“NO ME DESPIDA”, SUPLICÓ EL PADRE SOLTERO… LA CEO MILLONARIA MIRÓ A LA NIÑA Y SU ROSTRO PALIDECIÓ

No me despida”, suplicó el padre soltero. La CEO millonaria miró a la niña y su rostro palideció. “Por favor, no me despida”, susurró el padre soltero conserge. Laceo miró a su hija y se congeló. “Por favor, señora Paz, solo necesito que vea esto.” Ernesto sostuvo la tablet con manos temblorosas. 

La pantalla mostraba dos niñas sonriendo, una adolescente de ojos ámbar y una pequeña con un oso de peluche. Ellas son mi vida entera. Luciana apenas escuchó las palabras. Sus ojos se clavaron en la foto de la chica mayor. El mundo dejó de girar. Esos ojos, esa mandíbula, esa sonrisa torcida que ella veía cada mañana en el espejo. Los papeles cayeron de sus manos. Señora Paz.

La voz de Ernesto sonaba lejana, como si hablara bajo el agua. Luciana no podía apartar la mirada de la pantalla. 17 años de vacío se materializaron en esa imagen. Su hija. Mami, tengo sueño. La voz aguda rompió el trance. Una niña pequeña salió detrás de Ernesto abrazando un oso de peluche gastado. El hombre se agachó inmediatamente. Protector. Ya vamos, mi amor. Solo un minuto más.

Luciana parpadeó. respiró. Su máscara de hielo volvió a su lugar, pero las grietas ya estaban ahí. ¿Quién es ella? Las palabras salieron más ásperas de lo que pretendía. La chica mayor. Ernesto se incorporó confundido por el cambio de tema. Mi hija Jimena está en la universidad en Córdoba, estudia ingeniería. ¿Cuántos años tiene? 17.

¿Por adoptada? El silencio cayó como un martillo. Ernesto abrazó a Martina contra su pecho. No veo cómo eso sea relevante para mi despido. Luciana se obligó a sentarse. Sus piernas no la sostendrían mucho más tiempo. 17 años. La edad correcta. Esos ojos que había visto solo una vez en una sala fría de hospital antes de que se la arrebataran. Su expediente dice que su esposa falleció hace 6 años.

Paula murió cuando nació Martina. La voz de Ernesto se quebró. Complicaciones en el parto. Desde entonces soy solo yo y mis hijas. Y Jimena. Paula la adoptó antes de que nos conociéramos. Cuando nos casamos, Jimena ya era parte del paquete. Ernesto apretó los labios. Son mis hijas las dos. Luciana clavó las uñas en el escritorio. El dolor la mantuvo anclada.

¿Cómo se apellida su esposa de soltera? ¿Qué tiene que ver? Responda. Navarro. Paula Navarro. Ernesto dio un paso atrás. Mire, si esto es algún tipo de interrogatorio, prefiero irme. No voy a permitir que siéntese. No fue una petición. Ernesto vaciló, pero la silla era su única opción. Martina se acurrucó en su regazo. Luciana abrió su laptop con dedos entumecidos. Paula Navarro.

La búsqueda tomó segundos. Fecha de nacimiento, fecha de matrimonio, fecha de defunción. Y ahí en los registros que no debería poder acceder. Adopción privada hace 17 años. El nombre del abogado brilló en la pantalla como una acusación. Esteban Roldán, el mismo maldito abogado que trabajaba para su padre. La oficina comenzó a dar vueltas.

Señora Paz, ¿se encuentra bien? La voz de Ernesto sonaba genuinamente preocupada. Luciana cerró la laptop de golpe. Su despido queda suspendido indefinidamente. ¿Qué? Necesito revisar ciertos factores. Mantenga su posición hasta nuevo aviso. Ernesto la miró como si hubiera perdido la razón. Quizás la había perdido. No entiendo. Hace 5 minutos me estaba corriendo y ahora quiere el trabajo o no. Sí, pero entonces no haga preguntas.

Luciana se puso de pie rígida. Puede retirarse. Ernesto cargó a Martina, que ya se había quedado dormida. En la puerta se detuvo. Gracias, de verdad. No sé qué pasó aquí, pero gracias. La puerta se cerró con un click suave. Luciana esperó hasta escuchar los pasos alejarse por el pasillo.

Entonces abrió el último cajón de su escritorio, el que siempre mantenía con llave. La fotografía estaba exactamente donde la había dejado, borrosa, tomada con un celular viejo, pero era todo lo que tenía. Un bebé recién nacido, ojos cerrados, puño diminuto. 23 años tenía ella, 23 y aterrada. “Dale tiempo para verla”, había suplicado. “Solo un minuto más.” Su padre había arrancado a la bebé de sus brazos. “Ya firmaste los papeles.

No existe marcha atrás.” “Papá, por favor.” Augusto se llama. Soy Augusto Paz y tú vas a olvidar que esto pasó. Había señalado a su novio, el chico de 22 años que trabajaba en construcción. Él no tiene futuro. Tú sí. Esta empresa será tuya algún día, pero no si cargas con esta. Error. No es un error. Es mi hija. Era tu hija. Ya no.

La enfermera se había llevado al bebé. Luciana nunca supo si era niño o niña. Nunca supo su nombre. Nunca supo nada. Hasta ahora abrió la laptop otra vez. La foto de Jimena llenó la pantalla, amplió la imagen. Esos ojos ar eran idénticos a los suyos.

La forma de la nariz, las cejas ligeramente arqueadas, su teléfono vibró. Mensaje de su asistente Augusto Paz en recepción. dice que es urgente. Luciana borró el mensaje, guardó la fotografía del bebé en su bolso, cerró todos los archivos de Ernesto Domínguez, pero no antes de transferir la foto de Jimena a su celular.

Afuera, las luces de Buenos Aires brillaban contra el cielo oscuro. Eran casi las 11 de la noche. Había pasado 14 horas despidiendo gente, destruyendo vidas para aumentar las ganancias del segundo trimestre. y de alguna manera, sin saberlo, había estado a punto de destruir la única conexión que tenía con su hija. Su teléfono vibró otra vez. Otro mensaje, otro problema, otra crisis.

Luciana miró la foto en su pantalla. Jimena sonreía con un libro en las manos. Detrás de ella un campus universitario, 17 años preguntándose, 17 años de vacío. Y ahora tenía un nombre, una cara, una vida completa que nunca había sido parte de la suya. Ernesto Domínguez no tenía idea de lo que acababa de desatar, ni ella tampoco. Luciana no durmió.

A las 3 de la madrugada seguía mirando la foto en su teléfono. Amplió la imagen hasta que los píxeles se distorsionaron. Luego volvió a alejarla. Esos ojos cada vez que parpadeaba los veía. Su dedo flotó sobre el botón de llamada. El número de su padre brillaba en la pantalla. Una llamada, una pregunta, y él sabría que había descubierto algo. Bloqueó el teléfono.

A las 6 de la mañana estaba en su oficina. El edificio vacío amplificaba cada sonido. Sus tacones contra el mármol, el zumbido del aire acondicionado, su propia respiración errática. Encendió la computadora. Sus dedos volaron sobre el teclado. Ernesto Domínguez, 35 años, empleado de limpieza desde hace 8 años.

Evaluaciones perfectas, cero ausencias injustificadas. Profundizó más. Casado con Paula Navarro hace 15 años, cuando él tenía 20. Viudo desde hace seis, dos hijas, Jimena 17 y Martina 6. El cursor parpadeó sobre un enlace protegido. Registros familiares. Requería autorización judicial. Luciana tecleó una contraseña que no debería tener. El archivo se abrió. Paula Navarro. Nacida en 1987.

Casada en 2010 a los 28 años. Adoptó a una bebé recién nacida tres meses después del matrimonio. Luciana se recostó en la silla. Las matemáticas eran perfectas. Demasiado perfectas. Ella había dado a luz hacía 17 años. Jimena tenía 17 años. Adoptada como recién nacida el mismo año.

Buscó más profundo registros de adopción, archivos sellados, otro password ilegal, otro firewall roto y ahí estaba. Adopción privada, agencia horizontes nuevos, abogado responsable, Esteban Roldán. Luciana cerró los ojos. El nombre la golpeó como un puño. Roldán había trabajado para su padre durante 20 años. Manejaba todos los asuntos delicados de la familia Paz, incluyendo adopciones forzadas. Su teléfono sonó. Rechazó la llamada sin mirar, luego otra y otra.

Finalmente verificó 12 llamadas perdidas, todas de su padre. Lo bloqueó. Ernesto despertó al sonido del despertador a las 6:30. Su cuerpo protestó. 4 horas de sueño no eran suficientes, pero nunca lo eran. Se arrastró a la cocina del departamento de dos ambientes. Martina seguía dormida en el sofá cama que compartían. Su propio cuarto lo había convertido en el espacio de ella hace años.

