“Señora… ¿por qué en su retrato aparece el padre de mi hija?” — La respuesta fue inesperada

Señora, ¿por qué en su retrato aparece el padre de mi hija?” La respuesta fue inesperada. “No olvides comentar desde qué país nos estás viendo. Ese día Laura apenas llevaba tres días trabajando en la enorme mansión de la señora Beatriz. Agradecía aquel empleo, pues la vida no había sido fácil. 

Desde que su pequeña Lucía llegó al mundo, el Padre desapareció sin dejar rastro, llevándose consigo las promesas de amor eterno que alguna vez le susurró. Mientras limpiaba los cuadros del pasillo principal, un retrato la hizo detenerse. El corazón le dio un vuelco tan fuerte que tuvo que apoyarse en la pared. El rostro del hombre en aquel lienzo era idéntico al de Andrés, el padre de su hija.

Cada rasgo, cada mirada no podía ser coincidencia. ¿Todo bien, Laura?, preguntó la señora Beatriz acercándose con curiosidad. Laura dudó en responder. Sus manos temblaban mientras señalaba el retrato. Disculpe, señora. ¿Quién es él? Beatriz sonrió con nostalgia. Ese es mi hijo, Andrés. Vive fuera del país desde hace años.

¿Por qué? El aire pareció escaparse del pecho de Laura. Sintió un mareo, un torbellino de recuerdos y dolor. Quiso hablar, pero las palabras se negaban a salir. Solo atinó a decir nada. Es que se me hizo conocido. Intentó continuar con su trabajo, pero cada rincón de aquella casa parecía gritar su nombre. Andrés, el mismo hombre que la había amado, que le juró volver y que jamás lo hizo.

Esa noche, al llegar a su pequeño apartamento, abrazó a Lucía con lágrimas en los ojos. “Tu padre está vivo”, pensó, pero no sabía si alegrarse o maldecir su suerte. No podía decir nada aún. Necesitaba estar segura. Al día siguiente, Beatriz la encontró observando nuevamente el retrato. Esta vez, la señora notó la tristeza en sus ojos.

Laura, ¿lo conocías, verdad?, preguntó con voz firme, pero compasiva. Laura bajó la mirada nerviosa. No, señora, solo me parece familiar. No me mientas, hija. Tus ojos hablan más que tus palabras. La tensión creció. Laura sabía que no podía seguir ocultando la verdad. pero temía perder el trabajo.

Sin embargo, la duda comenzó a carcomer también a Beatriz. Esa muchacha tenía una mirada demasiado parecida a la de su nieto cuando era pequeño. Esa tarde, mientras ordenaban el estudio, Laura dejó caer sin querer su celular. La pantalla se encendió mostrando la foto de su hija. Beatriz la recogió antes de que ella pudiera hacerlo.

La observó detenidamente y se quedó sin aliento. Esa niña susurró, tiene los mismos ojos que mi hijo. Laura quedó paralizada. El silencio llenó la habitación. Beatriz levantó la mirada intentando buscar una explicación. ¿Quién es el padre de tu hija, Laura? preguntó con un tono entre incredulidad y miedo. Las lágrimas empezaron a correr por el rostro de la joven.

No quería decirlo, pero sabía que ya no podía ocultarlo más. Se llama Andrés. Andrés Márquez. Me dijo que no tenía familia, que había perdido a todos. Desapareció antes de que naciera mi hija. Beatriz se llevó una mano al pecho. Su hijo. ¿Cómo había sido capaz de algo así? Eso es imposible. Mi hijo jamás. Palbuceó. aunque en su interior empezaba a dudar.

Si la historia te está gustando, no olvides darle like, suscribirte y comentar qué te está pareciendo. Laura, entre soyosos, mostró un viejo colgante con las iniciales a que él le había regalado. Beatriz lo reconoció al instante. Era un recuerdo familiar, un símbolo que solo su hijo llevaba desde niño. El suelo pareció desvanecerse bajo sus pies.

No puede ser”, murmuró. “Tú, tú eres la madre de mi nieta.” Laura no sabía qué decir. Beatriz, confundida y dolida, se alejó lentamente del estudio. Necesitaba pensar. Cada paso retumbaba en el silencio de la casa como un eco de traición. Desde la puerta, Laura la observó irse con el corazón destrozado. Había destapado una verdad que no sabía si podía soportar, pero algo dentro de ella le decía que esto apenas comenzaba y no se equivocaba.

Beatriz se encerró en su habitación con el colgante aún entre los dedos. Miraba el retrato de su hijo una y otra vez, recordando al joven bondadoso que alguna vez fue. Pero ahora, frente a esa verdad, solo sentía decepción. No entendía como Andrés había podido abandonar a una mujer que lo amaba y a una niña que llevaba su sangre. Pasó la noche sin dormir.

Al amanecer pidió a su chóer que localizara a su hijo. Táel que su madre está enferma si es necesario, pero que venga de inmediato. Su voz temblaba no de fragilidad, sino de determinación. Mientras tanto, Laura llegó a trabajar con los ojos hinchados. Pensó que Beatriz la despediría, pero la encontró sentada en el comedor con una taza de café frente a ella.

La miró con serenidad, aunque sus ojos delataban el peso del dolor. “Laura, anoche no dormí y no voy a mentirte. Necesito hablar con mi hijo antes de tomar cualquier decisión.” Laura asintió resignada. No buscaba dinero ni venganza. Solo quería que su hija supiera quién era su padre, aunque fuera para escuchar un no definitivo.

Tres días después, Andrés regresó. Entró en la mansión con esa seguridad arrogante que solo tienen los que creen que dejaron todo en orden. Pero el rostro de su madre lo descolocó. No lo abrazó, solo le mostró el colgante. ¿Lo recuerdas?, preguntó ella con una calma fría. Él sonrió levemente. Claro, era mío. ¿Dónde lo encontraste, Beatriz? Respiró profundo.

No lo encontré. Lo vi en el cuello de la madre de tu hija. Andrés se quedó inmóvil. La risa nerviosa se le borró en un segundo. Mi hija. No entiendo de qué estás hablando. De Laura, repitió ella con firmeza. La mujer a la que dejaste cuando más te necesitaba. Andrés se llevó las manos al rostro. El pasado que creía enterrado lo golpeó con fuerza.

recordó aquella noche en que se fue, huyendo por miedo, sin imaginar las consecuencias. Beatriz le señaló la puerta del jardín. Está aquí. No te atrevas a mentirle. Laura estaba junto al Rosal con Lucía en brazos. Cuando lo vio, su cuerpo se tensó. No era el reencuentro que soñó. Así que eras el hijo de una millonaria, susurró. Nunca dijiste nada.

Tenía miedo dijo él bajando la mirada. Miedo de que pensaras que era uno más jugando a Amar. Y terminaste siéndolo, respondió ella con lágrimas contenidas. Lucía miró al hombre con curiosidad. Beatriz, observando desde lejos, sintió que el corazón se le partía en dos. Ella no tiene la culpa de tus errores dijo con voz temblorosa.

Si no vas a ser un padre, al menos sé un hombre. Las palabras de su madre lo atravesaron como cuchillas. Andrés se arrodilló frente a Laura y su hija. Perdóname. No sé si puedo arreglar lo que rompí, pero quiero intentarlo. Laura no respondió. Solo miró a Beatriz, que caminó hacia ellas lentamente.

Yo tampoco puedo obligarte a nada, hija le dijo. Pero si me permites, quiero conocer a mi nieta. Lucía extendió la mano y tocó el rostro de la anciana. Ese gesto simple derrumbó todas las barreras. Beatriz comenzó a llorar mientras Laura asentía con un nudo en la garganta. El tiempo no se podía retroceder, pero el amor, cuando es sincero, sabe abrir caminos nuevos.

En los días siguientes, la mansión volvió a tener vida. Lucía corría por los pasillos, llenando de risas un hogar que había estado vacío de afecto por demasiado tiempo. Andrés se esforzaba por recuperar la confianza de Laura, no con palabras, sino con actos. iba cada día al trabajo de ella, ayudaba con la niña, aceptaba sus silencios y su distancia.

Sabía que el perdón no se pide, se gana. Beatriz, al verlos juntos, entendió que la vida no siempre ofrece segundas oportunidades, pero cuando lo hace hay que tomarla sin orgullo. Una tarde, mientras observaban a Lucía pintar, Beatriz tomó la mano de Laura. Gracias por no ocultarla. Si no hubieras tenido el valor de venir, nunca habría conocido a mi nieta.

Laura sonrió por primera vez en mucho tiempo. Quizás las cosas pasan por una razón, señora. Tal vez él tenía que irse para volver cuando de verdad entendiera lo que perdió. Andrés se acercó despacio, abrazando a ambas. No hubo promesas vacías, solo el silencio de quienes saben que el perdón se construye cada día. Esa noche, mientras el sol se ocultaba tras los ventanales, Beatriz miró el retrato de su hijo y sonrió con lágrimas en los ojos.

“Por fin te reconozco”, susurró, “ya como el joven del cuadro, sino como el hombre que aprendió de sus errores.” Y así la verdad que tanto dolió terminó uniendo lo que la mentira había separado. “Nunca sabes quién está detrás de la máscara. Las apariencias pueden engañar, pero el respeto y la dignidad siempre deben ser innegociables.

 

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