“ESCONDE A ESE NIÑO, ES EL FUTURO REY”, DIJO EL HOMBRE MISTERIOSO AL ENTREGAR EL BEBÉ A LA CAMPESINA

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Esconde a ese niño. Es el futuro rey. Dijo el hombre misterioso al entregar el bebé a la campesina.La noche caía sobre los campos de Wesex con un silencio tan espeso que ni los grillos se atrevían a cantar.

Amalia terminaba de cubrir el fuego, cuidando que las brasas duraran hasta el amanecer. Sus hijos dormían en el rincón bajo una manta vieja. Afuera, el viento traía olor a lluvia y el sonido lejano del río se confundía con los latidos de su propio corazón. Entonces escuchó el golpe, uno solo, seco en la puerta. Amalia se quedó inmóvil.

A esa hora nadie visitaba una cabaña tan pobre. Tomó la vela del estante y se acercó despacio. El golpe se repitió más suave esta vez como un ruego. ¿Quién llama? Preguntó con voz temblorosa. No hubo respuesta, solo el viento. Dio un paso más y abrió un poco. La neblina entró como un suspiro y en medio de ella un hombre cubierto con un manto negro se inclinaba sosteniendo algo en los brazos.

Por el amor de Dios, dijo él con voz ronca. Escóndelo Amalia retrocedió. La vela titiló entre sus dedos. ¿Quién? ¿Quién es usted? El hombre levantó la vista. Tenía la barba húmeda, los ojos encendidos de cansancio y miedo. En sus brazos, un bebé envuelto en una tela bordada con hilos dorados. No hay tiempo. Escóndelo bien.

Ese niño es el futuro rey. El aire pareció detenerse. Amalia abrió más la puerta sin saber por qué. Él entró dejando caer unas gotas de lluvia sobre el suelo de tierra. El bebé gimió apenas un quejido. Espere. ¿Qué está diciendo? Balbuceó ella. Yo no no puedo, puede, interrumpió el hombre mirando alrededor. Ya los buscaron en la aldea. Pronto vendrán aquí.

Si alguien pregunta, usted no ha visto a nadie, ¿entiendes? Amalia asintió sin entender nada. El hombre dejó al niño sobre la mesa cubriéndolo con la manta. El bordado era fino, real, imposible en manos de un campesino. ¿Quién lo busca?, preguntó ella. Los que quieren el trono. El hombre se giró hacia la puerta. Si lo hallan, Inglaterra arderá del amanecer.

El bebé volvió a llorar. Amalia lo tomó sin pensarlo, como si sus brazos supieran lo que su mente aún no comprendía. Sintió el calor del pequeño cuerpo, el corazón latiendo rápido. ¿Cómo se llama? El hombre dudó. Edward. Pero no lo diga a nadie. Amalia trató de verlo a los ojos. Pero él ya se alejaba. Espere.

¿Quién es usted? El caballero solo alcanzó a decir, “Un hombre que ya ha fallado una vez. No puedo fallar de nuevo.” Y se perdió en la neblina. El silencio volvió. Pesado, real. Amalia se quedó mirando la puerta abierta sin saber si todo había sido un sueño. Luego miró al bebé. Dormía.

La manta, aunque sucia por el viaje, conservaba un brillo dorado que no dejaba lugar a dudas. Respiró hondo, cerró la puerta, echó el cerrojo y se recargó en la pared. No entendía nada, pero algo dentro de ella le decía que aquel niño estaba destinado a más que a morir de frío en la niebla. “Dios mío”, susurró, “¿En qué me he metido?” Toda la noche se quedó despierta. Afuera, los perros del pueblo ladraban como si olfatearan un secreto.

Al amanecer, el sol apenas se filtraba por la rendija del techo. Amalia trató de comportarse con normalidad, dio de comer a sus hijos, puso agua a hervir y escondió al bebé en una cesta bajo trapos y leña. Cuando el llanto amenazó con delatarlo, lo meó con la mano temblorosa y tarareó una vieja canción de cuna. Calla, pequeño, no te oirán. El sonido de cascos la hizo estremecerse.

Miró por la ventana. Cuatro soldados cabalgaban hacia las cabañas del pueblo. Sus armaduras brillaban con el reflejo del sol débil. Detrás de ellos, un hombre con capa roja revisaba las casas una por una. Golpearon la puerta de su vecina, luego la siguiente. Amalia sintió el sudor frío correrle por la espalda.

Niños, susurró, no digan una palabra. Los pasos se acercaron. Tres golpes resonaron en su puerta. Por orden del reino dijo una voz grave. Abrid. Amalia tragó saliva, respiró hondo y abrió. Buenos días, señora, dijo el hombre de la capa roja. Buscamos a un viajero, un caballero con manto oscuro.

Lo ha visto señor, respondió con la voz más tranquila que pudo. Aquí no llega nadie, ni de día ni de noche. El hombre la observó con atención. Sus ojos recorrieron el interior de la casa, los rincones, el suelo. Uno de los soldados entró sin permiso y levantó la manta donde dormían sus hijos. Ellos, asustados, se abrazaron. Solo son mis niños, señor”, dijo Amalia. El mayor se llama Thomas, la pequeña Helen.

El hombre asintió sin decir nada, caminó hacia la mesa y tomó un trozo de pan duro. Lo olió, lo partió en dos, pan de campesino, murmuró, nadie podría esconder algo valioso en un lugar como este. De pronto, un llanto se oyó desde el rincón del horno. Amalia sintió que el corazón se le salía del pecho. El soldado dio un paso en esa dirección.

¿Qué fue eso? Mi sobrino, dijo ella rápido. El hijo de mi hermana me lo encargó porque está enferma. ¿Puedo verlo? Está dormido, señor. Tiene fiebre. Si lo despierta, llorará toda la tarde. El soldado dudó. El hombre de la capa roja levantó una ceja como si quisiera probarla. Luego hizo un gesto y todos salieron.

Si ve a alguien con manto negro, avísenos.” dijo antes de montar su caballo. “El reino lo recompensará.” Amalia asintió sin levantar la vista. Cuando el sonido de los cascos se perdió entre los árboles, sus piernas flaquearon. Se arrodilló cubriendo el rostro con las manos. El bebé seguía llorando ajeno a todo. “Sh, ya pasó, pequeño, ya pasó.

” Pero no había pasado nada. En el pueblo comenzaron los rumores. Algunos decían que el rey estaba al borde de la muerte, otros que un niño de sangre real había desaparecido durante la noche. Los hombres hablaban en voz baja en la taberna. Las mujeres murmuraban al sacar agua del pozo. Todos sabían que algo grande estaba por estallar.

Amalia intentaba seguir su vida, cuidaba su huerto, hacía pan, cambiaba el agua de las gallinas, pero cada ruido la sobresaltaba, cada sombra en el camino le parecía una amenaza. El bebé crecía rápido. Sus ojos, azules como el cielo de invierno, la miraban con una calma extraña. Ella lo alimentaba con leche de cabra, lo envolvía en una manta vieja y lo escondía bajo la cama cuando escuchaba pasos.

Una tarde, mientras recogía leña, doña Hester, la anciana del pueblo, se acercó apoyada en su bastón. Amalia, hija! Dijo con voz ronca, no duermes bien. Tienes el rostro pálido. ¿Qué guardas ahí dentro? Nada, señora, respondió forzando una sonrisa. Solo mis preocupaciones. He visto hombres rondando tu casa por la noche. No son del pueblo. La anciana la miró fijamente.

Ten cuidado con lo que escondes. No hay secreto que el bosque no repita. Amalia sintió un escalofrío. Gracias por su aviso, doña Hester. No me agradezcas. Si llega la guerra, nadie estará a salvo. Ni los que tienen coronas, ni los que solo tienen hambre. La anciana se alejó arrastrando el bastón entre las hojas secas.

Amalia se quedó inmóvil mirando la línea del bosque. El viento soplaba distinto esa tarde, como si llevara un mensaje que no podía entender. Al caer la noche, acostó a sus hijos y encendió el fuego. El bebé dormía tranquilo en su cuna improvisada. Ella se sentó a su lado agotada pensando en el caballero de la neblina, quién era en realidad, por qué la había elegido a ella.

El sonido de los grillos la arrullaba cuando escuchó un golpe suave, no en la puerta, sino debajo de ella, como si alguien hubiera arrojado algo contra la madera. Se levantó despacio, tomó la vela y abrió. No había nadie, solo la bruma del bosque y el silencio del campo. Bajó la mirada. Una hoja de papel estaba doblada en el suelo.

No tenía sello ni firma. Al abrirla, leyó una sola línea escrita con letra firme. Sabemos lo que escondes. El papel le tembló entre los dedos. Afuera, el viento sopló más fuerte y el llanto del bebé rompió el silencio justo cuando los cascos de los caballos regresaron hacia su puerta. Amalia apagó la vela con un soplo rápido y corrió hacia la cuna.

El bebé lloraba con fuerza, el sonido rebotando contra las paredes de madera. Afuera, los cascos se detuvieron. Escuchó voces, luego el crujido de la puerta del corral. Su corazón latía tan rápido que temió que los soldados pudieran oírlo. “Tomas, susurró sacudiendo al hijo mayor. Despierta y cuida a tu hermana. Si tocan la puerta, no digas nada.

” El niño asintió aún medio dormido. Amalia tomó al bebé, lo envolvió en un saco de harina y lo escondió bajo el banco donde guardaba la leña. Le puso encima un paño y respiró hondo. Por favor, no llores ahora, por favor. Tres golpes fuertes sonaron en la puerta. Esta vez no había duda. Venían por ella. Abra, campesina, ordenó una voz seca.

Traemos órdenes de registrar todas las casas. Amalia abrió fingiendo sorpresa. Otra vez, señor. Ya vinieron hoy en la mañana. Nuevas instrucciones. Hay informes de un caballero herido que podría haber pasado por aquí. El hombre que hablaba era diferente, alto, con una cicatriz en la mejilla y una mirada que no admitía preguntas.

Detrás de él, tres soldados esperaban con antorchas. “Puede mirar”, dijo Amalia fingiendo calma. Pero mis hijos están dormidos. El hombre entró sin pedir permiso. Empujó una silla, revisó el horno, levantó los mantos. Uno de los soldados pateó un costal. El bebé hizo un sonido ahogado, apenas un quejido.

Amalia se adelantó y fingió tropezar, derramando agua del cubo sobre el suelo. Perdón, perdón, gritó. No quería mojarle las botas, señor. El hombre retrocedió fastidiado. “Tengan cuidado”, dijo a los suyos. “No quiero perder más tiempo.” Cuando salieron, Amalia contuvo la respiración hasta que los cascos se perdieron otra vez en el camino.

Cerró la puerta y cayó de rodillas. El bebé lloró con fuerza y ella lo tomó presionándolo contra su pecho. Tranquilo, Edward, ya se fueron. Esa noche no durmió. se quedó junto al fuego pensando en la nota, en los soldados, en el caballero que había desaparecido sin dejar rastro. Afuera, la luna se escondía entre las nubes y el bosque parecía observarla.

Al amanecer, decidió actuar como si nada hubiera pasado. Fue al pozo a buscar agua con el bebé envuelto como si fuera leña. Allí se encontró con Margaret, su vecina, una mujer habladora que siempre sabía más de lo que debía. ¿Supiste? le dijo en voz baja. Hallaron un cuerpo en el río. Dicen que era un caballero. Amalia apretó la cuerda del balde. Un caballero. Sí, con un manto oscuro.

No traía espada ni sello. Los hombres del duque lo buscan. Tal vez era un ladrón, dijo Amalia tratando de sonar indiferente. O tal vez no. Margaret se inclinó un poco. Dicen que una viuda lo ayudó a escapar. Amalia fingió sonreír. Siempre hay historias en este pueblo. Pues ten cuidado, Amalia.

Si los soldados creen que fuiste tú, no tendrás donde esconderte. Volvió a casa con el corazón apretado. El bebé dormía en la cesta. Tranquilo. Lo miró y se preguntó qué culpa podía tener una criatura tan pequeña para que tantos quisieran encontrarlo. Pasaron los días, los rumores crecían. En el mercado se hablaba de una guerra que se acercaba. El rey estaba muy enfermo y su hermano, el duque de Northwell, exigía el trono.

