Alexis Sánchez encuentra a su primera novia en situación de calle y hace algo increíble. Todo comenzó en una mañana nublada en Santiago de Chile. El aire estaba cargado de esa mezcla entre prisa y rutina que tienen las grandes ciudades. Alexis Sánchez, que llevaba días en su país natal para participar en un evento benéfico, caminaba tranquilo por una de las calles cercanas al centro histórico.
No vestía como estrella de fútbol, ni tenía guardaespaldas alrededor. Era solo un hombre más caminando con su chaqueta, su gorra baja y la mirada centrada en lo que parecía ser un momento de paz. Pero esa calma se rompió en un segundo. En una esquina al doblar para cortar camino, algo llamó su atención. Era una figura sentada en el suelo, recostada contra una pared manchada, sosteniendo varias botellas de vidrio.
A simple vista parecía una más entre las muchas personas que lamentablemente viven en situación de calle, pero algo en ella, algo en su rostro lo hizo detenerse en seco. Alexis frunció el ceño, se acercó unos pasos con cautela y la observó con más atención. Su cabello era largo, desordenado, con mechones que le caían sobre la cara.
Sus ropas estaban sucias y rotas. Pero entonces, entre toda esa imagen triste y desgastada, una chispa en su mente se encendió. Sus ojos, esos ojos los conocía. Se inclinó un poco y entonces ella lo miró. Fue solo un segundo. Un cruce de miradas breve, pero suficiente para que el corazón de Alexis diera un vuelco.
Camila susurró casi sin creerlo. La mujer no respondió de inmediato, pero una lágrima silenciosa comenzó a rodar por su mejilla. Alexis la miró fijamente. No podía ser. Era ella, su primera novia, la niña con la que compartía meriendas en el colegio de Tocopilla. La misma que lo acompañaba a los entrenamientos cuando aún jugaban en canchas de tierra.
La que una vez le prometió que algún día iba a ser grande y ayudar a los demás. Ahí estaba rota, olvidada. Con la mirada perdida, Alexis no pudo moverse. Era como si el mundo se hubiera detenido. La multitud seguía pasando a su alrededor sin notar la escena. Pero para él, en ese instante, todo desapareció.
Solo estaban ellos dos, el niño que soñaba con jugar en Europa y la niña que creyó en él cuando nadie más lo hizo. Esta era solo la primera página de una historia que estaba por cambiar el destino de ambos. Y aunque Alexis aún no lo sabía, ese día no iba a ser uno más en su calendario. Ese día quedaría tatuado en su memoria para siempre.
Alexis no lo pensó dos veces. Se agachó frente a ella sin importarle la mirada de la gente ni el bullicio de la calle. Había algo en su pecho que le apretaba fuerte, una mezcla de dolor, confusión y rabia consigo mismo por no haber sabido nada de Camila en todos estos años. Soy yo, Cami”, le dijo con la voz temblorosa, como si necesitara convencerse a sí mismo de que era real.
Ella giró el rostro con vergüenza. Bajó la mirada como si quisiera desaparecer, pero sus labios se movieron apenas. “¡No me mires así no?” Su voz era casi un susurro, áspera, como si llevara mucho tiempo sin hablar con alguien. Alexis sintió un nudo en la garganta. No sabía qué decir.
No entendía como ella que era tan alegre, tan llena de vida en su adolescencia, ahora estaba allí pidiendo que no la viera. ¿Qué te pasó? Preguntó con un hilo de voz. Ella no respondió, solo abrazó sus rodillas con fuerza mientras los envases de vidrio tintineaban al moverse. Alexis se sentó a su lado en el suelo sin importarle manchar su ropa o que alguien lo reconociera.
En ese instante no era el goleador, ni el ídolo nacional, ni el que había triunfado en Europa. Era simplemente Alexis, el niño que una vez la quiso con todo su corazón. El silencio entre ellos pesaba como una losa hasta que ella rompió a llorar. Fue un llanto contenido, doloroso, casi sin sonido, como si cada lágrima saliera desde lo más profundo de su alma rota.
Alexis no la tocó, solo la acompañó, porque entendía que a veces lo único que alguien necesita es no estar solo en su miseria. No sabía a quién más acudir, dijo ella de pronto. Perdí todo y no quería que me vieras así. Tú Tú fuiste lo mejor de mi vida. Alexis tragó saliva. Su corazón se partía en mil pedazos.
