Miguel era un joven brillante, pero venía de una familia humilde. Hace poco su casa en Ecatepec se incendió y no logró salvar casi nada. La única ropa que tenía para su entrevista en Grupo Imperial, en Ciudad de México, era una camisa descolorida, unos jeans rotos y unos zapatos viejos.
Al entrar al lobby del edificio corporativo en Santa Fe, el guardia de seguridad lo detuvo de inmediato.
—¡Oye! Aquí no se permite la entrada a vagabundos. ¡Salte! —le gritó el guardia.
—Señor, vengo a solicitar trabajo. Soy ingeniero mecánico, egresado del IPN con mención honorífica —respondió Miguel con respeto, sosteniendo su carpeta ligeramente húmeda por el sudor.

Algunos candidatos, vestidos con traje y corbata, comenzaron a burlarse.
—¿Ingeniero? Con esa facha, mejor busca trabajo de albañil —dijo con sarcasmo la gerente de Recursos Humanos que pasaba por ahí—. Estás dañando la imagen corporativa.
El guardia intentó sacarlo a la fuerza.
—Por favor, solo necesito una oportunidad —suplicó Miguel.
En medio del alboroto, se abrió el elevador. Salió Valeria, la elegante hija del dueño y vicepresidenta de la empresa. Vestía un traje ejecutivo impecable y tenía una mirada firme.
—¿Qué está pasando aquí? —preguntó con voz autoritaria.
—Licenciada Valeria, disculpe —dijo la gerente de RH—. Un indigente insiste en entrar. Dice que es ingeniero. Ya lo estamos sacando.
Valeria miró a Miguel de pies a cabeza. Los zapatos gastados, la ropa vieja…
Todos pensaron que ordenaría que lo sacaran inmediatamente.
Pero sus ojos se abrieron de par en par. Se llevó la mano a la boca, sorprendida.
De repente, Valeria corrió hacia Miguel. Frente a cientos de empleados y aspirantes, se arrodilló y abrazó sus piernas.
—¿I-Ingeniero Miguel?… ¿Es usted? —dijo entre lágrimas.
Todo el edificio quedó en silencio. La heredera millonaria, ¿arrodillada ante un “vagabundo”?
—¡Licenciada, se va a ensuciar! —exclamó la gerente.
—¡Silencio! —gritó Valeria, llorando mientras tomaba la mano de Miguel—. ¿No saben quién es él?
Miró con furia al guardia y a la gerente.
—Él es Miguel Herrera. El hombre que me salvó la vida hace cinco años.
Miguel frunció el ceño, confundido.
—¿Perdón?
—¿Recuerda el accidente del autobús escolar en la carretera a Toluca? El camión quedó colgando en un barranco. Todos lograron salir… menos yo. Mi pierna quedó atrapada. Usted entró para sacarme antes de que el autobús cayera y explotara. Por salvarme, se lesionó y perdió su beca universitaria.
Miguel abrió los ojos, recordando.
—¿Eras la niña con un listón rojo en el cabello?
—¡Sí! —respondió Valeria entre lágrimas—. Lo he buscado durante cinco años para agradecerle. Pensé que había muerto.
Luego se volvió hacia la gerente y el guardia, que ya estaban pálidos.
—El hombre al que llamaron “indigente” es el héroe que me dio una segunda oportunidad de vivir —dijo con firmeza—. Están despedidos. No necesitamos empleados que juzguen por las apariencias.
Después miró nuevamente a Miguel.
—Ingeniero Miguel, ya no necesita solicitar empleo. Desde hoy, usted es el nuevo Director del Departamento de Ingeniería. Y mi familia se encargará de construirle una nueva casa.
Los aplausos llenaron el lobby mientras Valeria acompañaba a Miguel hacia el elevador —no como un aspirante rechazado, sino como un héroe.
FIN.