
Cuando este millonario escuchó a su hijo de 9 años susurrar, “Ella me duele
aquí”, señalando su corazón, nunca imaginó que la persona en quien más
confiaba estaba destruyendo lentamente al ser que más amaba. Los gritos venían
del segundo piso de la elegante residencia en Las Lomas. Esperanza se detuvo en la entrada principal
sosteniendo su bolsa de trabajo mientras escuchaba a un niño llorar desesperadamente.
Ya deja de hacer escándalo, Sebastián. Tu papá va a llegar y ver que eres un niño malcriado. Una puerta se azotó con
fuerza en el piso superior, haciendo que los cristales de las ventanas vibraran. Ay, Dios mío, otra vez lo mismo,”,
murmuró doña Carmen, la cocinera que recibió a Esperanza en la puerta de servicio. La patrona está de malas otra
vez y el pobrecito niño siempre se lleva lo peor. “¿Os qué patrona?”, preguntó
Esperanza mientras dejaba su bolsa en el recibidor y se quitaba el suéter que había traído por el frío matutino. Doña
Mónica, la madrastra del niño, el ingeniero se casó con ella hace 4 años
después de que murió la mamá del chamaco en ese accidente tan feo. Carmen movió la cabeza con tristeza mientras secaba
sus manos en el delantal. La primera esposa era un angelito. Siempre trataba
bien a la servidumbre. y adoraba a su hijito. Esta nueva, hay hijita, esa es
harina de otro costal. Los llantos se intensificaron y resonaron por toda la
casa colonial, mezclándose con el sonido de los pájaros del jardín que contrastaba brutalmente con el dolor que
se escuchaba adentro. Esperanza, de 32 años. Había trabajado como niñera en
muchas casas elegantes de la Ciudad de México durante los últimos 12 años, pero
nunca había escuchado tanto sufrimiento en la voz de un niño. Era un llanto que
traspasaba el alma lleno de desesperación y abandono. “¿Y dónde anda el papá del niño en estos momentos?”,
preguntó mientras observaba las escaleras de mármol que conducían al segundo piso. El ingeniero Rodrigo
siempre anda en la oficina trabajando hasta muy tarde. Tiene una empresa constructora muy grande, ¿sabes?
Construye edificios y plazas comerciales por toda la ciudad, explicó Carmen
mientras preparaba café en la moderna cocina integral. El pobre hombre se mata
trabajando para darle lo mejor a su familia, pero casi no ve a su hijito.
Sale antes de que Sebastián despierte y regresa cuando el niño ya está dormido.
Carmen sirvió una taza de café humeante y se la ofreció a esperanza. Mira,
hijita, te voy avisando desde ahorita. Este trabajo no va a estar nada fácil.
La señora Mónica es complicada, por decirlo de manera elegante. Esperanza
tomó un sorbo del café y sintió como el calor la tranquilizaba un poco, pero los
gritos del niño no cesaban. Hace mucho que trabaja usted aquí, doña Carmen.
Llevo 15 años en esta casa desde antes de que naciera el niño. Vi crecer a
Sebastián desde bebé y te puedo decir que era un niño muy alegre antes de que
llegara esa mujer. La cocinera bajó la voz y miró hacia las escaleras. Desde
que se casó el ingeniero con doña Mónica, el pobre chamaco cambió completamente. Ya no se ríe como antes,
ya no juega, siempre anda asustado. Un estruendo vino del segundo piso, como si
algo hubiera caído al suelo, seguido de más llantos. Esperanza no pudo quedarse
quieta más tiempo. Había algo en ese llanto que despertaba todos sus instintos maternales. Subió las
escaleras de mármol siguiendo el sonido del dolor, con el corazón acelerado y
las manos sudorosas. En el pasillo del segundo piso, decorado con cuadros caros
y alfombras persas, una mujer morena y elegante salía de uno de los cuartos
azotando la puerta tras de sí con tanta fuerza que los marcos temblaron. Mónica
llevaba un vestido rojo ajustado que resaltaba su figura, zapatos de tacón
alto que hacían ruido al caminar y su cabello perfectamente peinado en ondas
que le llegaban hasta los hombros. Sus uñas estaban pintadas del mismo color rojo que su vestido y llevaba maquillaje
impecable a pesar de ser apenas las 2 de la tarde. “Tú debes ser la nueva nana”,
dijo Mónica mirando a Esperanza de arriba a abajo, evaluándola como si fuera una empleada más que debía cumplir
con sus estándares. “¡Qué bueno, porque necesito salir urgente a una cita muy
importante. El niño está haciendo berrinche otra vez. como siempre hace
cuando quiere llamar la atención. Los gritos continuaban del otro lado de la
puerta, pero Mónica no mostraba la menor preocupación. Era como si los llantos de
un niño de 9 años fueran simplemente ruido de fondo que no merecía su
atención. “¿Está bien el niño?”, preguntó Esperanza, acercándose instintivamente a la puerta del cuarto,
con ganas de entrar inmediatamente a consolarlo. “Está perfectamente bien”,
respondió Mónica con frialdad mientras se retocaba el lápiz labial usando el
espejo del pasillo. “Solo está haciendo drama, como siempre. Es una mañita muy
fea que desarrolló para manipular a los adultos y conseguir lo que quiere. No le
hagas caso. Y se le va a quitar solito. Mónica tomó su bolsa Luis Vitón de la
mesa del pasillo y comenzó a bajar las escaleras con los tacones repiqueteando
contra el mármol. Cuando se le pase el berrinche, puedes empezar con tus
labores de limpieza y organización. Ya Carmen te explicará todo lo que tienes
que hacer. Se detuvo en el primer escalón y volteó hacia Esperanza. Ah, y
una cosa muy importante, no lo consientas demasiado. Sebastián es un
niño muy especial que necesita disciplina estricta. Si lo malcas,
después va a ser imposible controlarlo. Mónica salió de la casa dejando tras de
sí el aroma de su perfume caro y a esperanza sola, con los llantos
desgarradores que continuaban sin parar. Esperanza se quedó parada frente a la
puerta por un momento, sintiendo como su corazón se encogía cada vez que
escuchaba los sollozos del niño. No podía entender como una madre, aunque
fuera madrastra, podía escuchar ese sonido y no hacer nada al respecto. Tocó