
Deja de moverte o te rasco todo. Valentina apretó la cabeza de Sebastián
con tanta fuerza que el niño dejó escapar un gemido ahogado. La máquina de
afeitar zumbaba en su mano derecha, pasando sin cuidado alguno sobre el cuero cabelludo, arrancando mechones
enteros en lugar de cortarlos limpiamente. Sebastián, de apenas 8
años, mordía su labio inferior tratando desesperadamente de no gritar, de no
darle a esta mujer otra razón para lastimarlo más. Las lágrimas caían
igual, rodando por sus mejillas, empapando el cuello de su camiseta de
superhéroes. Cada jalón de pelo era un dolor agudo que sentía en su cabeza.
Cada pasada irregular de la máquina le recordaba que estaba siendo destruido,
convertido en algo feo, algo de lo que todos se burlarían. La escena
transcurría en la sala principal de la residencia Castellanos, en Lomas de Chapultepec, no en un baño oculto, no en
el área de servicio donde sucedían las cosas que los patrones no debían
presenciar. Aquí mismo, en la sala de visitas con su araña de cristal bacarat
sobre el sofá italiano color marfil, donde solo los invitados más distinguidos podían sentarse. Valentina
había elegido este lugar específicamente. Quería que el cabello castaño del niño cayera sobre los
cojines de terciopelo importado. Quería profanar este espacio sagrado de riqueza
con su acto de dominación absoluta. su forma retorcida de marcar territorio. Yo
mando aquí sobre todo y sobre todos. Mechones de diferente longitud caían
como lluvia triste sobre el sofá, sobre la alfombra persa auténtica, sobre el
piso de mármol que Rosa pulía cada mañana de rodillas. El cabello de Sebastián, que su madre recortaba con
tanto cariño cada mes, ahora era basura esparcida por la sala más elegante de la
mansión. Valentina trabajaba sin ningún cuidado técnico, sin peine guía, sin
patrón alguno. Simplemente presionaba la máquina contra diferentes partes de la cabeza del niño y jalaba brutalmente,
creando un desastre de parches completamente rapados, zonas con apenas
un centímetro de pelo y mechones largos que colgaban patéticamente. Cada vez que
giraba la cabeza de Sebastián para alcanzar otro ángulo, lo forzaba a verse
en el espejo dorado de la pared opuesta. Mírate bien, si seama con placer oscuro.
Mírate, hijo de sirvienta. ¿Todavía te crees especial? ¿Todavía piensas que
puedes tocar las cosas de tu patrón como si fueras su igual? Sebastián veía su
reflejo destruido y sentía que quería desaparecer. Quería que la tierra se abriera y se lo tragara. En la escuela
lo llamarían monstruo. Sus hermanos llorarían al verlo. Su madre, que tanto
se esforzaba por mantenerlos dignos y limpios, se rompería el corazón. Rosa
estaba de pie en el umbral de la sala, sin atreverse a entrar completamente,
porque 12 años de servicio le habían enseñado que ese espacio no era para
gente como ella. Sus manos temblaban unidas frente a su pecho en súplica
constante. Las lágrimas corrían libremente por su rostro de 38 años,
marcado por el trabajo duro. Por favor, señorita Valentina, por favor. Su voz
era apenas un susurro quebrado. Es solo un niño. Solo tomó un libro prestado. No
sabía que estaba mal. Se lo suplico, deténgase. Haré cualquier cosa.
Trabajaré sin descanso, sin domingos, sin paga extra, lo que usted pida. Pero
por favor, no le haga más daño a mi pequeño. Antes de continuar, dinos en los comentarios de qué ciudad nos estás
viendo y suscríbete al canal. Queremos saber dónde están. Las súplicas solo
parecían alimentar la crueldad en los ojos de Valentina. La mujer de 29 años
sonrió. esa sonrisa terrible que no llegaba a sus ojos color miel mientras
jalaba otro mechón con particular saña. Cualquier cosa, rosa, de verdad, su voz
goteaba sarcasmo venenoso. Entonces, controla mejor a tu hijo. Enséñale que
los libros caros no son para sus manos sucias. Enséñale que hay una diferencia
entre la gente que posee esta casa y la gente que la limpia. Una diferencia que
aparentemente nunca le has explicado correctamente. El crimen de Sebastián
había sido devastadoramente simple e inocente. Había tomado prestado
un libro de dinosaurios de la biblioteca personal de Andrés Castellanos, El dueño de la casa y patrón de su madre. Un
libro con ilustraciones hermosas que había admirado durante semanas. No lo
había robado ni dañado, simplemente lo había llevado al jardín. para leer bajo
el árbol de Jacaranda, soñando con ser paleontólogo algún día, imaginando que
él también podría estudiar y ser alguien importante. Pero Valentina lo había
descubierto y había visto la oportunidad perfecta para enseñar la lección que
llevaba meses deseando dar. Los pobres deben conocer su lugar y nunca jamás
olvidarlo. Valentina Montes era la prometida de Andrés Castellanos.
hermosa, elegante, con ese aire de sofisticación que abría puertas en los
círculos exclusivos de la Ciudad de México. La boda estaba programada para dos meses después. El anillo en su dedo
había costado más de 3 millones de pesos. Andrés, empresario exitoso de 39
años y viudo desde hacía 3 años, veía en ella una segunda oportunidad de
felicidad. No sabía que cada sonrisa, cada caricia, cada palabra de amor había
sido meticulosamente calculada. Valentina protegería su futuro dorado,
eliminando cualquier obstáculo, incluyendo empleadas domésticas con demasada historia familiar, incluyendo
niños que hacían que su prometido recordara valores molestos sobre tratar
bien a los trabajadores. La máquina de afeitar seguía zumbando implacablemente.