Recordaba perfectamente las tardes donde Camila lo esperaba fuera del colegio con un pan con queso envuelto en servilleta. o las veces que cuando él no tenía plata para los pasajes a los entrenamientos, ella vendía dulces a escondidas para dárselos. Ella siempre estuvo para él. Y ahora, ¿cómo era posible que la vida la hubiera tratado así? Estoy aquí, Cami, le dijo con firmeza. Y no me voy a ir.
En ese momento, una ligera brisa sopló por la calle. Y aunque el mundo seguía girando para ellos dos, el tiempo se había congelado. Camila seguía llorando en silencio mientras Alexis permanecía a su lado, inmóvil, pero presente. No era fácil procesar lo que estaba ocurriendo. Las memorias del pasado comenzaban a invadir su mente como un torbellino.
De pronto ya no estaba en una calle de Santiago. En su corazón estaba de vuelta en Tocopilla, sentado en el borde de una cancha de tierra con Camila a su lado, riéndose de sus goles mal hechos y aplaudiendo con orgullo cuando él anotaba uno bueno. Ella no había sido solo su primera novia, había sido su cómplice, su refugio, su impulso.
Pero ahora, frente a él, era apenas una sombra de aquella muchacha que tanto lo había inspirado. Alexis respiró profundo y se puso de pie. se quitó la chaqueta sin decir nada y la colocó con suavidad sobre los hombros de Camila. Ella lo miró de reojo con un gesto que mezclaba confusión y agradecimiento.
No estaba acostumbrada a que alguien hiciera algo por ella. No después de haber sido ignorada tantas veces en la calle, tratada como un estorbo por la sociedad. Para Camila, ese acto de humanidad ya era algo que la descolocaba por completo. “Voyas ayudarte”, dijo Alexis con decisión. Pero tienes que confiar en mí, aunque sea un poquito.
Puedes hacerlo ella dudó. Sus labios se apretaron con fuerza. Se notaba que quería decir que sí, pero había tanto dolor en su interior que no se atrevía a abrir esa puerta de esperanza tan fácilmente. “No soy la misma, Alexis”, dijo con voz ronca. “No soy esa niña que tú recuerdas.” Estoy rota. Alexis se arrodilló frente a ella.
La miró directo a los ojos. No, con lástima. Con respeto, Camila. Cuando yo no tenía nada, tú me diste todo. Me diste ánimo, me diste fe. Tú fuiste la única que creyó en mí cuando ni yo mismo creía. ¿Cómo voy a olvidarme de eso? No me importa si estás rota, porque yo también lo estuve alguna vez. Pero si tú pudiste levantarme a mí, ¿por qué no voy a poder ayudarte ahora? Ella se quedó sin palabras.

Su mirada se nubló de lágrimas otra vez, pero esta vez había algo distinto en sus ojos, un pequeño destello, como una chispa, como si una parte de su alma aún pudiera creer que no todo estaba perdido. Alexis se puso de pie y le tendió la mano. Vamos, no tienes que seguir aquí. Al menos dame el gusto de invitarte a comer algo caliente.
Camila dudó, pero después de unos segundos eternos, levantó la mano y la colocó sobre la suya. Y ese gesto, aunque simple, fue el primer paso hacia algo mucho más profundo, hacia una redención que nadie esperaba, ni siquiera ella. La mano de Camila, temblorosa y delgada, se aferró con torpeza a la de Alexis. Fue un contacto breve, casi frágil, pero suficiente para que él la ayudara a levantarse con cuidado, como si tuviera miedo de romperla más de lo que ya estaba.
Caminaron despacio. Ella tropezaba ligeramente al dar los primeros pasos, como si sus piernas ya no recordaran lo que era avanzar con dignidad. Alexis no soltó su mano en ningún momento. Buscaron un lugar tranquilo, lejos del ruido del centro. En una calle lateral, Alexis conocía una pequeña fonda de comida casera, nada elegante, pero con un sabor que recordaba al hogar.
Él la ayudó a sentarse, pidió dos platos de cazuela y una limonada caliente. Mientras esperaban, Camila no podía dejar de observar a su alrededor. Sentía que todos la miraban, que su aspecto, su olor, su rostro desgastado la delataban. “No tengo nada que ofrecerte, Alexis”, murmuró bajando la cabeza. “Me perdí hace mucho tiempo.