Las aldeas vecinas ardían. Nadie sabía en quién confiar. Amalia mantenía su rutina. Aaba pan, cuidaba de sus hijos, alimentaba al bebé. A veces pensaba en entregarlo, pero bastaba verlo dormir para que el valor se le escapara. Una tarde lluviosa, mientras acomodaba leña junto al fuego, alguien golpeó la puerta. Tres toques secos. No eran los soldados.

¿Quién es?, preguntó. Un amigo. Dijo una voz ronca del otro lado. Necesito hablar con usted, Amalia dudó. La voz le resultaba extrañamente familiar. No abro a desconocidos. Entonces, dígale al niño que llora que se calle. dijo la voz con tono bajo. Lo escuché desde el camino. El corazón de Amalia se detuvo.

Abrió la puerta un poco y el viento trajo el olor a barro y sangre. Frente a ella había un hombre cubierto por una capa empapada, la barba crecida, la mirada perdida. “Por fin la encuentro”, dijo. “Soy yo el que le dejó al niño.” Amalia dio un paso atrás. No puede ser. Lo creí muerto. Casi lo estuve. se apoyó en el marco de la puerta.

Me hirieron en el bosque, pero logré escapar. ¿Qué quiere ahora? Protegerlo. Miró hacia la cesta donde el bebé dormía. No está a salvo aquí. Amalia lo observó con desconfianza. Había algo distinto en él. Su voz, su forma de moverse, incluso su mirada. No me dijo su nombre. S. Rowan respondió. Juré proteger al príncipe Edward con mi vida. Y lo haré. Ella lo dejó entrar, aunque no bajó la guardia. Ran se sentó junto al fuego temblando de frío.

Amalia le ofreció un trozo de pan y un paño limpio. Los soldados vinieron dos veces, le dijo ella. Dejaron una nota. Alguien sabe que lo escondo. Rowan asintió. Los espías del duque están en todas partes. Pagará por la cabeza del niño más que por una espada de oro. ¿Y usted por qué arriesga la suya? Preguntó ella.

Podría huir porque juré proteger a su padre”, dijo él con voz baja. “Y porque fallé una vez, no volveré a hacerlo.” El fuego iluminó su rostro cansado. Amalia lo observó. Había algo en su mirada, un peso viejo, una culpa que no entendía. “¿Y qué haremos ahora?”, preguntó ella.

“Esperar”, respondió Ranasta que sepamos si el rey vive o muere. Si muere, habrá guerra. Si vive, el niño deberá ser llevado al castillo. Y mientras tanto, mientras tanto, nadie debe saber que él está aquí. Ni su vecina, ni sus hijos, nadie. Amalia lo miró fijamente. Mis hijos no hablarán y yo tampoco, pero necesito saber algo.

¿Por qué a mí? ¿Por qué dejarme un niño que no es mío? Rowan respiró hondo. Porque usted era la única puerta abierta esa noche. Amalia bajó la mirada. A veces el destino se decidía en un golpe en la puerta. Durante los días siguientes, Rowan se quedó en la cabaña, reparó el techo, cortó leña, ayudó a los niños. No hablaba mucho, pero su presencia hacía que Amalia durmiera un poco más tranquila.

Una noche, mientras el viento golpeaba las paredes, él se acercó al fuego con una expresión seria. Alguien ha estado observando la casa”, dijo. “Vi huellas en el barro recientes, espías quizá o alguien del pueblo que quiere ganar una recompensa.” Amalia se abrazó los brazos.

¿Qué pasará si nos descubren? Entonces huiremos. Pero no esta noche. El bebé empezó a llorar. Amalia lo tomó en brazos. Rowan se quedó mirándola en silencio. “Tiene buen corazón”, dijo él. El corazón no alimenta a los niños”, respondió ella, ni evita que los maten. Él sonrió con tristeza. “Tal vez no, pero los mantiene humanos.

” Amalia quiso responder, pero el sonido del viento cambió. Era un silvido como pasos arrastrándose fuera. Rowan se levantó rápido, tomó un palo del fuego y se acercó a la ventana. “No salga”, ordenó. Ella se quedó quieta con el bebé contra el pecho. Rowan salió y desapareció en la oscuridad. El tiempo pasó lento. Afuera se oyeron murmullos, un crujido, luego silencio.

Cuando por fin regresó, tenía las botas cubiertas de barro. ¿Quién era?, preguntó ella. Nadie, solo un siervo. Pero sus ojos decían otra cosa. A la mañana siguiente, Amalia lo vio alejarse hacia el bosque. Dijo que iría al río por agua, pero tardó horas. Cuando volvió, traía una mirada distante. ¿Dónde estuvo?, preguntó ella. Caminando. Necesitaba pensar. Esa noche Amalia despertó al escuchar murmullos.

se levantó despacio y vio la silueta de Ran frente a la puerta hablando con alguien en voz baja. No alcanzó a ver quién, pero el tono era tenso. No, ahora decía Rogan. Ella no sospecha. Amalia se cubrió la boca, esperó a que el otro hombre se fuera y regresó a su cama fingiendo dormir.

Cuando Rowan entró, el olor a humo y hierro lo delató. Al amanecer actuó como si no supiera nada. preparó pan, dio de comer a las gallinas, cuidó al bebé, pero por dentro sentía el corazón hecho un nudo. “Voy al río”, dijo ella. Rowan asintió sin levantar la vista. Amalia caminó entre los árboles sin rumbo. El aire olía humedad y miedo.

Vio huellas de botas recientes, las mismas que había mencionado él. Se agachó, las tocó. No había duda, eran dos pares, uno grande y otro más pequeño. Corrió de regreso. Al llegar vio el humo de su chimenea. Todo parecía igual, pero algo había cambiado. Los pájaros no cantaban. Rowan la esperaba en la puerta. No debería salir sola dijo con voz firme.

Hay gente rondando. Lo sé, respondió ella. Vi las huellas. Dos hombres. Uno estuvo aquí anoche. Rowan frunció el ceño. No sé de qué habla. Claro que lo sabe. Lo escuché. Hablaba con alguien. Dijo que yo no sospechaba. El silencio cayó entre los dos. Rowan apretó los puños. No es lo que piensa. Entonces, ¿qué es? Un trato un precio por el niño. Él la miró dolido.

Yo jamás vendería al príncipe. ¿Y cómo puedo creerle? Dijo Amalia. No lo conozco. No sé quién es realmente. Rowan dio un paso hacia ella, pero Amalia retrocedió. Si me miente, lo sabré, dijo ella, y si intenta lastimarnos, lo lamentará. Rogan bajó la cabeza. No haría eso, Amalia. No podría. Esa noche llovió con fuerza. Los truenos retumbaron sobre el techo de paja.

Amalia no pudo dormir. Tomó al bebé y lo mantuvo junto a ella. A medianoche escuchó el crujido de la puerta. Rowan estaba ahí con una lámpara en la mano. ¿A dónde va?, preguntó ella. A vigilar, respondió él. No quiero que nos sorprendan. Amalia se levantó y lo siguió hasta la puerta. Si cruzas esa puerta, morirán todos. Amalia se quedó helada frente a la puerta abierta.

Afuera, la lluvia caía como una cortina. El barro se mezclaba con las sombras y el viento apagaba casi todas las lámparas. Rowan seguía ahí empapado, con la mirada fija en ella, como si le hablara no con amenaza, sino con miedo. “¿Qué dijiste?”, preguntó ella con la voz apenas audible.

“Que si cruzas esa puerta morirán todos.” Su tono era firme, pero los ojos le temblaban. No te estoy amenazando, te estoy advirtiendo. Amalia apretó los brazos del bebé. ¿Quién te dijo eso? Tus amigos. El hombre con quien hablabas anoche. Rowan suspiró mojado de pies a cabeza. Ese hombre me traicionó. Intentaba convencerme de entregar al niño.

Dijo que había oro suficiente para empezar una nueva vida lejos de aquí, pero no lo hice. Y yo debo creerte. Amalia levantó la barbilla después de mentirme desde que llegaste. No te mentí. Rowan se acercó un paso. No te conté todo, pero eso no es lo mismo. Ella retrocedió sosteniendo la lámpara como si fuera un arma. No te acerques, Amalia. Su voz se quebró.

Si quisiera hacerte daño, ya lo habría hecho. Pero no es así. Por un momento solo se escuchó la lluvia golpeando el techo. El bebé se movió, lloró un poco y el sonido quebró el aire como una súplica. Entonces, dime la verdad, dijo Amalia bajando un poco la lámpara. ¿Quién eres en realidad? Rowan respiró hondo. Fui caballero del rey Richard. Juré proteger a su linaje.

Cuando el duque se reveló, el castillo ardió. Mi deber era sacar al niño, pero no llegué a tiempo. Lo tomé de brazos de una sirvienta moribunda y huí. Desde entonces me persiguen por traidor. Amalia lo miró largo rato buscando una mentira en su voz, pero lo único que vio fue culpa. Y viniste a mí solo porque estaba cerca, porque eras la única puerta abierta.

La voz de Rowan era apenas un susurro. Y porque me recordaste a alguien. Ella quiso preguntar a quién, pero no lo hizo. La lluvia siguió cayendo con furia. No puedo seguir así, dijo al fin. No puedo vivir con miedo cada noche. Entonces déjame ayudarte. Rowan dio un paso más. Si te quedas, te enseñaré a defenderte.

Si decides huir, te escoltaré hasta un lugar seguro. Pero no lo hagas esta noche. Hay ojos en el bosque. Amalia bajó la mirada. Su instinto le decía que confiara, aunque su mente aún dudaba. “Está bien”, dijo. “Una noche más.” Rowan asintió y cerró la puerta. Afuera, el viento siguió rugiendo. Los días siguientes pasaron lentos, pero distintos.

Rowan no volvió a mencionar su conversación secreta. Pasaba las mañanas reparando la cerca y las tardes enseñando a Tomas a cortar leña. A veces, cuando creía que nadie lo veía, se quedaba mirando al bebé dormir con una ternura que no coincidía con su rudeza. Amalia seguía atenta. No podía permitirse bajar la guardia.

Sin embargo, cada vez que lo veía trabajar bajo el sol, cada vez que lo oía reír con los niños, algo dentro de ella empezaba a cambiar. Una tarde, mientras recogía agua en el pozo, doña Gester apareció otra vez. Su bastón golpeaba la tierra con ritmo lento. “Así que ya tienes compañía”, dijo sin saludar. “Un viajero herido. Solo eso. No hay solo eso en tiempos de guerra.

” La anciana la observó con ojos sabios. “Hay hombres que traen paz y otros que traen desgracia. Cuida bien de cuál tienes en tu casa.” Amalia tragó saliva. No todos los hombres son iguales. No, pero todos esconden algo. La anciana se alejó sin mirar atrás.

Amalia la siguió con la vista hasta que desapareció entre los árboles. Esa noche, mientras el fuego crepitaba, Rowan se sentó frente a ella. ¿Qué te dijo la vieja? Preguntó. Nada que no sepa ya. Seguro te advirtió de mí. Amalia lo miró con una media sonrisa. Y si lo hizo, entonces te diría que tiene razón. No soy un santo, Amalia. He hecho cosas que no puedo borrar, pero proteges a un niño.

Eso dice algo. Rowan bajó la mirada. No lo hago por honor, lo hago por redención. Ella no supo qué responder. El fuego lanzaba destellos naranjas sobre sus rostros y por un momento el silencio se volvió más íntimo que cualquier palabra. Al día siguiente, Rowan salió temprano. Dijo que iba a cazar. Amalia lo vio desaparecer entre los árboles con la capa oscura ondeando detrás de él.

Las horas pasaron. La tarde se volvió gris. Empezó a inquietarse. Cuando finalmente escuchó pasos acercarse, corrió hacia la ventana. Pero no era Rowan, eran dos hombres montados, vestidos con ropas de la nobleza. Por favor, no ahora murmuró. Golpearon la puerta. Buenas tardes, señora dijo uno con voz amable.

Somos enviados del duque de Northwell. Buscamos a un hombre llamado Rowan. Ha pasado por aquí. Amalia negó con la cabeza. No conozco a nadie con ese nombre. ¿Estás segura? El otro sacó una bolsa y la agitó. Sonó el tintineo de monedas. Recompensa por cualquier información. No tengo nada que decirles. El primero la miró fijamente.

¿Y ese llanto? Amalia sintió un nudo en la garganta. Mi sobrino, huérfano desde hace unos meses. Puedo verlo está dormido. El hombre sonríó con falsedad. No nos tomará mucho. Empujó la puerta y entró. El otro lo siguió. Amalia se interpuso. No puede entrar. Tranquila, campesina. El hombre se acercó a la cuna.