Preparó café, tostadas, revisó la mochila de Martina para la escuela. Papi. La voz somnolienta lo hizo sonreír. Martina apareció en la puerta frotándose los ojos. su oso de peluche arrastrándose por el suelo. Buenos días, mi amor. ¿Dormiste bien? Tuve un sueño raro. Había una señora triste en una torre. Ernesto la cargó, besó su frente.

Solo un sueño. Ven, hay que prepararte para la escuela. Mientras Martina comía, él revisó su teléfono. Un mensaje de Jimena desde Córdoba. Pa, ¿conseguiste resolverlo del trabajo? Respondió. Sí, mi amor. Todo bien. ¿Cómo van los exámenes? estresada, pero sobrevivo. Te extraño. Yo también, hijita. Este fin de semana hablamos largo. Guardó el teléfono.

La cuenta bancaria mostraba números en rojo, pero al menos seguía teniendo empleo. Por ahora, aunque la conversación de anoche con esa mujer, Luciana Paz, lo inquietaba, las preguntas sobre Jimena, sobre Paula, sobre la adopción, ¿por qué le importaba? Luciana esperó hasta las 9 para llamar. Roldan. La voz del abogado sonaba igual que hace 17 años.

Profesional, fría, eficiente. Habla Luciana Paz. Un silencio breve. Señorita Paz, ¿qué sorpresa? ¿En qué puedo ayudarla? Necesito información sobre una adopción que manejaste en 2008. Agencia Horizontes nuevos. Otro silencio más largo. Esos registros son confidenciales.

Trabajabas para mi padre, para Augusto Paz. Él te pagó para manejar una adopción privada. No sé de qué me habla. Una bebé recién nacida, febrero de 2008. Luciana apretó el teléfono hasta que sus nudillos se pusieron blancos. ¿Quién la adoptó? Señorita Paz, incluso si supiera de qué caso habla, no podría. $50,000.

La respiración de Roldá se aceleró audiblemente. 100,000, dijo finalmente. Y esta conversación nunca ocurrió. Transferiré el dinero esta tarde. Quiero todo. Nombres, direcciones, documentos. Lo tendrá mañana. Luciana colgó. $100,000. Una fracción de su fortuna, un precio insignificante por encontrar a su hija. Pero algo la car comía por dentro.

Cada línea que cruzaba, cada ley que rompía, se estaba convirtiendo en su padre. El parque estaba lleno de niños esa tarde. Luciana se sentó en una banca escondida detrás de lentes de sol oscuros y una revista que no leía. Había revisado los registros de Ernesto obsesivamente.

Los sábados por la tarde, sin falta, traía a Martina a este parque. A las 3 en punto los vio. Ernesto cargaba una pelota bajo un brazo. Martina corría adelante, su risa cristalina atravesando el aire. Papi, rápido, los columpios están vacíos. Ya voy, mi amor. No corras tan rápido. Luciana los observó detrás de la revista. Ernesto empujaba el columpio con paciencia infinita.

Martina gritaba más alto y él obedecía sonriendo. Un padre devoto, un hombre que había criado dos hijas solo, trabajando turnos nocturnos, sacrificando todo. Y ella estaba a punto de destrozar su vida. Porque si Jimena era su hija, ¿qué derecho tenía él sobre ella? ¿Qué derecho tenía ella? Papi, tengo sed. Vamos por agua.

Entonces, se dirigieron hacia el puesto de bebidas. Luciana dobló la revista. Era ahora o nunca. Se levantó, caminó hacia ellos. Su corazón latía tan fuerte que apenas podía escuchar sus propios pensamientos. Ernesto estaba apagando el agua cuando chocó accidentalmente con él. Disculpe, yo. Ernesto se volteó. Su expresión pasó de sorpresa a confusión. Señora Paz.

Luciana fingió igual sorpresa. Señor Domínguez, qué casualidad. Martina se escondió detrás de las piernas de su padre, observándola con ojos grandes. ¿Qué hace aquí? La voz de Ernesto era cautelosa. Vivo cerca. Vengo a correr los fines de semana. La mentira fluyó suavemente. Ella es su hija. Martina. Saluda. La niña levantó una mano tímida.

Hola. Luciana se agachó a su altura, sonríó. Hola, Martina. Tienes un oso muy bonito. Se llama Chocolate. Mi hermana me lo regaló. Tu hermana, Jimena. Ella está en la universidad, pero viene a visitarme. El corazón de Luciana dio un salto. Debe extrañarla mucho, mucho. Pero me manda fotos. Mira.

Martina le mostró la pantalla del celular de Ernesto, foto tras foto de Jimena, en el campus, en la biblioteca, sonriendo, estudiando, viviendo, una vida entera que Luciana se había perdido. Es muy linda, susurró Ernesto. Tomó el teléfono suavemente. Bueno, Martina, dejemos que la señora Paz siga con su día. Esperen. Luciana se incorporó demasiado rápido.

Me preguntaba si les gustaría tomar algo, un helado, quizás. Mi invitación. Ernesto frunció el seño. No es necesario, insisto, como disculpa por casi despedirlo ayer. La palabra despido hizo que Ernesto se tensara. Luciana lo vio calcular el poder que ella tenía sobre él, la necesidad que él tenía de ese trabajo. Solo un helado. Dijo finalmente, gracias.

Mientras caminaban hacia la heladería Martina entre ellos, Luciana sintió una mezcla de triunfo y repulsión. Estaba manipulando a este hombre usando su vulnerabilidad económica, invadiéndose en su vida, exactamente como su padre lo habría hecho. Su teléfono vibró en su bolso. Un mensaje de Roldan. Información lista. Con firme transferencia.

Luciana miró a Ernesto jugando con Martina, ajeno a la bomba que estaba a punto de explotar su vida. Confirmó la transferencia. La heladería estaba llena de familias. Luciana eligió una mesa en la esquina, lejos de oídos curiosos. Martina ordenó tres cucharadas de chocolate. Ernesto pidió lo más barato del menú. Luciana pagó sin que él pudiera protestar.

Entonces, siempre vienen a este parque, Luciana removió su café sin tomarlo. Todos los sábados Ernesto vigilaba a Martina, quien atacaba su helado con concentración absoluta. Es nuestra tradición. Jimena también venía. La pregunta salió demasiado rápida. Ernesto la miró con curiosidad. Cuando vivía acá así, ahora está muy ocupada con la universidad.

Debe ser difícil criarlas solo. Ernesto se tensó. Hacemos lo que podemos. No quise ofender. Luciana se inclinó hacia adelante. Admiro a los padres solteros. No puede ser fácil. No lo es. La voz de Ernesto se suavizó ligeramente. Pero son mi vida. Todo lo que hago es por ellas. Su esposa Paula, ¿verdad? ¿Hace cuánto falleció? 6 años.

Lo siento mucho. Ernesto miró su café, las manos envueltas alrededor del vaso. Martina nació con complicaciones. Paula no sobrevivió al parto. Su voz se quebró. Ni siquiera llegó a cargarla. Martina levantó la vista sintiendo la tristeza de su padre. Mami está en el cielo. Así es, mi amor. Ernesto le acarició el cabello cuidándonos desde allá arriba. Luciana apretó su taza.

La culpa la ahogaba, pero necesitaba más información. Y Jimena mencionó que es adoptada. Los ojos de Ernesto se entrecerraron. ¿Por qué tanto interés en mi familia, señora Paz? Curiosidad nada más. Mintió. Discúlpeme si soy entrometida. Ernesto dudó, luego suspiró. Paula no podía tener hijos, o eso creían los doctores.

Cuando nos casamos, ella había iniciado el proceso de adopción. Tres meses después trajimos a Jimena a casa. Una sonrisa triste cruzó su rostro. Era tan pequeñita que había en mi antebrazo y luego Paula quedó embarazada. 7 años después, los doctores lo llamaron un milagro. Ernesto miró a Martina y lo fue.

Aunque nos costó todo. Luciana tragó saliva. Paula sabía algo sobre los padres biológicos de Jimena. Era adopción cerrada, sin información. Ernesto frunció el seño. ¿Por qué pregunta eso? Simple curiosidad, como le dije, no parece simple curiosidad. La tensión creció. Martina sintió el cambio. Dejó su helado a medio terminar.

Papi, ya nos vamos en un momento, mi amor. Luciana necesitaba cambiar de táctica. Rápido, tiene razón. Estoy siendo inapropiada. Sonrió forzada. Es que me recordó a alguien. Una historia similar. Ah, sí. Una amiga mía también adoptó. Otra mentira. Pero cuénteme de Jimena, ¿qué estudia? Ernesto se relajó marginalmente al hablar de su hija. Ingeniería mecánica.

