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Si vienes de Facebook, seguramente te quedaste con el corazón en la boca y la intriga de saber qué fue lo que encontré debajo de ese asiento que me dejó pálido. Créeme, entiendo tu curiosidad. Lo que estás a punto de leer no es solo una historia sobre un coche averiado; es la prueba de que a veces, la salvación viene de la persona más inesperada y humilde. Prepárate, busca un lugar cómodo, porque la verdad es mucho más oscura y peligrosa de lo que imaginas.
Concesionarios de coches cerca de mí
Un encargo habitual con un cliente difícil
Todo comenzó una tarde de martes, de esas en las que el sol golpea fuerte y el aire se siente pesado. Yo llevo casi veinte años trabajando como mecánico a domicilio. Me he ganado una buena reputación en la zona norte de la ciudad, donde viven los dueños de grandes empresas, los abogados de firmas internacionales y, en general, la gente que mueve mucho dinero.
Mi teléfono sonó. Era el asistente del Señor Roberto Valladares. Si vives en esta ciudad, conoces el apellido. Son los dueños de una de las constructoras más grandes del país. Me dijeron que el Señor Valladares tenía prisa, que su sedán de lujo, un vehículo importado valorado en más de cien mil dólares, estaba haciendo un ruido extraño al encender el aire acondicionado.
—Necesitamos que venga ya. El Señor Valladares tiene una reunión con unos inversionistas extranjeros y no puede llegar tarde —me dijo la voz al otro lado, con ese tono de urgencia que suelen usar los que nunca se han ensuciado las manos de grasa.
No lo pensé dos veces. Un trabajo así, con un cliente de ese nivel, significaba una buena propina y, sinceramente, necesitaba el dinero. Mi hija entra a la universidad el próximo mes y cada centavo cuenta. Cargué mi caja de herramientas en mi vieja camioneta y conduje hacia la mansión.
El contraste entre dos mundos
Al llegar, la escena imponía respeto. La casa no era una casa, era una fortaleza. Muros de piedra, portones de hierro forjado y un jardín que parecía sacado de una revista. En la entrada, brillando bajo el sol del atardecer, estaba el coche. Una máquina negra, impecable, pulida hasta el extremo.
El Señor Valladares estaba allí, de pie junto a la puerta del conductor. Llevaba un traje gris que costaba más que todo lo que yo tengo en mi cuenta bancaria. Miraba su reloj impaciente, golpeando el suelo con sus zapatos de cuero italiano.
—Llega tarde, mecánico —me dijo sin siquiera saludarme, ni mirarme a los ojos.
—Disculpe, señor Valladares, el tráfico en la avenida estaba… —intenté explicarme.
—No me interesan las excusas, me interesan los resultados. Revise eso rápido. Tengo que irme en diez minutos. El tiempo es dinero, y usted me está haciendo perder mucho de ambos.
Me tragué mi orgullo, como tantas otras veces. Asentí y me dirigí hacia el coche. Pero antes de que pudiera siquiera tocar la manija, sucedió algo que cambió el ambiente por completo.
La aparición del “Loco” de la Biblia
De entre los arbustos que separaban la propiedad de la calle pública, apareció un hombre. Era un espectáculo lamentable. Su ropa estaba hecha jirones, sucia de tierra y hollín. Su barba era larga y descuidada, y sus ojos… sus ojos tenían un brillo febril, una mezcla de terror y locura.
En sus manos, apretaba contra su pecho una vieja Biblia de tapas negras, desgastada por el uso.
El Señor Valladares, al verlo, hizo una mueca de asco y retrocedió un paso, como si el hombre fuera contagioso.
—¡Seguridad! —gritó Valladares hacia la garita—. ¡Saquen a este pordiosero de mi entrada!
Pero el hombre no pedía dinero. No pedía comida. El hombre corrió hacia nosotros, ignorando a los guardias que venían a lo lejos, y se plantó frente al empresario.
—¡Señor! ¡Señor, escúcheme! —su voz era rasposa, quebrada, como si llevara días gritando—. ¡No suba a ese coche! ¡Dios me lo ha revelado! ¡No lo haga!
Valladares soltó una carcajada seca, cruel.
—¿De qué demonios habla? Quítese de mi camino.
—¡Es una trampa de muerte! —insistió el indigente, acercándose peligrosamente al espacio personal del millonario—. ¡He visto la sombra de la muerte rondando esta máquina! ¡Si gira la llave, no habrá mañana para usted!
La tensión se dispara
Yo me quedé paralizado, con la llave inglesa en la mano. He visto muchos locos en la calle, gente que grita incoherencias, pero este hombre… había algo en su tono. No sonaba drogado, ni borracho. Sonaba aterrorizado. Su miedo era genuino.
El empresario, sin embargo, estaba furioso. Su ego era demasiado grande para dejarse intimidar por un vagabundo.
—Usted está loco —le espetó Valladares, abriendo la puerta de su coche con brusquedad—. Lo que usted consume lo tiene viendo visiones. Vaya a predicar a otra parte antes de que llame a la policía para que lo encierren.
Esa palabra resonó en el aire: Explotar.
El Señor Valladares se detuvo un segundo. Me miró a mí, buscando complicidad en su desprecio.
—Y dígame, mecánico, mi coche no tiene nada, ¿verdad? Ese vagabundo está loco… Revise lo que tenga que revisar y dígame que este trasto está seguro para que pueda irme.
El empresario se sentó en el asiento de cuero beige. Introdujo la llave electrónica en el contacto. Su dedo estaba a milímetros del botón de encendido “Start/Stop”.
—¡NO LO PRENDA, SEÑOR! —grité yo, impulsado por un instinto que no sabía que tenía—. ¡POR LO QUE MÁS QUIERA, NO GIRE ESA LLAVE!
Valladares se detuvo, sorprendido por mi grito. Me miró con ira.
—¿Usted también? ¿Se han puesto de acuerdo para hacerme perder el juicio?
—Señor… solo déjeme mirar. Un segundo. Por favor.
Me tiré al suelo. No miré el motor. No miré el aire acondicionado. Me deslicé por el asfalto caliente hasta meter la cabeza debajo del chasis, justo a la altura del asiento del conductor. Y entonces, lo vi.
Sentí que el corazón se me paraba. El frío recorrió mi columna vertebral. El viejito de la Biblia no estaba loco.