El millonario siempre cenaba solo hasta que la hija de la mesera se acercó y

Alejandro Villalobos cortaba metódicamente las puntas de filete al vino tinto, como lo hacía todos los
jueves desde hacía 15 años en el mismo restaurante fino de Monterrey. La mesa
del rincón era su fortaleza particular, donde el silencio pesaba tanto como el traje oscuro que nunca se quitaba ni
siquiera para cenar. Fue entonces cuando sintió una pequeña presencia junto a la mesa. Una niña de cabello castaño y
vestido rojo sencillo lo observaba con curiosidad, balanceándose de un pie al
otro. “¿Por qué usted siempre come solo?”, preguntó ella con la sinceridad
que solo los niños poseen. Alejandro detuvo el tenedor en el aire. En 15 años
nadie se había atrevido a preguntarle eso. Los empleados del restaurante sabían mantener la distancia y los demás
clientes respetaban su aura de hombre que prefería la soledad. “Natalia, ven
aquí ahora mismo.” Una voz femenina llamó desde la barra cargada de nerviosismo y vergüenza. La niña miró
por encima del hombro. Luego volvió sus ojos castaños hacia Alejandro. Mi mamá
está trabajando. Ella dijo que no puedo hablar con los clientes, pero usted parece triste. Antes de que Alejandro
pudiera responder, una mujer joven se acercó rápidamente, el cabello recogido en un moño desarreglado y el delantal
blanco del restaurante arrugado por la prisa. Le pido mil disculpas, señor
Natalia, no puedes molestar así a los clientes. Daniela Mendoza tenía 28 años,
pero sus ojos cargaban el cansancio de quien ha vivido mucho más. Era su tercer
día como mesera en el balcón de la sierra, el restaurante más fino de San Pedro Garza García en Monterrey, y aún
luchaba por acostumbrarse a la elegancia del ambiente. “No hay problema”, murmuró
Alejandro volviendo a cortar la carne con precisión quirúrgica. “Natalia, ve a
la cocina a esperar a que mamá termine el trabajo.” La niña obedeció, pero no sin antes dar una última mirada a
Alejandro. Había algo en aquel hombre que despertaba su curiosidad infantil, tal vez la tristeza que ella lograba ver
detrás de la expresión seria. Daniela se alejó, pero Alejandro podía sentir su
tensión. Era obvio que era nueva en el empleo y temía cualquier queja que
pudiera costarle su puesto. En los días siguientes, la rutina de Alejandro
permaneció inalterada. Llegaba siempre a las 19 horas. pedía el mismo plato,
bebía el mismo vino tinto y comía en silencio mientras observaba el movimiento de la ciudad a través de la
gran ventana que daba a la calle. Pero ahora había una diferencia. Cada jueves,
cuando Daniela atendía su mesa, Natalia aparecía en algún momento. A veces era
solo un tímido saludo desde la cocina. Otras veces se acercaba cuando su madre estaba ocupada con otros clientes.
¿Usted trabaja en el edificio muy alto?, preguntó ella un jueves, señalando a
través de la ventana el edificio comercial donde estaba la sede del consorcio Villalobos.
¿Cómo sabes dónde trabajo? Mi mamá dijo que usted es el dueño de ese edificio grande. Qué padre. Debe ser como un
castillo allá arriba. Alejandro casi sonríó. Casi. La comparación de la niña
con un castillo era más acertada de lo que ella imaginaba. Su oficina en el último piso era realmente una fortaleza
donde se aislaba del mundo desde que perdió todo lo que importaba. Natalia, ven acá”, llamó Daniela nuevamente, esta
vez con un tono más firme. “Disculpe, señor Villalobos, ella es muy curiosa.”
Cuando Alejandro llegó a casa esa noche al departamento Penhouse, que ocupaba solo desde hacía 15 años, se sorprendió
pensando en la pregunta de la niña sobre el castillo. Las paredes de cristal de su hogar
ofrecían una vista panorámica de Monterrey, pero también reflejaban únicamente su propia soledad. La semana
pasó lentamente. Alejandro cumplió con su rutina de siempre. Despertar a las 5
de la mañana, revisar reportes, reuniones con ingenieros y arquitectos,
almuerzo solo en la oficina, más trabajo hasta las 18 horas. Era una vida
matemáticamente precisa, sin espacio para imprevistos o emociones. El jueves
llegó de nuevo y con él la expectativa involuntaria que Alejandro intentaba negar. Cuando entró al restaurante,
Daniela lo saludó con una sonrisa profesional, pero él notó las ojeras oscuras bajo sus ojos. Buenas noches,
señor Villalobos. Lo de siempre. Sí. ¿Cómo está, Natalia? La pregunta salió
antes de que pudiera controlarse. Daniela apareció sorprendida. Ella está
bien. Está haciendo la tarea en la cocina. Dile que puede venir a saludarme si quiere. Daniela dudó claramente
dividida entre mantener la profesionalidad y aceptar la gentileza inesperada.
¿Estás seguro? Puede ser muy platicadora. Estoy seguro. Minutos después, Natalia
apareció junto a la mesa, más tímida de lo normal. Mamá dijo que puedo hablar
con usted un poquito. Puedes sentarte, dijo Alejandro indicando la silla de
enfrente. La niña se subió a la silla balanceando las piernas que no alcanzaban el piso. ¿Usted tiene hijos?
La pregunta golpeó a Alejandro como un puñetazo en el estómago. Su mano tembló imperceptiblemente al sostener el
tenedor. No, ¿por qué no es complicado?
Natalia asintió como si entendiera perfectamente la complejidad de la vida adulta. Mi papá tampoco está aquí. Mamá
dijo que se fue antes de que yo naciera porque no quería ser papá. Alejandro miró a la niña viendo un
reflejo de su propia infancia marcada por la ausencia. Su padre, Fernando
Villalobos, había sido un empresario exitoso, pero emocionalmente ausente. La
diferencia era que Natalia aún tenía esperanza en los ojos. “Debe ser difícil”, dijo él,
sorprendiéndose de su propia sinceridad. un poco, pero mamá es la mejor mamá del
mundo. Ella trabaja mucho para comprar mis muñecas y mis libros. Daniela se
acercó discretamente. Natalia, no molestes al señor Villalobos con nuestras historias. Ella no me está
molestando. Las palabras salieron naturalmente y Daniela apareció aliviada. Usted es muy amable, Natalia.
Deja que el Señor cene en paz ahora. Cuando la niña se levantó para irse, se
detuvo y volvió a la mesa. Señor Villalobos, usted puede venir a cenar