Es brillante, beca completa en la Universidad Nacional de Córdoba. Impresionante. Lo es. El orgullo iluminó su rostro. Siempre fue la más inteligente de la clase. Paula decía que Jimena iba a cambiar el mundo algún día. ¿Puedo verla? Una foto. Digo. Ernesto vaciló. Algo en la petición lo incomodaba. ¿Para qué? Me gustaría ver a la joven que logró tanto.

Inspiración, supongo. Mentira tras mentira. Luciana se odiaba un poco más con cada palabra. Ernesto sacó su teléfono lentamente. Deslizó por la galería hasta encontrar una foto reciente. Esta es del mes pasado. En el laboratorio de la universidad le pasó el teléfono. Luciana lo tomó con manos temblorosas.

La pantalla mostró a una joven de 17 años, cabello oscuro recogido, lentes de protección empujados sobre su frente sonriendo frente a un proyecto de metal. El mundo se detuvo otra vez. No eran solo los ojos, era todo. La forma de la cara, la sonrisa ligeramente torcida, la manera en que ladeaba la cabeza, el gesto de la mano sosteniendo la herramienta.

Luciana se estaba viendo a sí misma a los 17 años. Señora Paz. La voz de Ernesto sonaba lejana. Se encuentra bien. Está muy pálida. Luciana parpadeó. se obligó a soltar el teléfono. Estoy bien, solo es muy bonita. Gracias. Luciana tomó un sorbo de café frío. Sus manos no dejaban de temblar. Sabe, mencionó que tiene beca, pero siempre hay oportunidades adicionales. Becas de investigación, programas de intercambio.

Jimena está bien con lo que tiene, pero imagine si pudiera tener más oportunidades internacionales. Las palabras salían atropelladas. Mi empresa tiene conexiones con universidades en Europa, programas de ingeniería avanzada. Ernesto se recostó en su silla los brazos cruzados. ¿Qué está haciendo, señora Paz? Perdón, anoche casi me despide.

Hoy está comprando helado a mi hija y ofreciendo becas internacionales. Su voz era dura. ¿Qué quiere realmente? Luciana abrió la boca, la cerró. No tenía respuesta honesta. Solo quiero ayudar. ¿Por qué? Porque la mente de Luciana corrió porque vi potencial en su situación. Un padre trabajador, hijas inteligentes. Mi empresa tiene un programa de responsabilidad social.

Identificamos familias que podrían beneficiarse de no necesitamos caridad. No es caridad, es una oportunidad. Suena a caridad. Martina comenzó a inquietarse. Papi, quiero irme. Ernesto se levantó inmediatamente. Gracias por el helado, señora Paz, pero no necesitamos nada más. El pánico inundó a Luciana. Lo estaba perdiendo y con él su conexión con Jimena. Al menos déjeme conocerla.

A Jimena. Ernesto se detuvo. Martina de la mano. ¿Por qué querría conocer a mi hija? Para evaluar su perfil para el programa de becas. Luciana se puso de pie. Solo una conversación, 30 minutos. Si ella no está interesada, no insistiré más. No sé, por favor. Y ahí estaba, la desesperación filtrándose.

Solo déjeme hablar con ella. Podría cambiar su futuro. Ernesto miró a Luciana por largo tiempo. Ella vio el cálculo en sus ojos, la desconfianza, pero también la necesidad, siempre la necesidad. Una conversación nada más. Gracias, pero yo estaré presente. Luciana asintió. Aunque cada fibra de su ser gritaba que no. Necesitaba estar sola con Jimena. Necesitaba confirmar.

Necesitaba, “¿Cuándo puede venir Jimena a Buenos Aires?”, preguntó. “El próximo fin de semana tiene un receso de estudios.” Perfecto. Le enviaré la dirección de mi oficina. No, Ernesto fue firme en algún lugar público, un café, como prefiera. Intercambiaron números. Luciana sintió la victoria y la repulsión en partes iguales.

Cuando Ernesto y Martina se alejaron, ella se quedó parada en la acera. Las palabras de Ernesto resonaban en su mente. ¿Qué quiere realmente? La verdad. Quería la verdad. Quería a su hija. Pero el precio estaba subiendo con cada mentira. Esa noche Ernesto no pudo dormir. Acostado en el sofá, mirando el techo, reproducía la conversación una y otra vez. Algo no cuadraba.

Las preguntas de Luciana Paz, su interés excesivo, la manera en que había mirado la foto de Jimena como si la estuviera buscando. Se levantó, caminó silenciosamente hasta la mesita donde guardaba los papeles importantes. En el fondo, envueltos en plástico, estaban los documentos de adopción de Jimena. Paula siempre había sido reservada sobre los detalles. Adopción cerrada, decía.

Es mejor así. Pero ahora Ernesto sacó su teléfono, buscó Luciana Paz, empresa Buenos Aires. Los resultados inundaron la pantalla. CO de Paz Desarrollos, hija de Augusto Paz, magnate inmobiliario. Fortuna estimada en cientos de millones. Y ahí en un artículo viejo, una foto de ella hace 17 años, Ernesto amplió la imagen. Los mismos ojos, la misma sonrisa, el mismo gesto.

Exactamente como Jimena. El teléfono cayó de sus manos. No, no podía ser, pero la evidencia estaba ahí. La pregunta sobre la adopción, el interés obsesivo, la reacción al ver la foto. Luciana Paz no quería ayudar a su familia, quería a Jimena y Ernesto acababa de darle acceso directo a ella. Una semana, 7 días que se sintieron como una eternidad.

Luciana canceló reuniones, ignoró llamadas, dejó que su asistente manejara la empresa mientras ella se consumía en la espera. La información de Roldán había confirmado todo. Paula Navarro había adoptado a la bebé de Luciana. El pago había pasado por cuentas offshore controladas por su padre. Todo legal en papel, todo podrido por dentro. El viernes por la tarde su teléfono vibró.

Ernesto. Jimena llega mañana a las 10 a Café Tortoni, como acordamos. Luciana miró el mensaje hasta que las letras se difuminaron. Mañana conocería a su hija. El café Tortoni estaba lleno de turistas y locales. Luciana llegó 15 minutos antes. Eligió una mesa en el fondo. Pidió un cortado que no tocó. Sus manos no dejaban de temblar.

¿Qué le diría? ¿Cómo la miraría sin derrumbarse? La puerta se abrió. Ernesto entró primero vigilante. Detrás de él una joven alta con una mochila al hombro. Jimena. El aire abandonó los pulmones de Luciana. Las fotos no le habían hecho justicia. En persona, la semejanza era devastadora. No era solo el físico, era la manera en que Jimena movía las manos al hablar con su padre, la forma en que inclinaba la cabeza, el gesto de empujar un mechón de cabello detrás de la oreja, gestos que Luciana veía en el espejo cada mañana. Señora, paz. Ernesto se

acercó primero. Protector, ella es Jimena. Luciana se puso de pie con piernas de gelatina. Mucho gusto. Jimena extendió la mano. Su apretón era firme y seguro. Igualmente, mi papá me contó sobre la oportunidad de Beca. Su voz, Dios, hasta su voz tenía el mismo tono. Luciana se obligó a sonreír. Siéntense, por favor.

Ernesto se ubicó entre ellas una barrera física. Sus ojos no dejaban de estudiar a Luciana. “Entonces, ¿en qué consiste exactamente este programa?”, preguntó Jimena sacando una libreta. Mi papá fue un poco vago en los detalles porque no existía, porque todo era una mentira. Luciana improvisó. Colaboramos con instituciones europeas, identificamos estudiantes excepcionales en ingeniería y les ofrecemos pasantías de investigación pagadas completamente, incluyendo alojamiento.

Los ojos de Jimena se iluminaron. ¿Y qué buscan en los candidatos? Excelencia académica, por supuesto, pero también pasión. Luciana se inclinó hacia adelante. Cuéntame sobre tus proyectos. ¿Qué te apasiona de la ingeniería? Jimena no necesitó más invitación. Habló sobre sistemas mecánicos, sobre eficiencia energética, sobre un proyecto de turbinas eólicas de bajo costo para comunidades rurales.

Luciana escuchó fascinada, no solo por las palabras, sino por la pasión en ellas, la inteligencia, la determinación. Esta era su hija, brillante, ambiciosa, soñadora, todo lo que Luciana había sido antes de que su padre la rompiera. “Suenas muy comprometida”, dijo cuando Jimena hizo una pausa. “¿Siempre supiste que querías ser ingeniera?” “Desde los 10 años, Jimena sonrió.

Mi mamá, mi mamá Paula, me regaló un set de construcción. Pasé todo el verano armando puentes. Ella decía que yo podía construir cualquier cosa. La mención de Paula tensó el ambiente. “Lamento tu pérdida”, murmuró Luciana. “Gracias.” Jimena bajó la mirada. No la recuerdo mucho. Tenía 11 cuando murió. Pero papá me cuenta historias, me muestra fotos.