En ese instante, un ruido afuera los distrajo. Cascos. Un caballo trotando. El bebé lloró. Amalia aprovechó el momento, agarró la olla del fuego y la volcó. El agua hirviendo cayó al suelo soltando vapor. “Cuidado!”, gritó uno retrocediendo. Amalia tomó al bebé y corrió al rincón. Los hombres salieron maldiciendo.

Desde fuera, la voz de Rowan resonó. Déjenla en paz. El sonido del metal chocando llenó el aire. Los hombres huyeron al escuchar su grito y el caballo relinchó. Rowan entró empapado, jadeando, con el cabello pegado a la frente. ¿Estás bien? Amalia asintió temblando. Vinieron por ti. Lo sé. Los vi en el camino. Te dije que había ojos sobre nosotros.

Amalia apretó al bebé contra su pecho. Tenemos que irnos, Rowan. Él la miró respirando con dificultad. Sí, pero no ahora, cuando la noche caiga. Esperaron. Cuando el cielo se tiñó de negro, Rowan encilló el caballo. Amalia preparó una bolsa con pan y mantas. Thomas y dormían ajenos a la urgencia. ¿Y mis hijos? Preguntó ella, vendrán contigo.

No los dejaré atrás. Amalia los cargó medio dormidos y los subió al carro. El bebé iba envuelto en su manta. El viento era helado y la luna apenas asomaba. ¿A dónde iremos?, preguntó ella mientras avanzaban. Al norte. Hay un monasterio escondido entre montañas. Allí el niño estará seguro. La carreta se movía por el camino embarrado.

Atrás quedaba la cabaña, su vida, sus miedos. Pero al mirar el bosque oscuro, Amalia supo que el peligro no los había dejado. De pronto, un relincho. Rogan detuvo el caballo y bajó mirando hacia los árboles. ¿Qué pasa?, preguntó ella. Alguien nos sigue. Antes de que pudiera responder, una sombra cruzó el camino.

Una flecha se clavó en el tronco junto a ellos. “Agách!”, gritó Ran. Los niños se cubrieron. El caballo se agitó. Rowan tomó las riendas y azotó la cuerda. El carro se lanzó hacia adelante. “Nos alcanzan!”, gritó Amalia. “Sujétense fuerte.” El carro saltaba sobre el barro. El bebé lloraba.

El ruido de los cascos detrás se hacía más fuerte. Rowan giró por un sendero angosto. Las ramas golpeaban las ruedas. De pronto, un relámpago iluminó todo. Había un puente adelante, viejo, de madera. No aguantará el peso”, dijo Amalia. “No hay otra opción.” Cruzaron las tablas, crujieron detrás, los perseguidores se detuvieron. Rowan volteó y vio sus siluetas perderse en la oscuridad.

Cuando por fin se detuvieron, Amalia temblaba. “No podemos seguir así”, dijo ella. “Lo sé, pero ahora no hay vuelta atrás.” El bebé seguía llorando. Rowan lo tomó con cuidado, lo meció un poco y el niño se calmó. Amalia lo miró sorprendida. Nunca imaginé que supieras hacerlo. Hace años cuidé a un sobrino dijo él casi sonriendo.

No era bueno en eso, pero aprendí. Amalia se relajó por primera vez en días. Durmieron unas horas en una vieja choza junto al camino. Cuando el sol salió, un humo distante subía desde el pueblo. Amalia lo vio con los ojos llenos de lágrimas. Es mi casa. Rowan la tomó del hombro. No puedes volver. Ya no hay nada allí. Ella asintió apretando los labios.

¿Qué haremos ahora? Rowan miró el horizonte. Seguir adelante hasta que encontremos un lugar donde nadie sepa quiénes somos. Amalia cargó al bebé. lo cubrió con la manta. En el borde del tejido vio un pequeño emblema que no había notado antes, una corona diminuta bordada con hilo rojo. ¿Qué significa esto? Rowan se tensó. El sello del linaje real.

Solo la reina lo usaba. Amalia lo miró en silencio. Entonces es verdad, este niño es sangre de reyes. Rowan asintió. y por eso nunca estará a salvo. El viento sopló fuerte entre los árboles. Amalia apretó al bebé contra su pecho, como si quisiera protegerlo del mundo entero. De pronto, un ruido los hizo girar.

A lo lejos, entre el humo, una figura montada los observaba inmóvil. Su capa ondeaba y el emblema del sol real brillaba en el pecho. Rowan se quedó pálido. No puede ser. Amalia lo miró sin comprender quién es. Rowan tragó saliva sin apartar la vista. El mismo caballero que me entregó al niño aquella noche.

El caballo relinchó inquieto y la figura al otro lado del humo se acercó despacio. Rowan bajó la vista un instante, como si el pasado entero le cayera encima de golpe. No puede ser, repitió en voz baja. Amalia sostuvo al bebé más fuerte. ¿Lo conoces? Sí. Rowan respiró hondo. Es Siraldrick, era mi superior. El hombre que debió morir esa noche. No yo. La figura desmontó.

Caminaba con seguridad, sin prisa, con el casco bajo el brazo y los ojos fijos en ellos. Su voz sonó grave, casi amable. Rowan, pensé que los cuervos te habían terminado. No soy fácil de enterrar, contestó él tenso. Aldrick miró a Amalia y luego al bebé. Así que aquí está. El rumor era cierto. El heredero sigue vivo.

Amalia retrocedió un paso. No se acerque. Aldrick sonrió con una calma que helaba la sangre. Tranquila, buena mujer. No vine a hacerles daño. No te creo. Dijo Rowan. Tú mismo querías entregarlo al duque y todavía podría hacerlo. Pero no vine por oro, vine por justicia. Rowan lo encaró. Justicia.

Dejaste morir al rey. El rey me ordenó salvar su sangre, no su trono”, replicó Aldrick. Si hubiera querido, ya habría enviado tropas aquí. Amalia los miraba sin entender del todo, solo percibía la tensión. El aire cortado en dos entre ambos. ¿Qué quiere de nosotros?, preguntó al fin. El niño no puede seguir aquí. Aldrick señaló el bosque.

Los hombres del duque están a un día de camino. Los aldeanos les han hablado de una mujer con un bebé extraño. Si se quedan, los encontrarán. ¿Y por qué deberíamos creerle? Dijo Rowan. Aldrick lo miró con una mezcla de lástima y desprecio. Porque todavía me debes la vida. Rowan apretó la mandíbula. No volveré a seguir tus órdenes. No son órdenes.

Es una advertencia. El silencio fue largo. El viento movió las ramas. El caballo resopló. Finalmente, Aldrick suspiró. Les daré un consejo. Esta noche, antes del amanecer, huyan al este. Hay un río que marca el límite de las tierras del duque. Si cruzan, estarán a salvo. ¿Y usted?, preguntó Amalia desconfiada. Yo distraeré a los hombres que vienen.

Aldrick la miró con una especie de respeto. No lo hago por ustedes, lo hago por él. Señaló al bebé. Ese niño es todo lo que queda de Inglaterra. Amalia quiso agradecer, pero Rowan la tomó del brazo. No confíes en él. No es la primera vez que promete salvar a alguien. Aldrick montó de nuevo.

Créanme o no, pero muévanse antes de que el sol salga. No todos los que los buscan lo harán con palabras. y desapareció en la neblina, igual que el primer caballero aquella noche. Amalia miró a Rowan. ¿Qué haremos? No lo sé, pero si lo que dijo es cierto, debemos movernos pronto. Y si es una trampa, entonces moriremos en el camino. Pero si nos quedamos, moriremos aquí.

Esa noche empacaron lo poco que quedaba. Pan duro, una manta, agua. Thomas y Helen se despertaron asustados. ¿Otra vez vamos a correr?”, preguntó Thomas. “Solo un poco más, hijo”, dijo Amalia. “Luego descansaremos.” El niño asintió confiando ciegamente. El bosque era un laberinto de sombras.

El viento se colaba entre las ramas y cada crujido hacía que Amalia mirara hacia atrás. Rowan caminaba al frente con una antorcha en la mano. “¿Seguro que es por aquí?”, preguntó ella. lo suficiente para alejarnos del pueblo. Hizo una pausa. No me gusta confiar en Aldrick, pero su advertencia tiene sentido. Caminaron hasta que el cielo empezó a aclarar.

Un arroyo corría entre las piedras y más allá se escuchaba el rumor de un río mayor. Debe ser el que mencionó. Dijo Rowan. Amalia miró el agua. Y si cruzamos y no encontramos nada del otro lado, entonces inventaremos algo. Rowan le sonrió apenas. No sería la primera vez que improvisamos. El bebé lloró. Amalia lo acunó en silencio. De pronto, un silvido cortó el aire. Una flecha se clavó en el tronco junto a ellos. Al suelo gritó Rowan.

Amalia cayó cubriendo a los niños. Rowan corrió hacia un arbusto buscando la dirección del disparo. Dos hombres aparecieron de entre los árboles con ropas del duque. “Entréguenlo!”, gritó uno. Rowan se lanzó sobre él. El golpe fue rápido, cuerpo contra cuerpo, un ruido seco. El otro intentó atacar, pero Rowan lo empujó al agua.

En segundos, el río se tragó el grito. Amalia cerró los ojos un momento. Cuando los abrió, Rowan respiraba agitado, el rostro salpicado de barro. “Tenemos que irnos ya”, dijo. “¿Habrá más?” Cruzaron el río con el agua hasta las rodillas. El frío era tan intenso que los niños lloraban. Amalia los animaba mientras apretaba al bebé contra su pecho.

Al llegar al otro lado, cayeron exhaustos. El amanecer apenas despuntaba. Rowan se sentó mirando hacia el bosque. Aldrick cumplió. Dijo en voz baja. Los entretuvo el tiempo justo. ¿Y ahora? preguntó Amalia temblando. Ahora seguimos hasta encontrar refugio. Pero primero descansa. Ella lo miró dudando.

¿Por qué haces todo esto, Rowan? Él no respondió de inmediato. Se quitó la capa y la colocó sobre ella y los niños. Porque nadie me salvó a mí cuando lo necesité. El silencio volvió, solo roto por el murmullo del agua. Horas después, cuando el sol ya estaba alto, reanudaron el camino. Pasaron por campos abandonados y aldeas vacías.

El hambre empezaba a pesar. No tenemos más pan, dijo Amalia. Encontraré algo, respondió Rowan. La dejó con los niños y se internó en el bosque. Tardó en volver. Cuando lo hizo, traía un conejo y unas raíces. Amalia preparó un pequeño fuego. ¿Cómo sabías dónde buscar?, preguntó ella.

Aprendí a sobrevivir solo”, dijo él sonriendo apenas. “El hambre enseña rápido. Comieron poco.” El bebé dormía tranquilo y por un momento todo pareció en calma, pero esa calma era frágil. Esa noche, cuando todos dormían, Amalia se despertó al escuchar un crujido. Se levantó y vio que Rowan no estaba afuera, el bosque era oscuro, pero se alcanzaban a ver destellos de fuego a lo lejos.

Caminó en silencio hasta un claro y lo vio. Rowan hablaba con alguien. El otro hombre llevaba una capucha. No podía escuchar todo, pero distinguió palabras sueltas. Oro, entregarlo. Mañana. El corazón le dio un vuelco. Se escondió tras un árbol esperando entender más, pero de pronto el extraño se giró. Amalia alcanzó a ver su rostro bajo la luz del fuego.

Era el mismo soldado que había golpeado su puerta semanas atrás. Se cubrió la boca para no gritar y retrocedió despacio hasta la choza. Cuando Rogan volvió, fingió dormir, pero en su mente todo giraba. La traición, el engaño, el miedo. Al amanecer preparó el desayuno sin decir palabra. Rowan intentó hablar, pero ella evitó su mirada. Debemos movernos”, dijo él.

“¿Hacia dónde?”, preguntó ella con voz seca. “Hacia el norte. Allí no llega el duque. ¿Y si alguien nos espera?” Lo miró directo. “¿Y si alguien ya sabe que llevamos al niño?” Rowan se tensó. “¿Por qué lo dices así?” “Porque tal vez tú mismo se lo dijiste.” Él la miró sorprendido, casi herido.

