
Era marzo de 2021. La colonia Tepito en
Ciudad de México hervía bajo el sol implacable de la tarde. Entre los
puestos de mercado y las calles polvorientas, una niña de 9 años caminaba descalza con el estómago
rugiendo como trueno silencioso. Su nombre era Lucía Isabel Torres. tenía
el cabello negro enredado, la ropa remendada en seis lugares diferentes y
los ojos más tristes que cualquiera pudiera imaginar. Lucía vivía con su abuela, doña Socorro Delgado, de 68
años. Una mujer que había conocido tiempos mejores cuando su esposo aún vivía y tenían un pequeño puesto de
verduras. Pero el cáncer se lo llevó 4 años atrás, en 2017. Y desde entonces
todo fue cuesta abajo. Primero perdieron el puesto, luego el cuartito que
rentaban. Ahora vivían en un jacal de lámina oxidada detrás del mercado de la
lagunilla, donde el calor era insoportable de día y el frío calaba los
huesos de noche. “Abuela, tengo hambre”, dijo Lucía esa tarde con una vocecita
que apenas se escuchaba. Doña Socorro miró el techo de lámina como buscando
respuestas. En la mesa había solo un pedazo de tortilla dura del día anterior
y media taza de frijoles aguados, nada más. En su delantal roto guardaba 32
pesos, 32 malditos pesos para pasar tr días más hasta que le pagaran por lavar
ropa ajena. Ahorita te doy algo, mi niña. Espérame tantito”, respondió la anciana,
sintiendo cómo se le hacía un nudo en la garganta, pero no había nada que dar. Lo
sabía. Lucía lo sabía también, pero no decía nada. Solo se sentaba en el suelo
de tierra y abrazaba sus rodillas huesudas mientras el hambre le retorcía
las tripas. Esa misma tarde, a solo cinco cuadras de ese jacal en la colonia
Polanco, Armando Villalobos Estrada celebraba su cumpleaños número 43.
Armando era dueño de una cadena de restaurantes de comida gourmet, tres locales en zonas exclusivas. Ganaba en
un día lo que doña Socorro no vería en toda su vida. Su casa era una mansión de
tres pisos con jardín, alberca climatizada y cuatro autos de lujo en el
garaje. Pero Armando tenía algo podrido en el alma, algo que el dinero no solo
no había curado, sino que había empeorado. Era cruel, no por ignorancia,
sino por placer. Disfrutaba humillar a los pobres. Sentía un poder enfermo
cuando veía a alguien más débil que él suplicando, llorando, arrastrándose.
¿Por qué era así? Porque él mismo había sido humillado de niño. Su padre era un
borracho violento que lo golpeaba y lo llamaba inútil. Su madre los abandonó
cuando él tenía 8 años. Creció lleno de rabia, jurando que nunca más sería
débil, que nunca más alguien lo haría sentir pequeño. Y cumplió. Se hizo rico,
poderoso, pero la herida nunca sanó, solo se pudrió más. Lucía no conocía a
Armando, pero sus caminos estaban por cruzarse de la forma más brutal. Al día
siguiente, 4 de marzo de 2021, doña Socorro consiguió un trabajito extra.
Una señora del mercado le pagó 80 pesos por lavar dos cubetas enormes de ropa.
80 pesos. Una fortuna para ellas. La anciana lloró de gratitud, apretando
esos billetes arrugados contra su pecho. “Lucía, mi amor, vamos a comer”, dijo
con los ojos brillantes. “Voy a comprarte algo rico, lo que tú quieras.”
La niña sonrió por primera vez en días. Esa sonrisa partía el alma porque era
tan pura, tan llena de esperanza, que dolía verla en un rostro marcado por tanta carencia. Caminaron juntas hasta
la taquería El Buen Sabor, un local sencillo pero limpio, en la esquina de
Tepito. Allí vendían tacos de guisado a 12 pesos cada uno. Doña Socorro pidió
cuatro tacos para compartir y dos aguas frescas. 58es en total. Todavía le
quedarían 22 pesos para el día siguiente. Se sentaron en una mesita de
plástico junto a la ventana. Lucía miraba esos tacos como si fueran un
banquete de reyes. El olor a cilantro, cebolla y carne guisada le hacía agua a
la boca. Sus manitas temblaban de emoción. Come despacio, mi niña, para
que te dure más el sabor”, le dijo la abuela acariciándole el cabello.
Lucía levantó el primer taco, cerró los ojos y en ese momento exacto, la puerta
de la taquería se abrió con violencia. Armando Villalobos entró como huracán.
Venía de una junta frustrada. Un socio lo había contradicho delante de otros empresarios y eso le había quemado el
orgullo. Necesitaba desquitarse. Necesitaba sentirse superior a alguien.
Y cuando vio a esa niña arapienta sosteniendo un taco miserable, algo
perverso se encendió en su cerebro. Se acercó a la mesa con pasos pesados. Doña
Socorro levantó la vista y sintió un escalofrío. Conocía esa mirada.
La había visto antes en hombres peligrosos, miradas que no prometen nada
bueno. “¿Qué haces, escuincla mugrosa?”, dijo Armando con voz rasposa, mirando a
Lucía con desprecio absoluto. La niña se quedó paralizada, el taco aún en su
mano, los ojos muy abiertos. “Déjenos en paz, señor”, murmuró doña Socorro
poniéndose de pie. “No le hemos hecho nada. No me hables, vieja, le hablo a la
mocosa. Escupió Armando, empujando levemente a la anciana hacia un lado. Los otros
comensales miraban en silencio. Nadie se atrevía a intervenir. Armando vestía
traje caro, reloj brillante. Tenía esa aura de poder que intimida. El dueño de
la taquería, un hombre tímido llamado don Jacinto, se asomó desde la cocina,
pero no dijo nada. Temía perder un cliente, aunque fuera uno solo. ¿De