Ernesto puso una mano sobre la de su hija. Tu mamá estaría orgullosa de ti. Lo sé. Luciana sintió el puñal de celos y culpa mezclados. Paula había criado a su hija. Paula había estado ahí para los primeros pasos, las primeras palabras, los primeros sueños. Luciana solo había tenido un minuto, 60 segundos antes de que se la arrebataran.

¿Y tu familia biológica? La pregunta salió antes de que pudiera detenerla. ¿Alguna vez quisiste buscarlos? Ernesto se tensó visiblemente. Esa es una pregunta muy personal, señora Paz. Está bien, papá. Jimena lo calmó. Sí, a veces me pregunto. Miró a Luciana directamente. No porque papá no sea suficiente. Él es mi padre en todos los sentidos.

Pero hay una parte de mí que se pregunta, ¿de dónde vengo? ¿Por qué me dieron en adopción? ¿Alguna vez pensaron en mí? Cada palabra era una lanza atravesando el pecho de Luciana. Estoy segura de que sí”, susurró. “Estoy segura de que no pasa un día sin que piensen en ti.” Jimena la miró extrañada. ¿Cómo puede estar segura? Porque yo pienso en ti cada segundo. Porque te he buscado en cada rostro durante 17 años.

Porque renuncié a todo menos nunca te renuncié a ti. Intuición, mintió Luciana. Las madre Las madres no olvidan. El silencio cayó pesado. Ernesto se levantó abruptamente. Creo que es suficiente por hoy. Papá, agradecemos su tiempo, señora Paz, pero necesitamos pensarlo. Su voz era dura. Jimena, vamos. Pero ni siquiera terminamos ahora, Jimena.

La joven miró entre su padre y Luciana, confundida. Está bien, guardó su libreta. Gracias por considerarme, señora Paz. Espera. Luciana extendió la mano casi tocando el brazo de Jimena. Mi número, por si tienes preguntas. Le pasó una tarjeta. Jimena la tomó insegura. Gracias. Ernesto prácticamente la arrastró fuera del café. Luciana se quedó sola con su cortado frío y el mundo desmoronándose a su alrededor.

Había visto a su hija, había hablado con ella, había confirmado lo que su corazón ya sabía y no podía hacer nada. Salió del café tambaleándose, llegó a su auto, cerró las puertas y se quebró. Los soyosos salieron violentos, años de dolor concentrado en un momento. Golpeó el volante. Gritó hasta que su garganta ardió. 17 años, 17 años perdidos.

Su teléfono sonó. Su padre otra vez. Esta vez contestó, “¿Qué quieres? ¿Dónde estás?” La voz de Augusto era helada. Tienes inversionistas esperando. Que esperen. Luciana, ¿sabías dónde estaba? Las palabras salieron como veneno. Todo este tiempo. ¿Sabías quién adoptó a mi hija? Silencio. No sé de qué hablas.

Roldán me lo contó todo. Paula Navarro, la agencia, tus cuentas offshore. Hiciste lo correcto al dejarla ir. Esa decisión te dio todo lo que tienes ahora. Me quitaste todo. Te di un imperio. Me quitaste a mi hija. Luciana colgó. Bloqueó el número. Arrancó el auto sin saber a dónde iba. En el departamento, Ernesto cerró la puerta con fuerza. Jimena lo observó asustada.

Papá, ¿qué pasó? Esa mujer, ¿qué tiene? Parecía amable. No lo es. Ernesto caminaba de un lado a otro. Hay algo mal con ella. Con todo esto solo es una beca, papá. No es una beca”, se detuvo mirándola. No confíes en ella, Jimena. Prométeme que no volverás a verla sin mi presente. Me estás asustando.

Bien, deberías estar asustada. Jimena retrocedió. ¿Qué está pasando? Ernesto no respondió. Sacó su teléfono, marcó. Faku, soy yo. Necesito un favor, uno grande. Faku, su amigo desde la secundaria, ahora trabajaba en seguridad informática. Claro, hermano. ¿Qué necesitas? Investigar a alguien, Luciana Paz. Quiero saber todo sobre ella y quiero saber si ha estado investigándome a mí.

¿Estás metido en algo turbio? No lo sé todavía, por eso necesito tu ayuda. Dame dos días. No necesitó dos días. A las 3 de la mañana, el teléfono de Ernesto sonó. Ernesto, ¿necesitas escuchar esto. La voz de Facu temblaba. Esa mujer ha estado accediendo a tus registros ilegalmente. Records bancarios, historia médica, documentos de adopción de Jimena. La sangre de Ernesto se congeló.

¿Qué más? Pagó $100,000 al abogado que manejó la adopción de Jimena, Esteban Roldán, el mismo tipo que trabajaba para su padre hace 17 años. Dios mío, hay más. Busqué en Archivos Viejos. Luciana Paz dio a luz hace 17 años. Adopción privada forzada. La fecha coincide exactamente con el cumpleaños de Jimena. Ernesto se sentó pesadamente. No, hermano.

Creo que Luciana Paz es la madre biológica de Jimena y creo que acaba de descubrirlo. El teléfono cayó. Ernesto miró hacia la habitación donde Jimena dormía, ajena a la tormenta que se avecinaba. Esa mujer no quería ofrecer becas. quería recuperar a su hija y Ernesto no sabía si tenía el poder para detenerla. Ernesto no esperó a que la recepcionista lo anunciara.

Atravesó las puertas de cristal de paz desarrollos como un huracán. Los empleados se apartaron. Su ropa de trabajo contrastaba con los trajes caros del piso ejecutivo. No le importó. La asistente de Luciana se levantó de un salto. Señor, no puede entrar sin Ernesto. Empujó la puerta de la oficina. Luciana estaba frente a la ventana mirando la ciudad. Se volteó sobresaltada.

Ernesto, ¿qué? Sé lo que hiciste. Cerró la puerta con fuerza. El sonido resonó como un disparo. Luciana palideció. No sé de qué hablas. No. Ernesto sacó su teléfono. Leyó de la pantalla. Acceso ilegal a registros médicos. Violación de privacidad financiera. Soborno a un oficial de adopciones. Sigo. Los hombros de Luciana se hundieron.

¿Cómo? Tengo amigos también. Amigos que saben rastrear huellas digitales. Avanzó hacia ella. $100,000 a Roldán. El mismo abogado que trabajó para tu padre. El mismo que manejó la adopción de Jimena. Ernesto, déjame explicar. Explicar qué? ¿Que nos has estado espiando, que invadiste nuestras vidas? Su voz se quebró. ¿Que quieres quitarme a mi hija? No quiero quitártela.

Entonces, ¿qué quieres? Luciana abrió la boca, la cerró. Las lágrimas comenzaron a caer. Solo quería saber, solo necesitaba confirmar que confirmar que es mía. Las palabras salieron como un susurro. Que Jimena es mi hija. El silencio llenó la oficina. Ernesto retrocedió como si lo hubieran golpeado. No hace 17 años di a luz. Luciana se limpió las lágrimas con manos temblorosas. Mi padre me obligó a darla en adopción. No tuve opción.

No tuve voz. Me la arrebató y nunca supe qué pasó con ella. ¿Estás loca? Lo estoy. Luciana abrió un cajón, sacó papeles. Fecha de nacimiento, 3 de febrero de 2008. Adopción privada. Agencia Horizontes nuevos. Abogado Esteban Roldán. Arrojó los documentos sobre el escritorio. Es ella, Ernesto. Jimena. es mi hija biológica.

Ernesto miró los papeles, las fechas coincidían, todo coincidía. No, Paula nunca dijo. Paula no sabía. Luciana se sentó pesadamente. O tal vez sí, no lo sé, pero mi padre arregló todo para que nadie pudiera rastrearlo. Tu padre, Augusto Paz, el hombre que controla medio Buenos Aires. La amargura destilaba de cada palabra. Me dio un ultimátum. La empresa o mi hija. Tenía 23 años y estaba aterrada.

Él ganó. Ernesto se dejó caer en una silla. Esto no puede estar pasando. Te juro que no planeé nada de esto. Luciana se inclinó hacia adelante desesperada. Esa noche en mi oficina, cuando vi la foto de Jimena en tu tablet, algo en mí lo supo. Sus ojos, su cara. Es como mirarme en un espejo y pensaste que podías simplemente investigarnos, invadirnos, manipularnos.

Sé que estuvo mal. Sé que crucé líneas imperdonables más lágrimas, pero no he visto a mi hija en 17 años. Ni siquiera sabía si era niño o niña. Nunca supe su nombre. Nunca supe nada. La voz de Luciana se quebró completamente. Hundió el rostro en sus manos sollylozando. Ernesto la observó.