“¿Qué estás diciendo?” “Te vi anoche”, dijo ella. Hablabas con un soldado. Escuché la palabra oro. Rowan se llevó las manos a la cabeza. No era lo que crees. Ese hombre me buscó. Quería que entregara al príncipe. Me ofreció dinero, pero lo rechacé. ¿Y cómo puedo saberlo? Porque si aceptara no estarías viva ahora.

La respuesta la dejó sin palabras. Amalia, mírame, dijo él con voz baja. No quiero tu desconfianza, pero entiendo que la tengas. Solo te pido una cosa, no te alejes de mí esta noche, no hasta que salgamos del bosque. Ella asintió, pero la duda no se fue. Avanzaron durante todo el día. El sol bajaba y el cansancio pesaba más que el miedo. El bebé apenas lloraba ya agotado.

Falta poco, dijo Rowan. Hay un molino abandonado más adelante. Podemos quedarnos ahí. Llegaron al anochecer. El molino estaba en ruinas, pero servía como refugio. Dentro el olor a humedad los envolvía. Amalia acostó a los niños. Rowan avivó el fuego. No puedo dormir, dijo ella. Tampoco yo. ¿Crees que Aldrick sigue vivo? Si lo está, nos encontrará. Y si no, otros lo harán.

El silencio los cubrió un momento. Luego Amalia se levantó. Voy a buscar agua al arroyo. Rowan se incorporó. No vayas sola, solo serán unos pasos. Tomó la jarra y salió. La noche era fría y el agua brillaba bajo la luna. Se agachó, pero algo detrás de ella crujió. Rowan preguntó. Nadie respondió. Volvió a mirar al molino. Una luz se movía adentro.

Corrió con el corazón en la garganta. Desde la puerta vio dos siluetas. Una era Rowan, la otra, el mismo hombre encapuchado de la noche anterior. Antes de que pudiera gritar, el hombre levantó algo brillante. Rowan se giró, lo empujó y la figura cayó. Amalia se quedó inmóvil temblando. Rowan respiraba con dificultad, mirando el cuerpo en el suelo. Era él, dijo el espía.

El cuerpo no se movía. Amalia dio un paso atrás horrorizada. ¿Qué hiciste? Nos salvé. Si no lo detenía, hoy mismo habría ido por refuerzos. Amalia cubrió al bebé con la manta, sin saber si llorar o gritar. Rowan se acercó a ella empapado de sudor con la voz temblorosa. Créeme, Amalia, no tenía elección. Ella lo miró con miedo y rabia a la vez.

Siempre hay elección. Él bajó la cabeza. Tal vez tengas razón, pero ya no hay vuelta atrás. El viento sopló con fuerza y apagó casi todas las llamas. Afuera, entre el rumor del río, se escuchó un sonido de cascos que se acercaba lentamente. El ruido de los cascos se volvió cada vez más claro.

Rogan apagó lo que quedaba del fuego con el pie y le hizo una seña a Amalia para que se quedara atrás. Ella abrazó al bebé y empujó a sus hijos hacia un rincón del molino. El aire olía a humedad, a tierra mojada y al miedo que ninguno se atrevía a decir en voz alta. “Quédate aquí, no hagas ruido”, susurró Rowan.

Tomó un palo del suelo y se escondió junto a la entrada. Afuera, los caballos resoplaban. Voces, dos, tal vez tres hombres. Uno bajó y empujó la puerta. Revisen el molino”, ordenó una voz. Rogan se lanzó sobre él antes de que pudiera entrar del todo. Hubo un forcejeo corto, el sonido seco de un golpe, un cuerpo cayendo. El caballo relinchó, los otros hombres se movieron.

Amalia contuvo la respiración. “Rowan”, susurró. Él la miró y levantó la mano pidiéndole silencio. Esperaron, pasaron segundos, largos como horas, hasta que las voces se alejaron. Los cascos resonaron otra vez, perdiéndose entre los árboles. Rowan arrastró el cuerpo hacia afuera y regresó jadeando. Era un explorador.

Si no regresa con su grupo, sabrán que algo pasó. Tenemos que salir de aquí antes del amanecer. Amalia lo miró con el rostro pálido. ¿Hasta cuándo vamos a huir? ¿Hasta que ya no haya nadie siguiéndonos? ¿Y si eso nunca pasa? Preguntó ella casi sin voz. Rowan la observó en silencio. En sus ojos había cansancio, pero también una decisión que no dejaba espacio al miedo.

Entonces huiremos toda la vida, pero juntos. La frase se quedó suspendida, pesada, extraña. Ella bajó la vista. No digas eso, no sabes lo que dices. Sí, lo sé. Rogan se acercó un paso. Sé que si no estuvieras aquí ya me habría rendido. Amalia quiso responder, pero el bebé comenzó a llorar.

Lo acunó evitando la mirada del caballero. Tenemos que irnos dijo ella cortante. Antes de que amanezca empacaron lo poco que quedaba. El camino los llevó por un sendero empinado cubierto de hojas. La neblina se levantaba del suelo y los niños, medio dormidos, se aferraban a las manos de su madre. Al llegar a una colina, el sol asomaba.

Rowan señaló a lo lejos, ahí una vieja granja abandonada. Pasaremos el día ahí y seguiremos de noche. Entraron. El lugar estaba en ruinas, pero ofrecía techo. Mientras los niños dormían, Amalia se sentó junto al fuego débil. Rowan observaba por una rendija del muro. ¿Qué buscas?, preguntó ella. Humo, movimiento, cualquier señal.

No me gusta la calma. Amalia lo miró cansada. No podemos vivir así. Mis hijos necesitan descansar, comer, sentirse seguros. Lo sé. Rowan se volvió hacia ella. Prometo que los pondré a salvo. No hagas promesas que no puedes cumplir. Él frunció el ceño herido. ¿Por qué sigues pensando que soy tu enemigo? Porque desde que apareciste, mi vida se volvió un infierno.

Y sin mí ese niño estaría muerto, replicó Rowan con voz más dura de lo que pretendía. El silencio cayó de golpe. Amalia se levantó con los ojos brillando de furia contenida. No te atrevas a hablarme así. No sabes lo que he perdido. Rogan dio un paso atrás arrepentido. Perdóname, no quise. No quiero tus disculpas. Quiero respuestas. Lo señaló.

Dices que lo haces por el juramento, por el rey, por la redención. Pero, ¿qué hay de verdad en eso? ¿Qué ganas tú? Él se quedó quieto sin poder mirarla. Tal vez nada. Tal vez solo busco una razón para no odiarme. Sus palabras flotaron en el aire tan sinceras que desarmaron a Amalia. Bajó la voz. ¿Qué hiciste, Rowan? ¿Qué te persigue tanto? Un error.

Su voz era áspera, casi un susurro. Yo debía proteger al príncipe y a su madre, pero cuando el castillo ardió, elegí salvar mi vida. Volví por ellos demasiado tarde. La reina ya había muerto. Amalia sintió un nudo en la garganta y el rey murió creyendo que su hijo estaba a salvo. Rowan apretó los puños. Desde entonces todo lo que hago es intentar corregir ese pecado.

Amalia lo miró largo rato. En sus ojos no vio orgullo, sino culpa. Y por primera vez bajó la guardia. “Entonces no me mientes”, dijo ella. más para sí que para él. Nunca lo hice. Se quedaron en silencio. Solo el crepitar del fuego los acompañaba. A media tarde, un trueno sacudió el aire. Rowan se levantó de inmediato. No es tormenta dijo. Es fuego.

Amalia salió y vio columnas de humo al oeste. La aldea. Rowan asintió. Están quemando todo. Quieren borrar cualquier rastro. Y si vienen hacia acá, vendrán. Su voz sonaba decidida. Tenemos que movernos ya. Pero el cielo se oscurecía y la lluvia comenzaba a caer. Los niños no resistirán, dijo Amalia. Están exhaustos.

Rowan miró a los pequeños dormidos, dudó. Luego tomó una decisión. Entonces yo los distraeré. Tú llevarás al niño y a tus hijos por el sendero del norte. Cuando llegues al río, cruza y sigue la corriente. Te alcanzaré al amanecer. Amalia lo tomó del brazo. No, si vas te matarán. Tal vez, pero si no voy, vendrán por ti.

No puedo perder a otra persona. Rowan la miró fijo. No digas eso. ¿Por qué no? Preguntó ella. Porque te importa, ¿verdad? La pregunta quedó suspendida. Él no respondió, solo sostuvo su mirada. Amalia dio un paso hacia atrás. Haz lo que tengas que hacer, pero si no vuelves, volveré, dijo él sin dejarla terminar. Salió bajo la lluvia. Amalia lo siguió con la vista hasta que desapareció entre los árboles.

Luego despertó a los niños y comenzó a caminar como él le indicó. El bosque era oscuro y el suelo resbaloso. La lluvia golpeaba sin descanso. Thomas tropezó varias veces y elen lloraba de cansancio. Solo un poco más, les decía. Falta poco, mis amores. Cuando al fin divisaron el río, cayó de rodillas agotada. El agua corría rápida.

Cruzar sería peligroso. Mamá, tengo miedo. Dijo Helen. Yo también, hija, pero debemos hacerlo. Amarró a los niños con una cuerda que llevaba en la cintura y comenzó a cruzar. El agua les llegaba hasta el pecho, el frío les cortaba la piel. Un paso más, susurró. Un paso más. Al llegar al otro lado, se dejó caer. Lloró sin saber si de alivio o de miedo.

Esperó. horas. El amanecer llegó y Rowan no aparecía. “Tal vez no venga”, dijo Thomas con voz temerosa. “Vendrá”, respondió Amalia, aunque ya no estaba tan segura. Cuando el sol estuvo alto, escuchó pasos. Se levantó de golpe, esperanzada. Pero no era Rowan, eran tres hombres. Uno de ellos llevaba un estandarte con el emblema del duque. Ahí está, dijo uno. La mujer con el niño.

Amalia retrocedió abrazando al bebé. No se acerquen. No queremos hacerle daño mintió el que parecía el líder. Solo venimos por la criatura. Thomas se puso frente a su madre con los puños cerrados. No lo toquen. El hombre rió. Valiente, pero inútil. Amalia buscó con la mirada algún lugar para huir. El bosque estaba cerrado, el río demasiado rápido. Estaban atrapados.

De pronto, una flecha silvó desde los árboles y se clavó en el suelo frente a los hombres. Luego otra y otra. “Atrás!”, gritó Rowan desde la colina, empapado, con el arco en la mano. Los hombres se giraron confundidos. Rowan disparó de nuevo y uno cayó. Los otros dos corrieron. Amalia no podía creerlo. Rowan.

Él bajó corriendo la pendiente y se dejó caer de rodillas frente a ellos. ¿Están bien? Sí, dijo ella temblando. Pensé que no volverías. Te lo prometí. Ella lo abrazó sin pensarlo con el bebé entre ambos. Rowan quedó inmóvil un instante, luego le acarició la cabeza con cuidado. “Lo lograste”, susurró.

“¿Lo salvaste?” No, lo hicimos juntos. El sol se filtró entre las nubes por primera vez en días. Los niños se acercaron sonrientes. Por un momento, la paz pareció posible, pero la calma duró poco. El humo del oeste se hacía más espeso. Rogan levantó la vista y su rostro cambió. Nos encontraron otra vez. Amalia siguió su mirada.

A lo lejos, una fila de antorchas avanzaba por el bosque. El fuego se reflejaba en el agua del río como un presagio. El viento trajo un sonido de voces y gritos. Rowan tomó su espada oxidada y vieja, la única que le quedaba. Amalia, corre, llévalos río arriba. No, no te dejaré. Tienes que hacerlo. Protégelos. ¿Y tú qué harás? Rowan respiró hondo.

Detenerlos el tiempo suficiente. Amalia lo miró con lágrimas. Por favor, no lo hagas. Ya es tarde. El rugido del fuego se acercaba. Rowan giró hacia el bosque apretando el arma con fuerza. Amalia abrazó a los niños y empezó a correr por la orilla del río. El sonido de los cascos resonó otra vez.

Una voz gritó su nombre entre el humo. El humo del bosque se alzaba como una cortina negra detrás de ellos. Amalia corría sin mirar atrás, con el bebé apretado contra el pecho y los niños tropezando entre las raíces. Cada paso era un golpe en el pecho. El viento traía los gritos, el silvido de las flechas, el estruendo del fuego devorando los árboles. “Más rápido, Tomas”, dijo sin aliento.