” Él negó con la cabeza con suavidad. No quiero que me des nada, solo quiero que vuelvas a encontrarte contigo misma. El silencio se volvió incómodo por un instante hasta que llegó la comida. Cuando Camila probó la primera cucharada, sus ojos se llenaron de lágrimas. Lloraba mientras comía. Lloraba por hambre, sí, pero también por vergüenza, por alivio, por esa mezcla brutal de emociones que solo entiende quien ha estado al borde del abismo.
Alexis la miraba con el corazón encogido. No podía creer que esa mujer, que una vez fue su fuerza, hubiera terminado así y se prometió a sí mismo que no permitiría que volviera a la calle. No, esta vez no mientras él respirara. ¿Dónde estás viviendo?, preguntó con cuidado. Ella bajó la mirada, tragó saliva y respondió en voz baja.
En una construcción abandonada, duermo entre cartones. Me muevo cada dos días por seguridad. No confío en nadie. Alexis cerró los puños con rabia. No contra ella, contra el sistema, contra la indiferencia, contra todos los que alguna vez le dieron la espalda. ¿Cómo era posible que una mujer como Camila, que había entregado tanto sin pedir nada a cambio, estuviera sobreviviendo como un fantasma? Camila, dijo él con la voz más firme que nunca.
No vas a volver a dormir en la calle esta noche te vienes conmigo. Vamos a empezar de nuevo. Ella lo miró incrédula. Quería creerle, pero el miedo aún la dominaba. Años de decepciones, traiciones y abandono no desaparecen en una comida. Pero había algo en la mirada de Alexis que le devolvía un poco de esperanza. Esa sensación casi olvidada de que tal vez, solo tal vez, alguien aún se preocupaba por ella.
Después de aquella comida, Camila no dijo mucho más. Sus palabras parecían haberse agotado entre cucharadas de nostalgia y lágrimas contenidas. Alexis pagó la cuenta sin decir nada, no hizo alarde, no permitió fotos, solo miró a Camila y con una leve sonrisa le indicó que lo siguiera. Caminaron hasta una camioneta negra estacionada a pocos metros.
Camila dudó antes de subirse. Lo miró con una mezcla de temor y desconfianza. ¿A dónde vamos?, preguntó con la voz apagada. A un lugar donde puedas descansar. Sin miedo, respondió él. Solo eso por ahora. Te lo prometo. El liep Stólice trayecto fue silencioso. Alexis condujo por varias cuadras mientras el cielo comenzaba a cubrirse con nubes grises.
Camila miraba por la ventana sin saber qué sentir. Tenía frío, pero más que eso, tenía miedo. No del lugar a donde iba, sino de lo que empezaba a removerse dentro de ella. Y si era cierto, y si realmente él quería ayudarla sin pedir nada a cambio. Cuando llegaron, la camioneta se detuvo frente a una casa amplia, pero modesta.
No era una mansión, era un lugar cálido con plantas en la entrada y una luz tenue que se escapaba por las ventanas. Alexis bajó primero, le abrió la puerta con respeto, como si estuviera presentándola a un lugar sagrado. “Aquí vive una amiga de mi familia”, dijo. Es enfermera jubilada y ha ayudado antes a mujeres en situación difícil. Confío en ella.
Puede darte un cuarto, una cama, una ducha, lo que necesites. Camila se quedó paralizada. Sus ojos se llenaron de lágrimas otra vez. No sé si merezco esto, Alexis. Él se acercó y le puso una mano en el hombro. mereces esto y más. Tú me enseñaste a no rendirme. Ahora me toca a mí enseñártelo de nuevo. La puerta se abrió.
Una mujer de unos 60 años, con rostro amable y mirada cálida, los recibió con una sonrisa. se presentó como Teresa. No hizo preguntas, solo le ofreció a Camila una manta limpia y le pidió que la siguiera al interior. Camila entró dando pasos pequeños como si pisara un terreno desconocido. Y lo era, porque después de años durmiendo entre cartones y ruidos amenazantes, esa casa le olía a dignidad, a humanidad, a algo que creía haber perdido para siempre.
