
Era octubre de 2015 y en la colonia Álamos
de San Lorenzo, Iztapalapa, el aire pesado olía a polvo y desesperanza.
Carlos Alberto Fuentes tenía 37 años, pero las ojeras profundas bajo sus ojos
y las manos callosas por el cemento le daban el aspecto de un hombre de 50.
Llevaba 4 meses sin trabajo, 4 meses viendo como su familia se desmoronaba
lentamente, como una pared que se derrumba ladrillo por ladrillo. Su esposa Lucía tenía 32 años y trabajaba
lavando ropa ajena por 50 pesos al día cuando había suerte. Sus tres hijos,
Carlitos de 9 años, Sofía de 6 y el pequeño Javier de apenas tres, conocían
demasiado bien el sonido de estómagos vacíos rugiendo en la madrugada. La casa
donde vivían era un cuarto de lámina y bloques sin terminar. El piso de cemento
desnudo estaba frío, incluso bajo el sol del mediodía. Una cortina desteñida
separaba la única habitación del espacio donde cocinaban con un anfre viejo y oxidado. El baño lo compartían con otras
cuatro familias en el patio común. Carlos había sido albañil durante 15 años, un buen albañil, de esos que saben
mezclar el concreto con precisión exacta, que pueden levantar una pared derecha sin nivel, solo con el ojo y la
experiencia. Pero la construcción se había detenido, las obras cerraban, los
patrones ya no llamaban y cuando llamaban preferían a jóvenes de 20 años que cobraban menos. Había buscado
trabajo en todos lados. Tocó puertas de obras. se paró en las esquinas donde los contratistas recogen peones a las 5 de
la mañana. Ofreció sus servicios a vecinos, a conocidos, hasta extraños.
Nada, la respuesta siempre era la misma. Tal vez la próxima semana te hablo, deja
tu número. Pero el teléfono nunca sonaba. Esa mañana de octubre, un jueves
gris y opaco, Carlos contó las monedas que quedaban dentro de una lata de café
vacía, 23 pesos. Era todo el dinero que existía en el mundo para su familia.
Lucía había salido desde las 6 de la mañana a buscar ropa que lavar, llevando
consigo a Javier amarrado a la espalda con un reboso desgastado. Los niños aún dormían sobre un colchón
delgado en el suelo, envueltos en cobijas con agujeros. Carlos los observó
en silencio. Carlitos tenía los pómulos hundidos. Sofía se chupaba el dedo,
incluso dormida, buscando consuelo que la comida ya no podía darle. La culpa le
apretó el pecho como una mano de hierro. Se había quedado sin palabras para explicarles por qué ya no había
desayuno. Porque la cena del día anterior fueron solo dos tortillas duras del día anterior partidas en pedazos
pequeños. ¿Por qué mamá lloraba en silencio cuando pensaba que nadie la veía? Salió del cuarto sin hacer ruido y
caminó hacia el puesto de la esquina donde don Chui vendía verduras. Con los
23 pesos compró cuatro jitomates pequeños, media cebolla y un puño de
arroz. Era suficiente para hacer una sopa aguada que tal vez llenara sus
estómagos por unas horas. Cuando regresó, Carlitos ya estaba despierto,
sentado en el colchón con la mirada perdida. “Papá, tengo hambre”, dijo con
voz pequeña, sin llorar, porque ya estaba acostumbrado a tener hambre. Carlos tragó saliva. Las palabras se le
atascaban en la garganta como piedras. Ahorita hago algo, mijo. Dame un ratito.
Carlitos asintió. No preguntó qué. Ya sabía que lo que fuera sería poco.
Carlos prendió el anfre con los últimos pedazos de carbón, puso a hervir agua en una olla abollada que había sido de su
madre. Picó los jitomates, la cebolla, echó el arroz. El olor que llenó el
cuarto era más agua que comida, pero al menos era algo caliente. Sofía despertó
y se acercó, abrazándose a las piernas de su padre. “¿Ya hay de comer?”,
preguntó con ojos enormes y esperanzados. “Sí, mi amor, ya casi.”
Cuando Lucía regresó al mediodía, traía el rostro tenso y los ojos enrojecidos.
No había encontrado trabajo. Nadie necesitaba que le lavaran ropa ese día.
Javier lloraba con un llanto débil y cansado, de esos que nacen del hambre profunda. Se sentaron los cinco
alrededor de la olla. Carlos sirvió la sopa en tres platos despotillados. Le dio uno a Lucía con Javier en brazos,
otro a Carlitos y Sofía para que compartieran. Y él tomó lo que quedaba directamente de la olla. No era
suficiente. Nunca era suficiente. Comieron en silencio, solo interrumpido
por el sonido de las cucharas. raspando el fondo de los platos. Esa tarde,
Carlos salió nuevamente a buscar trabajo. Caminó kilómetros bajo el sol implacable, tocando puertas,
preguntando, suplicando con la mirada. Nada. En un momento pasó frente a una
iglesia pequeña con las puertas abiertas. Se detuvo. Hacía meses que no entraba a una iglesia. Hacía meses que
no oraba. ¿Para qué? Dios parecía haberse olvidado de él, pero algo lo
empujó hacia adentro. Tal vez era la desesperación, tal vez era el último hilo de esperanza que aún no se había
roto. La iglesia estaba vacía. El olor a incienso viejo flotaba en el aire.
Carlos se arrodilló frente al altar, las manos juntas, la cabeza inclinada y por
primera vez en meses lloró. Lloró sin sonido, con los hombros temblando y el
corazón rompiéndose en pedazos. Dios mío, susurró con voz quebrada, sé
que no soy nadie para pedirte nada. Sé que tal vez me lo merezco, pero mis
hijos, mis hijos no tienen la culpa. Tienen hambre, Señor. Yo puedo aguantar.
Lucía puede aguantar, pero ellos no. Por favor, no te pido riquezas. Solo pido
que no pasen hambre. Dame trabajo, dame una oportunidad, lo que sea. No hubo
respuesta. Solo el silencio pesado de la iglesia vacía. Carlos se secó las
lágrimas con el dorso de la mano, se levantó y salió. El cielo comenzaba a
oscurecer. Regresó a casa con las manos vacías y el corazón más vacío aún.
Cuando llegó, Lucía estaba sentada en el borde del colchón, mirando el suelo con expresión derrotada. Los niños jugaban