sabe y así debe ser. Por las noches, cuando Roberto está solo en su pequeño apartamento, saca de su billetera una foto. Es Daniela, a los 12 años sonriendo con su uniforme escolar. Tiene las trenzas que su mamá le hacía cada mañana antes de que ella muriera. Tiene los ojos brillantes, tiene toda la vida por delante. En el reverso de la foto, Roberto escribió con pluma azul. Lo hice por ti, mija. Espero que donde estés estés orgullosa.
No sabes si ella estaría orgullosa. No sabe si aprobaría lo que hizo. No sabe si el precio fue demasiado alto. Lo único que sabe es que cuando cierra los ojos ya no ve a Daniela sangrando en la acera. Ahora la ve como era antes. Riendo en la cocina mientras ayudaba a hacer la cena, estudiando en la mesa con el seño fruncido de concentración. Bailando en la sala cuando pensaba que nadie la veía. Viva. Y eso piensa Roberto mientras mira la foto en la penumbra de su apartamento.
Tal vez sea suficiente. Tal vez sea todo lo que un padre roto puede esperar. No olvidar el dolor, sino aprender a vivir con él. No recuperar lo que perdió, sino honrarlo de la única forma que supo, con paciencia, con determinación, con justicia. Afuera, la ciudad de Albuquerque, duerme bajo un cielo lleno de estrellas. Mañana Roberto se levantará temprano, irá al taller, arreglará carros, sonreirá a los clientes, fingirá que es Richard Santos y que siempre lo ha sido.
Y tal vez, si tiene suerte, Sofía le dirá, “Buenos días cuando baje a desayunar. Tal vez algún día ella entienda. Tal vez algún día pueda contarle la verdad, pero por ahora, Roberto guarda la foto en su billetera, apaga la luz, se acuesta en su cama y cierra los ojos sabiendo que hizo lo correcto, sabiendo que pagó el precio, sabiendo que 43 asesinos están tras las rejas porque un mecánico de 52 años decidió que la muerte de su hija no quedaría impune, que la muerte de Daniela Sandoval significaría algo, que su corta vida tendría un propósito y en la oscuridad Roberto susurra las mismas palabras que susurra cada noche.
Te amo, Daniela, te extraño y jamás voy a olvidarte. Si esta historia los conmovió, les pido que se suscriban a nuestro canal. Cada suscripción nos ayuda a seguir contando estas historias que necesitan ser escuchadas. Historias de personas comunes que hicieron cosas extraordinarias, de padres que lucharon contra lo imposible, de justicia que llegó, aunque el precio fuera demasiado alto, de hombres y mujeres que tomaron decisiones difíciles porque era lo correcto, porque era lo necesario, porque no había otra opción.