“No te detengas, ¿y Rowan?”, preguntó el niño jadeando. Amalia no respondió. Si hablaba, rompería en llanto. Siguió corriendo hasta que el ruido se volvió un murmullo lejano. Solo entonces se detuvo escondiéndose detrás de unas rocas cubiertas de musgo. El bebé dormía ajeno al caos. Elen temblaba. Thomas trataba de no llorar.

Tranquilos dijo Amalia intentando sonar firme. Él vendrá. Rogan siempre vuelve. Pero dentro de ella algo se partía. El día avanzó despacio. El sol apenas lograba atravesar el humo. Cuando el silencio regresó, se asomó al sendero. No había señales de persecución ni de Rogan, solo el bosque herido y gris. “Tenemos que movernos”, murmuró. Caminó siguiendo el curso del río.

El terreno se hacía más empinado, la tierra más fría. Cada tanto el eco de los cascos parecía seguirlos, aunque quizás era solo el miedo repitiéndose. Al caer la tarde, divisaron una vieja posada junto a un camino abandonado. Las ventanas estaban rotas, las paredes cubiertas de hiedra. “Aquí pasaremos la noche”, dijo Amalia. Entraron.

Todo olía a madera húmeda. Encendió un fuego pequeño con los restos de una mesa rota. Thomas se sentó junto a su hermana exhausto. Amalia sacó el trozo de pan que le quedaba y lo repartió. “Mañana encontraremos algo más”, prometió. Pero cuando partió el último pedazo, escuchó pasos afuera, un caballo solitario. Tomó al bebé lista para huir.

La puerta se abrió lentamente. “No temas”, dijo una voz cansada. “Soy yo.” Rowan apareció cubierto de barro y sangre seca. Sus ojos estaban rojos por el humo, pero seguía de pie. Amalia soltó un suspiro que se quebró en mitad del aire. Pensé que estabas muerto. Casi. Él sonríó débilmente. Pero no sería la primera vez que escapo de la muerte.

Amalia lo abrazó sin pensarlo. Rowan se estremeció sorprendido y luego la rodeó con los brazos. Creí que no los encontraría, dijo él. Nunca dejamos de esperarte. Thomas se acercó corriendo. Los soldados se fueron. Rowan le revolvió el cabello. No volverán por ahora. Esa noche, por primera vez en días, todos durmieron. Solo Rogan se mantuvo despierto, vigilando el fuego con la espada en la mano.

Al amanecer, Amalia lo encontró afuera, sentado sobre una roca, mirando el horizonte. ¿Qué ves?, preguntó. Colinas. Y más al norte, si no me equivoco, el sendero de los monjes. Un monasterio. Sí. Ran la miró. Ahí podrían protegerlos a ti y al niño. Y tú, yo seguiré mi camino. Amalia frunció el ceño. Eso significa que te irás.

Significa que si el príncipe queda a salvo, mi deber termina. ¿Y si no quieres que termine? Preguntó ella apenas en un susurro. Rowan bajó la mirada. No tengo derecho a querer nada. Amalia lo observó en silencio. Luego tomó al bebé y lo puso en sus brazos. Entonces, cumple tu deber. Llévalo tú al monasterio. Rowan lo sostuvo torpe, inseguro.

Hace tanto que no sostenía algo tan frágil. No es frágil, dijo ella. Es fuerte. Como su protector. Él la miró y por un instante el tiempo pareció detenerse. El viaje al norte fue largo. Atravesaron campos arrasados, aldeas abandonadas y caminos que olían a ceniza. La guerra se extendía como una sombra, pero el silencio entre ellos era distinto.

Ahora no era desconfianza, sino un entendimiento nuevo. En una de las noches, mientras los niños dormían bajo un árbol, Amalia le preguntó, “¿Cómo era la vida en el castillo?” “Dura.” Respondió Rowan. “Tenías que aprender a obedecer antes de respirar. El rey era justo, pero su hermano, ambicioso, siempre quiso el trono. Y tú, yo era su sombra.

” Hizo una pausa hasta que la guerra me convirtió en un fugitivo. Amalia sonrió con melancolía. Parece que la guerra siempre roba algo. A mí me robó la paz y a mí la fe, respondió él. Caminaron sin hablar por un largo rato. Luego ella dijo, “Quizás la fe regresa cuando uno encuentra un motivo para tenerla. ¿Y tú lo encontraste?” Amalia lo miró a los ojos.

“Tal vez sí.” El viento sopló entre los árboles. Rowan quiso decir algo más, pero se contuvo. A la mañana siguiente llegaron a una zona montañosa. Entre la niebla se alzaban torres de piedra cubiertas de musgo. Ahí está, dijo él. El monasterio de San Etel. Cruzaron la puerta principal.

Un monje los recibió con rostro amable y manos curtidas. Buscan refugio, hijos. Lo tendrán. Amalia inclinó la cabeza. Solo pedimos abrigo y protección para este niño. El monje observó al pequeño y luego a Rowan. Ese símbolo en su manta no cualquiera lo lleva. Rowan asintió. No se equivoque, hermano. El peligro que lo persigue es real. Los monjes los condujeron a una pequeña celda de piedra con paja limpia.

Por primera vez en mucho tiempo, Amalia sintió que podía respirar. Durante los días siguientes ayudó en la cocina, lavó ropa, enseñó a los niños a rezar. Rowan reparaba cercas, cargaba agua, hablaba poco. Una tarde, mientras Amali atendía la ropa al sol, un monje se le acercó. “Tu esposo trabaja con fuerza.

” Ella sonrió con timidez. “No es mi esposo. Parecen más unidos que muchos matrimonios.” Amalia no supo qué responder. Esa noche se encontró con Rowan junto al pozo. “Los monjes creen que somos esposos”, dijo ella divertida. “Tal vez sea mejor dejar que lo crean.” “¿Y tú qué crees?” Él la miró.

“¿Seri? Creo que si hubiera nacido en otro tiempo, te habría pedido que lo fueras.” El corazón de Amalia dio un salto, pero antes de que pudiera decir algo, el tañido de una campana rompió el silencio. ¿Qué pasa?, preguntó un monje corrió hacia ellos. Forasteros, en el bosque, están buscando a una mujer con un bebé.

Amalia sintió que la sangre se le helaba. Rowan tomó su mano. No dejaré que te lo quiten. No podemos quedarnos. No, pero hay un camino detrás del altar. Los monjes lo usan para huir en tiempos de guerra y el abat lo permitirá. Ya lo hizo. Rowan señaló la puerta del templo. Nos esperan. Corrieron. Los monjes.

Rezaban en voz baja mientras abrían un pasadizo oculto. Tras una imagen antigua. Amalia cruzó primero con los niños. Rogan fue el último cargando al bebé. El túnel olía a piedra húmeda y a incienso. La luz de las antorchas se movía sobre las paredes. ¿A dónde lleva esto?, preguntó Amalia. A un sendero que cruza la montaña. Si tenemos suerte, nadie sabrá que salimos.

Al final del túnel, el aire fresco los golpeó. El paisaje era distinto, montañas verdes, un río estrecho, el canto de las aves. Por un momento, todo parecía en paz. Rowan se giró hacia los monjes que los habían acompañado. “Gracias. El niño es más que un hijo del rey”, dijo uno de ellos. Es un símbolo. Cuídenlo. Los monjes regresaron al túnel.

Amalia respiró hondo. Y ahora, ahora buscamos un lugar donde nadie los conozca. Bajaron por un sendero empinado hasta que encontraron una cabaña abandonada. Allí pasaron la noche. Rowan revisaba sus heridas cuando Amalia se acercó. Déjame ver. No es nada. Siempre dices eso. Ella limpió la sangre con un trapo. No entiendo cómo sigues de pie, porque tengo algo que proteger. El niño y a ti.

Amalia sintió que el aire se le escapaba. Rowan. Él se levantó nervioso. No digas nada. No ahora. ¿Por qué? Porque si lo haces, no tendré fuerza para irme cuando llegue el momento. Ella lo miró en silencio. El fuego iluminaba sus rostros. tan cerca que podía sentir el calor de su respiración. De pronto, un relincho rompió la calma.

Ambos se tensaron. Rowan salió con la espada en la mano. Amalia lo siguió cargando al bebé. En la distancia, una figura montada se acercaba. No eran soldados. El caballo iba cojeando y el jinete parecía herido. ¿Quién va?, gritó Rowan. El hombre levantó una mano ensangrentada. Vengo del monasterio. Fueron atacados.

Amalia dio un paso adelante. ¿Qué? Los monjes. El hombre asintió. Los soldados lo siguieron. Dicen que la mujer y el niño huyeron hacia el norte. Quieren encontrarlos antes del amanecer. Rowan apretó la empuñadura de la espada. Entonces, no tenemos tiempo. Hay un paso al otro lado de la montaña dijo el mensajero.

Si lo cruzan, llegarán al valle de Wesmore. Ahí no manda el duque. Rowan lo ayudó a desmontar, pero el hombre cayó sin fuerzas. Murmuró algo antes de morir. Amalia cerró sus ojos con cuidado. Rowan volvió la vista hacia ella. Tenemos que salir ya. Elen lloraba. Thomas trataba de consolarla. Amalia los abrazó a ambos.

Solo un poco más, mis amores. Falta poco. La luna iluminaba el sendero. Rowan caminaba adelante, espada en mano, atento a cualquier ruido. Amalia lo seguía con el bebé dormido en brazos. El viento soplaba fuerte, trayendo el eco de voces lejanas. Rogan se detuvo. Nos alcanzaron. Amalia se giró y vio antorchas encendidas al fondo del valle.

¿Qué hacemos? Rowan la miró decidido. Corremos. Pero si no salgo del otro lado, tú no te detengas. Promételo. No digas eso. Promételo, Amalia. Ella lo miró con los ojos llenos de lágrimas. Lo prometo. Rowan asintió y echó a andar cuesta arriba. El ruido de los perseguidores crecía cada vez más cerca. El camino era estrecho, bordeado por un precipicio.

Amalia apenas podía ver sus propios pasos. De pronto, el suelo tembló. Una piedra rodó cuesta abajo y los cascos resonaron con fuerza. Rowan se giró con el rostro ensombrecido. Amalia, cúbrete. El estruendo fue tan fuerte que pareció que la montaña entera respiraba. Piedras rodaron cuesta abajo.

El polvo cubrió el aire y los gritos de los soldados se mezclaron con el viento. Amalia se cubrió el rostro sosteniendo al bebé con fuerza. Thomas yen se aferraron a su falda asustados. Rowan gritó sin verlo entre la neblina. Una silueta emergió entre el humo. Era él jadeando con el rostro manchado de tierra. Estoy bien, dijo alcanzándolos. La caída bloqueó el paso.

No podrán seguirnos por un tiempo. ¿A dónde iremos ahora? Preguntó Amalia temblando. Al monasterio del norte. Los monjes de Stel me hablaron de uno escondido entre las montañas. Allí nadie nos buscará. ¿Y si ya saben de nosotros? Rowan la miró cansado, pero firme. Entonces inventaremos otro camino, pero no te detengas. El viaje continuó durante la noche.

Caminaban entre árboles retorcidos con el sonido del río como única guía. El frío mordía la piel y cada sombra parecía un enemigo. Cuando el amanecer los alcanzó, vieron una torre de piedra entre la niebla. El monasterio estaba casi oculto por el bosque, silencioso como si no existiera. Rowan golpeó la puerta tres veces. Tardaron en responder. Un monje de rostro arrugado abrió apenas una rendija.

No aceptamos viajeros dijo con voz ronca. Traigo al heredero de Inglaterra, contestó Rowan. Y a quienes lo salvaron, el monje abrió los ojos con asombro. Los hizo pasar de inmediato. El monasterio era pequeño, de paredes frías y olor a incienso. Amalia se sintió por primera vez en mucho tiempo protegida.

El monje los llevó hasta una sala donde un hombre mayor, el abad, los esperaba. “He oído rumores sobre un niño nacido bajo la noche del incendio”, dijo el abad. Pero no pensé que fueran ciertos. Rowan se arrodilló. Es cierto, padre. Este es Edward, hijo del rey Richard. El abad miró al bebé y luego a Amalia.

¿Y tú quién eres, hija? Solo una mujer que lo escondió cuando el destino golpeó su puerta, respondió ella. El abad asintió. Dios te usó como instrumento y ahora tendrás que confiar en él para dejarlo ir. Amalia bajó la mirada. No estaba lista para pensar en eso. Los monjes les ofrecieron comida y abrigo. Rowan se encargó de cuidar la entrada mientras Amalia ayudaba en la cocina.