Alexis se quedó un momento afuera, observó la calle, respiró hondo y miró al cielo. No dijo nada, pero en su mirada había una promesa silenciosa. Esto recién empezaba. Y no pensaba abandonarla jamás. Camila entró al cuarto que Teresa le había preparado. Era sencillo, pero acogedor. Una cama bien tendida, una toalla doblada sobre la silla y una pequeña mesa con un vaso de agua y un paquete de galletas.
Para cualquier otra persona podría parecer poco, pero para alguien que había dormido sobre cemento durante años, aquello era casi un lujo. Mientras Teresa la dejaba sola para que se duchara, Camila se quedó un momento quieta frente al espejo del baño. Se observó por primera vez en mucho tiempo. Tenía el rostro pálido, los ojos hundidos, el cabello opaco.
Casi no se reconocía. Pasó los dedos por su mejilla y luego por el cuello, como si intentara confirmar que esa imagen era real, que no estaba soñando. Abrió la ducha. Pes vapor comenzó a llenar el baño, se metió bajo el agua caliente y entonces, por primera vez en años lloró con libertad. No como en la calle donde uno se esconde para que nadie vea las lágrimas.
No como en los refugios, donde el llanto es un lujo porque el miedo no deja espacio para sentir. Esta vez lloró por todo, por lo que perdió, por lo que sufrió, por lo que todavía no entiende. Mientras tanto, en la sala Alexis hablaba con Teresa. “Va a necesitar tiempo”, le dijo ella, “y más que eso, va a necesitar cariño, confianza, porque cuando uno toca fondo así, todo asusta.
” Incluso lo bueno, Alexis asintió en silencio. Ya lo había decidido. No iba a rescatarla solo por un momento, como quien da una limosna y sigue su camino. Iba a caminar con ella paso a paso, aunque eso implicara postergar sus compromisos, reorganizar su agenda, incluso cancelar apariciones, porque a pesar de todo lo que había vivido en su carrera, Alexis sabía que esa noche lo que estaba haciendo tenía mucho más valor que cualquier trofeo.
Al rato Camila salió del baño. Tenía el cabello limpio, recogido en una toalla y llevaba puesta una ropa prestada. Se notaba incómoda, vulnerable, pero algo en su expresión había cambiado. No era solo la limpieza, era el brillo sutil pero visible que empezaba a volver a sus ojos. “Gracias”, le dijo Alexis bajito. “No sé si podré devolverte esto algún día.
” Él se acercó y le respondió con una sonrisa cálida. Tú ya me lo diste todo cuando yo no tenía nada. Y Camila, por primera vez en años esbozó una sonrisa pequeña, pero sincera. A la mañana siguiente, el sol entraba suavemente por las cortinas del cuarto. Camila se despertó sobresaltada, como si su cuerpo aún no entendiera que estaba en un lugar seguro.
Le costaba creerlo. Por un momento, pensó que todo había sido un sueño, que seguía en la calle, entre cartones y frío, pero al mirar a su alrededor, vio la manta que la había abrigado durante la noche y escuchó a lo lejos una conversación en voz baja en la cocina. Se levantó con lentitud. El piso estaba tibio.
Se acercó a la puerta, la entreabrió y miró con timidez. Teresa estaba sirviéndote mientras Alexis, ya duchado y vestido con ropa deportiva, la ayudaba a poner pan en la mesa. Cuando la vieron, ambos sonrieron sin preguntas, sin presión, solo con la calidez de quien te da la bienvenida, como si nunca te hubieras sido. Buen día, Cami, dijo Alexis.
Hay pancito tostado, mantequilla y té calentito. ¿Te animas? Ella asintió todavía con cierta vergüenza, pero con un gesto que revelaba algo importante. Quería intentarlo. Desayunaron los tres en silencio al principio. Luego Teresa rompió el hielo contando una historia graciosa de su juventud. Alexis agregó una anécdota de cuando recién llegaba a Italia y no entendía el idioma.
Camila soltó una pequeña risa y esa risa, aunque breve, iluminó la habitación como si fuera verano en pleno invierno. Después del desayuno, Alexis le propuso salir a caminar sin prisa, solo un paseo, nada de cámaras, solo tú y yo, como antes. Camila aceptó. Caminaron por un parque cercano rodeado de árboles. Los niños jugaban, los perros corrían y la vida parecía tan sencilla, tan ajena al dolor, que Camila no sabía si sentirse feliz o culpable por estar ahí.