Parte de él quería odiarla, quería gritarle, quería proteger a Jimena de esta mujer que invadió sus vidas. Pero otra parte veía el dolor, el dolor real de una madre que había perdido a su hija. Paula sabía, murmuró. Tenía que saber. Luciana levantó la vista. ¿Qué? Siempre fue reservada sobre la adopción. Decía que era mejor no saber.

Ernesto se pasó las manos por el cabello, pero ahora entiendo. Sabía que había algo turbio. Por eso nunca quiso que Jimena buscara a sus padres biológicos. Tu esposa, Luciana, dudó. ¿Crees que mi padre la contactó directamente? No lo sé. Ya no puedo preguntarle. La rabia volvió. Pero sí sé que tú no tienes derecho a Jimena. Yo la crié. Yo estuve ahí cuando tuvo fiebre.

Yo le enseñé a andar en bicicleta. Yo lo sé. Lo sabes, porque parece que crees que puedes simplemente aparecer y no quiero quitártela. Luciana se puso de pie. Solo quiero, no sé lo que quiero, verla, conocerla, saber que está bien. Ya la viste, ya la conociste. Bajo mentiras. Todo fueron mentiras. Tus mentiras. Lo sé.

Luciana golpeó el escritorio. Sé que estoy destruyendo todo. Sé que no tengo derecho, pero ella es mi sangre, Ernesto, mi hija, y no pude ni siquiera decírselo. La puerta se abrió de golpe. Un hombre mayor entró como una tormenta. Traje de $,000, cabello plateado, ojos de acero. Augusto paz. Así que aquí estás.

Miró a Ernesto con desdén y con compañía inadecuada. Luciana se tensó. Sal de mi oficina. Es mi oficina, mi edificio, mi empresa. Augusto cerró la puerta y él señaló a Ernesto. Necesita irse ahora. No me voy a ningún lado, dijo Ernesto. Ah, no. Augusto sonrió fríamente. Ernesto Domínguez, 37 años, viudo. Dos hijas, una de ellas adoptada ilegalmente. ¿Qué? Oh, sí. y revisé los papeles.

Hay irregularidades. Augusto caminó alrededor del escritorio. Firmas falsificadas, documentos incompletos. Si alguien decidiera investigar, podrían anular la adopción, quitarte a la niña. Ernesto se puso de pie, los puños cerrados. ¿Estás mintiendo? ¿Quieres averiguarlo? Augusto sacó su teléfono. Tengo a un juez en marcación rápida. Una llamada y para mañana hay una orden de custodia.

Papá, basta. Luciana se interpuso. No te atrevas. No me atrevo. Tú comenzaste esto, Luciana. Tú decidiste escarvar en el pasado. Tenía derecho a saber. No tenías ningún derecho. La voz de Augusto retumbó. Firmaste los papeles. Aceptaste los términos. Esa niña dejó de ser tuya hace 17 años. Nunca dejó de ser mía.

Entonces eres más tonta de lo que pensé. Ernesto intervino. ¿Por qué hiciste esto? ¿Por qué arreglaste que Paula adoptara a la bebé? Augusto lo miró como se mira a un insecto porque necesitaba que desapareciera de nuestras vidas. Se volteó hacia Luciana. Tu noviecito constructor no era adecuado.

El bebé era un error. Lo arreglé. Encontré una familia desesperada por adoptar. Procesé todo discretamente y aseguré que nunca pudieran rastrearlo de vuelta a nosotros. “Eres un monstruo”, susurró Luciana. “Soy un hombre de negocios. Augusto se acercó a ella y tú vas a detener esta idioteza ahora. Vas a olvidarte de esa niña.

Vas a dejar a este señor en paz y vas a enfocarte en la empresa. Y si me niego, entonces destruyo su vida señaló a Ernesto. Lo hago despedir de cada trabajo en esta ciudad. Congelo sus cuentas. Inicio una investigación de adopción ilegal. Le quito a sus dos hijas y las pongo en el sistema. No puedes, puedo y lo haré.

Augusto sonríó. A menos que hagas lo que digo. Luciana miró a Ernesto. Vio el miedo en sus ojos, el mismo miedo que ella había sentido hace 17 años. Su padre ganando otra vez. Dame tiempo, dijo Ernesto de repente para hablar con Jimena para preparar algo. No hay nada que preparar, respondió Augusto.

Mi hija no se acercará a la suya. Punto final. No es tu decisión, es completamente mi decisión. Augusto caminó hacia la puerta. Tienes hasta mañana, Luciana. O haces lo correcto o él paga el precio. La puerta se cerró. El silencio era ensordecedor. Ernesto se dejó caer en la silla temblando. Va a destruirnos.

No lo hará. Luciana se arrodilló frente a él. No voy a permitirlo. ¿Cómo lo detendrás? ¿Escuchaste lo que dijo? tiene poder conexiones. Yo también tengo poder, no como él. Luciana tomó las manos de Ernesto. Escúchame, no voy a dejar que te quite a tus hijas, ni a Jimena ni a Martina.

¿Por qué debería creerte? Me mentiste. Nos usaste. Porque a pesar de todo, Luciana tragó saliva. Jimena, es feliz contigo. La criaste bien, la amas y yo yo no tengo derecho a destruir eso, pero quieres estar en su vida. Sí. La honestidad dolió, pero no a costa de su felicidad. Ernesto la estudió por largo tiempo.

¿Qué propones? Aliarnos contra él. Luciana se puso de pie. Mi padre controla la empresa, pero yo controlo acciones. Controlo información. Conozco sus secretos. ¿Y qué? ¿Lo chantajeamos? ¿Lo neutralizamos? Una chispa de determinación iluminó los ojos de Luciana. Pero necesito tu ayuda y necesito tiempo. No tenemos tiempo, dijo hasta mañana.

Entonces trabajaremos toda la noche. Ernesto se levantó inseguro. Si hago esto, si confío en ti, necesito tu palabra de que no intentarás quitarme a Jimena. Tienes mi palabra y eventualmente le diremos la verdad. Juntos. Luciana asintió lágrimas nuevas cayendo. Juntos. Ernesto extendió la mano. Luciana la tomó.

una alianza improbable, nacida del dolor, forjada en la desesperación contra el hombre que los había usado a ambos como peones. Dos semanas, 14 días de planear, de preparar, de retrasar lo inevitable. Ernesto y Luciana se reunían en cafés discretos, parques alejados, cualquier lugar donde Augusto no tuviera ojos. habían formado un plan, uno terrible, uno necesario. Pero primero Jimena necesitaba saber la verdad.

¿Estás seguro de esto? Luciana removía su café sin tomarlo. Era su cuarta reunión esa semana. No, Ernesto miraba su teléfono. Pero no podemos seguir mintiéndole. Podríamos esperar hasta que termine el semestre y retrasar esto tres meses más. Ernesto negó con la cabeza. Ya sufrió suficiente por nuestras mentiras.

Luciana asintió, aunque cada fibra de su ser gritaba que esperara. Viene este fin de semana. Lo sé. ¿Cómo crees que reaccione? Ernesto cerró los ojos con odio. Probablemente con mucho odio. El viernes por la noche, Jimena llegó al departamento. Martina corrió a abrazarla. Jime, Jime, ¿me trajiste algo? Claro que sí, en Ana. Jimena cargó a su hermana.

Un libro sobre dinosaurios. Sí. Ernesto las observó desde la cocina. Su corazón se rompía de solo pensar en lo que vendría. Hola, papá. Jimena lo abrazó. Te ves cansado. Ha sido una semana larga. Todo bien con el trabajo. Sí, sí, todo bien. La mentira salió automáticamente. Jimena frunció el seño. Seguro. Te conozco, papá. Algo pasa. Después hablamos. Ernesto besó su frente. Primero cena.

Durante la cena, Jimena no dejó de observarlo. Ernesto evitó su mirada. Cuando Martina se durmió, Jimena se sentó frente a su padre. Habla. ¿Qué? Llevas dos semanas mandándome mensajes raros, preguntas extrañas y ahora no me miras a los ojos. Cruzó los brazos. ¿Qué está pasando? El timbre sonó.

Ernesto se levantó agradecido por la interrupción. Luciana estaba en la puerta. Ropa casual, sin maquillaje, vulnerable. Hola, pasa. Jimena apareció en el pasillo. Señora Paz, ¿qué hace aquí? Luciana y Ernesto intercambiaron miradas. Necesitamos hablar contigo dijo Ernesto. Los tres. ¿Sobre qué? Siéntate, por favor. Jimena no se movió.

No, dime qué está pasando ahora. Ernesto tomó aire profundo. Jimena, la señora paz. Luciana. Ella. Soy tu madre biológica. Las palabras de Luciana cayeron como bombas. El silencio se extendió. Jimena parpadeó. ¿Qué? Hace 17 años di a luz. Luciana dio un paso adelante. Mi padre me obligó a darte en adopción. No quería. Nunca quise.