Los niños jugaban con otros pequeños huérfanos que el monasterio había recogido. Por primera vez hubo risas, pero la paz no duró. Una tarde, mientras Amalia recogía leña, un joven monje se acercó apresurado. Hermana, el Abad desea hablar contigo. Ella lo siguió hasta el claustro. El Abad estaba junto a Rowan, con gesto preocupado.

Llegaron noticias del sur, dijo el anciano. El duque ha tomado la ciudad de York. Busca al niño en todos los caminos. ¿Sabe que está vivo?, preguntó Rowan. sabe que alguien lo oculta y no se detendrá hasta encontrarlo. Amalia sintió un nudo en el estómago. ¿Qué haremos, padre? Ocultaremos al pequeño, pero debe salir del monasterio. Si el duque llega hasta aquí, no podré protegerlos.

Rowan se inclinó. Yo lo llevaré. El abad asintió. Hay un valle al este. Los monjes de Santaldwin guardan refugio para los perseguidos. Vayan allá. Esa noche, mientras empacaban, Amalia no podía dejar de mirar al bebé dormido. “Cada vez que creemos estar a salvo, el mundo vuelve a buscarnos”, dijo en voz baja. Rowan la observó.

“Y aún así sigues adelante. No cualquiera tiene ese valor.” Ella sonrió con tristeza. “No tengo elección.” “Sí la tienes”, respondió él. Pudiste entregarlo, pero elegiste protegerlo. Pudiste rendirte, pero elegiste vivir. Amalia lo miró con el corazón apretado. Y tú, Rowan, ¿por qué sigues aquí? Él se quedó en silencio unos segundos. Porque ya no sé quién sería sin ti.

Ella apartó la mirada, confundida por lo que acababa de escuchar. Antes de salir, el abat les entregó un pequeño crucifijo. No es un talismán, dijo. Pero les recordará que no están solos. El viaje hacia el este fue lento. El valle era hermoso, pero de cierto. Cruzaron puentes de piedra y caminos cubiertos de hierba. Los monjes los habían provisto con pan y agua, pero el cansancio era cada vez más grande.

Una tarde, mientras descansaban bajo un roble, Amalia notó algo. “Tu cuello”, dijo señalando una cadena de metal que asomaba bajo su camisa. ¿Qué es eso? Rowan la sacó. Era una medalla con una corona grabada, igual al emblema bordado en la manta del niño. “Pertenece a la familia real”, explicó él. El rey me la dio cuando juré proteger a su hijo.

Y nunca pensaste que dártela para ti. No, no soy digno de un símbolo así. Amalia lo miró largo rato. Eres más digno de lo que crees. El viento sopló fuerte, levantando hojas secas. Rowan la observó y sus miradas se encontraron de nuevo. No hacía falta decir nada. Esa noche, mientras los niños dormían junto al fuego, Amalia se acercó a él.

Cuando todo esto termine, ¿qué harás? Rowan se encogió de hombros. No pienso tanto en el después. Deberías hacerlo. ¿Y tú?, preguntó él. Amalia suspiró. Quisiera volver a una vida simple, cultivar la tierra, ver crecer a mis hijos. Nada más. Eso no es poco”, dijo él sonriendo.

Hubo un silencio breve, cómodo, pero de pronto un ruido entre los árboles los hizo levantarse. Rowan sacó su espada. “Quédate atrás. De la oscuridad surgió una figura encapuchada. Avanzó despacio con las manos levantadas. No vine a pelear”, dijo una voz masculina. Amalia reconoció el tono. “Aldrick.” El caballero asintió. Su rostro estaba cubierto de polvo y su capa desgarrada. Vine a advertirles.

Los hombres del duque cruzaron el río. Los persiguen sin descanso. Rowan apretó los dientes. ¿Y por qué debería creerte esta vez? Porque ya no tengo lealtad a nadie más que al niño. Respondió Aldrick. He visto lo que el duque hace con los que se le oponen. Inglaterra no sobrevivirá si él toma el trono. Amalia lo miró con cautela.

¿Qué sugieres? Hay un paso secreto entre estas montañas. Lo usan los monjes para comerciar con el norte. Si cruzan antes del amanecer, estarán fuera de su alcance. Rowan dudó. Podría ser una trampa o podría ser la única oportunidad que tienen. Dijo Aldrick con firmeza. No me queda honor, pero aún puedo hacer una cosa bien antes de morir. Amalia lo observó.

En su mirada ya no había engaño, solo cansancio. Lo seguiremos. dijo ella tomando la decisión. Rowan asintió, aunque no del todo convencido. Cruzaron el sendero guiados por Aldrick. El camino era estrecho, bordeado por precipicios y pinos altos. La luna los iluminaba apenas. ¿Cuánto falta?, preguntó Amalia. Poco, respondió Aldrick. Cuando vean el puente de piedra, estarán a salvo. Roguan iba detrás, vigilando cada movimiento.

Algo no terminaba de cuadrar. De pronto, un silvido cortó el aire. Una flecha pasó rozando la cabeza de Aldrick. Emboscada, gritó Rowan. Los hombres del duque salieron de entre los árboles. Corran gritó Aldrick desenvainando su espada. Amalia tomó a los niños y al bebé corriendo por el sendero. Rogan la cubría desde atrás.

El eco de los gritos retumbaba en las montañas. Aldrick luchaba con fiereza, pero eran demasiados. Rowan volvió para ayudarlo. “Sigue”, le gritó a Amalia. Ella dudó un segundo, pero obedeció. Corrió hasta el puente, donde el viento soplaba tan fuerte que parecía querer llevársela. Cuando volteó, vio a Rowan forcejeando con un soldado.

Aldrick cayó de rodillas herido. Rowan gritó Amalia. Él logró empujar al enemigo al vacío, pero recibió un golpe en el hombro. Tambaleó. Amalia corrió hacia él. Ven, tenemos que irnos. Rowan tomó su mano y la miró a los ojos. Corre tú. Llévalos. No sin ti. Amalia, por favor. Ella negó con la cabeza. No te dejaré.

Detrás de ellos las antorchas se acercaban otra vez. Rowan apretó los dientes. Entonces lo haremos juntos. Tomó la cuerda del puente y la cortó con un tajo. Las tablas cayeron al vacío. El sonido del agua retumbó en el abismo. Los soldados quedaron atrapados del otro lado. Amalia lo abrazó con fuerza, respirando agitadamente. Lo hiciste. Lo hicimos.

El viento sopló entre ellos. frío, pero con olor a libertad. Rowan miró hacia el horizonte. Si seguimos este valle, llegaremos al monasterio de Saint Aldwin antes del amanecer. Ahí estaremos seguros. ¿Lo prometes? Él asintió. Te lo juro por mi vida. Amalia miró al bebé dormido y luego a él. Por primera vez creyó en esa promesa.

Caminaron juntos cuesta abajo, hasta que el amanecer tiñó el cielo de naranja. En la distancia se escuchaba el tañido suave de una campana. Amalia alzó la vista sonriendo con cansancio. Ya casi llegamos. Pero antes de que diera un paso más, vio algo en el suelo, una carta doblada y sellada con el emblema del rey. Su nombre estaba escrito en ella con letra firme.

Amalia se agachó con las manos temblorosas. El sello de la carta estaba quebrado, como si alguien la hubiera dejado ahí a propósito. Miró a Rogan. ¿La viste caer? No. Él frunció el ceño. No hay nadie cerca. Amalia la abrió con cuidado. El papel estaba húmedo, pero la tinta aún podía leerse. Empezó a leer en voz baja.

Amalia, si estas palabras llegan a tus manos, significa que estoy vivo. No sé cuánto tiempo resistiré, pero necesito que sepas quién soy realmente. Levantó la vista confundida. Es su letra. Es de Ran. Rowan se acercó desconcertado. ¿Qué? Eso es imposible. Ella siguió leyendo. Mi nombre no es Sirrowan de Wesex, como te dije. Antes de convertirme en caballero, fui un hombre del pueblo, hijo de un herrero.

Me llamaba Roderick. Fui condenado por un error que costó una vida. El rey Richard me perdonó a cambio de jurar lealtad a su corona y guardar un secreto que solo él y yo compartimos. Que el niño no era su hijo de sangre, sino del hermano que ahora lo busca. Amalia se cubrió la boca temblando. ¿Qué estás diciendo? Rogan tomó la carta y leyó las últimas líneas.

Si alguna vez descubres esto, sabrás por qué el príncipe debe vivir. No para heredar una corona, sino para romper una mentira que ha destruido reinos. Si no regreso, dile al niño que su destino no lo define su sangre, sino el amor con que fue criado. Rowan apretó el papel. Su rostro estaba blanco. “No recuerdo haber escrito esto.

Entonces, alguien quiere que la lea”, dijo Amalia en voz baja. Alguien que sabía la verdad. El silencio cayó sobre ellos. Helen y Thomas los observaban sin entender. El bebé dormía tranquilo, ajeno al peso del secreto que acababan de descubrir. Rowan dobló la carta y la guardó. Sea quien sea, sabe demasiado.

Tenemos que llegar al monasterio. Caminaron el resto del día sin detenerse. La montaña se abría poco a poco hacia un valle cubierto de pasto verde. En la distancia, una torre blanca se alzaba entre los árboles. Ahí está, dijo Rowan. Santaldwin. Amalia lo miró agotada pero aliviada. Por fin, los monjes los recibieron en silencio. El abad, un hombre de mirada serena, los condujo al interior.

Los esperábamos, dijo. Un mensajero llegó anoche con una carta para ustedes. Amalia y Rowan se miraron sorprendidos. Un mensajero, preguntó él. Sí. Dijo que vendría una mujer con un niño y un hombre con una espada vieja. El abad sonrió apenas. Les llamó los guardianes del heredero. Amalia sintió que el aire se le escapaba.

¿Dónde está esa carta? El abat la sacó de su túnica y se la entregó. Amalia la abrió con manos temblorosas. No tenía sello, solo unas líneas escritas con tinta fresca. El niño debe vivir. El rey no sabrá la verdad cuando llegue el momento. Pero primero su guardiana debe ser probada. No había firma. ¿Qué significa eso?, preguntó Amalia. El abad los miró con calma.

Significa que su viaje no ha terminado. Hay quienes aún dudan de la identidad del niño. El consejo del norte querrá verlo. Rowan negó con la cabeza. Es demasiado peligroso. No puede seguir viajando. Si no lo hace, dijo el abad. El duque declarará que está muerto. Inglaterra caerá en guerra. Amalia miró al bebé, luego a Rowan.

No puedo permitir que eso ocurra. No tienes que hacerlo sola”, dijo él. “Pero no podemos arriesgar a mis hijos.” El Abad intervino. Ellos pueden quedarse aquí. Estarán protegidos. Thomas protestó. No quiero que te vayas, mamá. Amalia se arrodilló frente a él. Hijo, debo hacerlo, pero volveré. Te lo prometo. El niño la abrazó con fuerza.

Esa noche Amalia no durmió. miró el fuego apagarse poco a poco, escuchando el viento golpear las paredes de piedra. Rowan estaba afuera afilando su espada. ¿De verdad irás conmigo? Le preguntó cuando salió. No te dejaré sola nunca más. Ella lo observó en silencio.

Cuando todo esto acabe, ¿qué harás? Eso depende de ti, dijo él mirándola con una sinceridad que la desarmó. Al amanecer partieron, dejando atrás el monasterio y a los niños. El abad los bendijo con una cruz de ceniza. El camino hacia el norte era largo, pero el paisaje era distinto. Colinas verdes, aldeas tranquilas, campesinos que aún no sabían que la guerra seguía viva.

Una tarde, mientras descansaban junto al río, Amalia sacó la carta de Rowan. ¿Crees que lo que dice es cierto? ¿Que el niño no es hijo del rey? No lo sé”, dijo él pensativo, “Pero eso no cambia lo que debemos hacer. Y si la verdad destruye el reino, entonces lo reconstruiremos.” Ella sonrió con tristeza. “Hablas como si eso fuera posible. Contigo todo lo es.” Amalia se sonrojó y apartó la mirada.

Continuaron viajando hasta que llegaron a una pequeña fortaleza donde los esperaba el consejo del norte. Eran cinco hombres, todos con túnicas grises y rostros severos. El más anciano habló primero. ¿Dónde está el niño? Amalia lo sostuvo en brazos nerviosa. Aquí. El anciano lo miró largo rato. Luego dijo, “Dicen que es el hijo del rey.

¿Qué prueba tienes?” Rowan sacó la medalla que llevaba al cuello. Este símbolo fue entregado por el propio rey Richard. Juré proteger a su heredero con mi vida. Los hombres se miraron entre sí y sin embargo, los rumores dicen que el niño fue entregado a una campesina. Amalia dio un paso al frente. Sí, a mí y no me arrepiento. Lo alimenté, lo cuidé y lo salvé.

Si eso me hace culpable, entonces lo soy. El anciano la observó en silencio. Tienes más valor del que muchos nobles muestran en una guerra. No busco honores, dijo ella. Solo justicia. Los hombres se retiraron para deliberar. Amalia esperó afuera mirando como el sol se escondía detrás de las montañas. Rowan se acercó. Lo hiciste bien.

Y si no nos creen, entonces seguiremos huyendo. Ella lo miró con cansancio. Ya no puedo correr más, Rowan. Entonces yo correré por ti. Amalia le tomó la mano. No digas eso. Si te pierdo, no sabré seguir. Él la miró. sorprendido por la fuerza en su voz, “No me perderás.” El consejo volvió a llamarlos. El anciano habló.

El niño vivirá bajo nuestra protección. Pero antes debe ser bendecido por la orden de San Aldwin, para que su derecho sea reconocido ante Dios. Amalia asintió. Y después, después decidirán si el reino lo acepta o no. Cuando salieron, el viento soplaba con fuerza. Rowan miró las colinas. No confío en ellos tampoco yo. Pero si esto asegura su vida, vale la pena. Esa noche acamparon junto al río.

Rowan se quedó de guardia. Amalia no podía dormir. Se levantó y caminó hasta él. ¿Puedo preguntarte algo? Lo que quieras. ¿Por qué me escribiste esa carta? Rowan la miró con sorpresa. No lo sé. No recuerdo haberlo hecho, pero era tu letra. Tal vez lo hice antes de encontrarte. Tal vez el rey me pidió que lo hiciera. ¿Por qué a mí? Rogan suspiró.

Porque sabía que serías tú quien lo salvaría. Amalia lo miró confundida. ¿Cómo podías saberlo? Tal vez lo vio en mí. Ella sonrió apenas. Eres un hombre difícil de entender, Rowan. y tú, imposible de olvidar, se quedaron en silencio con el río corriendo a su lado y las estrellas reflejadas en el agua. De pronto, el sonido de cascos los hizo ponerse de pie. Rowan desenvainó la espada.

Amalia abrazó al bebé. No puede ser, dijo él. Nos encontraron otra vez. Las antorchas aparecieron en la orilla opuesta. Voces gritaban órdenes. Ríndanse Rowan la empujó detrás de una roca. Cruza el río. Te alcanzaré después. No, no te dejaré. Amalia, no hay tiempo.

Él corrió hacia el puente donde un grupo de soldados se acercaba. Los enfrentó solo, bloqueando el paso. El sonido del metal chocando llenó el aire. Amalia quiso ir tras él, pero el bebé lloró y Thomas la llamó desde la orilla contraria. “Mamá, ven ya.” Corrió con todas sus fuerzas cruzando el agua fría hasta la otra orilla. Cuando volteó, vio a Rowan luchando contra tres hombres.

Uno lo hirió en el hombro. “Rowan!” gritó desesperada. Él logró empujar a su atacante, pero otro se abalanzó sobre él. Cayó de rodillas. Amalia corrió hacia él con el bebé en brazos. No, no, no. Rowan la vio venir. Sus labios sangraban, pero sonró. Sigue, no te detengas. No te dejaré. Tienes que hacerlo por él. Amalia lo tomó del rostro llorando.

Te necesito y yo a ti, susurró. Pero aún no es mi hora. Levantó la espada y la clavó en el suelo como una promesa de seguir de pie. Los soldados retrocedieron al escuchar el sonido de trompetas a lo lejos. Refuerzos. Amalia giró hacia el valle sin entender. Entre la bruma aparecían jinetes con estandartes dorados. El emblema real.

Rowan respiró con dificultad y la miró. Son hombres del norte, amigos, aliados. Al menos por ahora, el sonido de las trompetas creció y los soldados enemigos huyeron hacia el bosque. Rowan se dejó caer de espaldas exhausto. Amalia lo sostuvo con lágrimas en los ojos. “Lo lograste”, dijo ella. “No, tú lo hiciste.” El niño se movió en brazos de Amalia como si entendiera lo que pasaba.

Rowan lo miró y sonrió débilmente. El futuro está a salvo, aunque yo no lo vea. No digas eso. Vas a vivir. He vivido más de lo que merecía. Ella lo abrazó con fuerza, sintiendo el calor de su sangre en sus manos. No me dejes. Nunca lo haré.

Y antes de que Amalia pudiera responder, escuchó la voz de un hombre gritando su nombre desde los jinetes que se acercaban. El grito vino del frente, fuerte, claro, arrastrado por el viento. Amalia de Wesex, soy el capitán del norte. Traigo órdenes del nuevo consejo real. Amalia giró con el bebé en brazos. Rowan seguía en el suelo, pálido, con el hombro ensangrentado, pero consciente.

Los jinetes se acercaban alzando estandartes dorados con el símbolo del antiguo rey. No eran enemigos, eran hombres leales. El capitán desmontó. dejó caer su espada al suelo como gesto de paz y se inclinó ante ella. “Traemos noticias del castillo.” Dijo con voz solemne. “El rey Richard ha muerto. El reino está dividido, pero los nobles del norte reconocen al heredero.

Hemos venido a buscarlo.” Amalia sintió que el mundo se detenía. “¿El rey murió?”, preguntó en voz baja. “Sí, pero antes de morir dejó su última orden escrita. El niño debe vivir. El capitán la miró directo a los ojos y escribió tu nombre, señora. Amalia apretó al bebé contra su pecho. Rowan intentó incorporarse, pero el dolor lo dobló. Dos soldados corrieron a sostenerlo. “Déjenlo”, dijo Amalia.

No es enemigo, es el hombre que lo salvó. El capitán asintió. “Lo sabemos. El consejo ha oído su historia. El reino entero murmura sobre el caballero que traicionó al duque para proteger a un niño. Rowan sonrió débilmente. No lo hice por gloria, lo hice porque alguien debía hacerlo. El capitán le tendió la mano.

Entonces, Inglaterra te debe una deuda, Sir Rogan. Amalia lo ayudó a ponerse de pie. El sol se filtraba entre las nubes, iluminando los campos devastados. Por primera vez, el aire olía a esperanza. ¿Qué pasará ahora?, preguntó ella. El consejo ha jurado proteger al heredero hasta que pueda reclamar el trono, explicó el capitán.

Pero necesitan su testimonio. Mi testimonio. Eres la única testigo viva de su nacimiento y la única que puede probar que este niño es quien dicen que es. Amalia asintió sin pensar. Iré donde sea necesario. Será un viaje largo. Dijo Rowan apoyándose en ella. Pero esta vez no iremos huyendo. El capitán ordenó levantar un pequeño campamento en el valle.

Los heridos fueron atendidos y por primera vez en semanas Amalia pudo descansar sin miedo. Rowan dormía cerca del fuego con el brazo vendado y la espada al alcance. Cuando la noche cayó, Amalia lo observó en silencio. Su rostro, endurecido por la batalla, ahora parecía en paz. El bebé dormía junto a ella. envuelto en la manta con el emblema real.

El sonido del río era tranquilo. Por un momento, todo el dolor, las persecuciones, la pérdida se desvanecieron. Al amanecer emprendieron el camino hacia el norte. El grupo avanzaba despacio, pues Rowan aún se recuperaba. Amalia iba montada en una carreta con el bebé en brazos.

Thomas yen los esperaban en el monasterio y la idea de volver a verlos la mantenía firme. “Cuando esto acabe”, dijo ella mirando el horizonte. “Rregresaré por ellos y yo te acompañaré”, respondió Rowan. “No tienes por qué hacerlo. Tengo todas las razones.” Ella lo miró con una mezcla de ternura y cansancio. “Incluso si ya no hay un reino que proteger.” Rowan sonríó. Siempre habrá algo que proteger, aunque sea un corazón. El viaje duró tres días.

atravesaron aldeas arrasadas, castillos en ruinas y campos donde la guerra había dejado cicatrices, pero cada paso los acercaba más al fin de su tormenta. Finalmente llegaron al castillo de Northbridge, donde el Consejo del Norte había establecido su sede. Los muros eran altos, fríos, pero las banderas doradas ondeaban de nuevo. El capitán los condujo hasta el gran salón.

Varios nobles esperaban junto a monjes y escribanos. Amalia sintió que las piernas le temblaban. El consejero principal se levantó. Eres Amalia, la campesina que protegió al niño. Dijo, “El reino te debe más de lo que puede pagar.” No busco pago”, respondió ella, “Solo justicia para este pequeño.

” Rowan se adelantó apoyado en su bastón y para su pueblo. El consejero asintió. El duque del norte ha huído. Sus hombres han sido derrotados, pero el reino sigue sin rey. Si este niño es realmente el heredero, debe ser reconocido ante todos. Amalia acercó al bebé. El consejero lo tomó con cuidado y lo sostuvo ante los presentes. El silencio llenó la sala.

Por la sangre del rey y la voluntad de Dios, dijo el monje. Proclamamos que este niño será el legítimo heredero al trono de Inglaterra. Los hombres inclinaron la cabeza. Amalia sintió lágrimas arderle en los ojos. Rowan la miró y por primera vez sonrió de verdad. Lo lograste, susurró. Lo logramos. respondió ella.

Durante los días siguientes, el castillo se llenó de vida. El consejo preparaba el juramento real mientras los campesinos volvían a sus tierras. El aire de guerra se disipaba poco a poco. Amalia pasaba las tardes con el bebé y los monjes que lo cuidaban. Rowan, aunque herido, ayudaba a los soldados a reconstruir el muro.

A veces se cruzaban miradas desde lejos, sin hablar, como si las palabras sobraran. Una tarde, mientras el sol caía, Amalia caminó hasta los jardines. Rowan estaba ahí, sentado bajo un árbol observando el cielo. No me acostumbro al silencio”, dijo él cuando la vio. “Yo tampoco”, respondió ella. Pero es mejor que los gritos. Rogan asintió.

El consejo quiere que me quede. Dicen que el nuevo rey necesitará un guardián y aceptarás solo si tú también te quedas. Amalia lo miró sorprendida. Y si quiero volver al campo con mis hijos, entonces iré contigo. Ya he tenido suficientes coronas en la cabeza ajena. Ella sonrió emocionada. ¿Hablas en serio? Más que nunca. El sonido de pasos los interrumpió.

Era el capitán. Perdonen, pero el consejo los llama. Han decidido el destino del niño. Amalia lo siguió con el corazón acelerado. Rowan la acompañó aún débil, pero decidido. En el salón, el consejero principal se levantó. El niño será enviado al monasterio real para su educación. Allí crecerá protegido hasta que tenga edad para gobernar.

Amalia sintió que algo dentro de ella se partía. Enviarlo lejos es necesario. El reino no sobrevivirá si su ubicación se hace pública. Ella apretó la manta del bebé. Rowan la observó en silencio. ¿Puedo acompañarlo? Preguntó ella apenas audible. No, respondió el consejero. Pero tendrás un lugar en la corte y tus hijos serán traídos aquí. Amalia bajó la cabeza.

Entonces, que sea como Dios quiera. El monje se acercó para tomar al bebé. Ella lo sostuvo un momento más, besándole la frente. Nunca olvides de dónde vienes, pequeño. Susurró, no eres un rey por tu corona, sino por tu corazón. Rowan se acercó y le puso una mano en el hombro. Volverá a ti cuando el mundo esté en paz.

Amalia asintió, aunque las lágrimas no se detuvieron. Cuando el niño se fue con los monjes, el silencio se volvió pesado. Rowan la acompañó afuera. No debiste hacerlo sola”, dijo él. “No lo hice sola”, respondió. “Tú estabas conmigo.” El viento sopló entre los muros del castillo, trayendo olor a lluvia.

