El viento soplaba polvo y espinas rodadoras por la calle principal de San Vicente del Polvo cuando Rosa Hernández
firmó los papeles sobre el escritorio carcomido de don Esteban. El comerciante sonreía con esa mueca que ella había
aprendido a reconocer. La sonrisa de quien vende veneno diciéndote que es agua fresca. $300.

Eso era todo lo que Rosa había logrado reunir vendiendo las últimas gallinas y el reloj de su difunto esposo Raúl.
Muerto hacía 2 años en un accidente en la mina. 300 miserables dólares por un
terreno que nadie más quería tocar ni con un palo. “Señora Rosa,” dijo don
Esteban guardando el dinero en una caja de lata, “le advierto que ese sitio tiene historia, mala historia. La gente
del pueblo no se acerca por ahí desde que los Villarreales aparecieron hace como 30 años.” Rosa apretó los labios. A
su lado, Mateo, su hijo mayor de 17 años, la miraba con preocupación. Lucía,
de 14 abrazaba a Santiago de 11, mientras la pequeña Sofía, de apenas
siete jugaba con un pedazo de tela desilachada en una esquina de la oficina. No me importan las historias”,
respondió Rosa con voz firme, aunque por dentro el miedo le apretaba el estómago.
“Necesito un techo para mis hijos y eso es lo único que me interesa.” Don
Esteban se encogió de hombros y le extendió las escrituras amarillentas y manchadas de humedad. “¡Allá usted,
señora, pero no venga después a quejarse cuando las cosas se pongan raras?”
Salieron de la oficina mientras el sol de la tarde pintaba las sierras de naranja y violeta. Rosa llevaba las
escrituras dobladas en el bolsillo de su falda gastada. Mateo cargaba a Sofía en
la espalda. Lucía y Santiago caminaban en silencio, mirando el camino de tierra
que serpenteaba hacia las afueras del pueblo. “Mamá”, murmuró Lucía, “de
verdad vamos a vivir en el sitio del olvido.” Rosa se detuvo y miró a su hija. “Sí, mi hija, y no quiero que le
hagas caso a los chismes del pueblo. Esa casa es nuestra ahora. Es todo lo que
tenemos.” El camino se hizo más angosto conforme avanzaban. Los árboles de mezquite retorcidos flanqueaban el
sendero y las piedras sueltas hacían que Sofía se aferrara con más fuerza al
cuello de Mateo. Después de casi una hora de caminata, llegaron al terreno.
La casa era una construcción de adobe de dos pisos, con las paredes agrietadas y las ventanas tapeadas con tablones
viejos. El techo de Texas estaba medio caído en un extremo y la puerta
principal colgaba de una sola bisagra. Alrededor el terreno se extendía por
varias hectáreas, tierra seca, caceas espinosas y algunos mezquites medio
muertos. Al fondo se distinguía lo que alguna vez fue un pozo de piedra. “Dios
mío”, susurró Mateo. Rosa tragó saliva. Había visto el sitio desde lejos antes
de comprarlo, pero de cerca la desolación era abrumadora. Sin embargo, no podía dar marcha atrás. No tenían a
dónde ir. La casera del cuarto que rentaban en el pueblo les había dado tres días para irse, y esos tres días ya
habían pasado. Esto era todo lo que podían permitirse. “Vamos”, dijo Rosa
empujando la puerta con el hombro. La madera crujió y se dio. El interior olía
a tierra húmeda, a encierro, a abandono. La luz del atardecer entraba en rayos
polvorientos por las grietas de las ventanas tapeadas. El piso era de baldosas rotas, con hierbas creciendo
entre las junturas. En la sala principal había muebles cubiertos con sábanas grises y las telarañas colgaban del
techo como cortinas fantasmales. “¡Mateo, ayúdame a abrir las ventanas”,
ordenó Rosa con firmeza. “Lucía, Santiago, busquen escobas o algo para
limpiar. Sofía, quédate aquí cerquita de mí.” Los niños obedecieron en silencio.
Mateo arrancó los tablones de dos ventanas con la ayuda de una piedra grande y el aire fresco entró aliviando
un poco la opresión del encierro. Rosa empezó a descubrir los muebles. Una mesa
coja, sillas desencajadas, un armario sin puertas. Todo estaba roto o
inservible, pero al menos tenían algo. Cuando subieron al segundo piso por una escalera que gemía con cada paso,
encontraron tres habitaciones pequeñas. En la primera, la que daba al frente,
había una cama con el colchón podrido y un ropero antiguo. En la segunda solo un
catre de hierro oxidado. La tercera habitación, sin embargo, hizo que rosa
se detuviera en seco. En el centro de esa habitación, apoyado contra la pared
del fondo, había un espejo enorme. Tenía un marco de madera tallada con figuras
extrañas, rostros alargados, manos entrelazadas, símbolos que Rosa no
reconocía. El cristal estaba agrietado en forma de estrella desde el centro,
pero aún reflejaba la luz del atardecer con un brillo opaco y fantasmal. “Mamá,
eso es raro”, dijo Lucía desde la puerta sin atreverse a entrar. Rosa se acercó
despacio. El espejo debía medir casi 2 met de alto por uno y medio de ancho.
Estaba cubierto de polvo, pero cuando Rosa pasó la mano por el cristal, sintió un frío intenso que le recorrió el
brazo. Es solo un espejo viejo dijo tratando de sonar tranquila, pero algo
en el fondo de su pecho le decía que ese espejo no era como los demás. Esa noche
acomodaron colchonetas y mantas en el piso de la sala principal. No había electricidad, así que encendieron dos
velas que Rosa había traído en su bolsa. Cenaron tortillas frías y frijoles de
lata en silencio, escuchando los sonidos de la casa, crujidos de madera, el
viento colándose por las rendijas, el ulular lejano de una lechuza. “Mamá!”,
susurró Sofía acurrucándose junto a Rosa. Aquí van a venir los fantasmas.
Rosa la abrazó fuerte. No, mi amor, aquí no hay fantasmas. Solo hay una familia
que va a salir adelante. Pero incluso mientras lo decía, Rosa escuchó algo, un
ruido sordo, como si alguien arrastrara algo pesado en el piso de arriba. Los cuatro niños se tensaron. ¿Qué fue eso?,
preguntó Santiago con voz temblorosa. Mateo se puso de pie. tomando un palo que había encontrado en el patio. “Voy a
revisar.” “No”, dijo Rosa agarrándolo del brazo. “Esperamos hasta mañana.
Puede ser el viento, puede ser una viga suelta.” Pero el ruido volvió a sonar, esta vez
más fuerte, como pasos lentos, deliberados, caminando de un lado a otro
en la habitación del espejo. Y entonces, desde arriba llegó otro sonido, un