Pero esto es una broma. No es una broma. Ernesto se acercó. Las fechas coinciden. La agencia de adopción, todo. Jimena retrocedió. No, no puede ser. Cuando vi tu foto lo supe. Luciana extendió la mano. Tienes mis ojos, mi cara, mi No me toques. Jimena se alejó hacia la pared.

¿Cuánto tiempo lo supieron? Yo, unas semanas, admitió Ernesto. Ella desde que nos conoció. Semanas. Los ojos de Jimena se llenaron de lágrimas y no me dijeron. Queríamos protegerte. Protegerme. Una risa histérica escapó mintiéndome, investigándome a mis espaldas. Lo siento. Lo sientes Jimena se volvió hacia Luciana. Usted lo siente después de invadir nuestras vidas, de manipularnos con esas mentiras de becas.

Fue lo único que se me ocurrió. No debió ocurrírsele nada. Jimena gritó. debió dejarme en paz. Jimena, por favor. Y tú, papá. Las lágrimas caían libremente. Ahora sabías algo, mamá Paula sabía. Ernesto bajó la mirada. No estoy seguro. Creo que tal vez sospechaba algo y nunca me dijo. Me mintió toda su vida.

Estaba protegiéndote. Todos dicen eso. Todos me protegían. Jimena se limpió las lágrimas con rabia. ¿Y qué hay de lo que yo quería, de lo que yo necesitaba? Tienes razón, dijo Luciana suavemente. Tienes toda la razón de estar enojada. No necesito su permiso para estar enojada.

Jimena, ¿qué quiere de mí? La voz de Jimena se quebró. ¿Qué quiere realmente? Luciana tragó saliva. Conocerte, ser parte de tu vida, si tú me lo permites. Y si no lo permito, entonces lo respetaré. Jimena rió amargamente. Como respetó mi privacidad, cómo respetó los límites cuando nos investigaba. No tengo excusas.

Luciana sintió sus propias lágrimas. Hice todo mal, pero necesitas saber algo. Nunca quise darte en adopción. Me obligaron. Y no pasó un solo día sin pensar en ti. Eso no cambia nada. Lo sé. Jimena miró entre ellos, su padre, esta extraña que compartía su sangre. Yo no soy una persona para ustedes, soy un premio, algo que perdieron y ahora quieren recuperar. No, sí. Jimena agarró su mochila.

Para usted soy la hija que le quitaron. Para ti, papá, soy la que vas a perder. Pero, ¿qué soy yo? ¿Quién soy yo en todo esto? ¿Eres tú misma? No, no lo soy. Jimena se dirigió a la puerta. Porque acabo de descubrir que mi vida entera es una mentira. ¿A dónde vas? De regreso a Córdoba. Jimena, es tarde. No me importa. Abrió la puerta.

Necesito estar lejos de ustedes, lejos de todas estas mentiras. Por favor, hija. Jimena, se detuvo en el umbral. No, se volteó. No me llame así. Todavía no. La puerta se cerró. Ernesto se desplomó en el sofá, la cabeza entre las manos. Luciana se quedó de pie congelada. Debí manejarlo mejor. Los dos lo hicimos mal. Ernesto levantó la vista, pero ella tiene razón.

La tratamos como un objeto, no como una persona. ¿Qué hacemos ahora? Le damos espacio. Aunque las palabras le dolían. Es lo único que podemos hacer. Luciana asintió limpiándose las lágrimas. Hay algo más que necesitas saber. ¿Qué? Voy a renunciar a paz desarrollos. Voy a dejar la empresa de mi padre. Ernesto la miró sorprendido.

¿Estás segura? completamente. Una determinación férrea entró en su voz. No voy a darle poder sobre nosotros, sobre Jimena. Voy a empezar algo nuevo, algo mío. Él te destruirá. Que lo intente. Luciana sonrió amargamente. Conozco todos sus secretos, todas sus trampas. Si me ataca, lo expongo. Es tu padre. Era mi padre.

Hace mucho que dejó de serlo. El lunes, Luciana entró a la oficina de Augusto sin avisar. Renuncio. Su padre levantó la vista de sus documentos. Perdón. Renuncia inmediata, efectiva hoy. Colocó una carta en su escritorio. Mis acciones las venderé a inversionistas externos. Ni un centavo para ti. Augusto se levantó lentamente. Te has vuelto loca.

Me he vuelto cuerda. Luciana sonríó. Y antes de que pienses en represalias, tengo copias de todos tus negocios turbios, sobornos, evasión fiscal. Colusión. Si tocas a Ernesto Domínguez o a sus hijas, todo sale a la luz. No te atreverías. Inténtame. Augusto la estudió. Por primera vez en años vio a su hija realmente fuerte, decidida, libre de él. Vas a perderlo todo.

Ya perdí lo que importaba. Luciana se dirigió a la puerta. Gracias a ti. Salió sin mirar atrás. Tres meses después, Luciana había establecido una pequeña firma de consultoría inmobiliaria, ética, transparente, nada como el imperio de su padre. Ernesto trabajaba con ella como gerente de operaciones, un salario justo, respeto mutuo, lentamente construyendo algo real.

Pero Jimena no había llamado, no había respondido mensajes, no había aceptado llamadas. Silencio total. Martina preguntaba por su hermana todas las noches. ¿Cuándo viene Jime? Pronto, mi amor, pronto. Pero Ernesto no estaba seguro. Luciana escribía cartas que nunca enviaba, palabras que Jimena no estaba lista para leer. Una tarde, mientras revisaban planos en la nueva oficina, el teléfono de Ernesto sonó. Número desconocido.

Contestó. Hola, papá. Era Jimena. Su voz pequeña, quebrada. Hija. Las lágrimas llegaron inmediatamente. Gracias por llamar. Necesito necesito hablar. ¿Puedes venir a Córdoba? Estaré ahí mañana. Y ella puede venir también. Luciana, quien había escuchado todo, asintió vigorosamente. Ella también puede.

Ernesto sonrió a través de las lágrimas. Ambos estaremos ahí. Gracias, papá. Los los necesito. La llamada terminó. Ernesto y Luciana se miraron. tr meses de espera, de respetar su espacio, de dejarla procesar y finalmente Jimena estaba lista para hablar. El viaje a Córdoba fue silencioso. Luciana conducía. Ernesto miraba por la ventana. Ninguno sabía qué esperar.

¿Crees que esté bien?, preguntó Luciana finalmente. No lo sé. Ernesto giró hacia ella, pero llamó. Eso es algo. ¿Y si se arrepiente? Y si nos manda de regreso, entonces volvemos y esperamos más. Luciana apretó el volante. No sé cómo hacer esto. Ser lo que sea que voy a hacer para ella, nadie lo sabe. Ernesto puso una mano sobre la suya. Solo tienes que ser honesta.

La mano de él se quedó ahí, cálida, reconfortante. Luciana no la apartó. Jimena las esperaba en un café cerca del campus. Había perdido peso. Ojeras profundas. marcaban su rostro. Hija. Ernesto la abrazó inmediatamente. ¿Estás comiendo bien? Más o menos. Luciana se quedó atrás insegura. Jimena la miró. Gracias por venir. Siempre.

La voz de Luciana tembló. Cuando me necesites. Siempre. Se sentaron. El mesero tomó órdenes que nadie tocaría. Jimena jugó con su servilleta. Estuve pensando mucho, sobre todo sobre quién soy, sobre qué significa familia. No tienes que Déjame terminar, papá. Jimena respiró profundo. Estuve enojada, muy enojada con ustedes, con mamá Paula, con el abuelo que nunca conocí, con el mundo.

Luciana se mordió el labio. ¿Tienes derecho? Sí, tengo derecho. Jimena la interrumpió, pero también me di cuenta de algo. Estar enojada no cambia los hechos, no cambia mi ADN, no cambia que ustedes dos son importantes en mi vida. Jimena, tú, papá, eres mi padre. en todos los sentidos.

Me criaste, me amaste, estuviste ahí cuando nadie más estaba. Las lágrimas comenzaron. Mamá Paula me eligió cuando yo no tenía a nadie. Me dio un hogar. Ernesto tomó su mano. Y siempre será tu mamá. Nada cambia eso. Lo sé. Jimena se volvió hacia Luciana. Pero usted, no sé qué es usted para mí todavía. Luciana asintió tragando el nudo en su garganta. Entiendo. No me interrumpa. Jimena se limpió las lágrimas. No es mi madre.

