El Juicio del Río
Hace veinte años, bajo el pálido sol de la mañana, una joven llamada Adana se encontraba al borde del Puente Lagoon, mirando el océano embravecido e implacable que rugía debajo. Tenía diecinueve años, el corazón pesado por la muerte de su padre, pero agradecida por la mujer que la había criado desde que tenía doce: su madrastra, Obia Jelly. Aquel día, Adana confiaba plenamente en Obia, sin sospechar que esa confianza se rompería en un instante de fría traición.
El padre de Adana había sido un hombre rico, propietario de tres edificios y de una empresa constructora próspera. En su testamento, le dejaba todo a Adana, con Obia como tutora hasta que cumpliera veintiún años. Durante siete años, Obia interpretó a la madrastra perfecta: cocinaba los platos favoritos de Adana, le trenzaba el cabello y alentaba sus sueños. Pero bajo aquellas sonrisas cálidas, la envidia y la codicia crecían en silencio. A medida que se acercaba el vigésimo primer cumpleaños de Adana, el miedo de Obia a perder el control de la fortuna se transformó en obsesión.
Aquel fatídico martes, Obia sugirió visitar a la tía de Adana. La mañana tenía algo extraño: los gestos de Obia eran demasiado calculados, sus sonrisas demasiado amplias. Aun así, Adana aceptó, confiando en la mujer que había sido su familia durante tanto tiempo. La conversación en el coche fue ligera, sobre el futuro de Adana y sus planes para la empresa. Pero al cruzar el Puente Lagoon, Obia detuvo el vehículo, alegando que hacía ruidos extraños. Bajaron, el viento del océano azotándoles el rostro.
De pie junto al borde del puente, Adana sintió un escalofrío. De repente, la voz de Obia se tornó aguda, sus palabras llenas de veneno:
—¿Crees que mereces todo lo que tu padre trabajó? ¿Crees que eres mejor que yo solo por tu sangre? Yo también construí esta vida. Yo sacrifiqué. No permitiré que una niña mimada me lo arrebate todo.
Antes de que Adana pudiera reaccionar, sintió unas manos empujarle la espalda. El mundo giró, el puente se encogía a lo lejos mientras caía hacia las aguas oscuras y heladas.
El océano fue despiadado. Adana luchó por salir a la superficie, los pulmones ardiendo mientras se llenaban de sal. Antes de que la oscuridad la reclamara, vio el rostro de Obia arriba, retorcido de satisfacción. Cuando despertó, tres días después, estaba en un pequeño pueblo pesquero. Un anciano, Papá Okafor, la había encontrado al borde de la muerte, y su esposa, Mamá Okafor, la cuidó hasta que sanó.
Adana fingió no recordar nada. La pareja la llamó “EJ”, que significa “buen viaje”. Pero en el fondo, lo recordaba todo. Simplemente no estaba lista para volver.

Los años en el exilio
Durante cinco años, Adana—ahora EJ—vivió con los Okafor. Aprendió el valor del trabajo duro, ayudando en la pesca y encontrando consuelo en la vida sencilla. Pero cada noche, la imagen de Obia quemaba en su mente. ¿Qué mentiras habría contado sobre su desaparición? ¿Qué había pasado con su herencia?
Pronto supo la verdad: Obia denunció un supuesto secuestro. La policía investigó durante semanas, pero al no encontrar rastro, Adana fue declarada muerta. Obia heredó todo, organizó un funeral con un ataúd vacío y difundió que Adana había huido tras robar a la familia. La mentira destruyó su reputación.
El dolor de EJ se convirtió en resolución. Comenzó a trabajar con una organización de asistencia legal, aprendió sobre derechos de herencia y ahorró cada centavo. Con el tiempo, montó un pequeño negocio de venta de pescado a restaurantes de la ciudad. En los siguientes siete años, contrató a un investigador privado para seguir los pasos de Obia. Descubrió que había vendido dos edificios, vivía con lujos desmedidos y borraba cualquier memoria de Adana.
