Don Alejandro Castillo era un famoso magnate empresarial en Guadalajara. No tenía paciencia con las personas que, según él, eran “lentas” o “sin importancia”.
Una tarde entró apresurado a una sucursal de BBVA México para retirar una gran suma de dinero. La fila VIP estaba larguísima, así que, molesto, tuvo que formarse en la fila normal.
Delante de él había una anciana: Doña Tomasa. Tenía 90 años, piel morena curtida por el sol, cabello canoso y rizado, vestía un huipil sencillo y sandalias de hule gastadas. Sus manos temblaban al sostener su libreta bancaria.
—Señorita… ¿podría revisar mi saldo, por favor? —preguntó en voz baja a la cajera.

Don Alejandro perdió la paciencia.
—¡Oiga, abuela! ¿Puede apurarse? ¡Hay gente importante esperando! Solo va a revisar su saldo… seguro no tiene ni mil pesos o vive de apoyos del gobierno.
Algunas personas rieron por lo bajo. Doña Tomasa bajó la mirada, avergonzada.
—Perdón, señor —intervino la cajera—. Es que ya es una persona mayor.
—¡Más rápido! ¡El tiempo es oro! —gritó él—. Si va a cambiar monedas, mejor hágalo afuera.
La cajera respiró profundo y pidió la libreta de Doña Tomasa. La ingresó al sistema.
Pasaron unos segundos.
De pronto, los ojos de la cajera se abrieron con sorpresa. Se llevó la mano a la boca.
—S-Señora Tomasa… ¿esta cuenta es realmente suya?
—Sí, hija. ¿Por qué? ¿Ya no tiene dinero? —preguntó la anciana, preocupada.
—N-No, señora… Tiene… tiene demasiado…
Impaciente, Don Alejandro se acercó y miró la pantalla.
—¡Quítese! Yo veo. Seguro es un error del sistema.
En el monitor aparecía:
SALDO TOTAL: $5,400,000,000.00 MXN (Cinco mil cuatrocientos millones de pesos)
Don Alejandro se quedó helado. Sus lentes de marca cayeron al suelo. La mujer a la que había llamado “beneficiaria de apoyos” era diez veces más rica que él.
—¿Q-Qué es esto? —balbuceó.
Doña Tomasa sonrió con serenidad.
—Ah, mijo… Son las tierras de mis antepasados en el norte del país. Las arrendamos a inversionistas extranjeros hace años. Yo soy la matriarca de mi comunidad indígena.
Luego lo miró fijamente.
—Tal vez usted sea rico en dinero, joven… pero en educación está en números rojos. Su respeto tiene fondos insuficientes.
La anciana volteó hacia la cajera.
—Hija, retira todo. Voy a cambiar mi dinero a otro banco. No quiero dejar mi fortuna en un lugar donde permiten que humillen a personas como yo.
El gerente de la sucursal salió apresurado.
—¡Señora, por favor! ¡Si retira esa cantidad, nuestra sucursal colapsa!
—Entonces enseñen modales a sus clientes —respondió señalando a Don Alejandro.
Por temor a perder miles de millones, los guardias escoltaron al empresario hacia la salida.
—Señor, debe retirarse. Aquí no se permite faltar al respeto.
Doña Tomasa permaneció sentada mientras el gerente la atendía personalmente, y Don Alejandro salió del banco con el rostro pálido y una lección que jamás olvidaría:
Nunca juzgues a nadie por su apariencia.
FIN.