Mamá Paula fue mi madre. Pero tampoco es una extraña. Es algo más, algo que todavía tengo que descubrir. Podemos tomarnos el tiempo que necesites. Eso quiero. Tiempo. Jimena miró entre ellos. Pero también quiero intentar intentar conocerla, entender de dónde vengo, no para reemplazar a mamá, sino para completar la imagen. Luciana no pudo contener más las lágrimas.

Gracias, gracias por darme esa oportunidad. No la celebré todavía. Jimena levantó un dedo. Hay reglas. Primera, nunca más mentiras ni secretos. Si algo me involucra, yo decido. Prometido, dijeron Ernesto y Luciana al unísono. Segunda, vamos despacio, muy despacio. Nada de arrebatos emocionales ni proclamaciones dramáticas. De acuerdo. Tercera.

Martina no puede saber todavía. No hasta que yo esté lista. Ernesto vaciló. Ella pregunta por ti constantemente. Lo sé. y la extraño. Pero esto es complicado. Jimena exhaló. Necesito procesar antes de explicarle a una niña de 6 años que su hermana tiene dos mamás. Es justo. Y cuarta. Jimena miró a Luciana directamente.

Tengo preguntas, muchas preguntas sobre mi padre biológico, sobre por qué pasó todo. Sobre usted. Te responderé todo. Luciana se inclinó hacia adelante. Todo lo que quieras saber. Bien, porque necesito entender, no para juzgar, sino para saber quién soy completamente. El mesero trajo los cafés, nadie los tocó. ¿Hay algo más? Jimena bajó la mirada. He estado teniendo ataques de pánico. Desde que me enteré, por las noches, cuando no puedo dormir, mi mente va a lugares oscuros.

¿Hablaste con alguien, un profesional?, preguntó Ernesto. Empecé terapia la semana pasada, pero su voz se quebró. Me siento tan sola aquí, tan perdida. Luciana actuó por instinto. Se levantó, rodeó la mesa, abrazó a Jimena. Por un momento, Jimena se tensó, luego se derritió en el abrazo, soyando. “No estás sola”, susurró Luciana.

“Nunca estarás sola otra vez.” Ernesto se unió al abrazo. Los tres quedaron ahí entrelazados, llorando juntos. Una familia rota comenzando a sanar. Los siguientes meses fueron lentos. Cuidadosos. Jimena visitaba Buenos Aires cada dos semanas, cenas con Ernesto, Luciana y Martina, conversaciones hasta tarde, preguntas difíciles con respuestas honestas. Luciana le contó sobre su padre biológico, un joven constructor llamado Matías.

Se habían amado con la intensidad de los 22 años. El embarazo los había aterrado y emocionado a partes iguales, pero Augusto lo había amenazado. Le ofreció dinero para desaparecer. Matías, asustado y sin recursos, había aceptado. ¿Dónde está ahora?, preguntó Jimena. No lo sé. Lo busqué hace años. Nada. Luciana dudó. Si quieres podemos buscarlo juntas, tal vez algún día.

Por ahora es suficiente información. Martina adoraba cuando Jimena visitaba. No notaba las miradas cargadas entre su hermana, su padre y señora Lucy. Solo disfrutaba tener a su familia junta. Y algo más estaba pasando, algo entre Ernesto y Luciana. Comenzó con pequeños gestos. Él preparaba café como a ella le gustaba.

Ella recordaba los cumpleaños de sus hijas, conversaciones que se extendían hasta la madrugada en la oficina. ¿Crees que Jimena esté mejor?, preguntó Luciana una noche revisando contratos. Creo que está sanando. Ernesto se recostó en su silla. Gracias a ti no hice nada especial. Renunciaste a todo, a tu empresa, a tu fortuna, a tu padre.

No era una fortuna si venía con esas condiciones. Ernesto la observó. La luz de la lámpara iluminaba su perfil, hermosa en su vulnerabilidad. ¿Te arrepientes? ¿De qué? De todo esto, ¿de abrir esta caja de Pandora? Luciana pensó por largo tiempo. No, finalmente sonríó. Porque gané algo más valioso que el dinero.

¿Qué? una hija, una segunda oportunidad y se detuvo ruborizada. Un amigo, la palabra amigo colgó en el aire insuficiente. Ernesto se inclinó hacia adelante. Lucián, sí. ¿Qué somos nosotros? La pregunta flotó entre ellos. Cargada, peligrosa. No lo sé, admitió ella, pero siento que es más que amistad. Yo también lo siento. Es complicado.

Todo en nuestra situación es complicado. Luciana rió suavemente. ¿Y qué hacemos al respecto? Ernesto se levantó, caminó alrededor del escritorio, se arrodilló frente a ella. Podemos ignorarlo. Mantener distancia profesional, ser solo copadres de Jimena. O podemos ser honestos. Tomó su mano. Admitir que esto, sea lo que sea, es real. El corazón de Luciana latía tan fuerte que apenas podía respirar.

Ernesto, no tienes que responder ahora, solo piénsalo. Se levantó, recogió su chaqueta. Nos vemos mañana. Cuando la puerta se cerró, Luciana se quedó mirando su mano. Todavía sentía el calor de él. La respuesta llegó dos semanas después. Cena familiar en el departamento. Martina dormida en el sofá después de jugar toda la tarde. Jimena estudiando en la mesa.

Ernesto y Luciana lavando platos juntos. “Pásame ese trapo”, dijo Ernesto. Luciana se lo dio. Sus dedos se rozaron. La electricidad fue innegable. Ernesto la miró. Ella lo miró de vuelta. “Jimena está ocupada.” Luciana miró hacia la sala. Jimena tenía audífonos puestos concentrada en su laptop. Sí. Bien. Ernesto la jaló suavemente hacia el balcón. Cerró la puerta corrediza. El aire nocturno de Buenos Aires los envolvió.

“He estado pensando en lo que dijiste”, empezó Luciana sobre ser honestos. “¿Y creo que tienes razón, se volvió hacia él? Esto es real. Lo que siento por ti es real. Luciana, déjame terminar.” sonríó nerviosa. Me asusta. Me aterra, de hecho, porque ya perdí tanto, ya arruiné tanto y no quiero arruinar esto también.

No lo harás. ¿Cómo lo sabes? Porque ahora somos diferentes. Ernesto le acarició la mejilla. Somos honestos, somos cuidadosos y nos importa más el bienestar de Jimena que nuestro propio deseo. Y si ella no aprueba, entonces esperamos, deslizó su pulgar sobre sus labios. Pero algo me dice que ya lo sabe. ¿Qué? Jimena no es tonta.

Ha visto cómo nos miramos. Luciana se ruborizó. Tan obvio es completamente. Reron juntos. Un sonido ligero. Libre. Ernesto se inclinó lentamente dándole tiempo de retroceder. Luciana no lo hizo. Sus labios se encontraron suave, tentativo, luego más profundo.

17 años de dolor, 5 meses de reconstrucción, todo condensado en un beso que sabía a esperanza. Cuando se separaron, ambos sonreían. ¿Y ahora qué? Susurró Luciana. Ahora vamos despacio como con todo lo demás. Me gusta despacio. A mí también. La puerta corrediza se abrió. Interrumpo algo. Jimena estaba ahí, brazos cruzados, sonrisa cómplice. Ernesto y Luciana se separaron como adolescentes atrapados. Nosotros estábamos besándose. Sí, lo vi.

Jimena entró al balcón. ¿Desde cuándo? Literalmente desde hace un minuto, admitió Luciana. Jaja, Jimena los estudió. ¿Y esto es serio o solo están experimentando? Es serio, dijo Ernesto. O al menos queremos que lo sea. Si tú estás de acuerdo, Jimena pensó por un momento. Me están pidiendo permiso. Sí. ¿Y si digo que no? Luciana tragó saliva. Entonces respetamos tu decisión.

Jimena los hizo sufrir un momento más. Luego sonró. Está bien. ¿Estás segura? Papá, has estado solo 6 años. Mereces ser feliz. Se volvió hacia Luciana. Y usted, bueno, está intentando. Eso cuenta. Entonces, ¿estás de acuerdo? Con condiciones. Jimena levantó un dedo. Nada cursi frente a mí, nada de apodos empalagos y definitivamente nada frente a Martina hasta que sepamos cómo explicárselo. Trato hecho dijeron al unísono. Jimena los abrazó a ambos.

Los quiero a los dos de maneras diferentes, pero los quiero. Luciana comenzó a llorar otra vez. Siempre llora, le preguntó Jimena a Ernesto. Últimamente sí. Voy a necesitar acostumbrarme a eso. Rieron los tres juntos. Una familia imperfecta, complicada, hermosa, elegida no por sangre o ley, sino por amor.

Un año después. El departamento ya no era el mismo pequeño espacio de dos ambientes. Ernesto y Luciana habían comprado uno más grande, tres habitaciones, un balcón con vista a la ciudad, espacio suficiente para una familia que había crecido de maneras inesperadas. Las paredes contaban la historia.

