
Nunca imaginé que comprar un rancho por 10 pesos pudiera cambiar mi vida para siempre y mucho menos que debajo de esa
tierra seca y olvidada alguien llevara años esperando ser encontrado. Me llamo
Dolores y cuando cumplí 52 años ya no me quedaba nada en este mundo. Mi esposo
había muerto 3 años atrás por una enfermedad que ni los doctores supieron explicar bien. Y como nunca tuvimos
hijos, me quedé completamente sola. La casa donde vivíamos la tuve que vender
para pagar las deudas del hospital. Y durante dos años anduve de un lado para otro durmiendo en cuartos prestados,
trabajando donde me aceptaran, sintiendo como la vida se me escapaba entre los dedos como arena seca. Fue en el mercado
de San Miguel donde escuché por primera vez sobre el rancho. Doña Carmela, una
señora que vendía nopales y que siempre había sido amable conmigo, me dijo en voz baja que conocía un lugar que
estaban vendiendo muy barato, tan barato que nadie lo quería. Me contó que era un
rancho pequeño abandonado desde hacía años en las afueras del pueblo, casi
llegando al cerro. 10 pesos, me dijo. Solo 10 pesos. y sería mío. Le pregunté
por qué tan barato y ella desvió la mirada hacia sus verduras, acomodándolas
sin necesidad. “Dicen que ahí pasó algo hace tiempo”, me contestó. “Pero son solo habladurías
de la gente. Ya sabes cómo es el pueblo. Yo no le di mucha importancia.
Cuando no tienes nada, no puedes darte el lujo de creer en leyendas. Al día siguiente caminé hasta las oficinas del
municipio y pregunté por el rancho. El empleado, un hombre joven con lentes
gruesos, me miró con lástima cuando le dije que quería comprarlo. “Señora, ese
lugar lleva años sin dueño”, me explicó. “Nadie lo quiere. Si usted tiene 10
pesos y firma aquí, es suyo. Pero le advierto que está en muy malas
condiciones. Yo solo asentí y firmé los papeles con mano temblorosa.
Por primera vez en años algo era mío. El rancho quedaba una hora caminando desde
el centro del pueblo por un camino de terracería que se perdía entre matorrales secos y no pales. Mientras
avanzaba con mi pequeña maleta y una bolsa con mis pocas pertenencias, el sol de mediodía me quemaba la piel, el
viento traía polvo y ese olor a tierra caliente que siempre me había gustado cuando era niña, pero ahora solo me
hacía sentir más sola. Cuando llegué, me quedé parada frente a la entrada sin saber si reír o llorar. El rancho era
más pequeño de lo que había imaginado. Una construcción baja de adobe y madera
podrida, con el techo de lámina oxidada y lleno de agujeros. Las ventanas no
tenían vidrios, solo marcos vacíos que parecían ojos muertos mirando hacia la nada. Alrededor había tierra seca,
algunos mezquites retorcidos y un pozo viejo cubierto con tablas rotas.
A lo lejos se veía el cerro oscuro y silencioso, como un gigante dormido. Empujé la puerta principal y el chirrido
del metal me erizó la piel. Adentro olía a humedad, a encierro, a abandono. Había
una sala pequeña con los restos de un sillón comido por las ratas, una mesa volcada y pedazos de periódicos viejos
regados por el suelo. Al fondo estaba lo que parecía ser la cocina con una estufa de leña oxidada y trastes quebrados.
y a la derecha una puerta de madera que llevaba lo que sería mi cuarto. Me senté
en el suelo de la sala y por primera vez en mucho tiempo lloré. Lloré por mi
esposo, por mi vida, por todo lo que había perdido. Lloré hasta que el sol
comenzó a bajar y las sombras empezaron a llenar la casa. Entonces me sequé las lágrimas, saqué
una cobija vieja de mi maleta y me prometí que este lugar, por horrible que fuera, sería mi nuevo hogar. La primera
noche fue terrible. No tenía luz, solo una veladora que había comprado en el pueblo. Los ruidos comenzaron apenas
oscureció. Primero fue un roce suave, como si algo pequeño corriera por las
paredes. Luego escuché chillidos agudos. Ratas.
Muchas ratas. Me abracé las rodillas y traté de no pensar en ellas, pero los
sonidos no paraban. Era como si todo el rancho estuviera vivo, lleno de
criaturas moviéndose en la oscuridad. Al día siguiente salí temprano a buscar trabajo en el pueblo.
Conseguí que me contrataran para limpiar la casa de una familia tres veces por semana.
No era mucho dinero, pero al menos podría comprar comida y algunas cosas para arreglar el rancho.
Cuando volví al atardecer, noté algo extraño. En la puerta de entrada había marcas como arañazos profundos en la
madera vieja. No recordaba haberlas visto antes. Esa noche, mientras comía
unas tortillas con frijoles sentada en el suelo, vi claramente a las ratas.
No eran dos o tres, eran docenas. Salían de los agujeros en las paredes de debajo
de los muebles rotos y todas corrían en la misma dirección, hacia el fondo de la
casa, hacia una puerta que yo no había abierto todavía, la puerta del sótano.
Durante los siguientes días traté de ignorarlas. Limpié la casa lo mejor que pude. Tapé algunos agujeros con trapos y
pedazos de madera y hasta logré arreglar una de las ventanas con un plástico.
Pero cada noche era lo mismo. Las ratas aparecían apenas oscurecía y todas iban
hacia el sótano, siempre hacia el sótano. Comenzó a obsesionarme.
¿Qué había ahí abajo? ¿Por qué todas iban al mismo lugar? Una tarde después de trabajar, me armé
de valor y decidí abrir esa puerta. Estaba hinchada por la humedad y tuve que empujarla con fuerza. Cuando
finalmente cedió, un olor horrible me golpeó la cara. Era un olor apodrido a
tierra mojada y a algo más que no pude identificar. Bajé los escalones de madera con
cuidado, iluminándome con una linterna vieja que había encontrado en el pueblo.
Cada escalón crujía bajo mis pies como si fuera a romperse. El sótano era pequeño y oscuro. Las
paredes eran de tierra compactada, con algunos ladrillos sueltos. El piso
estaba cubierto de excrementos de rata y había telarañas enormes en las esquinas.
Pero lo que más me llamó la atención fue una esquina en particular. Ahí en el fondo, la tierra parecía
removida. Había un pequeño montículo, como si alguien hubiera acabado y luego
tapado el agujero apresuradamente. Alumbré mejor con la linterna y vi que
las ratas entraban y salían de un hueco al lado de ese montículo. No tenía sentido. ¿Qué podía haber ahí que las
atrajera tanto? Pensé en comida podrida, en algún animal muerto, pero algo me