¿Recuerdas cuando íbamos al cerro detrás del colegio?, preguntó Alexis con una sonrisa. Nos escapábamos para ver el mar desde lo alto. Claro. Y tú te caíste una vez y te raspaste toda la rodilla respondió Camila por primera vez con voz viva. Y tú me curaste con una hoja de aloe dijo Alexis riendo.
Jurabas que eras enfermera. Camila bajó la mirada, pero sonreía. Por dentro sentía algo despertar, algo que había estado dormido por años, como si su memoria empezara a decirle que sí, que todavía había cosas buenas en su historia, que aún quedaba algo de esa Camila que alguna vez creyó en los sueños.
“No estoy lista”, dijo de pronto con sinceridad. “Tengo miedo de recaer, de decepcionarte.” Alexis la miró con ternura y respondió con la misma voz firme que tenía cuando enfrentaba a los defensas más duros en la cancha. No tienes que estar lista hoy, solo tienes que dar el primer paso y ya lo diste. Lo demás lo caminamos juntos.
Camila se quedó en silencio, miró al cielo, cerró los ojos y por primera vez en años respiró hondo sin miedo. Pasaron varios días. Camila comenzó a adaptarse lentamente a su nueva realidad. Al principio le costaba. Se despertaba varias veces en la noche, sobresaltada, pensando que alguien la iba a echar o que todo se iba a desvanecer.
Le costaba mirar a los ojos, le costaba pedir algo, pero Teresa, con paciencia, le enseñó a volver a confiar en los pequeños gestos cotidianos. Y Alexis, Alexis seguía ahí, siempre presente, nunca invadiendo, pero tampoco ausente. Un día, mientras caminaban por el mismo parque, Camila le preguntó algo que tenía atorado desde el primer momento.
¿Por qué tú? ¿Por qué justo tú me encontraste? Alexis no respondió de inmediato, se detuvo, la miró a los ojos y dijo con voz pausada, no creo que haya sido casualidad. A veces la vida te pone donde debes estar y yo necesitaba encontrarte. Quizás para devolverte una parte de todo lo que tú me diste a mí. Camila bajó la cabeza tocada por sus palabras.
¿Sabes? Cuando tú empezaste a salir en la tele, en los partidos, yo siempre me sentía orgullosa. Aunque no lo creas, te veía como algo mío, como si una parte de ti siempre se hubiera quedado conmigo. Alexis se emocionó. Su garganta se cerró un poco, pero no dejó que se notara. Le tomó la mano con delicadeza y le sonrió. y se quedó contigo, Cami, porque yo no soy quien soy sin ti. Nunca lo fui solo.
Esas palabras rompieron una barrera invisible. Por primera vez, Camila dejó de sentirse una carga. Por primera vez en años sintió que su existencia había valido la pena, que no había sido una nota al pie en la vida de alguien más, sino una parte esencial de esa historia. Al día siguiente, Alexis fue a buscarla con una sorpresa.
“Tengo algo para ti”, le dijo, extendiéndole una pequeña libreta de tapa blanda. Camila la tomó con duda. ¿Qué es? Tú siempre escribías en el colegio, ¿te acuerdas? Tenías una forma de ver el mundo distinta. Quiero que vuelvas a hacerlo. Es tu espacio para que te recuerdes a ti misma quién eres. Camila abrió la libreta. En la primera hoja había una frase escrita por Alexis con su puño y letra.

Nadie que haya encendido una luz en el corazón de otro merece vivir en la oscuridad. Camila no dijo nada, solo lo abrazó con fuerza, con llanto, con gratitud. Y en ese abrazo el pasado dejó de doler tanto y el futuro empezó a tener forma. Noticia corrió sin que nadie lo esperara. Un fotógrafo callejero captó sin intención una imagen de Alexis Sánchez caminando con una mujer de aspecto humilde tomada de la mano por el parque.
La imagen se hizo viral en minutos. Algunos medios intentaron especular, otros inventaron titulares sensacionalistas, pero Alexis no dio declaraciones. No quiso convertir ese momento íntimo en espectáculo. Esta vez el silencio fue su mejor respuesta. Camila, por otro lado, se asustó. Temía que esa exposición pública la alejara de su proceso.