Fotos de Paula sosteniendo a Jimena bebé, Ernesto joven con sus dos hijas, Martina en su primer día de escuela y nuevas Jimena graduándose de secundaria con Ernesto y Luciana a sus lados. Las cuatro en un picnic. Luciana enseñándole a Martina a andar en bicicleta. Una familia construida en capas honrando el pasado mientras abrazaba el futuro. “Llegaron”, gritó Martina desde la puerta.

Jimena entró cargando bolsas de regalo. Detrás de ella su novio Tomás, un estudiante de medicina que soportaba el interrogatorio constante de Ernesto con paciencia admirable. Feliz cumpleaños, en Ana. Jimena cargó a su hermana. 7 años. Ya casi eres adulta. No, todavía puedo jugar con muñecas. Puedes jugar con muñecas hasta los 100 años si quieres. Martina rió. Jimena la bajó.

le dio un paquete. Esto es de parte de Tomás y mío. Martina lo abrió con entusiasmo. Un set de ciencias para niños para hacer experimentos. Sus ojos brillaron. Como tú, Jime. Exacto. Vas a ser ingeniera como yo, o doctora como Tomás o artista o astronauta o lo que quieras. Jimena le revolvió el pelo.

El mundo es tuyo, pequeña. En la cocina, Ernesto y Luciana preparaban la cena juntos. Un baile sincronizado después de meses de convivencia. ¿Trajiste las velas? Preguntó Ernesto. Siete más una para que crezca. Luciana sonríó. Tradición argentina. Ernesto la abrazó por detrás, sus manos descansando sobre su vientre apenas redondeado.

¿Cómo se siente el bebé? ¿Oyó? Ambos. Bien. Cansada, pero bien. Se recostó contra él, nerviosa por ser papá otra vez, aterrado. Besó su cuello, pero feliz. ¿Crees que Martina esté emocionada cuando se lo digamos? Va a explotar de alegría. Ernesto ríó. Lleva meses pidiendo un hermanito. Y Jimena, ya lo sabe, me preguntó directamente la semana pasada. Luciana se volteó sorprendida.

En serio, dijo Isito. Papá, ¿sá embarazada o solo está comiendo mucho? Ernesto se encogió de hombros. Tu hija es observadora. Nuestra hija. Luciana lo corrigió suavemente. Ernesto sonríó. Todavía se sentía nuevo, maravilloso y aterrador a la vez. Nuestra hija. El timbre sonó. Yo voy. Jimena corrió a la puerta.

abrió para encontrar un mensajero con un paquete. Familia Domínguez Paz. Sí, firma aquí. Jimena firmó, tomó el paquete. Era pequeño, elegantemente envuelto. La tarjeta decía para Martina. Feliz cumpleaños, abuelo. Augusto. Jimena se quedó mirando las palabras por largo tiempo. ¿Quién era?, preguntó Ernesto desde la cocina. un paquete del abuelo.

Luciana salió secándose las manos, miró la caja. ¿Quieres que lo devuelva? No. Jimena lo sostuvo. Es para Martina. Ella decide. Llevó el paquete a la sala. Martina lo abrió con curiosidad. Dentro había un oso de peluche antiguo, hermoso, caro, y una nota en letra temblorosa. Martina, este oso fue de tu hermana Jimena cuando era bebé.

Tu abuela me lo dio antes de morir. Debió quedarse en la familia. Cuídalo con cariño. Alguien que está aprendiendo a ser mejor. Martina abrazó el oso sin entender completamente el peso de las palabras. Pero Jimena sí entendió. Luciana también. Augusto estaba tratando lentamente, torpemente, pero tratando. ¿Vas a responderle? Preguntó Jimena.

Luciana miró la nota por largo tiempo. Algún día, cuando esté lista. Está bien. Jimena la abrazó. No hay prisa. San ritmo. ¿Cuándo te volviste tan sabia? Terapia. Jimena guiñó. Mucha terapia. Reron juntas. Un sonido que hace un año habría sido imposible. La cena fue caótica en la mejor manera. Martina parloteaba sin parar. Tomás contaba historias de la facultad de medicina.

Ernesto y Luciana se robaban miradas cómplices. Jimena documentaba todo en su teléfono. Cuando trajeron el pastel, siete velas encendidas, Martina cerró los ojos para pedir su deseo. Espera. Jimena se levantó copa en mano. Antes del deseo, quiero decir algo. Todos la miraron. Hace un año, mi vida explotó.

Descubrí que todo lo que creía saber sobre mí era complicado. Miró a Ernesto. Pensé que perdería a mi papá, a mi identidad. Jimena, déjame terminar. Sonrió. Pero aprendí algo. El amor no se divide, se multiplica. Se volvió hacia Luciana. Mamá Paula, me dio vida, me dio amor, me dio todo. Eso nunca cambiará.

Pero tú me diste una segunda oportunidad de entender de dónde vengo. Me diste honestidad, me diste paciencia. Luciana se limpió las lágrimas. Y papá, Jimena tomó la mano de Ernesto. Seguiste siendo mi roca, mi hogar, mi constante. Incluso cuando todo cambió, tú no cambiaste. Seguiste siendo mi papá. Siempre lo seré, hija. Lo sé.

Jimena levantó su copa. Así que brindo por las familias imperfectas, por las que se rompen y se reconstruyen, por las que eligen amarse a pesar de todo. Salud, dijeron todos. Martina sopló las velas. El humo se elevó hacia el techo. ¿Qué pediste?, preguntó Jimena. No puedo decirlo o no se cumple. Martina sonrió misteriosa. Pero tiene que ver con todos ustedes.

Cortaron el pastel. Martina se manchó de chocolate hasta las orejas. Tomás le contó a Ernesto sobre sus planes de especialización. Luciana y Jimena lavaron platos juntas. Hay algo que quiero decirte, dijo Jimena mientras se caba un plato. ¿Qué? Voy a cambiar mi carrera. Bueno, no cambiarla. Agregar una segunda especialización.

¿En qué? Trabajo social. Jimena miró a su a Luciana. Quiero ayudar a familias como la nuestra. adopciones éticas, reunificaciones, dar a otros lo que nosotros tuvimos. Una segunda oportunidad. Luciana dejó caer el plato que estaba lavando. Por suerte era plástico. Jimena, lo he estado pensando mucho.

Nuestra historia es caótica, pero es real. Y hay miles de familias ahí afuera tratando de navegar situaciones similares. Quiero ayudarlas. ¿Estás segura? Es un trabajo difícil. Lo sé. Jimena sonríó. Pero si pude superar nuestra situación, puedo ayudar a otros a superar las suyas. Luciana la abrazó fuerte. Tu mamá, Paula, estaría tan orgullosa. Lo sé. Jimena se apartó secándose los ojos.

Y tú también las dos. Yo también. ¿Qué? ¿Estás orgullosa? Puedo verlo en tu cara. Más de lo que las palabras pueden expresar. Terminaron los platos en silencio cómodo. Afuera, Martina perseguía a Ernesto por la sala. Tomás filmaba todo riendo. Una familia extraña, complicada, perfecta en su imperfección.

Más tarde, cuando Tomás se fue y Martina finalmente se quedó dormida, los cuatro adultos se sentaron en el balcón. “Tenemos un anuncio”, dijo Ernesto. Jimena sonrió. “Ya lo sé, estás embarazada.” Luciana rió. ¿Cómo? Te lo dije, papá. Soy observadora. Jimena se encogió de hombros. Addemás, dejaste de tomar café y comes galletitas de soda a toda hora.

Bien, entonces no es un anuncio. Luciana se rindió. ¿Cómo te sientes al respecto? Emocionada. Y era verdad. Martina va a tener un hermanito. Yo voy a tener otro hermanito. Es bueno. Segura. Segura. Jimena se inclinó hacia adelante. Pero hay una condición. ¿Cuál? Quiero ser la madrina. Trato hecho.

Se quedaron ahí mirando las luces de Buenos Aires, una ciudad que había presenciado su dolor y ahora presenciaba su sanación. ¿Saben qué? Dijo Jimena. Hace un año, si alguien me hubiera dicho que estaría aquí así con ustedes dos, habría pensado que estaba loco. Y ahora, ahora no puedo imaginar estar en ningún otro lugar. Ernesto rodeó a sus dos hijas con los brazos.

Luciana se acurrucó contra él. Una familia construida sobre ruinas, forjada en el fuego, más fuerte por haber estado rota. Y en el apartamento detrás de ellos, Martina dormía pacíficamente, rodeada de osos de peluche, viejos y nuevos, regalos de madres pasadas y presentes, soñando con el futuro, un futuro donde el amor no se limitaba por la biología o las leyes, sino que se expandía, se multiplicaba, se elegía cada maldito día, fin.

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