El amanecer se levantó lentamente sobre Guadalajara, con una luz dorada deslizándose entre los tejados de teja roja del cerro del Cerro del Cuatro. Élise caminaba despacio por su pequeño departamento en Santa Tere, apoyando una mano sobre su vientre redondo, ya a punto de dar a luz. Cada paso le costaba trabajo, pero a pesar del cansancio, susurró con ternura:
— Resiste, amor mío… ya falta poco, por fin vamos a conocernos.
Marc, en cambio, ya no le dedicaba ni una sola mirada. Desde que comenzó el embarazo, aquel hombre que antes era atento se había transformado en un extraño. Todo le molestaba: el olor de la comida, las noches sin dormir, incluso su respiración cansada. Le hablaba a Élise como si su maternidad fuera una carga inútil.

Una noche, mientras ella doblaba con cuidado la ropita del bebé, él dijo con tono seco: