EMPLEADA ES ACUSADA INJUSTAMENTE… ¡PERO EL BEBÉ DEL MILLONARIO CALLA A TODOS FRENTE A TODOS!

Yareli no podía dejar de temblar. Las esposas le lastimaban las muñecas. El policía frente a ella llenaba un formulario sin levantar la vista. Nombre completo: Yareli. Yareli Solano Arriaga. Edad 24. Ocupación. Yareli tragó saliva. Trabajadora doméstica. El policía anotó y finalmente la miró.

¿Sabe por qué la trajeron aquí? Yo no hice nada malo, solo llevé a la bebé al doctor. La bebé es su hija. No, yo trabajo para su papá. Él me dio permiso. Aquí está. Mire. Yarel intentó sacar el papel de su bolsa, pero las esposas se lo impedían. Otra oficial le ayudó a sacarlo. El policía leyó el papel lentamente. Sí, aquí está su firma.

Pero el señor Damián Cisneros Páramo nos llamó a las 6:30 de la tarde diciendo que su hija había desaparecido con la empleada. Porque hubo un accidente. El tráfico se paralizó por completo. Mi celular se quedó sin batería. No pude avisarle. Eso es lo que usted dice. No es lo que yo digo, es la verdad. El policía suspiró. Mire, vamos a verificar su historia.

Pero mientras tanto va a tener que esperar en la celda. A Yareli se le disparó el corazón. En la celda. Pero si yo no soy ninguna delincuente. Es el procedimiento. No va a tardar. Pero tardó. Se llevaron a Yarelí por un pasillo largo que olía a mo y a desinfectante barato. El ruido de las botas de los policías retumbaba en las paredes sucias. Cada paso que daba se sentía más pesado.

La puerta de hierro se abrió con un rechinido fuerte. Adentro dos mujeres. Una dormía recargada contra la pared. La otra miró a Yareli con curiosidad. Primera vez aquí, ¿verdad? Yarelli no respondió. Entró y escuchó la puerta cerrarse de golpe a sus espaldas. El sonido metálico le atravesó el pecho como una puñalada. se sentó en el suelo, lejos de las otras, abrazó sus rodillas y cerró los ojos.

30 minutos antes, venía manejando de regreso del pediatra cantando con la radio, feliz porque a Renata le había ido bien en la consulta. Ahora estaba en una celda. Las lágrimas comenzaron a rodar. Yarel intentó contenerlas, pero no pudo. Lloró en silencio, escondiendo el rostro entre las rodillas. La mujer que había hablado antes se le acercó.

Oye, tranquila, todo va a estar bien, ¿no es cierto? Creyó que secuestré a su hija. Ni siquiera me escuchó. ¿Quién? Mi patrón. Yo cuido a su bebé todos los días. Me despierto en la madrugada cuando llora. Le canto para que se duerma. Y él creyó que yo le iba a hacer daño. La mujer esbozó una media sonrisa triste. La gente de dinero nunca confía en los pobres. Siempre es así.

Yarel se limpió la cara con las manos. Él no era así. Siempre fue respetuoso conmigo. Hasta que tuvo que elegir entre creerte a ti o proteger su patrimonio. Yarel volvió a cerrar los ojos. La mujer tenía razón. Las horas pasaron lentamente. Yareli no durmió.

Cada vez que cerraba los ojos, veía la carita de Renata llorando cuando se la arrancaron de los brazos. Renata Coronado Beltrán debería estar en casa ahora. ¿Habrá podido dormir? ¿Habrá comido bien? ¿Estará llorando? Yarel Solano Arriaga se abrazó las piernas e intentó no pensar. A las 5 de la mañana, la puerta se abrió de nuevo. Yareli, Solano.

Ella se levantó con las piernas entumecidas. La llevaron de vuelta a la oficina de la gente del Ministerio Público. Él se veía diferente, ahora menos serio, casi cansado. Señorita Solano, verificamos su historia. La oficina del licenciado Arturo Navarro Campos confirmó que usted estuvo ahí ayer a las 2:15 de la tarde con la bebé.

La recepcionista la recordó. Además, las cámaras de tránsito de la avenida Insurgentes muestran que hubo un accidente grave a las 3:40 que lo bloqueó todo por más de 3 horas. Su coche aparece en las imágenes detenido en medio del tráfico. Yarelli respiró profundo. Por fin. Les dije que era verdad. Lo sé. Lamento las molestias.

Ya se puede ir. Libre. Pero no se sentía libre. Yareli salió del Ministerio Público cuando el sol estaba saliendo. El cielo estaba anaranjado, hermoso, pero ella no podía sentir nada más que un vacío. No tenía dinero para un taxi. Tomó dos camiones de regreso. Se tardó casi una hora y media. Cuando llegó frente al edificio de Damián, eran casi las 8 de la mañana.

Subió por el elevador principal. Esta vez ya no tenía fuerzas para irse por el deservicio. Tocó el timbre. Damián abrió la puerta. Tenía la cara demacrada, ojeras profundas y arrenata en brazos. La bebé lloraba sin parar. Miró a Yareli y se quedó helado. Yareli. Ella pasó de largo, entró al departamento y le quitó a Renata de los brazos.

La bebé dejó de llorar al instante, acurrucó su cabecita en el hombro de Yareli y cerró sus ojitos rojos de tanto llorar. Yarel aspiró su aroma de bebé, sintió su cuerpecito relajarse en sus brazos. Ya todo está bien, mi amor. Shime ya volvió. Damián estaba parado en la puerta viendo la escena con las manos temblando. Yarel se volteó hacia él. Ya comió.

Intenté darle la mamila, pero no quiso. ¿Le cambiaste el pañal? Sí, se lo cambié. ¿Se durmió? No. Lloró toda la noche. Yarel negó con la cabeza y se fue a su cuarto sin decir nada más. Cerró la puerta, se sentó en la cama con Renata en brazos y finalmente dejó que las lágrimas volvieran a caer. Renata se durmió. Yarelin no.

Damián tocó a la puerta del cuarto de Yareli media hora después. Yareli, ¿podemos hablar? Silencio, por favor. No tengo nada que hablar con usted. Sé que me equivoqué. Sé que te lastimé, pero déjame al menos pedirte una disculpa. Yarel abrió la puerta. Tenía la cara hinchada y los ojos rojos. Damián dio un paso hacia atrás. Nunca la había visto así. Pasé la noche en una celda. Habló en voz baja, pero cada palabra pesaba toneladas.

Me trataron como a una delincuente, esposada, interrogada, encerrada. Todo porque usted no confió en mí. Yareli, yo cuido a su hija como si fuera mía. Me despierto en la madrugada, le canto para que se duerma. Le cambio los pañales sucios.

Hago todo con amor y cuando más necesité que usted creyera en mí, usted le llamó a la policía. Damián sintió las palabras como un golpe. Estaba desesperado. Renata había desaparecido. No podía comunicarme con usted. No sabía qué pensar. Usted sabía que la había llevado al doctor. Usted me dio permiso. Lo sé. Pero cuando el tiempo fue pasando y usted no regresaba, hubo un accidente.

El tráfico se paralizó por completo. Mi celular se quedó sin batería, no podía hacer nada. Damián se pasó la mano por el cabello exhausto. Ya lo sé. La policía me llamó en la madrugada para explicarme todo. Pasé toda la noche sin dormir, odiándome por haber dudado de usted. Qué bueno, por lo menos uno de los dos pudo quedarse en casa.

La frase fue cortante. Damián sintió un nudo en la garganta. Lo siento mucho, de verdad, si pudiera regresar en el tiempo, pero no puede. Yareli iba a cerrar la puerta de nuevo, pero Damián la detuvo. Dame una oportunidad de arreglar esto, por favor.

¿Cómo? ¿Cómo va a arreglar usted el hecho de que pasé la noche en una celda? Damián no tuvo respuesta. Renata empezó a llorar en el cuarto. Yarel suspiró y fue hasta la cuna. Tomó a la bebé, la meció y le cantó en voz baja. Duérmete, mi niña, duérmete, mi amor, que Shime está aquí. Renata se fue calmando poco a poco. Yareli la volvió a poner en la cuna con cuidado. Cuando se volteó, Damián estaba recargado en la puerta viéndolo todo.

Solo se calma contigo, porque yo siempre estoy aquí. Usted se la vive en la oficina. Damián bajó la cabeza. Sí, me la paso huyendo. ¿Huyendo de qué? De recordar que mi esposa murió. De recordar que Renata no va a tener mamá. De recordar que no sé cómo cuidarla solo. Yarel lo miró.

Por primera vez vio a Damián no como su patrón, sino como un hombre destrozado. Renata sí tiene mamá. Damián levantó la cabeza confundido. Puede que no haya nacido de mí, pero soy su mamá en lo que de verdad importa. Estoy aquí todos los días. La amo. Damián sintió un nudo en la garganta. De verdad la amas. Se quedaron ahí en silencio por unos segundos.

Voy a hacer todo lo posible para compensar lo que pasó. Te lo prometo. Yarelia asintió demasiado cansada. para discutir. Está bien. Damián salió. Yareli se sentó en la cama viendo a Renata dormir. El coraje seguía ahí, el rencor también, pero en el fondo sabía que no podía irse. Amaba demasiado a esa bebé. Al otro lado de la ciudad, Adriana colgó el celular y sonró.

Se había quedado despierta toda la noche esperando noticias. Cuando Damián le llamó a las 5 de la mañana, aliviado diciéndole que la policía había dejado libre a Yareli, Adriana sintió que se le revolvía el estómago. El plan no había funcionado del todo. Yareli había vuelto. Adriana miró la foto de Damián en la pantalla del celular, una foto que le había tomado sin que él se diera cuenta en un evento de la empresa. Llevaba 5 años trabajando con Damián Cisneros Páramo.

Levantó la empresa con él, se quedaba hasta tarde ayudando. Era eficiente, puntual, perfecta. Y él nunca se fijó en ella. Se casó con otra, tuvo una hija con otra. Y cuando su esposa murió, Adriana Salgado Rivas finalmente vio su oportunidad.

Pero entonces apareció Yareli Solano Arriaga, una trabajadora doméstica, una muchacha cualquiera. Y Damián la miraba de una manera diferente, una manera en la que nunca había mirado ni a su propia esposa. Adriana no iba a permitirlo. La llamada a la policía había sido la primera prueba. No funcionó, pero al menos sembró la duda en la cabeza de Damián. Ahora necesitaba algo más fuerte. Adriana abrió el cajón de su escritorio.

Adentro una llave, la copia de la llave de la casa de Damián que había mandado a hacer meses atrás con el pretexto de que era para emergencias. tomó la llave y la guardó en su bolso. El siguiente paso ya estaba planeado. Dos días después, jueves, Yareli cuidaba de Renata Coronado Beltrán, pero su actitud era diferente. Ya no cantaba, no platicaba, hacía todo en silencio.

Damián intentaba hacerle plática varias veces. Renata comió bien hoy. Comió. Durmió en la tarde. Durmió. Yareli, si no se le ofrece nada más, voy a terminar de limpiar la cocina. Ella se iba antes de que él pudiera decir cualquier cosa. Damián se sentía fatal. La casa se sentía diferente, fría.

Sin la voz de Yareli cantando, sin ella riéndose de las muecas de Renata, todo parecía vacío. Él sabía que había sido su culpa. Esa noche, Damián esperó a que Yareli acostara a Renata. tocó a la puerta de su cuarto. Yareli, por favor, solo 5 minutos. La puerta se abrió. Yarelie estaba en pijama con el pelo recogido. ¿Qué pasó? Sé que pedirte perdón no va a borrar lo que pasó, pero quería que supieras que confío en ti totalmente. Confías ahora, pero no confíaste cuando debías.

Lo sé y voy a cargar con eso el resto de mi vida. Pero no dejes a Renata por mi culpa. Ella te necesita. Yarel suspiró. No me voy a ir. No por usted, por ella. Está bien, ya es algo. Damián iba a salir, pero se detuvo en la puerta. Yareli, ¿quién le llamó a la policía? Ella lo miró sorprendida por la pregunta.

¿A qué te refieres? Alguien llamó diciendo que te habías llevado a Renata sin permiso, pero yo no fui. Cuando me di cuenta de que no regresabas, intenté llamarte varias veces. Fue hasta después que le llamé a Adriana para pedirle ayuda y fue ella quien sugirió llamar a la policía. Yarel sintió un escalofrío. Adriana, sí, dijo que era mejor actuar rápido, que entre más tiempo pasara, peor se pondría.

Y entonces llamó, pero ella sabía que yo había llevado a Renata al doctor. Damián se detuvo a pensar. Sabía. Se lo comenté en la mañana en la oficina. Yarelí sintió algo extraño en el pecho, una sospecha. ¿Y por qué llamó a la policía si sabía que yo tenía permiso? Damián frunció el seño. No sé. Creo que estaba preocupada.

Yo estaba desesperado, no estaba pensando bien. Yareli no respondió, pero su desconfianza creció. Está bien. Buenas noches. Cerró la puerta. Damián se quedó afuera pensando, ¿será que Adriana había exagerado? ¿Será que pudo haber esperado un poco más antes de llamar a la policía? Negó con la cabeza. Adriana llevaba 5 años trabajando con él. era de su total confianza.

No tenía sentido desconfiar de ella. Pero la pregunta de Yareli se quedó resonando en su cabeza. ¿Por qué Adriana le llamó a la policía si sabía de la autorización? Al otro lado de la ciudad, Adriana estaba en su casa, en el sofá revisando su celular. Había pasado por el edificio de Damián más temprano y hablado con el portero. Fingió preocupación.

le preguntó cómo estaba después del susto con su hija. El portero le contó todo, como Yareli regresó al día siguiente muy temprano, como la bebé dejó de llorar en cuanto la vio, como Damián parecía devastado. Adriana escuchó todo con una sonrisa interna. El plan no había funcionado del todo, pero al menos había resquebrajado la confianza entre ellos.

Ahora era momento de dar el siguiente paso. Adriana abrió el cajón de la mesita de centro y sacó una cajita. La abrió. Adentro una delicada pulsera de oro con un dije de corazón. La había tomado de casa de Damián la semana pasada cuando fue a entregarle unos documentos y él contestó una llamada. Era la pulsera de su difunta esposa.

Adriana lo vio guardándola en una caja en el closet meses atrás. Ahora esa pulsera iba a aparecer en el lugar indicado y Yareli iba a salir de esa casa de una vez por todas. Viernes por la mañana. Adriana tocó el timbre de la casa de Damián a las 9 en punto. Yareli abrió con Renata en brazos. Buenos días.

¿Se encuentra el licenciado Damián? Sí, está, pasa. Yareli le abrió la puerta. Adriana entró observando todo a su alrededor con atención. Damián lo llamó. Él apareció en el pasillo con una toalla al cuello recién salido de la ducha. Adriana, ¿qué sorpresa? Disculpa que aparezca sin avisar, pero necesitamos firmar unos contratos urgentes.

Aquí los traigo. Ah, claro. Déjame visto. Ahorita vuelvo. Damián subió. Adriana se quedó en la sala. Yarel estaba en la cocina dándole agua a Renata con una cucharita. Yareli, ¿me puedes traer un vaso de agua, por favor? Claro. Yarel puso a Renata en la periquera y fue a la cocina. Adriana miró a su alrededor. La casa estaba vacía.

Damián en el cuarto, Yareli en la cocina. Subió las escaleras rápido, sin hacer ruido. Fue directo al cuartito de Yareli, al final del pasillo. Abrió la puerta despacio. Entró. El cuarto era sencillo. Cama individual, un ropero pequeño, un buró. Adriana sacó la pulsera de su bolsa, levantó la almohada de Yareli y puso la pulsera debajo.

Volvió a acomodar la almohada. Listo. Salió del cuarto y bajó las escaleras corriendo. Cuando llegó a la sala, Yareli venía de regreso con el vaso de agua. Aquí tienes. Gracias, linda. Adriana bebió lentamente con el corazón latiéndole a mil por la adrenalina. Damián bajó ya arreglado. Y bien, ¿dónde están los contratos? Adriana le mostró los papeles. Damián los leyó rápidamente y firmó. Listo.

¿Algo más? No. Ah, ¿puedo usar el baño antes de irme? Claro. Adriana volvió a subir, pasó por el cuarto de Yareli. Revisó que la puerta estuviera cerrada. Lo estaba. Ella sonrió, bajó, se despidió de Damián y se fue. La trampa estaba puesta. Ahora solo quedaba esperar. Por la tarde, Damián estaba buscando algo, abriendo cajones, armarios, revolviendo todo.

Yarel apareció en la sala. ¿Se te perdió algo? Sí, una pulsera que era de mi esposa. La guardé en una caja en el closet, pero no la encuentro. Yarel sintió que el corazón se le encogía, una pulsera desaparecida justo después de la visita de Adriana. ¿Quieres que te ayude a buscar? Sí, por favor. Ambos subieron.

Buscaron en el closet, en los cajones, debajo de la cama. Nada. Damián estaba confundido. No tiene sentido. Vi esa pulsera aquí la semana pasada. ¿Cómo era? de oro, delicada, con un corazón colgando. La iba a guardar para dársela a Renata cuando creciera. Yareli tragó saliva. Sonó el celular de Damián. Era Adriana. Damián, disculpa la molestia, olvidé mi pluma ahí.

¿Puedo regresar por ella? Claro, la voy a dejar con el portero. No es necesario, ya estoy cerca. Subo rapidito. Damián colgó. 5 minutos después, Adriana estaba de vuelta. Una disculpa, de verdad, soy muy distraída. No hay problema. Adriana miró a su alrededor. A ver, creo que la dejé arriba. ¿Puedo echar un vistazo? Adelante. Adriana subió. Yareli estaba en el pasillo cargando a Renata.

Adriana abrió la puerta de la primera habitación, la de Damián. Uy, esta no es. abrió la segunda puerta, la habitación de Yareli. Ah, perdón, ¿esta tu habitación? Sí, deja n más, revisó. Ay, la encontré. Adriana fingió tomar la pluma del buró, pero cuando se dio la vuelta para salir, tropezó con la almohada.

La pulsera cayó al suelo con un tintineo. Adriana se detuvo, miró hacia abajo. ¿Qué es esto? Ella se agachó y recogió la pulsera. Damián apareció en la puerta en ese momento. Encontraste la pluma. Adriana se volteó sosteniendo la pulsera en la mano. Damián, ¿no estabas buscando esto. Damián miró la pulsera y se quedó helado. ¿Cómo? ¿Cómo llegó aquí? Un silencio pesado. Todos miraron a Yareli.

Estaba pálida, con Renata en brazos. No sé cómo llegó esto aquí, lo juro. Adriana le entregó la pulsera a Damián con cara de quien acaba de descubrir algo horrible. Estaba debajo de su almohada. Yareli sintió que las piernas le flaqueaban. Damián, yo no agarré esa pulsera. Nunca he entrado a tu cuarto.

Alguien puso esto aquí. Damián miraba la pulsera, luego a Yareli, luego a Adriana. No sabía qué pensar. Adriana le puso una mano en el hombro suavemente. Vamos a hablar abajo. Los dos bajaron. Yareli se quedó ahí sola en el cuartito, con Renata en brazos, sintiendo como el mundo se le venía abajo de nuevo. Abajo. Adriana susurró.

Damián, no quisiera decir nada, pero ¿estás seguro de que puedes confiar en esa muchacha? Adriana, no estoy diciendo que sea mala persona, pero es muy joven, muy pobre. A veces la tentación es demasiado grande. Damián se pasó la mano por la cara. Ella jura que no la tomó. ¿Y tú le crees? Damián miró la pulsera en su mano. Ya no sé ni en qué creer. Adriana ocultó una sonrisa.

Solo ten cuidado. Sí, me preocupo por ti. Salió. Damián subió de nuevo lentamente tocó a la puerta del cuarto de Yareli. Ella abrió. Tenía lágrimas en la cara. ¿Me vas a correr? Damián suspiró profundamente. No, pero necesito entender qué está pasando. Yo no tomé esa pulsera, Damián. Alguien la puso aquí para incriminarme, pero ¿quién haría eso? Yareli lo miró directamente a los ojos. Adriana. Damián negó con la cabeza.

Yareli, Adriana lleva 5 años trabajando conmigo. Es mi mano derecha. No tiene sentido que haga algo así. Entonces, ¿quién fue? ¿Quién más tiene acceso a esta casa? Damián no tenía respuesta. No sé, pero no voy a acusarte sin estar seguro. Solo por favor no dejes que pase nada más extraño. No va a pasar nada porque yo no hice nada. Damián se fue.

Yareli se sentó en la cama abrazando a Renata, temblando de coraje y miedo. Alguien le estaba tendiendo una trampa y estaba casi segura de quién era. El sábado por la mañana, Yareli se despertó temprano. Miró la almohada donde había aparecido la pulsera y sintió que se le revolvía el estómago. No era tonta.

sabía cuando le estaban tendiendo una trampa. La pulsera no apareció ahí sola y la única persona que había entrado a su cuarto ayer, además de Damián, era Adriana. Yareli cargó a Renata, la bañó, la cambió y le dio la mamila. La bebé le sonreía sin saber nada.

Por lo menos tú todavía confías en mí, ¿verdad, mi amor? Renata soltó un gritito de alegría y agarró el dedo de Yareli. Damián apareció en la cocina ya arreglado. Buenos días. Buenos días. Se sirvió café con algo de incomodidad. Yareli, sobre lo de ayer. No tienes que decir nada. Sí, tengo que hacerlo. No debí dudar de ti otra vez. Yarel lo miró. Pero, ¿daste? Damián bajó la cabeza.

Sí, dudé y lo siento mucho. Se quedaron en silencio por unos segundos. Damián, ¿confías en Adriana? Sí, confío. ¿Por qué? Porque fue la única persona que entró a mi cuarto ayer y la pulsera apareció justo después de que ella salió. Damián frunció el ceño. Pero Adriana no tendría ningún motivo para hacer eso.

¿No estás seguro, Yareli, Adriana lleva 5 años trabajando conmigo, nunca me ha dado un motivo para desconfiar de ella y yo llevo tres meses trabajando aquí y ya has desconfiado de mí dos veces. Damián no supo que responder. Yarel se levantó y cargó a Renata. Voy a dar una vuelta con ella. Necesito tomar aire. Salió antes de que Damián pudiera decir algo. Afuera, Yareli caminó hasta el parque de la colonia. Se sentó en una banca con Renata en su regazo.

Le hervía la cabeza. Adriana estaba tramando algo. Estaba segura de eso. Pero, ¿cómo demostrarlo? Una voz a sus espaldas la asustó. Yareli. Se volteó. Era la señora Estela, la vecina de edad del departamento de al lado, una señora de cabello blanco, lentes gruesos, siempre muy amable. Hola, señora Estela.

¿Estás bien, mija hija? Te vi pasar con la bebé y te veías tan triste. Yareli, esbozó una media sonrisa. Solo estoy cansada. La señora Estela se sentó a su lado. Vi todo el alboroto con la policía el otro día. ¡Qué susto, mija. Sí, fue horrible. Pero todo se arregló, ¿verdad? Demostraron que no hiciste nada malo.

Lo demostraron, pero el daño ya estaba hecho. La señora Estela le tomó la mano a Yareli. ¿Sabes? Mi nieta tiene tu edad. Y siempre le digo, cuando una es mujer, pobre y honesta, todo el mundo duda de una, pero la verdad siempre sale a la luz. Puede que tarde, pero siempre sale. Yareli sintió que le ardían los ojos.

Y si nadie cree en la verdad, siempre hay alguien que cree. Solo tienes que tener paciencia. Yarel asintió. Gracias que señora Estela. La señora se levantó, le dio un besito a Renata y se fue. Yareli se quedó allí pensando. Ella no iba a rendirse. Iba a demostrar que Adriana estaba tramando algo y lo iba a hacer sola si era necesario. Cuando regresó a casa, Damián estaba en el despacho trabajando.

Yarel acostó a Renata y se fue a su habitación. se sentó en la cama y miró a su alrededor. Si Adriana iba a seguir con sus trampas, ella necesitaba pruebas. Cámaras, no, no tenía dinero para eso. Pero, ¿y sí? Yelli abrió el cajón del buró. Hasta el fondo había un celular viejo que usaba antes de comprarse uno nuevo.

No tenía chip, pero todavía funcionaba. Lo prendió. La batería estaba al 50%. Yareli tuvo una idea. Un celular viejo podía grabar audio, podía dejarlo escondido grabando. Si Adriana regresaba, todo quedaría grabado. Era arriesgado, pero era su única oportunidad. Yarel cargó el celular viejo y esperó. El lunes iba a ser el día.

Si Adriana quería volver a atenderle una trampa, sería pronto. Y esta vez Yareli iba a estar lista. Lunes por la mañana, Yareli puso su celular viejo a grabar debajo de su cama. Lo dejó encendido desde las 7 de la mañana. Damián salió a trabajar a las 8. Yareli se quedó con Renata, nerviosa esperando. Mediodía, nada. Una de la tarde, nada.

2 de la tarde. Sonó el timbre. El corazón de Yareli se le aceleró. Fue hacia la puerta. miró por la mirilla Adriana. Yareli respiró hondo y abrió. Hola, el licenciado Damián no está. Adriana sonríó. Lo sé. Vine a traerle unos documentos que olvidó en la oficina. ¿Puedo dejarlos en su escritorio? Yarel dudó, pero le abrió la puerta. Sí, claro.

Adriana entró, fue al despacho de Damián y dejó una carpeta sobre el escritorio. Yareli se quedó en la sala observándolo todo. Renata estaba en su carriola dormida. Adriana salió del despacho. Listo. Oye, ¿me podrías dar un vaso de agua? Claro. Yareli fue a la cocina. Adriana Salgado Ribas miró a su alrededor. Yareli, Solano Arriaga estaba lejos.

Renata Coronado Beltrán dormida, la casa vacía. Subió las escaleras rápido, fue directo al cuarto de Yareli. Abrió la puerta. Entró. Esta vez traía un reloj caro de Damián Cisneros Páramo que había tomado de su cajón en la oficina el día anterior. Adriana iba a poner el reloj debajo del colchón cuando escuchó pasos en la escalera.

Maldición, arrojó el reloj debajo de la cama y salió corriendo del cuarto. Yareli apareció en el pasillo. ¿Buscabas algo? Adriana sonrió tranquila. Ah, disculpa, estaba buscando el baño. El baño está del otro lado. Cierto. Me confundí. Adriana bajó las escaleras. Yarel bajó detrás de ella con el corazón acelerado.

Gracias por el agua. Adiós, Yareli. Adriana salió. Yarelli cerró la puerta con seguro y corrió a su cuarto. Sacó el celular de debajo de la cama, detuvo la grabación, regresó el audio. Escuchó su propia voz ofreciendo agua. Escuchó pasos subiendo la escalera.

Escuchó la puerta del cuarto abriéndose y entonces la voz de Adriana sola susurrando, “A ver si esta vez no te largas de aquí, Metiche. Ruido de algo que avientan debajo de la cama, una puerta se cierra, pasos que bajan por la escalera. Yarel sintió que todo el cuerpo le temblaba. La tenía, tenía la prueba. Miró debajo de la cama.

Ahí estaba un reloj caro de hombre, el reloj de Damián. Yareli tomó el reloj y el celular con la grabación. Guardó ambas cosas en un cajón con llave. Ahora solo quedaba esperar a que Damián regresara. Cuando él llegó a las 6 de la tarde, Yareli lo estaba esperando en la sala. Damián, necesito hablar contigo, es urgente. Él vio la expresión de su cara y se puso serio.

¿Qué pasó? Siéntate. Damián se sentó en el sofá. Yarel sacó su celular y puso la grabación. Él lo escuchó todo. Los pasos, la puerta abriéndose, la voz de Adriana. La expresión de su cara fue cambiando. Confusión, sorpresa, coraje. Esto, esto es de hoy.

Sí, vino hoy al mediodía, dijo que iba a traer unos documentos y se metió a mi cuarto otra vez. Me sembró esto. Yareli, le enseñó el reloj. Damián agarró el reloj, lo reconoció al instante. Era suyo. Se quedó ahí sosteniendo el reloj, escuchando la grabación otra vez. No lo puedo creer. Te lo dije. Me está tendiendo una trampa desde el principio. Damián se levantó, se pasó la mano por el cabello, dio unos pasos.

5 años, 5 años confié en ella. Y ella ella hizo esto. Lo hizo y quiero saber por qué. Damián miró a Yareli. Lo voy a averiguar. Te lo prometo. Tomó el celular con la grabación. ¿Me puedo quedar con esto? Sí, pero prométeme una cosa. ¿Qué? No dejes que sepa que lo descubriste. Todavía no. Deja que se delate más. Cuantas más pruebas tengamos, mejor.

Damián pensó por unos segundos y asintió. Está bien. Voy a fingir que no sé nada, pero voy a instalar cámaras escondidas aquí en la casa. Si vuelve, grabaremos todo. Yarel asintió. Perfecto. Damián la miró con una expresión diferente. Admiración. Eres increíble. Lo sabías. Yareli esbozó una media sonrisa. Solo me estoy defendiendo.

No eres valiente y yo fui un idiota por no creerte desde el principio. Lo fuiste, pero al menos ahora me crees. Damián le devolvió la sonrisa. Por primera vez en días, Yareli sintió que no estaba sola en esta lucha y Adriana, Adriana aún no lo sabía, pero pronto descubriría que se había metido con la persona equivocada.

El martes por la mañana, un día después de que Yarelli consiguiera la grabación de audio, Damián se despertó con un plan en mente, tomó su celular y le llamó a Mario, un amigo de la universidad que trabajaba en seguridad electrónica. Mario, necesito un favor urgente. Dime, Damián, ¿qué pasa? Necesito instalar cámaras de seguridad en mi casa, pero tiene que ser discreto, muy discreto.

¿Crees que alguien te está robando? Peor, alguien le está tendiendo una trampa a la empleada. Mario se puso serio. Caray, ¿cuándo quieres que vaya? Hoy sí se puede. Sí se puede. Pasó por ahí como a las 3. Gracias amigo. Te debo una. Damián colgó. Bajó a la cocina. Yareli le estaba dando la mamila a Renata, que ya tenía 5 meses y medio. Buenos días. Buenos días. Se sirvió un café.

Hoy en la tarde viene un técnico a instalar unas cámaras de seguridad, pequeñas, ocultas. Una en la sala, una en el pasillo de arriba y una en la puerta de tu cuarto. Yareli lo miró. ¿Crees que vaya a volver? Estoy seguro. Ese tipo de gente no se rinde fácil. Y cuando vuelva la atrapamos en flagrancia. Exacto.

Renata soltó la mamila y miró a su papá sonriendo. Damián se acercó y le hizo cosquillas en la pancita. La bebé se rió. Mira nada más quién está feliz hoy. Yarel sonrió al ver la escena. Damián siendo un verdadero padre. A las 3 de la tarde llegó Mario vestido de técnico con un maletín en la mano. Buenas tardes. Usted debe ser Yareli. Sí, soy yo. Pase.

Mario trabajó rápido. Una cámara detrás del cuadro de la sala, otra dentro de un detector de humo falso en el pasillo. La última escondida en un contacto frente a la puerta del cuarto de Yareli. Listo. Damián va a poder ver todo en su celular desde cualquier lugar. Gracias. De nada. Buena suerte.

Cuando Damián regresó del trabajo a las 6, Yareli le mostró dónde estaban las cámaras. Nadie se da cuenta. Quedó perfecto. Damián tomó su celular y abrió la aplicación. Tres imágenes aparecieron en la pantalla, la sala, el pasillo y la puerta del cuarto. Funcionando perfecto. Y ahora, ahora nos toca esperar.

Esa noche, después de que Renata se durmió, ellos conversaron en la sala. ¿Puedo preguntarte algo? dijo Yareli. Claro, Adriana siempre ha sido tan enzimosa contigo, siempre tan disponible, siempre ofreciendo ayuda. Damián se quedó pensando siempre, desde el primer día. Yo pensaba que solo era su forma de trabajar. Y nunca pasó nada entre ustedes.

Nada, nunca. Siempre la traté como una compañera. Yareli se mordió el labio. ¿Crees que esperaba que algún día pasara algo entre ustedes? Damián se detuvo. De repente todo tuvo sentido. ¿Crees que está haciendo esto porque siente algo por mí? Estoy casi segura y no es algo sano. Damián se pasó la mano por el cabello. 5co años trabajando juntos y nunca me di cuenta.

Estabas casado, luego de luto. No estabas prestando atención a esas cosas. Pero debía haberme dado cuenta. Yareli, se encogió de hombros. La gente así es buena para disimular. Se quedaron en silencio por unos segundos. Yareli. Mm. Gracias por no haberte ido, a pesar de todo. Yareli lo miró. No me quedé por ti. Damián sonrió. Lo sé. Te quedaste por Renata. Exacto.

Pero cuando dijo eso, sus miradas se encontraron y hubo algo diferente en ese momento. Damián desvió la mirada. Bueno, me voy a dormir. Mañana tengo una junta temprano. Está bien. Buenas noches. Yareli se quedó ahí sola con el corazón latiéndole más rápido de lo que debía. Pasaron el miércoles y el jueves. Nada.

Adriana Salgado Rivas no apareció. El viernes por la mañana, Damián fue a trabajar. Adriana estaba ahí en la oficina como siempre, eficiente, educada, profesional. Buenos días, Damián. Buenos días. Le trajo café, organizó los papeles, sonríó. Damián la miraba tratando de ver a la persona que le había tendido la trampa a Yareli, pero Adriana era muy buena fingiendo.

A media tarde tocó a la puerta de su oficina. Damián, ¿puedo hablar contigo? Claro. Entró y cerró la puerta. Estaba pensando, hace mucho que no hacemos ese happy hour con el equipo. ¿Qué tal la próxima semana? Puede ser. Organízalo. Perfecto. Siguió hablando de trabajo. Damián casi dudó de sí mismo. ¿Será que había entendido mal? Pero entonces recordó la grabación.

su voz insultando a Yareli. No era ella, sin duda. El sábado por la mañana, una semana y media después de la grabación de audio, Damián salió a jugar tenis. Yareli se quedó en casa con Renata. La bebé estaba molestita. Deben ser los dientitos que le están saliendo. Ya sé que duele, mi amor, pero ya va a pasar.

Yarel dio su medicina y se quedó arrullando a Renata hasta que se durmió en sus brazos. Puso a la bebé en la cuna con cuidado y se fue a bañar. Cuando salió del baño, sonó el timbre. Yareli fue a la puerta, miró por la mirilla. Adriana. El corazón se le aceleró, respiró hondo y abrió. Hola. Adriana sonríó. Hola, Yareli.

¿Está Damián? No salió. Ah, me pidió que trajera unos papeles. ¿Puedo dejarlos en la mesa? Yareli dudó, pero las cámaras estaban encendidas. Pasa. Damián estaba en el club de tenis cuando su celular vibró. Notificación de la aped de las cámaras. Movimiento detectado. Abrió la aplicación. vio a Adriana entrando a su casa.

Se le heló la sangre, soltó la raqueta y corrió hacia el coche. Dentro de la casa, Adriana fue a la oficina, dejó los papeles y salió. Yareli estaba en la sala vigilando. Listo. Oye, tienes un minutito. Quisiera hablar contigo. ¿Sobre qué? Sobre Damián. Yareli. Sospechó. ¿Y él qué? Adriana suspiró fingiendo preocupación.

Mira, no quisiera meterme, pero creo que deberías tener cuidado. ¿Cuado con qué? Con las expectativas. Llevo 5 años trabajando con él. Lo conozco bien. Es un buen jefe, pero no acostumbra a involucrarse con la gente que trabaja para él. Yarel entendió la indirecta. El coraje comenzó a subirle. No estoy esperando nada de él, solo cuido a su hija.

Adriana sonrió de forma falsa. Está bien. Solo no quería que salieras lastimada. Ya ha tenido varias niñeras. Todas creyeron que iban a ser especiales. Ninguna se quedó. Yo no soy niñera, soy trabajadora doméstica. Sí, lo eres. La forma en que Adriana dijo aquello llena de desprecio hizo que Yareli apretara los puños.

Si no hay nada más, tengo trabajo que hacer. Claro. Adiós, Yareli. Pero en lugar de irse, Adriana miró a su alrededor. Puedo tomar un vaso de agua antes? Yareli dudó. Sí. Fue a la cocina. Adriana miró el celular de Damián, que tenía abierta la aplicación de las cámaras. Él estaba viendo en vivo. Vio a Yareli ir a la cocina. Vio a Adriana mirar a su alrededor.

La vio subir corriendo las escaleras. No, no, no. Él aceleró el coche. Adriana entró al cuarto de Yareli, abrió su bolsa, sacó una pulsera de plata que había tomado del alajero de Damián ayer. Iba a ponerla debajo de la almohada cuando escuchó pasos en la escalera. Aventó la pulsera debajo de la cama y salió corriendo. Yarel apareció en el pasillo con un vaso de agua en la mano.

El baño está para el otro lado. Adriana sonró. Ah, es cierto. Me confundí. Bajó las escaleras, tomó el agua, bebió lentamente. Gracias a Dios. Se fue. Yareli. Cerró la puerta con llave. Subió corriendo a su cuarto. Miró debajo de la cama. Ahí estaba una pulsera de plata. Ella tomó la pulsera y la guardó en un cajón. Se sentó en la cama temblando.

Damián llegó 15 minutos después. Entró por la puerta de atrás sin aliento. Yareli, estoy acá arriba. Él subió corriendo. ¿Estás bien? Sí. Ella me sembró esto. Yareli le mostró la pulsera. Damián la tomó, la reconoció. Era de él. Lo vi todo. Lo estaba viendo en el celular.

En serio, en serio, la vi subir, la vi entrar a tu cuarto. Vi cómo aventaba la pulsera debajo de la cama. Yareli se sentó en la cama aliviada. Entonces, tienes la prueba de que ella lo sembró otra vez. Sí, y esta vez lo vi en vivo. Él se sentó a su lado. Yareli, necesito pedirte una disculpa otra vez. ¿Por qué? Porque si te hubiera creído desde el principio, nada de esto habría pasado.

Adriana nunca habría logrado llegar tan lejos. Yareli lo miró. ¿Me crees ahora? Eso es lo que importa. Damián le tomó la mano. Te creo totalmente. Se quedaron así tomados de la mano por unos segundos. Renata lloró en el cuarto de al lado. “Voy a verla”, dijo Yareli levantándose. Damián se quedó ahí mirando la pulsera en su mano. La rabia crecía dentro de él. El lunes sería el día.

iba a exponer a Adriana frente a todo el mundo. Lunes por la mañana, dos semanas después de la primera grabación, Damián llegó a la oficina temprano. Mandó un correo a todos los ejecutivos de la empresa. Junta de emergencia 11 de la mañana, sala de juntas, asistencia obligatoria. Adriana leyó el correo y frunció el seño.

Damián, ¿de qué es esta junta? Ya lo verás. 11 en punto. La sala estaba llena, 10 ejecutivos, dos directores. Adriana. Damián entró al final, cerró la puerta. Buenos días. Gracias por venir. Los convoqué aquí porque necesito mostrarles algo muy serio. Conectó su laptop al proyector. En los últimos días han pasado cosas extrañas en mi casa.

Han desaparecido objetos, cosas que aparecen en lugares equivocados. Pensé que era coincidencia, pero no lo era. Adriana empezó a ponerse tensa. Instalé cámaras de seguridad y descubrí algo grave. Le dio play. Primer video. Adriana entrando al cuarto de Yareli, colocando la pulsera de oro. La sala se quedó en silencio. Segundo video. Adriana colocando el reloj, susurrando para sí misma. Adriana se puso pálida.

Uno de los ejecutivos habló. Espera, ¿le estás tendiendo una trampa a la empleada del jefe, otro ejecutivo. Eso no puede ser verdad. Adriana lleva años trabajando aquí. Damián mostró el tercer video. Adriana sacando dinero de su cartera y poniéndolo en el cuarto de Yareli.

Cuando terminó, algunos ejecutivos miraban a Adriana con asco, otros con lástima. Una directora habló. Adriana, ¿eso es verdad? ¿Tú hiciste eso? Adriana intentó hablar, pero no pudo. Damián, yo yo puedo explicarlo. Pues explica. Adriana se levantó desesperada. Tú no entiendes. Esa muchacha apareció de la nada. Te está manipulando. Quiere tu dinero. Yareli nunca me ha pedido nada. Nada. Ella trabaja, cuida a Renata y ya.

La que está obsesionada aquí eres tú. La palabra cayó como una bomba. No estoy obsesionada. Entonces, ¿qué es esto? Le tendiste una trampa tres veces. Le sembraste objetos. Inventaste historias. Todo para convencerme de que la despidiera. ¿Por qué? Adriana sintió las lágrimas correr? Porque te amo, siempre te he amado.

Trabajé a tu lado por 5 años esperando a que me vieras y nunca me viste. Te casaste, tuviste un hijo y yo seguí ahí esperando. Y ahora que estás libre, ¿te vas a enamorar de una trabajadora doméstica? Un ejecutivo le susurró a otro. Híjole, le está dando un ataque. Adriana lo escuchó y gritó, “No me está dando ningún ataque. Solo estoy diciendo la verdad. Esa mujer no vale nada.

Le está dando el braguetazo.” Damián negó con la cabeza asqueado. “Tú no me amas, Adriana. Estás obsesionada y eso es enfermizo. No es enfermizo, es amor. El amor no destruye. El amor no tiende trampas. El amor no miente. Adriana lloró más fuerte. Intentó acercarse a él. Damián, por favor, escúchame.

Él dio un paso hacia atrás. No se acabó. Adriana Salgado. Estás despedida por causa justificada. Voy a presentar una denuncia penal en tu contra por denuncia falsa, invasión de la privacidad, difamación e intento de robo. Adriana se desplomó en la silla soyando. Un director se puso de pie. Damián, ¿qué quieres que hagamos? Llamen a seguridad. Que recoja sus cosas y se vaya.

Hoy mismo. Entraron dos guardias de seguridad. Adriana intentó resistirse. Ah, no, ustedes no entienden. Yo no hice nada malo. Pero los guardias la agarraron de los brazos y se la llevaron. En cuanto se cerró la puerta, la sala estalló en comentarios. No puedo creer que haya hecho eso. 5 años de trabajo tirados a la basura.

Pobre mujer, imagínate pasar por algo así. Damián apagó el proyector. Se acabó la reunión. Salió afuera. Llevaron a Adriana hasta su escritorio. Todo el mundo la miraba, cuchicheaban. Metió sus cosas en una caja, fotos, plumas, cuadernos. Salió con la cabeza agachada, se subió al coche y se derrumbó.

Lloró, gritó, golpeó el volante. Todo había terminado. Esa misma tarde, Damián fue directo al Ministerio Público. Levantó una denuncia formal en contra de Adriana. El agente del Ministerio Público tomó nota de todo. Con estas pruebas el caso penal es sólido. Le pueden dar de 2 a 5 años. Quiero que pague por todo lo que hizo.

Va a pagar. Ah, y también te recomiendo que pidas una orden de restricción. para que no se acerque a ti ni a tu empleada. ¿Cuánto tiempo tarda? Con urgencia sale hoy mismo. Entonces tramítala, por favor. Al final de la tarde, Adriana Salgado Rivas recibió la notificación en su casa, una orden de restricción.

Se le prohibía acercarse a Damián Cisneros Páramo y a Yarel Solano Arriaga en un radio de 100 m. Leyó el papel, lo rompió, lo tiró al piso, gritó, tomó su celular. Tenía mensajes de excompañeros. Adriana, ¿es verdad que le tendiste una trampa a la empleada de Damián? Amiga, todo el mundo está hablando de ti aquí. Qué locura. No lo puedo creer.

Borró todos los mensajes, apagó el celular, se acostó en la cama y se quedó mirando el techo. En los días siguientes, Adriana intentó postularse para trabajos en otras empresas. Mandó su currículum para cinco vacantes. Tres ni siquiera respondieron. Dos respondieron diciendo que la vacante ya había sido cubierta.

En realidad, el mundo corporativo de la tecnología era pequeño, todo el mundo se conocía y la noticia se había corrido rápido. Adriana, la de la empresa de Damián Cisneros Páramo, se volvió loca. Le tendió una trampa a su trabajadora doméstica porque estaba obsesionada con él.

Nadie quería contratar a alguien así. Adriana se dio cuenta, la habían boletinado. 5co años de carrera echados a la basura. Todo por culpa de Yareli. Una semana después del enfrentamiento público, el viernes por la noche, Adriana estaba en su casa tomando vino sola cuando sonó su celular. Número desconocido.

Bueno, Adriana Salgado Rivas, ¿quién habla? Soy abogado del despacho que está llevando el proceso penal en su contra. Quería agendar una reunión. Adriana sintió que se le revolvía el estómago. Proceso penal. Sí. Denuncia de hechos falsos. Violación de la privacidad, difamación y tentativa de robo. La audiencia preliminar es la próxima semana. ¿Tiene abogado? Todavía no.

Entonces le sugiero que consiga uno rápido. Y colgó. Adriana dejó caer el celular en el sofá. Proceso penal. Audiencia. Abogado. No tenía dinero para un abogado caro. Iba a tener que usar un defensor de oficio. Todo se había derrumbado de repente. Pero Adriana Salgado Rivas no era de las que se rinden. Todavía no.

Si ya no podía acercarse a Damián Cisneros Páramo directamente, encontraría otra manera. Tomó su celular, abrió Instagram, buscó el perfil de Damián. Él había subido una foto ese día. Renata Coronado Beltrán en sus brazos sonriendo. El pie de foto decía, “Mi princesa está creciendo.” Adriana revisó los comentarios.

Varios de sus amigos habían comentado y entonces vio un nombre conocido, Paulina Villalobos Ochoa, la mamá de Damián. Adriana hizo clic en el perfil. Paulina era activa en redes sociales. Publicaba fotos de eventos sociales, cenas, viajes. Adriana sonríó. Si no podía destruir a Yarel Solano a Raga sola, tal vez podría conseguir una aliada.

le envió un mensaje privado a Paulina. Hola, señora Paulina, mi nombre es Adriana Salgado Rivas. Trabajé con su hijo durante 5 años. Necesito hablar con usted sobre una situación muy delicada que involucra a Damián y a la empleada de su casa. Es urgente. ¿Podríamos hablar? Adriana presionó enviar y esperó. Tr.

horas después, Paulina respondió, “Hola, Adriana. ¿Qué está pasando?” Adriana tecleó rápidamente. Prefiero que hablemos en persona. ¿Podría recibirme mañana? Paulina tardó unos minutos en responder. Sí, mañana a las 130 pm te mando la dirección. Adriana sonró. Una sonrisa calculadora. Si no podía atacar de frente, lo haría por la espalda.

Mientras Adriana conspiraba, la vida en casa de Damián volvía a la normalidad. Tres semanas después del enfrentamiento público, Renata ya tenía casi 6 meses. Se sentaba sola, balbuceaba, ma ma y pa pa pa. Le sonreía a todo. Yareli estaba en la sala jugando con ella. Apilaba bloques de colores y Renata los tiraba todos riéndose. Mírate nada más, traviesa.

Te encanta hacer un desastre, ¿verdad? Damián llegó del trabajo más temprano a las 6 de la tarde. Hola. Hola. Llegaste temprano hoy. Estoy tratando de trabajar menos, de pasar más tiempo aquí. Yarel sonró. A Renata le va a encantar. Damián se sentó en el piso junto a ellas.

Renata miró a su papá y estiró los bracitos. Vaya, parece que alguien quiere brazos. Él cargó a su hija. Renata le agarró la cara con sus manitas y soltó un gritito. Hola, princesa. Papá está aquí. Yareli se quedó viendo la escena. Se le oprimió el pecho de la emoción. “Estás cambiando”, dijo ella en voz baja. Damián. la miró para bien. Mucho mejor.

Cenaron juntos, platicaron sobre su día. Damián le contó que contrató a una nueva secretaria, la señora Claudia, una mujer de 50 años eficiente. Esta vez no hay manera de que haya confusiones, bromeó. Yareli. Se rió. Después de la cena, bañaron a Renata juntos. Damián la sostenía mientras Yareli la enjabonaba. Mira cómo le está creciendo el pelito.

Sí, pronto le vamos a poder hacer peinados. ¿Tú crees que va a sacar el cabello de quién? ¿El tuyo o el de tu esposa? Damián se quedó callado por unos segundos. Creo que el de su mamá. Ella tenía el cabello castaño claro, igual que Renata. Yarel asintió. Debió haber sido muy guapa. Lo era.

Pero, ¿sabes una cosa? Me sentía más solo cuando estaba casado que ahora. Yareli lo miró sorprendida. ¿A qué te refieres? Nos llevábamos bien, pero nunca fue esa conexión profunda. Era más bien una sociedad. Yo trabajaba demasiado. Ella se la pasaba en eventos sociales. Casi no hablábamos. Pero, ¿tuvieron a Renata? Sí, la tuvimos y estoy agradecido por eso, pero sé que nuestro matrimonio no era feliz para ninguno de los dos.

Yareli no sabía qué decir. Damián continuó. Después de que murió, me sentí culpable. Culpable por no haber sido un mejor esposo. Culpable por haber pasado tanto tiempo en la oficina. Culpable por todo. No podía saber qué iba a pasar. Lo sé, pero la culpa no es racional. Yareli le puso la mano en el hombro. Estás siendo un padre increíble ahora. Eso es lo que importa.

Damián la miró y sonríó. Gracias, de verdad. Acostaron a Renata juntos. Yareli cantó en voz baja. Renata cerró los ojitos y se quedó dormida. Cuando salieron del cuarto, se quedaron ahí en el pasillo. Yareli, mm, sé que arruiné muchas cosas al principio. Dudé de ti cuando no debía. Te lastimé.

Ya me pediste perdón varias veces. Lo sé, pero necesito saber si me perdonaste de verdad. Yareli lo miró a los ojos. Te perdoné, Damián. De verdad, demostraste que confías en mí. Me defendiste, expusiste a Adriana. Al final hiciste todo bien, pero todavía estás dolida. No, ya no. Damián respiró aliviado. Gracias. Se quedaron ahí demasiado cerca, mirándose el uno al otro.

Buenas noches”, dijo Yareli, rompiendo el momento. “Buenas noches.” Ella se fue a su cuarto. Damián se quedó ahí con el corazón acelerado. Algo estaba cambiando entre ellos y él ya no sabía cómo fingir que no era así. Los días pasaron. Yareli y Damián se volvían cada vez más cercanos.

Él llegaba temprano, cenaban juntos, platicaban hasta tarde, se reían, se miraban de una manera diferente. Una semana después, el viernes por la noche, Damián llegó a casa con una botella de vino. ¿Qué es eso? Malbec argentino, mi favorito. Pensé que podríamos tomar una copa en la terraza después de que Renata se duerma. Yarel sonríó. Ahora muy elegante.

Solo quería celebrar. ¿Celebrar qué? La paz. Hemos pasado por tantas cosas en los últimos meses. Merece un brindiz. Por la noche, después de que Renata se durmió, se fueron al balcón. Se sentaron en las mecedoras. Damián sirvió el vino. Órale, qué rico. Dijo Yareli después del primer trago.

¿Verdad? Lo compré en el viaje que hice a Argentina el año pasado. Se quedaron ahí mirando la ciudad iluminada abajo. El viento soplaba suavemente. Yareli. Mm. ¿Puedo decirte algo? Claro. Damián respiró profundo. Estoy sintiendo algo por ti. Algo diferente. El corazón de Yareli se aceleró. diferente como más que agradecimiento, más que respeto. Yo creo que me estás gustando, de verdad.

Yareli se quedó sin palabras. Damián, lo sé. Sé que trabajas aquí. Sé que hay diferencias entre nosotros, pero ya no puedo fingir que no estoy sintiendo esto. Yareli, dejó la copa de vino en la mesita. Y si sale mal, hacemos que funcione. Y si la gente habla, que hablen, no me importa. Y Renata, Renata ya te quiere.

Eres la mamá que ella conoce. Yareli sintió que le ardían los ojos. Yo también estoy sintiendo algo, pero tengo tanto miedo. Miedo de qué? Miedo de no ser suficiente, de que te des cuenta de que no encajo en tu mundo, de que todo esto sea solo un momento y que luego se acabe.

Damián se levantó, se acercó a ella y se arrodilló frente a su silla. Yareli, eres más que suficiente. Eres increíble. Cuidas a mi hija como nadie. Enfrentas todo con la cabeza en alto. Eres valiente, fuerte, auténtica. Nunca he conocido a nadie como tú. Las lágrimas de Yareli cayeron. Y si tu familia no me acepta, lo enfrentaremos juntos.

Y si te cansas de mí, no me voy a cansar, te lo prometo. Yareli lo miró. Vio sinceridad en sus ojos. Entonces vamos despacio, sin prisa, despacio, como tú quieras. Damián le tomó el rostro. Te puedo besar. Yarel asintió. Él se acercó. Sus labios se tocaron. Fue un beso tierno, lleno de sentimiento. Cuando se separaron, a los dos les faltaba el aire. Wow! Susurró Yareli. Damián sonríó. Sí. Guow.

Se besaron de nuevo. Esta vez fue más intenso, más urgente. Se quedaron ahí en el balcón durante horas platicando, besándose, riendo. Cuando se fueron a dormir ya era de madrugada. cada uno a su cuarto, pero ninguno de los dos pudo dormir bien. Ambos se quedaron pensando en lo que había pasado.

Todo había cambiado esa noche. Y del otro lado de la ciudad, Adriana salió de un café después de dos horas de plática con Paulina Villalobos Ochoa. Le había contado todo a la mamá de Damián. inventó algunas cosas, exageró otras y Paulina había mordido el anzuelo. Esa muchacha se está aprovechando de mi hijo, no lo voy a permitir. Adriana sonrió mientras se subía al coche.

La guerra no había terminado, solo había cambiado de campo de batalla. Lunes por la mañana, una semana después del beso en el balcón, Renata ya había cumplido 6 meses. Paulina Villalobos Ochoa estacionó su coche de lujo frente al edificio de su hijo. 60 años, cabello rubio y bien peinado, ropa de diseñador, postura erguida, no había avisado que vendría. Quería que fuera una sorpresa.

Subió y tocó el timbre. Yareli abrió con Renata en brazos. Las dos se midieron con la mirada en silencio. Paulina la miró de arriba a abajo. Yareli la miró directamente a los ojos. Buenos días. ¿Se le ofrece algo? Soy Paulina Villalobos Ochoa, la mamá de Damián. Está a Yareli. Se le revolvió el estómago. Sí, está. Pase. Le abrió la puerta. Paulina entró.

examinándolo todo, casa limpia, con buen aroma y organizada. Damián, ¿tienes visita? Él salió del estudio en jeans y camisa, vio a su mamá y se quedó helado. Mamá, qué sorpresa. Vine a visitarte y a conocer bien a mi nieta. Paulina se acercó y extendió los brazos. ¿Puedo cargarla? Yarel dudó un momento, pero se la entregó. Renata se extrañó y empezó a lloriquear.

Tranquila, Renata, es la abuela. Pero Renata lloró más fuerte. Paulina intentó arrullarla con torpeza. La bebé berreó. De verdad no me conoce, le devolvió a Renata a Yareli. La bebé dejó de llorar al instante. Paulina lo vio y lo detestó. Damián, necesito hablar contigo a solas. Damián miró a Yareli. Puedes irte. Luego hablamos.

Yareli subió con Renata. Damián llevó a su mamá al despacho y cerró la puerta. ¿Qué pasa, mamá? ¿Sucedió algo? Paulina se sentó y cruzó las piernas. Me enteré de algunas cosas. Vine porque estoy preocupada. ¿Qué cosas? Una exempleada tuya me buscó. Adriana me lo contó todo. A Damián le hirvió la sangre.

Adriana te buscó. Sí. Y me contó sobre esa empleada tuya, Yareli. ¿Qué te dijo? Paulina suspiró. Que se está aprovechando de ti, que te está coqueteando para sacarte dinero, que planeó todo para que despidieran a Adriana. Damián se levantó nervioso. Mamá, Adriana es una mentirosa. La despidieron porque le tendió una trampa a Yareli. Tres veces.

Tengo pruebas, videos, audios, todo. Pero Adriana dijo que estás enamorado y por eso no ves las cosas con claridad. Adriana está obsesionada conmigo. Trabajó conmigo 5 años esperando que me fijara en ella. Cuando vio que no iba a pasar nada, quiso destruir a Yareli. Paulina se quedó callada. ¿Y estás enamorado de ella? ¿De quién? de Yareli. Damián miró a su mamá. Lo estoy. Sí.

Paulina puso mala cara. Damián es tu trabajadora doméstica. Lo era. Ahora es la mujer que amo. Apenas la conoces. ¿Cuánto tiempo lleva trabajando aquí? 4 meses. El tiempo suficiente para saber que quiero estar con ella. Paulina se levantó.

Hijo, por el amor de Dios, eres rico, exitoso, puedes tener a la mujer que quieras y vas a escoger a una trabajadora doméstica. Yo no la escogí, me enamoré. Esto es una locura. Todavía estás de luto. Estás confundiendo las cosas. No estoy confundiendo nada. Sé perfectamente lo que siento. Paulina lo señaló con el dedo. Esa muchacha te está manipulando. Encontró tu punto débil Renata y lo usó.

Ella cuida a Renata porque la quiere y yo me enamoré porque es increíble. Te vas a arrepentir. No lo haré. Paulina tomó su bolso. Está bien. No tiene caso hablar contigo, pero voy a arreglar esto. ¿Cómo que arreglarlo? Ya verás. Salió azotando la puerta. Damián subió. Yareli estaba en el cuarto con Renata. Se fue. Sí. Y no fue una buena visita. No le caí bien.

Ella no te conoce. Pero no voy a renunciar a ti por ella. Abrazó a Yareli. Ella se recargó en su pecho. Tengo miedo de lo que vaya a hacer. No importa lo que haga, lo enfrentaremos juntos. Más tarde, Paulina le llamó a Adriana. Tenías razón. Estás ciego por ella. Te lo dije. Tenemos que hacer algo.

Pero, ¿qué? Adriana se quedó pensando. Déjamelo a mí. Tengo una idea. El jueves por la tarde de esa misma semana, Adriana marcó un número antiguo. Bueno, Luciano, soy Adriana. Adriana Salgado Rivas. Trabajamos juntos en la empresa de logística hace como 4 años. Del otro lado, Luciano frunció el seño. La recordaba vagamente. Ah, hola, todo bien.

¿Todo bien? ¿Todavía trabajas como investigador? Sí. ¿Por qué? Necesito que investigues a una persona. Yareli Solano Arriaga. ¿Qué quieres saber? Todo su pasado, su familia, deudas, demandas, todo. ¿Cuál es el objetivo? ¿Está engañando a alguien que conozco, necesito pruebas? ¿Cuánto pagas? 5000 pesos. Adriana Salgado Rivas no tenía mucho dinero. Había usado sus ahorros. 7000 hecho. Una semana después, Luciano llamó.

Encontré algunas cosas. A ver, dime. Yareli tiene a su mamá. Se llama Marisol Delgadillo y Barra. Vive en una colonia popular en Istapalapa. Llevan dos años sin hablarse. ¿Por qué se pelearon cuando Yareli dejó la carrera de pedagogía para ponerse a trabajar? La mamá no lo aceptó y la corrió de la casa.

Adriana tomó nota. ¿Qué más? tiene un exnovio, Julián Rojas Galindo. Terminaron hace un año porque él la engañó. El tipo todavía publica cosas sobre ella en sus redes. Parece que quiere volver. Pásame su número. Ahorita te lo mando. Adriana guardó el número. Escribió, “Hola, Julián. No me conoces, pero necesito hablar contigo sobre Yareli. Es urgente. ¿Me marcas?” 10 minutos después, Julián le marcó.

Bueno, ¿quién habla? ¿Le pasó algo a Yare? Tranquilo, ella está bien. Soy Adriana. Trabajaba con su patrón. ¿Y qué quieres? Mira, Yareli se está involucrando con el patrón, un tipo con mucho dinero. Creo que la están engañando. Julián se quedó en silencio. Como que engañada. Este Damián la está usando, la hace creer que le importa, pero solo quiere una niñera gratis.

¿Y por qué me estás contando esto a mí? Porque tú todavía la quieres y ella merece saber la verdad. Ese tipo nunca la va a tomar en serio. La gente de dinero no se mezcla con los pobres. La va a usar y luego la va a votar. Julián respiró profundo. ¿Qué quieres que haga? Búscala. Recuérdale quién es, de dónde viene. Dile que cambiaste, que te arrepentiste. Dile que se está equivocando.

Y si no me quiere escuchar, insiste. Julián lo pensó. Voy a intentarlo. Me avisas cómo te fue, Adriana colgó y sonrió. Ahora solo faltaba la mamá. Tomó la dirección y fue hasta la colonia. Encontró la casa de Marisol, sencilla, de color verde, con un portón de herrería. tocó, le abrió una mujer de unos 50 años de rostro cansado y con el cabello recogido. Buenas tardes.

¿Usted es la señora Marisol? Soy yo. ¿Quién es usted, Adriana? Vine a hablar de su hija Yareli. Marisol frunció el seño. ¿Qué pasa con ella? Puedo pasar. Marisol dudó un momento, pero la dejó pasar. Adentro. La casa era sencilla, pero estaba limpia. un sofá viejo, una tele pequeña y olía a café. Siéntese.

¿Gusta un café? No, gracias. Se sentaron. Entonces, ¿qué quería decirme de Yareli? Adriana escogió sus palabras con cuidado. Usted sabe que trabaja para un hombre rico, ¿verdad? Sí, lo sé. me mandó un mensaje hace unos meses. El problema es que no solo está trabajando para él, está teniendo algo con él. Marisol abrió los ojos como platos.

¿A qué se refiere? Está teniendo una aventura con su jefe y creo que es por interés. Interés. Dinero. Él es millonario. Ella vio la oportunidad. Marisol se puso roja. No, Millarelli, no es así. ¿Estás segura? Dejó la universidad. Trabaja como trabajadora doméstica. ¿No será que vio en él una oportunidad fácil? Marisol negó con la cabeza. Siempre se lo dije. Estudia, trabaja bien, haz tu vida.

Pero no me hizo caso. Exacto. Y cuando se canse de ella, la va a botar y entonces se va a quedar sin nada. Marisol apretó las manos. ¿Qué puedo hacer? Habla con ella. Haz que entre en razón. No nos hablamos desde hace dos años. Pues ahora es el momento.

Antes de que sea demasiado tarde, Adriana dejó un papel con la dirección sobre la mesa y se fue. En el coche sonríó. Las piezas estaban en su lugar. Sábado por la mañana, dos semanas después del enfrentamiento con Paulina, Renata tenía 7 meses. Yareli se despertó temprano, lo preparó todo, el café, la mamila, la limpieza. Damián bajó en pijama. Buenos días.

Buenos días. La abrazó por la espalda y le besó el cuello. Dormiste bien. Dormí. ¿Y tú? Soñé que estábamos en la playa con Renata. Yareli se rió. Qué tierno. Desayunaron platicando. A las 10 sonó el timbre. Yareli fue a abrir, miró y se quedó helada. Julián abrió despacio. Julián, ¿qué haces aquí? Estaba más delgado con la barba mal rasurada. Hola, Yare. Necesitaba hablar contigo.

¿Cómo supiste dónde vivo? Habló una mujer. Dijo que estabas aquí, que te estás metiendo en problemas. La rabia la invadió. Qué mujer no dijo su nombre. Dijo que andas con un tipo rico y que estás cometiendo una tontería. Julián, vete. Y escúchame. Sé que me equivoqué, pero he cambiado. Te lo juro. No me interesa.

Terminamos hace más de un año, pero todavía te quiero. Siempre te he querido. Damián apareció. ¿Hay algún problema? Julián lo miró. Traje caro, reloj caro, casa cara. Tú eres Damián. Lo soy. ¿Y tú? Su exnovio. Damián miró a Yareli. Ella negó con la cabeza. Yo no lo invité. Julián dio un paso.

Y no te das cuenta este tipo te está usando. Nunca te va a tomar en serio. La gente de dinero no se junta con los pobres. Tú no sabes nada. Claro que sé. Te conozco. Te estás engañando a ti misma. Damián se interpuso. Mira, amigo, no sé quién te mandó, pero no tienes derecho a venir aquí a hablar de nuestra vida. Nuestra vida. Parece que estás confundiendo las cosas. No confundo nada.

Amo a Yareli y no es asunto tuyo. Julián soltó una risa amarga. La amas o solo te encanta que cuide a tu hija gratis. Yareli se interpuso. Basta, Julián, vete. Yaré, te dije que te fueras. Julián la miró, vio su determinación, se dio cuenta de que había perdido. Está bien, pero cuando te bote no vengas a buscarme. Se fue. Yareli cerró la puerta temblando. Damián la abrazó. Tranquila, ya se fue.

¿Cómo se enteró? Alguien le dijo, “Seguro fue Adriana. Pero si ella ni conoce a Julián, seguramente contrató a un investigador y averiguó todo sobre ti. Yareli sintió un escalofrío. No va a parar. No, pero nosotros tampoco. Yareli se rió. Qué tierno. Se tomaron un café mientras platicaban. A las 10 sonó el timbre.

Yareli fue a abrir, miró por la mirilla y se quedó helada. Julián abrió la puerta lentamente. Julián, ¿qué haces aquí? Estaba más delgado con la barba sin rasurar. Hola, Yare, necesito hablar contigo. ¿Cómo supiste dónde vivo? Habló una mujer. Dijo que estás aquí, que andas en malos pasos. Se llenó de rabia. Qué mujer dijo su nombre.

Dijo que andas con un tipo rico y que estás haciendo una tontería. Julián, vete. Yare, escúchame. Sé que me equivoqué, pero ya cambié. Te lo juro. No me interesa. Terminamos hace más de un año, pero todavía te quiero. Siempre te he querido. Damián apareció. ¿Algún problema? Julián miró. Traje caro, reloj caro, casa. Tú eres Damián.

Soy y tú, su exnovio. Damián miró a Yareli. Ella negó con la cabeza. Yo no lo invité. Julián dio un paso. Y no te das cuenta este tipo solo te está usando. Él nunca te va a tomar en serio. Un rico nunca se va a quedar con una pobre. Tú no sabes nada. Claro que sé. Te conozco. Te estás engañando a ti misma.

Damián se interpuso. Mira, amigo, no sé quién te haya mandado, pero no tienes ningún derecho a venir aquí a hablar de nuestra vida. Nuestra vida. Parece que estás confundiendo las cosas. No confundo nada. Amo a Yareli y no es asunto tuyo. Julián soltó una risa amarga.

¿La amas? ¿O solo te encanta que cuide a tu hija gratis? Yareli se interpuso. Ya basta, Julián. Vete, Yar, dije que te fueras. Julián la miró, vio su determinación, se dio cuenta de que había perdido. Está bien, pero cuando te bote no vengas a buscarme. Se fue. Yareli cerró la puerta temblando. Damián la abrazó. Tranquila, ya se fue.

¿Cómo se enteró? Alguien le dijo, “Seguro fue Adriana, pero si ella ni conoce a Julián. Seguramente contrató a un investigador. Averiguó todo sobre ti. Yareli sintió un escalofrío. No se va a detener. No, pero nosotros tampoco. Dos horas después sonó el timbre de nuevo. Yareli abrió y casi se desmaya. Marisol, su mamá. Mamá. Hola, Yareli.

Dos años sin hablarse, dos años de rencor. ¿Qué haces aquí? Vino una mujer a hablar conmigo. Me dijo que te estás metiendo con tu patrón, que estás cometiendo una tontería. Yareló los ojos. Adriana, mamá, pasa. Vamos a platicar. Marisol entró observándolo todo. La casa era enorme, lujosa. Órale, qué lugar. Damián apareció con Renata.

Hola, usted debe ser la mamá de Yareli. Marisol lo miró. Luego a la nieta que nunca había visto. Sí, soy yo. ¿Y esta es la bebé? Sí, es Renata. Marisol se acercó, miró a su nietecita, se le llenaron los ojos de lágrimas. Es hermosa. ¿Quiere cargarla? Marisol la cargó. Renata se extrañó, pero no lloró. Hola, chiquita. Soy tu abuela. Yareli. Miró con el corazón encogido.

Mamá, vamos a platicar arriba. Marisol le devolvió a Renata. Subió con su hija. En la recámara se sentaron en la cama. Es verdad, ¿estás con él? Yarel respiró profundo. Sí, pero no es como dijo esa mujer. Entonces, ¿cómo es? Me enamoré, mamá. No fue planeado, simplemente pasó. Marisol negó con la cabeza.

Yareli, eres su empleada. Lo sé. ¿Y crees que va a funcionar? que su familia te va a aceptar. No sé, pero lo voy a intentar. Marisol le tomó la mano a su hija. Solo no quiero verte sufrir. La gente de dinero es complicada. Ellos no se mezclan. Él no es así. Él me ama. Y si no te ama, si te está engañando. No lo está. Yo lo sé. Marisol suspiró.

Me hubiera gustado que terminaras la carrera, que hubieras hecho tu vida bien. La estoy construyendo, mamá, a mi manera. Se quedaron en silencio. Te extrañé, dijo Yareli en voz baja. Marisol se puso a llorar. Yo también te extrañé. Se abrazaron. Dos años de rencor disolviéndose, pero cuando bajaron, Marisol todavía parecía indecisa.

Tengo que irme, pero ¿puedo volver para conocer mejor a mi nieta? Claro que sí, mamá. Marisol salió. Damián miró a Yareli. No se ve muy convencida. No lo está. Va a tomar tiempo. Tenemos tiempo. Pero lejos de ahí, en un café cerca de la colonia, Adriana estaba reunida con Paulina. Sembré las semillas. El exnovio fue para allá, la mamá también.

¿Y funcionó? Todavía no, pero sembré la duda. Ahora hay que dejarla crecer. Paulina tamborileó los dedos sobre la mesa. Y si no funciona, va a funcionar. Tarde o temprano, esa muchacha se va a dar cuenta de que no pertenece a ese mundo. Eso espero, porque si no voy a tener que tomar medidas más drásticas. ¿Qué tipo de medidas? Paulina la miró.

Tengo muy buenos abogados. Puedo hacer de su vida un infierno legalmente. Adriana sonrió. Me cae bien, señora Paulina. Yareli abrió la puerta y casi se desmaya. Marisol, su mamá. Mamá. Hola, Yareli. Dos años sin hablarse, dos años de rencor. ¿Qué haces aquí? Una mujer vino a hablar conmigo. Me dijo que te estás metiendo con el patrón, que estás haciendo una tontería.

Yareli cerró los ojos. Adriana, mamá, pasa. Vamos a platicar. Marisol entró observándolo todo. Una casa enorme, lujosa. Órale, qué lugar. Damián apareció con Renata. Hola, usted debe ser la mamá de Yareli. Marisol lo miró. Luego a la nieta que nunca había visto. Sí, soy yo. Y esta es la bebé. Sí, Renata.

Marisol se acercó, miró a su nietecita, se le llenaron los ojos de lágrimas. Es hermosa, quiere cargarla. Marisol la cargó. Renata se extrañó, pero no lloró. Hola, pequeña. Soy tu agüe. Yareli. Miraba con el corazón encogido. Mamá, vamos a platicar arriba. Marisol le devolvió a Renata, subió con su hija. En la recámara se sentaron en la cama.

Es verdad, ¿estás con él? Yarel respiró profundo. Sí, pero no es como dijo esa mujer. Entonces, ¿cómo es? Me enamoré, mamá. No fue planeado. Simplemente pasó. Marisol negó con la cabeza. Yareli, eres su empleada. Lo sé. ¿Y crees que va a funcionar? que su familia lo va a aceptar. No sé, pero lo voy a intentar. Marisol tomó la mano de su hija. Solo no quiero verte sufrir.

La gente de dinero es complicada, no se mezclan. Él no es así. Él me ama. Y si no te ama, si te está engañando, no lo está. Yo lo sé. Marisol suspiró. Me hubiera gustado que terminaras la universidad. que hubieras hecho tu vida bien. La estoy haciendo, mamá, a mi manera. Se quedaron en silencio. Te extrañé, dijo Yareli en voz baja. Marisol se soltó a llorar. Yo también te extrañé. Se abrazaron.

Dos años de rencor disolviéndose. Pero cuando bajaron, Marisol todavía parecía dividida. Tengo que irme, pero ¿puedo volver para conocer mejor a mi nieta? Claro que sí, mamá. Marisol salió. Damián miró a Yareli. No parece muy convencida. No lo está. Va a tomar tiempo. Tenemos tiempo.

Pero lejos de ahí, en un café cerca de la colonia, Adriana estaba reunida con Paulina. Planté las semillas. El exnovio fue para allá, la mamá también. ¿Y funcionó? Todavía no, pero sembré la duda. Ahora hay que dejarla crecer. Paulina. tamborileó los dedos sobre la mesa. Y si no funciona, va a funcionar. Tarde o temprano esa muchacha se va a dar cuenta de que no pertenece a ese mundo.

Eso espero, porque si no voy a tener que tomar medidas más drásticas. ¿Qué tipo de medidas? Paulina la miró. Tengo muy buenos abogados. Puedo convertir su vida en un infierno legalmente. Adriana sonrió. Me cayó bien, señora Paulina. Esa semana Adriana comenzó otra estrategia. Creó un perfil falso en Instagram, una foto cualquiera de internet nombre Ana Silva, siguió a los amigos de Damián, empezó a interactuar y entonces sembró los comentarios.

Cuando alguien publicaba algo sobre Damián, supe que anda con la muchacha que trabajaba en su casa. ¿Qué valor será? ¿Amor o puro interés? Pobre, lo están manipulando. Comentarios sutiles, venenosos. En dos días el chisme se regó como pólvora. Los amigos de Damián empezaron a comentarlo entre ellos en el trabajo, en el gimnasio, en sus círculos sociales.

¿Supiste lo de Damián? Anda con la trabajadora doméstica. En serio, se volvió loco? Dicen que se le estuvo insinuando desde que empezó a trabajar ahí. Damián empezó a notarlo. Miradas extrañas, comentarios disimulados. Un jueves fue a cenar con dos amigos de la universidad, Paulo y Marcelo. Pidieron unas cervezas, platicaron del trabajo. Entonces Pablo sacó el tema.

Oye, Damián, escuché un chisme por ahí. Andas de novio. Damián le dio un trago a su cerveza. Sí. Por es verdad que es la muchacha que trabajaba en tu casa. Lo era, ya no es mi empleada. Marcelo soltó una risa nerviosa. Gey, andar con la sirvienta. Damián lo miró seriamente. No es la sirvienta, es la mujer que amo.

Pero tienes que admitir que es raro. La chava trabajaba para ti. Ahora están juntos. Suena a que es una interesada. No lo es. Ella se enamoró tanto como yo. Paulo le puso la mano en el hombro. Damián, te conocemos desde hace 20 años. Solo estamos preocupados. Has pasado por mucho. Perdiste a tu esposa. Crías a Renata tú solo.

No estarás confundiendo gratitud con amor. Damián le quitó la mano. No estoy confundiendo nada. Ustedes no conocen a Yareli. Si la conocieran lo entenderían. Entonces, preséntanosla, dijo Marcelo. Organiza una cena. Queremos conocerla. Damián respiró hondo. Está bien, la voy a organizar. Pero sabía que iba a ser difícil. Sabía que la iban a juzgar.

Sabía que Yareli se iba a sentir incómoda. Cuando regresó a casa, Yareli notó que él estaba raro. ¿Pasó algo? Mis amigos se enteraron de lo nuestro y no reaccionaron bien. Yareli se sentó. Me lo imaginé. Quieren conocerte. ¿Quieren cenar con nosotros? ¿Crees que deba ir? Damián se sentó a su lado.

Sí, porque entre más te escondas, más van a pensar que algo anda mal. Y si no les caigo bien, es su problema, no el nuestro. Yarel asintió. Está bien, voy. Damián le dio un beso en la frente. Todo va a salir bien, te lo prometo. Pero esa noche, después de que Yareli se durmió, Damián se quedó pensando en el balcón. Los chismes se estaban esparciendo.

Sus amigos lo estaban juzgando. Su mamá estaba en su contra. Todo parecía estarse derrumbando. Sacó su celular, abrió Instagram. empezó a leer los comentarios en sus publicaciones. Vio un perfil de una tal Ana Silva comentando cosas malintencionadas. Hizo clic en el perfil, cero publicaciones, creado hacía una semana.

Solo seguía a amigos suyos, un perfil falso. Damián estuvo seguro, era Adriana o alguien a quien le pagó, le sacó captura de pantalla a todo, lo guardó. una prueba más para usar en su contra en el juicio, porque el proceso penal contra Adriana seguía en curso. La audiencia preliminar se había pospuesto dos veces por cuestiones burocráticas, pero se llevaría a cabo pronto y Damián se iba a asegurar de que ella pagara por todo.

Viernes por la noche, una semana después, Yareli se arreglaba para la cena con los amigos de Damián. Un vestido azul marino, sencillo bonito, zapatos de tacón bajo, el pelo suelto. Damián entró. Te ves hermosa. Yarel lo miró por el espejo. Estoy nerviosa. No tienes por qué. Solo sé tú misma. Y si me odian. Damián la abrazó por la espalda. No te van a odiar y si no les caes bien es su problema.

Pero quisiera que les cayeras bien a tus amigos. Les vas a caer bien, solo necesitan conocerte. Salieron. Dejaron a Jimena con Marisol, que había vuelto dos veces durante la semana para convivir más con su nieta. Vete tranquila, mija, yo la cuido. Gracias, mamá. El restaurante era elegante. Ballet parking, meseros con corbata, carta de vinos. Yareli nunca había entrado a un lugar así.

Relájate, le susurró Damián tomándole la mano. Pablo y Marcelo ya estaban en la mesa con sus esposas, Camila y Renata. Órale, ya llegaron. Se levantó Pablo. Damián saludó a todos. Presentó a Yareli. Ella es Yareli. Yareli. Ellos son Pablo y Camila, Marcelo y Renata. Mucho gusto dijo Yareli sonriendo.

Todos saludaron de forma educada, pero Yareli sintió las miradas analizándola. Se sentaron. El mesero trajo el menú. Yarelli lo ojeó. Precios absurdos. Nombres en francés. ¿Ya sabes qué vas a pedir?”, le preguntó Damián en voz baja. “No, escoge tú.” Él pidió por los dos. “Oye, Yareli,” empezó Camila.

Damián nos contó que ayudabas con Renata Coronado Beltrán. Sí, yo la cuidaba. Ahora contrató a alguien más. Ah, ya. ¿Y qué hacías exactamente? Hacía la limpieza de la casa y también cuidaba a la bebé. Silencio en la mesa. Renata bebió de su vino. Ha de ser difícil, ¿no? Es un trabajo pesado. Sí, pero me gusta.

Me gusta dejar las cosas en orden. Marcelo se aclaró la garganta. ¿Y ahora qué vas a hacer? ¿Sigues trabajando? Sí. Volví a estudiar pedagogía. Estoy estudiando en línea. Pablo sonríó. Qué bien. La pedagogía es importante, pero la forma en que lo dijo sonó condescendiente. La plática continuó. Preguntas sobre su familia, su trabajo, de dónde venía.

Y tu mamá, Yareli, ¿a qué se dedica? Es trabajadora doméstica. Otro silencio. Ah. Camila miró a Renata. Renata miró a Camila. Lamián, que hasta ese momento había estado callado, intervino con firmeza. La mamá de Yareli es increíble. La críó ella sola. Luchó muchísimo. Hizo un excelente trabajo. Sin duda, dijo Paulo. Pero nadie parecía convencido.

A mitad de la cena, Camila preguntó, “¿Y cómo fue que se conocieron?” Yareli iba a responder, pero Damián habló primero. Nos conocimos cuando empezó a trabajar en la casa, pero lo que empezó como respeto se convirtió en admiración y la admiración en amor. Yareli lo miró agradecida. “¡Qué romántico”, dijo Renata sin emoción alguna. El resto de la cena fue tenso.

Preguntas veladas, comentarios sobre la diferencia de mundos. Bromas sobre que Damián iba a cambiar de vida. Yareli aguantó todo con una sonrisa en el rostro. Cuando terminó, se despidieron en la puerta. “Fue un placer conocerte, Yareli,” dijo Camila dándole un beso en la mejilla.

Igualmente en el coche de regreso, Yareli se quedó callada. ¿Estás bien? Sí, claro que no. Te vi la cara. Yarel suspiró. No les caí, todavía no te conocen y no lo van a hacer porque no quieren. Soy diferente. No encajo. Damián se orilló y detuvo el coche. Se volteó hacia ella. Yareli, no necesitas encajar. Eres perfecta así como eres. Pero ellos no lo creen. Entonces ese es su problema.

Mira, mis amigos son importantes para mí, pero tú eres más importante. Si no son capaces de ver lo increíble que eres, me alejaré de ellos. Yarelí lo miró con los ojos llenos de lágrimas. No quiero que pierdas a tus amigos por mi culpa. No los voy a perder. Se van a dar cuenta de su error.

Pero incluso si no lo hacen, eso no cambia nada entre nosotros. Le tomó el rostro entre sus manos. Te amo y nada de lo que digan va a cambiarlo. Ella dejó que las lágrimas cayeran. Yo también te amo. Se besaron. Un beso largo e intenso. Regresaron a casa. Marisol había acostado a Renata. ¿Cómo te fue? Fue diferente, dijo Yareli.

Sus amigos son pesados, son educados, pero se nota que no me aceptan. Marisol abrazó a su hija. Hija, la gente de dinero es así, pero lo que importa es que él te ama y tú lo amas a él. Lo demás no importa. Yareli se dio cuenta. Su mamá la estaba aceptando poco a poco, pero lo hacía. Después de que Marisol se fue, Yareli y Damián se sentaron en el balcón.

No me importa lo que piensen mis amigos, dijo él, pero a mí sí, porque son importantes para ti. Tú eres más importante. Yareli recargó la cabeza en su hombro. Todavía vamos a tener que enfrentar muchas cosas, ¿verdad? Sí. Tu mamá todavía desconfía. Mi mamá está en contra.

Mis amigos nos están juzgando y Adriana anda regando el chisme. Entonces, ¿vale? Damián la miró. Vale la pena, porque al final somos tú y yo, y Renata y eso es todo lo que importa. Ella sonrió. Yo también lo creo. Se besaron de nuevo ahí en la terraza, bajo las estrellas. Juraron que iban a luchar. No importaba cuánta gente intentara separarlos, no importaba cuántas cenas incómodas aún estuvieran por venir, iban a luchar por su amor hasta el final.

Pero en la mansión de los Villalobos, al otro lado de la ciudad, Paulina terminaba una llamada con el abogado de la familia. Licenciado Ramírez, necesito que analice algo para mí. Mi hijo se anda involucrando con la que trabajaba aquí en la casa. Quiero saber si hay alguna forma legal de complicar las cosas. Al otro lado de la línea, el abogado dudó.

Señora Paulina, ¿qué es exactamente lo que quiere hacer? Quiero proteger a mi hijo y a mi nieta. Esa muchacha no les conviene. ¿Usted tiene pruebas de eso? Todavía no, pero las voy a conseguir. Entonces, consiga las pruebas primero, después hablamos de las opciones legales. Paulina colgó, miró por la ventana, no iba a renunciar a su hijo e iba a hacer lo que fuera necesario para sacar a esa muchacha de su vida. Lunes por la mañana.

Tres semanas después de la tensa cena, Renata acababa de cumplir 8 meses. Yareli estaba en la cocina preparando café cuando sonó el timbre. Miró por la mirilla, se le revolvió el estómago. Paulina abrió la puerta lentamente. Buenos días. Buenos días, Yareli. Damián no está, ¿verdad? No. Se fue a trabajar. Perfecto. Vine a hablar contigo.

Yarel dudó, pero le abrió la puerta. Pasa. Paulina entró. Esta vez no inspeccionó la casa, fue directo al grano. Seamos prácticas. Sé que mi hijo cree que está enamorado de ti y sé que tú también dices que estás enamorada de él. Yo no lo digo, lo estoy. Paulina esbozó una sonrisa fría. Respóndeme una cosa.

¿De verdad crees que esto va a funcionar? ¿Una trabajadora doméstica con un empresario millonario? Sí, lo creo. Nos amamos. El amor no paga las cuentas y el amor no va a hacer que te acepten en este mundo. Yareli se cruzó de brazos. ¿Qué es lo que quiere, señora? Paulina abrió su bolso. Sacó un sobre. Quiero hacerte una propuesta. puso el sobre la mesa.

Aquí tienes 700,000 pesos en un cheque para ti. Yareli miró el sobre sin tocarlo. ¿Y qué tengo que hacer? Salir de la vida de mi hijo hoy mismo, agarrar tus cosas y desaparecer. El silencio se hizo pesado en la sala. ¿Usted me está ofreciendo dinero para que abandone a Damián? No es abandonarlo, es hacer lo correcto.

Mírate, míralo a él. Ustedes no encajan. Tarde o temprano él se va a dar cuenta y tú vas a sufrir. Así que te estoy dando una salida digna con suficiente dinero para que empieces de nuevo lejos de aquí. Yarel se quedó mirando el sobre. 700,000 pesos. Nunca en su vida había visto tanto dinero junto.

Le alcanzaría para terminar la universidad, para ayudar a su mamá, para Pero entonces pensó en Damián, en su sonrisa, en la forma en que la miraba, en su amor. Y pensó en Renata, en sus primeros pasitos, en sus risas, en la manera en que la bebé se acurrucaba con ella. Tomó el sobre y se lo devolvió a Paulina.

¿Usted cree que todo el mundo tiene un precio? Todo el mundo lo tiene. Solo es cuestión de encontrar la cifra correcta. Entonces, ¿cuál es el suyo? Paulina frunció el seño. ¿Cómo que cuál? ¿Cuánto le pago para que usted acepte que su hijo me eligió? El rostro de Paulina se puso rojo. Usted no quiero el dinero de su hijo. Lo quiero a él y usted no van a ir a alejarme de él con ningún cheque.

Paulina tomó el sobre de vuelta. Le temblaban las manos de rabia. Se va a arrepentir de esto. No lo haré. Claro que sí, porque voy a hacer de su vida un infierno. Voy a usar todo lo que tengo, abogados, contactos, dinero. Voy a investigar cada rincón de su vida y cuando encuentre algo, la voy a destruir.

Yareli dio un paso al frente. Puede investigar. Mi vida es un libro abierto. No tengo nada que esconder. Paulina arrojó el sobre al suelo con fuerza. Los billetes salieron volando. No es más que una interesada con suerte y usted no es más que una madre que no acepta ver a su hijo feliz. Paulina avanzó.

Yareli no retrocedió. Salga de mi casa ahora. Esta casa no es suya, es de mi hijo. Él me dio las llaves, me dio el derecho de vivir aquí. Así que vete antes de que llame a la policía. Paulina Villalobos Ochoa se echó la bolsa al hombro. ¿Crees que ganaste? No ganaste nada. Voy a acabar contigo. Salió azotando la puerta.

Yareló con llave, se recargó en la puerta y empezó a temblar. Renata lloró en la recámara. Yareli respiró profundo y fue con ella. Calma, mi amor. Todo está bien. Mamá está aquí. Cargó a la bebé. Renata se acurrucó y dejó de llorar. Yareli se sentó en el sillón meciendo a su hija del corazón y dejó caer las lágrimas en silencio.

Cuando Damián llegó a casa a las 6, Yareli estaba demasiado callada. Se dio cuenta al instante. ¿Qué pasó? ¿Pasó algo? Yareli le contó todo. La propuesta, los gritos, las amenazas, la cara de Damián se fue poniendo cada vez más roja. te ofreció dinero para que me dejaras. Me ofreció. Damián apretó los puños, respiró profundo, intentando controlarse. Mañana mismo voy a ir.

Mañana voy a ir a su casa y le voy a dar un ultimátum. O te respeta o me pierde para siempre. Yareli lo tomó del brazo. ¿Estás seguro? Lo estoy. Rebasó todos los límites. Yareli recargó la cabeza en su pecho. Solo prométeme una cosa. ¿Qué? ¿Que no vas a renunciar a nosotros? No importa lo que ella haga. Damián le besó la frente. Nunca. Te lo prometo.

Los días siguientes fueron los peores. Los chismes se esparcieron todavía más en el edificio, en el mercado, hasta en la calle. Una tarde, Yareli fue a comprar pañales con Renata en la carriola. Una vecina del edificio se le acercó. Hola, ¿tú eres Yareli, verdad? Sí. La mujer miró hacia la carriola. Qué bebé tan hermosa.

Es hija de Damián, el del décimo piso. Sí. ¿Y tú eres su novia? Sí. La mujer esbozó una sonrisita. Ah, es que la gente anda comentando, dicen que antes trabajabas para él y pues a una le entra la duda, ¿no? Yareli sintió que la sangre le hervía. ¿Qué duda? Si es amor de verdad o si no más viste la oportunidad. Yarel respiró profundo para no explotar.

Nos amamos y eso no es asunto suyo. Ay, no tienes por qué ponerte así. Solo era curiosidad. La mujer se alejó. Yareli se quedó parada temblando. Renata empezó a lloriquear. Yareli la tomó en brazos. Tranquila, mi amor, tranquila. Pero ella también quería llorar.

Regresó a la casa, puso a Renata en la periquera, se sentó en el piso de la cocina y se derrumbó. Lloró. Lloró todo lo que había aguantado. Ya no podía más. Estaba demasiado cansada. Cada día era una lucha. Todos los días alguien juzgándola, todos los días demostrando que no era una interesada. Renata empezó a llorar también.

Yarel se arrastró hasta ella, la tomó en brazos y las dos lloraron juntas. Damián llegó y se encontró con esa escena. Yareli, ¿qué pasó? Cargó a Renata. La bebé se calmó. se sentó junto a Yareli. Cuéntame. Entre soyosos le contó lo de la mujer, las miradas, los comentarios, todo. Ya no aguanto más, Damián.

Todo el mundo me ve como si fuera una interesada, como si te hubiera dado el braguetazo. No lo eres y no diste ningún braguetazo. Pero la gente lo piensa y lo van a seguir pensando, pues que piensen lo que quieran. Nosotros sabemos la verdad. Yarelie lo miró con los ojos rojos. Pero estoy cansada, cansada de luchar, cansada de defenderme todo el tiempo. Damián la abrazó.

Lo sé, pero no te rindas, por favor. Y si siempre es así. No va a ser así. La gente va a ver que nuestro amor es real. Y si no lo ven, entonces es su problema. Nosotros vamos a ser felices de todos modos. Yareli se recargó en él. A veces pienso, si no sería más fácil que me fuera dejarte vivir sin complicaciones. Damián le tomó el rostro con firmeza.

No, no digas eso. No te vas a ir. No te voy a dejar. Eres mi vida, tú y Renata. Lo prometes. Lo prometo. Se besaron. Un beso mojado por las lágrimas. Renata aplaudió. Los dos se miraron y se rieron. Mírala celebrando. Yareli se limpió la cara. Es muy lista. Salió a su mamá.

En los días siguientes, Yareli siguió afectada. Ya no cantaba, apenas sonreía. Comía poco. Damián intentaba animarla, pero nada funcionaba. Hasta que el jueves algo sucedió. Yareli estaba cambiando a Renata cuando la bebé la miró y dijo con toda claridad, “Mamá.” Yelli se quedó helada. “¿Qué dijiste?” Renata sonrió. “Mamá.” Yarel se puso a llorar, pero esta vez de la emoción. Damián. Damián, ven acá.

Él subió corriendo. ¿Qué pasó? Habló. Me dijo, “Mamá, en serio. Dilo otra vez, Renata. Anda, dilo. Renata miró a Yareli y repitió, “Mamá.” Damián sonríó. “Te reconoce como su mamá.” Yarel abrazó a la bebé llorando. “Yo también te amo, mi amor. Mamá te quiere muchísimo.” En ese momento, Yarel se dio cuenta.

No importaba lo que la gente dijera, no importaba quién la juzgara. Tenía una familia, una de verdad, y por eso valía la pena cualquier lucha. Sábado por la mañana, dos días después de que Renata dijera mamá. Damián fue a casa de sus papás. No avisó. Fernando le abrió. Damián, qué gusto verte, hijo. Hola, papá. ¿Está mi mamá? Sí, pasa. Damián entró. Paulina estaba en la sala.

Damián, ¿qué sorpresa? No es una buena sorpresa, mamá. Vine a hablar de lo que hiciste. Paulina puso la taza en la mesa. ¿Sobre qué? Sobre ofrecerle dinero a Yareli para que me dejara. Sobre amenazarla. Fernando miró de uno al otro. ¿Qué pasó? Damián enfrentó a su mamá. Fue a mi casa.

Le ofreció 700,000 pesos a Yareli para que se fuera. Y cuando Yareli se negó, le gritó. La amenazó con destruirle la vida. Fernando abrió los ojos como platos. Paulina, eso es verdad. Paulina se levantó. Yo solo intentaba protegerlo. Protegerlo de qué? De esa muchacha que solo quiere su dinero. Damián dio un paso.

Yarel no quiere mi dinero. Rechazó 700,000 pesos. Si fuera una interesada, los hubiera agarrado y se habría alargado. O está esperando más, esperando a que te cases con ella para tener acceso a todo. Mamá, no la conoces. Ni siquiera has intentado conocerla. Paulina se cruzó de brazos. No lo necesito.

Sé cómo son esas muchachas. ¿Quéchas? Muchachas pobres que ven una oportunidad para salir adelante. Fernando intervino. Paulina, eso es un prejuicio. Estás juzgando sin conocer. ¿Tú también estás de su lado? Estoy del lado del sentido común. Si nuestro hijo es feliz, deberíamos apoyarlo. Feliz. Lo están engañando. Damián negó con la cabeza. No, mamá.

La que está equivocada eres tú. Y te voy a decir una cosa, si no respetas a Yareli, no vas a ser parte de mi vida, ni de la vida de Renata. Paulina se puso pálida. ¿Me estás dando un ultimátum? Sí. O aceptas a Yareli y le pides una disculpa o me pierdes a mí y pierdes a tu nieta. Damián, no hay nada que discutir. La decisión es tuya. Tienes una semana para pensarlo. Salió sin mirar atrás.

Paulina se derrumbó en el sofá. Fernando, me va a sacar de su vida. Fernando se sentó a su lado. Tú lo orillaste a esto. Le ofreciste dinero a la muchacha para que se fuera. ¿Qué esperabas? Esperaba que abriera los ojos. Él ya tiene los ojos bien abiertos. La que está ciega eres tú.

¿Cómo puedes decir eso? Porque vi la forma en que habla de ella, el brillo en sus ojos. No tenía eso con Julia ni en sus mejores días. Paulina se secó las lágrimas. Y si lo lastima. ¿Y si no lo hace? ¿Y si es lo mejor que les ha pasado? Paulina se quedó callada. No sé si puedo aceptarlo. Entonces vas a perder a tu hijo y a tu nieta. ¿Es eso lo que quieres? Paulina negó con la cabeza llorando.

No, entonces ya sabes lo que tienes que hacer. Paulina pasó los siguientes días pensando. Les llamó a sus amigas. Todas le dijeron lo mismo. Vas a perder a tu hijo por puro orgullo miércoles tomó una decisión. Jueves. 4 meses después de que Damián iniciara el proceso, finalmente llegó el día de la sentencia. Damián y Yareli fueron juntos.

Yareli estaba nerviosa. Todo va a estar bien. Damián le tomó la mano. Lo sé. Solo quiero que esto termine. Entraron a la sala. Adriana ya estaba ahí con un abogado de oficio. Había adelgazado mucho. El cabello opaco, ropa sencilla. Cuando los vio a los dos de la mano, sintió una opresión en el pecho. La jueza entró. Todos se pusieron de pie. Pueden sentarse.

Vamos a dictar la sentencia del proceso del Ministerio Público en contra de Adriana Salgado Rivas. La jueza leyó todo el expediente, recordó las pruebas. los videos, los audios, los testimonios. Después miró a Adriana Salgado Rivas. ¿Tiene algo que decir antes de la sentencia? Adriana Salgado Rivas se levantó. Lloraba.

Yo yo sé que me equivoqué. Hice cosas horribles, pero estaba desesperada. Amaba a Damián. Trabajé 5 años a su lado y cuando apareció Yareli, vi como todo se me escapaba. Eso no lo justifica. Lo sé. Sé que no lo justifica, pero no soy mala. Solo tomé muy malas decisiones. La jueza guardó silencio. Adriana Salgado Rivas se le condena a 3 años de prisión en régimen semiabierto.

Podrá progresar a un régimen abierto en un año por buena conducta. Además, deberá pagar 700,000 pesos mexicanos de indemnización a Yarel y Solano Arriaga por daños morales y se le prohíbe ejercer cualquier cargo de confianza durante 5 años. Adriana Salgado Rivas rompió en llanto. Yareli y Damián salieron del juzgado tomados de la mano.

Se acabó, dijo Yareli. Se acabó. Él la miró y sonró. Ven, quiero mostrarte algo. Fueron a una joyería cercana. ¿Qué estamos haciendo aquí? Ya verás. Entraron. Damián pidió ver anillos de boda. Yareli abrió los ojos como platos. Damián, escoge uno para ti y uno para mí. Yarel vio las opciones.

Escogió uno delicado, sencillo, de oro blanco. Perfecto. Este Damián compró los dos anillos. En el coche tomó su mano donde ya brillaba el anillo de compromiso que le había dado en la pedida oficial. Yareli, ahora va en serio con anillo y todo. ¿Aceptas casarte conmigo? Acepto, siempre acepto.

Él guardó los anillos en su cajita. Estos nos los pondremos el día de la boda, pero quería que tú los escogieras. Se besaron ahí mismo en el estacionamiento y por primera vez en meses Yareli sintió que todo iba a salir bien. El sábado siguiente sonó el timbre. Yareli fue a abrir. Eran Paulina y Fernando. Respiró profundo y abrió.

“Hola, dijo Fernando. Hola, Yareli. ¿Podemos pasar? Paulina tiene algo que decirte.” Yareli. Miró a Paulina. La mujer tenía los ojos rojos. Pasa. Damián apareció con Renata. Papá, mamá. Fernando le puso la mano en el hombro a su esposa. Tu mamá quiere decirte algo. Paulina miró al suelo. Luego a Yareli.

Yo vine a pedirte disculpas. Silencio. Me equivoqué. Me equivoqué mucho. Te ofrecí dinero. Te amenacé. Te juzgué sin conocerte y estoy avergonzada. Las lágrimas comenzaron a caer. Tenía miedo, miedo de perder a mi hijo, de ser reemplazada, pero estaba equivocada. Tú no me lo estás quitando.

Soy yo la que se está alejando por mis prejuicios. Miró a su hijo. Damián, eres mi vida, tú y Renata. Y si sigo así, voy a perderlos y no quiero eso. Luego miró a Yareli. Yareli, no te conozco, pero mi hijo te ama. Mi esposo vio cómo cuidas a Renata. Si ellos confían en ti, yo también debería hacerlo. Tomó un sobre.

Le traje esta carta para disculparme formalmente. En ella le digo que no voy a volver a interferir. Y si ustedes aceptan, me gustaría ser parte de la vida de Renata y de la suya también. Se la extendió a Yareli. Yareli la tomó y la leyó. Era sincera.

Paulina había puesto todo en el papel, sus miedos, sus errores, su arrepentimiento. Cuando terminó, dobló la carta. Señora Paulina, usted me lastimó, me humilló y eso no lo voy a olvidar. Paulina bajó la cabeza. Pero entiendo que usted tenía miedo. Yo también lo habría tenido, así que acepto sus disculpas, pero con una condición.

¿Cuál? Respeto que usted me respete, que respete mis decisiones y yo prometo hacer lo mismo. Paulina asintió. Lo prometo. Yareli le extendió la mano. Empezamos de nuevo. Paulina la miró. Luego abrazó a Yareli. Empezamos de nuevo. Renata aplaudió. Todos se rieron. Mírala dándonos su aprobación, dijo Fernando. Paulina se acercó. Puedo cargarla. Damián miró a Yareli. Ella asintió. Paulina cargó a Renata. Esta vez la bebé la miró con curiosidad.

Hola, Renata. Soy tu abuela y voy a ser una mejor abuela ahora. Renata sonrió. Mamá. Y señaló a Yareli. Paulina miró. Te dice mamá. Sí, desde esta semana. A Paulina se le llenaron los ojos de lágrimas. Entonces, de verdad eres su mamá en todo lo que importa. Yarel sonrió. Damián abrazó a su mamá. Gracias, mamá, por intentarlo.

Voy a seguir intentándolo, te lo prometo. Ese fue el primer paso. Paulina todavía tenía sus dudas, todavía le parecía extraño, pero lo estaba intentando y eso era lo que importaba. En las semanas siguientes, Paulina regresó algunas veces, le trajo un regalo a Renata, platicó con Yareli de cosas sencillas, fue construyendo un puente.

Tres semanas después, Damián planeó algo especial. Invitó a Yareli a cenar, solo ellos dos. Dejó a Renata con Marisol. Marisol había regresado varias veces. creó un lazo muy fuerte con su nieta y poco a poco fue aceptando la relación de su hija. “¿A dónde vamos?”, preguntó Yareli en el coche. Es una sorpresa.

Fueron a la orilla del mar, un restaurante en la playa con mesitas en la arena y velas encendidas. Vaya, qué bonito. Solo lo mejor para ti. Cenaron platicando de todo, del futuro, de la universidad que Yareli iba a terminar, de Renata creciendo. Cuando terminaron, Damián se levantó. Ven, quiero enseñarte algo. Caminaron hasta la orilla del mar.

La luna llena se reflejaba en el agua. Damián se detuvo. Se volteó hacia ella. Llevamos 4 meses juntos oficialmente, 4 meses desde que admití que estaba enamorado y hemos pasado por tantas cosas. La cárcel, sabotajes, chismes, rechazo. Yarel sonrió. Ha sido intenso. Lo fue, pero sabes una cosa, no cambiaría nada porque todo esto demostró quién eres.

Fuerte, valiente, una mujer que lucha por lo que ama. Damián se arrodilló. Yareli se llevó las manos a la boca. Sé que ya te lo había pedido, pero quería hacerlo bien enfrente de todos. Señaló hacia el restaurante. Yareli volteó a ver Marisol. Paulina, Fernando, la señora Estela, Pablo, Marcelo y sus esposas. Invitaste a todos.

Los llamé porque quiero que todos vean. Quiero que sepan que te elijo a ti frente a los que nos apoyan y los que no. Sacó una cajita del bolsillo, la abrió. Adentro un anillo delicado de oro blanco con un diamante pequeño. Yareli, Solano Arriaga. ¿Aceptas ser mi esposa, mi compañera, la mamá de Renata? Acepto, acepto, acepto. Damián le puso el anillo en el dedo, se levantó y la besó.

Desde el restaurante todos aplaudieron. Marisol lloraba, Paulina también. Fernando sonreía. Regresaron al restaurante tomados de la mano. Paulo se acercó. Yareli, necesito pedirte una disculpa por cómo te traté en la cena. Te juzgué sin conocerte. Estaba equivocado. Está bien, lo entiendo. No, no está bien, pero ahora quiero conocerte de verdad. Yarel sonríó.

Trato hecho. Paulina se acercó. Yareli, sé que apenas nos estamos conociendo, pero quiero ayudarte con la boda, si quieres. Sí, claro. Va a ser bueno tenerte conmigo. Marisol abrazó a su hija. Estoy tan orgullosa, hija. Gracias, mamá. Te mereces ser feliz.

Esa noche, rodeada de personas que por fin la aceptaban, Yareli se sintió completa tres meses después. Renata tenía 11 meses. Una boda sencilla en la playa, los pies en la arena, el atardecer, el cielo anaranjado. Yareli llevaba un vestido blanco, sencillo y ligero, el pelo suelto con flores, natural, hermosa. Marisol la ayudó a arreglarse. Estás hermosa, hija. Estoy nerviosa. Es normal, pero todo va a salir bien.

Paulina apareció. ¿Puedo pasar? Pasa. Entró con una cajita. Te traje algo. Era de mi mamá. Me lo dio en mi boda. Quiero que lo uses hoy. La abrió. Un delicado collar de perlas. Señora Paulina, no puedo. Claro que puedes. Ya eres parte de la familia. Le puso el collar. Gracias. De nada. Yareli. Sí.

Bienvenida a la familia. Se abrazaron. La música empezó a sonar. Yareli salió. Marisol de un lado, Paulina del otro. Las dos mamás la llevaban. Damián estaba ahí. Pantalón claro, camisa blanca, descalzo, con Renata en brazos. La bebé llevaba un vestidito blanco con flores.

Cuando vio a Yareli, gritó, “¡Mamá!” Todos se rieron. Yarelli llegó llorando. Damián le extendió la mano que tenía libre. Ella la tomó. El juez de paz comenzó. Estamos aquí para celebrar la unión de Damián y Yareli, una pareja que ha demostrado que el amor lo supera todo. Damián y Yareli intercambiaron los votos que escribieron.

Damián, Yarelí, cuando entraste en mi vida, yo estaba perdido, solo. Pero tú lo cambiaste todo. Me enseñaste a ser un verdadero padre. Me enseñaste a amar de nuevo. Me enseñaste que la familia es una elección y yo te elijo a ti todos los días para siempre. Yareli. Damián, nunca imaginé que me iba a enamorar de ti.

Vine aquí solo para trabajar, pero Renata me conquistó y tú también me demostraste que merezco ser amada, que soy suficiente y prometo amarte a ti y a Renata para siempre. Intercambiaron anillos. Los declaro marido y mujer. Puede besar a la novia. Se besaron. Un beso largo y emotivo. Renata en medio de ellos se rió. Todos aplaudieron. La fiesta fue pequeña.

Música en vivo, comida deliciosa, baile en la arena. Fernando bailó con Paulina Villalobos Ochoa. Marisol Delgadillo y Barra conoció a los tíos de Yarel y Solano Arriaga que vinieron. Damián Cisneros. Páramo bailó con Yareli mientras Renata Coronado Beltrán dormía en brazos de la señora Estela Mendoza. A media fiesta, el fuerte viento casi apaga las velas del pastel.

Todos se rieron. Damián las protegió con las manos mientras lo cortaban. “Hasta el viento quiere participar”, bromeó él. Más tarde Paulina y Marisol conversaban. “Tu hija es especial. dijo Paulina. Sí que lo es. Y tu hijo también. Creo que vamos a tener que acostumbrarnos a compartir a la nieta. Marisol sonríó. Creo que sí. No se hicieron las mejores amigas, pero desarrollaron un respeto mutuo y eso era suficiente.

A la hora de irse, Yareli lanzó el ramo. Camila lo atrapó y se sonrojó. Creo que tú eres la siguiente”, bromeó Yareli. Damián y Yareli salieron bajo una lluvia de arroz. En el coche él la miró. “Señoras Cisneros.” Yareli se rió. “Vaya, todavía no me acostumbro a este apellido. Te acostumbrarás.

Tienes el resto de tu vida para hacerlo.” Se besaron de nuevo y se fueron a casa. donde Renata dormía, donde su vida de verdad iba a comenzar. Yareli se despertó temprano ese lunes, nerviosa. Era su primer día como maestra de preescolar. Había terminado la universidad el mes anterior. Damián le organizó una fiesta sorpresa. Todos fueron. Hasta Adriana le mandó una carta desde la cárcel para felicitarla.

Yarel se arregló. Ropa sencilla pero bonita. El cabello recogido. Damián apareció en la puerta con Renata en brazos. Estás hermosa. Me muero de nervios. Todo va a salir bien. Naciste para esto. Renata estiró sus bracitos. Mami. Yarel cargó y le dio un beso en la mejilla.

Mami, ¿se va a trabajar? Sí, la abuela Marisol viene por ti en un ratito. Mami, repitió Renata. Yareli se la entregó a Damián. Tengo que irme. Anda y luego me cuentas todo. En la escuela, la directora recibió a Yareli. Bienvenida. El grupo te está esperando. Entró al salón. 15 niños de 3 a 4 años. Ojitos curiosos. Buenos días. Yo soy la maestra Yareli.

Buenos días, maestra Yareli. Sonrió. Era real. lo había logrado. Por la tarde, Damián pasó por ella. Y bien, ¿cómo te fue? Increíble. Me encantó. Los niños son un amor. Lo sabía. Eres perfecta para esto. En el camino pasaron frente al edificio donde Adriana vivía ahora. Había salido de la cárcel hacía dos meses. Estaba en libertad condicional.

Trabajaba de recepcionista en una clínica pequeña. Yarel vio de lejos. Adriana también la vio. Ambas se miraron. Adriana la saludó tímidamente. Yareli le devolvió el saludo. No eran amigas, nunca lo serían. Pero Adriana había cambiado. Iba a terapia. Trabajaba honradamente. Estaba reconstruyendo su vida.

Se ve mejor, comentó Yareli. Eso parece. Espero que haya aprendido la lección. Yo también. Llegaron a casa. Marisol estaba ahí con Renata. Miren quién llegó. Renata gateó rápidamente hacia Yareli. Mami. Yarel la cargó. Hola, mi amor. Tu mami ya te extrañaba. Damián vio la escena y sonrió.

En la noche, después de que Renata se durmió, salieron al balcón. Yareli. Mmm. ¿Eres feliz? Ella lo miró mucho. ¿Y tú? Más de lo que imaginé que sería posible. Incluso después de todo, por todo lo que pasó, eso nos hizo más fuertes. Yareli sonríó. Se quedaron en silencio. Un silencio cómodo de esos que solo existen entre quienes se aman. Damián. Mm. Gracias.

¿Por qué? por haber luchado por mí, por no haberte rendido. Damián le tomó la mano. Yo soy el que te agradece por haberte quedado, por darme una familia de verdad. Se besaron. Semanas después tuvieron su primera pelea de casados. Una tontería. Damián dejó ropa en el piso. Yareli le reclamó.

Él le dijo que era una perfeccionista. Ella le dijo que era un dejado. Estuvieron enojados media hora hasta que Renata gateó hacia ellos con un libro. Mami, papi. Los dos miraron a la bebé, luego se miraron el uno al otro y se echaron a reír. Somos unos tontos dijo Yareli.

Mucho se abrazaron, hicieron las paces, porque así era. Peleas pequeñas, reconciliaciones rápidas, un amor muy grande. Pasaron algunos meses más. Renata cumplió año y medio. Ya caminaba, hablaba. Era demasiado lista. Un domingo, Fernando vino a comer, llevó a Damián a la terraza. Hijo, quería decirte algo. Dime, papá. Estoy muy orgulloso de ti, de la forma en que te enfrentaste a todos por ella, de cómo construiste esta familia.

A Damian se le llenaron los ojos de lágrimas. Gracias, papá. Y tu mamá también lo está. No lo dice, pero lo está. La vi llorando el otro día viéndote a ti, a Yareli y a Renata jugando. Lloró de felicidad. En serio, en serio. A ella todavía le cuesta admitir que se equivocó, pero en el fondo sabe que Yareli es lo mejor que te ha pasado. Damián abrazó a su papá.

Adentro Paulina y Marisol ayudaban a Yareli en la cocina. “¿Está buena esta ensalada?”, preguntó Marisol. Está buenísima, probó Paulina. Cocinas muy bien. Gracias, aprendí sola. Yo también. Mi mamá nunca tuvo la paciencia para enseñarme. Las dos se rieron. No eran amigas, pero se respetaban y eso era suficiente. En la mesa todos juntos, Damián hizo un brindis por la familia, la familia que elegimos, la familia que construimos. Todos levantaron sus copas. Renata golpeó la mesa con su manita.

Familia, todos se rieron. Yareli miró a su alrededor. Damián a su lado, Renata en su sillita. Marisol, Paulina, Fernando, había pasado por lo peor, la cárcel, el sabotaje, el juicio, el prejuicio, pero había vencido porque su amor era real y nada había sido lo suficientemente fuerte para destruirlo. ¿Te gustó esta historia? ¿Crees que Adriana recibió su merecido? ¿Crees que Yareli hizo bien en perdonar a su suegra? Cuéntame en los comentarios.

Hasta la próxima historia. Ah.

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