Por primera vez, Amalia sintió que el miedo se había ido. Los días pasaron tranquilos. El reino empezaba a sanar. El consejo les ofreció quedarse en una casa junto al monasterio. Y ella aceptó. Thomas y Helen llegaron al fin, corriendo hacia su madre con risas y lágrimas. Rowan los abrazó como si fueran suyos.

“Te lo dije”, dijo ella sonriendo. “Siempre vuelves y esta vez no me iré.” Por las noches, cuando todo quedaba en silencio, Amalia miraba el cielo y pensaba en el niño. Sabía que aunque estuviera lejos, su destino estaba marcado por la bondad, no por el poder. Una tarde, mientras el sol bajaba detrás de las montañas, Rowan se acercó. Hay algo que necesito hacer antes de cerrar este capítulo.

¿Qué cosa? Él le entregó la medalla con el emblema real. Ya no me pertenece. Quiero que la guardes tú. No puedo aceptarla. Sí puedes. Es símbolo de lo que fuimos, no de lo que seremos. Ella la tomó conmovida. ¿Y qué seremos, Rowan? Lo que la vida nos deje ser. Él sonríó. Pero por primera vez quiero elegirlo. Amalia sintió que el corazón le temblaba. Entonces elige quedarte.

Ya lo hice, dijo él. La luz dorada bañaba sus rostros. El sonido del río era el mismo que había acompañado su huida, pero ahora era diferente. Era paz. Esa noche, mientras el fuego crepitaba, Amalia cerró los ojos con el alma tranquila. Todo lo que había perdido se había transformado en algo nuevo.

Afuera, los monjes tocaban las campanas del monasterio, anunciando el amanecer de un nuevo día. El rey no tenía esperanza. Ella tenía un hogar. Rowan se levantó, tomó su capa y miró hacia la ventana. “Mañana iremos por flores para el campo.” Dijo, “Quiero ver tus manos volver a la tierra.” Amalia sonríó sin abrir los ojos.

Prométeme que esta vez no habrá más huida. Lo prometo. El sol apareció entre las nubes, iluminando el valle. Un nuevo comienzo se alzaba sobre ellos y con él la certeza de que la paz era posible. Pero mientras el día nacía, un mensajero llegó al monasterio gritando a lo lejos, “Noticias del castillo. El consejo convoca a la mujer que crió al heredero. Trae el sello del nuevo rey.

” El mensajero llegó cubierto de polvo con la capa desgarrada por el viento. Se detuvo frente a la puerta del monasterio y apenas pudo hablar. “Traigo una carta sellada”, dijo entregándola a Amalia. El nuevo rey la manda llamar. Amalia lo miró. Sorprendida.

Tenía las manos húmedas de haber estado lavando ropa y el corazón le latía como si quisiera salir del pecho. Rowan apareció detrás de ella con la camisa abierta, el rostro aún lleno de tierra por las tareas del campo. “¿Qué dice?”, preguntó él. Amalia rompió el sello. Era dorado, con el emblema del sol. Leyó en voz alta. Por orden del Consejo Real y de su majestad, el rey Eduward de Inglaterra.

Se solicita la presencia de Amalia de Wesex, protectora del trono, en la corte del castillo de Northbridge. El rey no desea rendirle honor. Rowan sonríó. El niño ya no es un bebé. El rey corrigió Amalia con un brillo en los ojos. Nuestro pequeño Edward. El mensajero, los miró a ambos. Deben partir mañana al amanecer. El consejo ha dispuesto escolta. Rowan inclinó la cabeza.

Iremos. Cuando el mensajero se marchó, el silencio se apoderó del patio. Amalia se quedó mirando la carta como si no creyera que fuera real. Pensé que ya había terminado dijo con voz baja. Que podía dejar atrás todo esto. Y puedes, respondió Rowan. Pero antes tienes que cerrar el círculo. Y si me quedo aquí, entonces yo también me quedo.

La miró serio. Pero si vas, iré contigo. Ella respiró hondo, sosteniendo la carta contra el pecho. Entonces iremos juntos. Esa noche Amalia no pudo dormir. Miraba a Thomas y el descansar junto al fuego. Rowan estaba sentado afuera afilando su cuchillo, mirando la luna como quien conversa con los fantasmas. Ella se acercó en silencio.

“¿No duermes?”, preguntó. “Ya casi no lo necesito.” ¿Piensas en él? Sí, en Edward, en el niño que un día protegimos. Amalia se sentó junto a él. ¿Crees que nos recordará? ¿A ti? Sí. ¿A mí? Quizá. No. Ella le tocó el brazo. “Fuiste su escudo, su ejemplo.” Rowan sonríó con esa sonrisa suave que pocas veces mostraba. y tú fuiste su corazón.

La noche los envolvió. Había calma, pero también una emoción que ninguno de los dos se atrevía a nombrar. A la mañana siguiente partieron con la escolta. Cabalgaban despacio, siguiendo el camino que alguna vez habían recorrido huyendo. Ahora regresaban libres. El paisaje parecía otro.

Las aldeas reconstruidas, los niños jugando, las banderas ondeando con el emblema del nuevo rey. Nunca pensé que vería esto, dijo Amalia. Ni yo. Rowan sonríó. Aunque no estoy seguro de merecerlo. Sí lo mereces, respondió ella. Los dos lo merecemos. Al tercer día de viaje divisaron el castillo. Las murallas brillaban con el sol y el puente levadizo estaba adornado con flores blancas.

Cuando cruzaron, los soldados formaron filas inclinando la cabeza. “Nos reciben como héroes”, susurró Amalia. “Tarde, pero lo hacen”, dijo Rowan riendo por primera vez sin miedo. El gran salón estaba lleno de luz. En el trono, un joven de cabello claro y ojos azules los observaba con una mezcla de timidez y autoridad. “El corazón de Amalia dio un vuelco. Edward”, murmuró.

El muchacho se levantó, bajó los escalones y se inclinó ante ella. No dijo Amalia tratando de detenerlo. Soy yo quien debe inclinarse. Usted me salvó, dijo él sonriendo. No hay corona que valga más que eso. La abrazó como lo hacía cuando era un niño. Amalia lo sostuvo entre lágrimas. Eres todo lo que tu padre soñó, susurró. Rowan se acercó y se arrodilló. El joven rey lo ayudó a levantarse.

“Mi consejo habla de usted”, dijo Edward. “Dicen que fue un caballero sin nombre, pero con más honor que muchos con escudo.” Rowan bajó la mirada. “Solo cumplí mi juramento y lo cumplió bien. El rey sonríó. Mi primera orden será restaurar su título. No quiero títulos, respondió Rowan. Solo una vida en paz.” Eduward miró a Amalia y luego volvió hacia él. Entonces, tengan esa vida.

Inglaterra les debe eso y más. El salón estalló en aplausos. Los nobles se inclinaron y por un momento Amalia y Rowan no supieron qué decir. Era como si todo su dolor se hubiera desvanecido con esas palabras. Más tarde, durante el banquete, Amalia observaba al joven rey hablar con los consejeros.

Había crecido con firmeza, pero sin perder la dulzura de su infancia. Rowan se sentó junto a ella con una copa de vino. “Míralo”, dijo. “Tan seguro, tan distinto al niño que escondimos bajo una manta vieja. Lo crió el amor”, dijo Amalia. Eso nunca se olvida. Él la miró con ternura. “¿Y tú, Amalia? ¿Qué harás ahora?” “No lo sé”, admitió. “Por primera vez no tengo un deber.” Entonces empieza a vivir. Ella sonrió.

Y tú vivirás conmigo. Si me dejas, sí. El calor del vino y la música los envolvía. Nadie los miraba, nadie los perseguía, solo estaban ellos, por fin sin miedo. El rey se acercó con una sonrisa. “Mañana habrá una ceremonia”, dijo. “Quiero que ambos estén ahí.” “¿Qué ceremonia?”, preguntó Amalia. “La de la libertad”, respondió él.

Inglaterra vuelve a empezar y quiero que el reino vea a quienes me enseñaron lo que significa la lealtad. Esa noche Amalia se asomó por la ventana de su habitación. Desde ahí podía ver los jardines iluminados y escuchar la música de los festejos. Rogan apareció detrás de ella en silencio.

“¿No duermes?”, preguntó él. “No puedo.” Ella volteó hacia él. Todo esto parece un sueño. No lo es. Rowan se acercó despacio. Es lo que mereces. Amalia lo miró. ¿Y tú qué mereces? Lo que me has dado desde aquella noche en la cabaña. Una razón para quedarme. Ella bajó la mirada, pero Rowan tomó su mano.

Pasamos años huyendo, escondiéndonos, peleando contra sombras. Su voz era firme. Ya no quiero correr, Amalia. Quiero quedarme contigo si tú me dejas. Amalia sintió las lágrimas subirle a los ojos. No tienes que pedirlo. Ya te quedaste. Rowan sonrió y la abrazó. Sus respiraciones se mezclaron tranquilas, profundas. El ruido del castillo se desvaneció.

Solo quedaron ellos, el eco del pasado desapareciendo en la calma. Al amanecer, el sonido de campanas llenó el aire. Los aldeanos llegaban al castillo llevando flores y cintas. La gente reía, los niños corrían. Las campanas no paraban. En el patio, el joven rey levantó su espada al cielo. “Hoy empieza una nueva era.” Proclamó sin miedo, sin cadenas.

El reino pertenece a su gente. Luego se volvió hacia Amalia y esta mujer, que cuidó del futuro de Inglaterra con sus propias manos, será recordada como su madre protectora. Los aplausos fueron tan fuertes que las paredes parecían temblar. Amalia apenas podía hablar. Majestad.

Yo solo hice lo que cualquier madre haría. No hiciste lo que los reyes olvidaron hacer, respondió él. Elegiste el amor sobre el poder. El rey bajó del estrado y tomó la mano de Rowan. Y usted, caballero, ¿qué pedirá como recompensa? Rowan miró a Amalia y luego al rey. Solo esto. Permiso para vivir en paz junto a ella. El joven sonrió. Concedido. El pueblo vitoreó.

Las campanas siguieron sonando. Rowan miró a Amalia, que apenas podía contener el llanto. “Ya está”, dijo él. Terminó. Ella asintió. “No, Rowan, apenas empieza.” Caminaron juntos entre la multitud. La gente les lanzaba flores. Los niños los seguían riendo. Thomas y Helen aparecieron corriendo desde el frente, abrazando a su madre y a Rowan.

Mamá, nos dijeron que el rey habló de ti”, gritó Thomas. “¿Y de mí también?”, preguntó Helen. “¿De todos nosotros?”, respondió Amalia riendo entre lágrimas. “Somos parte de su historia.” Rowan la tomó de la mano, fuerte, como quien promete sin palabras.

Esa tarde, cuando el sol empezó a caer, el rey los despidió en las puertas del castillo. “Inglaterra siempre será su casa”, dijo. “Pero ahora vayan. El mundo es grande y los espera.” Montaron los caballos. El viento soplaba suave y el camino hacia el valle estaba cubierto de flores. Amalia miró hacia atrás una última vez. El castillo brillaba bajo la luz del atardecer. “¿A dónde iremos?”, preguntó.

A donde quieras, respondió Rowan, mientras estés conmigo, ese será mi hogar. Ella sonríó. Entonces, llévame al lugar donde el sol se esconde. Quiero ver el final del día y el principio de nuestra vida. Rowan tomó sus manos y las besó con ternura. Lo juro, Amalia, no habrá más sombras.

Cabalgaban lado a lado mientras el cielo se pintaba de oro. El viento jugaba con sus cabellos y las risas de los niños se mezclaban con el canto de los pájaros. Por fin, después de tanto dolor, la vida les devolvía su promesa. No de poder ni de gloria, sino de amor. Y cuando el último rayo del sol se escondió detrás de las montañas, Rowan bajó del caballo, la tomó del rostro y susurró, “Ya no eres la mujer que escondió al futuro rey. Eres la reina de mi vida.” Amalia lo miró con los ojos llenos de luz.

Y tú, el hombre que me enseñó que el amor también puede ser libertad. Rowan la abrazó. No había miedo, ni guerra, ni destino que lo separara. Solo la certeza de que habían llegado al final del camino y al comienzo de su eternidad juntos. Muchas gracias por haber escuchado esta historia hasta el final. Esperamos que te haya emocionado tanto como a nosotros al contarla.

Nos encantaría conocer tu opinión. Déjanos un comentario contándonos desde dónde nos escuchas y qué fue lo que más te gustó. Califica esta historia del cer al 10.

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