Temía volver a sentirse juzgada, señalada como tantas veces antes, pero Alexis la tranquilizó. No, vamos a esconder lo que estás viviendo, Cami, porque tu historia no es una vergüenza. Es una prueba de que es posible volver a empezar. Y con esa convicción tomó una decisión firme, usar su fundación personal, la misma que él había creado años atrás para apoyar a niños de bajos recursos como plataforma para abrir un nuevo programa, uno diferente, uno pensado para mujeres que como Camila, habían quedado fuera del sistema, olvidadas, rotas por dentro,
pero no vencidas. Lo llamó volver a empezar. Le ofreció a Camila ser parte del equipo, no como símbolo, no como caso de caridad, sino como protagonista. ¿Estás lista para transformar lo que viviste en algo que ayude a otras?”, le preguntó. Camila lo miró. No tenía respuestas perfectas. Aún había miedo, aún había heridas, pero también había algo nuevo en su pecho. “Valor.
” “No sé si estoy lista”, respondió, “pero quiero hacerlo.” “Por mí, por las que siguen allí afuera, creyendo que nadie las ve.” Y así, sin cámaras ni flashes, comenzó una nueva etapa. Camila empezó a escribir, a leer en voz alta sus textos frente a grupos pequeños, a contar su historia en refugios y hogares comunitarios, a escuchar a otras mujeres con ojos sinceros, porque nadie entiende a una alma herida como otra que también sangró.
Alexis la acompañaba desde un segundo plano, nunca como héroe, siempre como aliado. Cada vez que la veía de pie, hablando con firmeza, apoyando a otras, entendía que el fútbol le había dado fama. Pero Camila, en cambio, le había dado propósito. Pasaron algunos meses. El cambio en Camila era visible. Ya no caminaba encorbada ni evitaba las miradas.
Su voz, antes temblorosa, ahora sonaba firme. Ya no pedía permiso para existir. Hablaba con la seguridad de quien ha luchado por cada parte de su dignidad. Había recuperado su reflejo. Había vuelto a reconocerse frente al espejo, pero sobre todo había recuperado su historia. Una mañana cualquiera, Alexis la llevó a Tocopilla. Volvieron al colegio donde se conocieron, a la vieja cancha donde todo empezó.
El lugar había cambiado, pero el espíritu seguía ahí. Camila se sentó en una de las gradas y miró el mar a lo lejos, igual que cuando eran adolescentes. “Nunca imaginé estar aquí contigo otra vez”, dijo con voz emocionada. “Y yo nunca imaginé que un reencuentro cambiaría tanto mi forma de ver la vida”, respondió Alexis.
Se quedaron en silencio unos minutos. No hacía falta hablar. El viento marino, el canto de las gaviotas, el murmullo de las olas, todo era suficiente. Un cierre, un reinicio, un círculo que al fin se había completado. Antes de volver a Santiago, Camila dejó una carta en la biblioteca del colegio.
Era una carta dirigida a las alumnas que aún no sabían lo fuertes que eran. Les contaba que una vez tuvo miedo, que una vez cayó, pero que también había aprendido que nadie está realmente solo si se permite ser visto con amor. La carta terminó con una frase que sin saberlo definiría su nuevo camino.
Caí, me rompí, pero hoy camino con las piezas que me quedaron y con ellas construyo algo nuevo. Ese mismo día, Camila fue invitada como ponente en un foro sobre recuperación y salud mental. No habló como una víctima, habló como una sobreviviente y al terminar recibió una ovación que le hizo temblar las piernas, pero no el alma. Alexis desde la primera fila, aplaudía con una sonrisa cargada de orgullo y humildad, no por haberla salvado, sino por haber creído en ella cuando nadie más lo hacía.
Camila y Alexis no volvieron a ser pareja, pero fueron algo mucho más profundo. Se convirtieron en dos almas que se rescataron mutuamente. En un mundo donde todo pasa rápido y la gente olvida fácil, ellos decidieron detenerse y mirar al otro como un ser humano. Porque a veces lo más increíble no es anotar un gol en un estadio lleno, sino tender la mano a alguien que una vez te la atendió a ti cuando tú aún no eras nadie.
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