El rencor se transformó en un plan. EJ estudió administración de empresas y fraudes financieros. Descubrió cuentas ocultas en el extranjero y evasión fiscal. En su décimo año en el exilio, fundó una pequeña constructora bajo su nueva identidad, compitiendo directamente con los negocios de Obia. Cuando finalmente se encontraron en una conferencia, Obia no la reconoció.
Una depredadora desenmascarada
La complacencia de Obia fue reveladora. Lucía joyas que habían pertenecido al padre de Adana, y hablaba con arrogancia, como si la historia estuviera enterrada para siempre. EJ supo entonces que su madrastra no sentía culpa alguna.
Al seguir investigando, halló un patrón escalofriante: Obia había estado casada dos veces antes. Ambos esposos habían muerto en circunstancias sospechosas, poco después de modificar sus testamentos a su favor. La policía había investigado sin éxito. Ahora EJ comprendió que no solo buscaba venganza personal: estaba tras los pasos de una asesina en serie.
Reunió a las familias de las víctimas anteriores, compartió pruebas y construyó un caso sólido que revelaba décadas de crímenes.
El regreso
El jueves lluvioso, exactamente veinte años después de la traición, EJ entró en la oficina central de la empresa de Obia. Vestía un sencillo vestido negro y llevaba un maletín con dos décadas de pruebas. La recepcionista la presentó como posible socia. Obia la hizo esperar una hora, un juego de poder que hubiera intimidado a la joven Adana, pero que solo arrancó una sonrisa irónica a EJ.
Cuando entró en la oficina, encontró a Obia detrás de un escritorio lujoso. Apenas levantó la vista.
—Tiene cinco minutos. Mi tiempo es valioso.
EJ colocó sobre el escritorio una foto de ella con su padre en su cumpleaños número dieciocho. Obia la miró y se quedó helada. El teléfono resbaló de su mano.
—Hola, Obia. ¿Me extrañaste?
El rostro de Obia pasó del shock al miedo, luego a la rabia.
—Esto es imposible. Tú estás muerta. Yo te vi ahogarte. ¡No hay manera…!
—Pero sobreviví —respondió EJ con calma—. Sobreviví a la caída, al océano y a veinte años de espera. La pregunta es: ¿sobrevivirás tú a lo que viene?
Obia comenzó a tambalearse, nerviosa.
—¿Y qué? Sobreviviste. ¿Y qué? No tienes pruebas. Es tu palabra contra la mía. ¿Quién va a creerle a una muerta?
EJ sonrió, sacando un folder grueso.
—Tienes razón en una cosa: Adana murió hace veinte años. Pero EJ ha estado muy ocupada. Registros bancarios, fraudes, reclamaciones ilegales… Y, mi favorito, grabaciones de seguridad del puente el día que me empujaste.
Era un farol, pero Obia no lo sabía. Su rostro palideció.
—¿Qué quieres? ¿Dinero? Te daré más de lo que tu padre dejó. Podemos dividir todo. Solo vete.
EJ recordó los años de lucha, la falsa tumba, las calumnias. Y negó con la cabeza.
—No quiero tu dinero. Quiero justicia. Por mí, y por tus otras víctimas.
Cuando Obia intentó llamar a seguridad, las sirenas policiales sonaron afuera. EJ habló con frialdad:
—Los llamé hace una hora. Vienen por ti: fraude, evasión fiscal, asesinato. Este es tu final.
Los agentes entraron en la oficina. Obia, derrotada, lanzó una mirada de odio puro.
—Has arruinado tu vida también. Veinte años perdidos. ¿Valió la pena?
EJ la miró fijamente.
—Sí. Porque encontré mi vida. La niña que empujaste murió. La mujer que está aquí ganó cada aliento. Y sí, valió la pena.
Epílogo
Las noticias sobre los crímenes de Obia conmocionaron a la ciudad. Sus bienes fueron confiscados, y su nombre se convirtió en advertencia. EJ recuperó su herencia, pero lo más importante fue recuperar su historia. Continuó ayudando a otros, honrando la memoria de los Okafor y de su padre.
El río le había arrebatado mucho, pero también le dio una nueva vida. No regresó solo por venganza: volvió para reclamar su poder, su paz y su voz. Y esa fue una victoria que nadie podría arrebatarle jamás.